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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 5

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La vaca moteada se adelgazaba y daba cada vez menos leche. Palahna sabía culpa de quién era eso. Miraba por encima de la vaca, susurraba conjuros, corría al establo varias veces por noche, incluso teniendo que levantarse durante la noche. Una vez emitió un grito tal, que Ivan tuvo que saltar al cerco como un loco para perseguir a un enorme sapo que intentaba introducirse reptando entre el establo. Pero el sapo desapareció súbitamente y la voz de Jyma chilló al otro lado de la cerca. ¡Buenas noches a vosotros, mis lindos vecinos! Jee-jee-jee….

¡Si, era una desvergonzada! ¿De qué no era capaz esa bruja? Podía convertirse en una sábana blanca, visible durante el crepúsculo al márgen del bosque, o arrastrarse como una serpiente, o rodar por las colinas como una esfera transparente. Incluso se bebía la luna, para poder ir con el ganado de los demás en plena oscuridad. Más de un hombre juró haberla visto ordeñando un espino: usaba cuatro de sus espinas como ubre y llenaba un cubo con su leche.

¡Cuántos cuidados tuvo Ivan! No tenía tiempo para detenerse y pensar. La granja requería trabajo sin cesar, y la vida del ganado estaba tan estrechamene ligada a la propia, que hacía a un lado todos los demás pensamientos. Pero a veces, cuando levantaba la mirada hasta las verdes praderas, en donde el heno descansaba en pilas, o en el profundo y meditabundo bosque, una voz olvidada hacía tiempo, le llevaría flotando en el aire:

Piensa en mi, cariño,
Dos veces al día,
Y pensaré en tí,
Siete veces por hora.

Entonces dejaba sus faenas y desaparecía. La arrogante Palahna, acostumbrada a trabajar seis días a la semana y descansar sólo los domingos, cuando se le mostraba en sus ropas finas, lo amonestaba por sus caprichos.

Pero Ivan rabiaba. “¡Tranquila! ¡Ocúpate de tus cosas y déjame!”

También se enfadaba consigo mismo. ¿Por qué lo hago? se preguntaba y lugo retornaba a su ganado, con un sentimiento de culpabilidad. Le llevaba pan o un talego de sal. La vaca azul y la blanca llegaban a él con sus mugidos de confianza, extendían sus tibias lenguas rojas y lamían la sal de su mano. Los lustrosos ojos húmedos lo miraban amablemente, y el aroma fresco a leche y estiércol restauraba su paz y balance.

En el tramo de las ovejas era rodeado por un mar de pequeños ovinos redondos. Estos carneros y ovejas conocían a su amo y se sobaban contra sus piernas con balidos de alegría. Él hundía sus dedos en la esponjosa lana o tomaba en brazos una oveja, con un sentimiento paternal, y entonces llegaba flotando hacia él el espíritu de los pastizales y lo llamaba a acompañarlo a las montañas. Su corazón se llenaba de calor y alegría. Esa era la felicidad de Ivan.

¿Amaba él a Palahna? El pensamiento nunca le había pasado por la mente. Era el amo y ella su amada y, a pesar que no tenían hijos, tenían su ganado. ¿Qué más podrían desear? La buena vida había tornado a Palahna en rechoncha y rosada. Ella solía fumar en pipa, como la madre de Ivan; llevaba pañuelos suntuosos de seda, y los collares que brillaban alrededor de su grueso cuello hacían enverdecer de envidia a las demás mujeres. Ivan y Palahna iban juntos al pueblo a asistir a ferias parroquiales. Palahna ensillaba su caballo y deslizaba sus botas rojas en los estribos con tanto orgullo como si todas las montañas le pertenecieran a ella. En las ferias parroquiales la cerveza espumeaba, el whiskey fluía y volaban las noticias de montañas distantes. Ivan abrazaba a las esposas de otros hombres y Palahna era besada por hombres desconocidos. ¡Que maravilloso era! Satisfechos por haber pasado tan bien el tiempo, iban de regreso a casa, a sus preocupaciones cotidianas.

Eran visitados también por granjeros respetados:

¡Alabado sea Jesús! ¿Cómo están tu esposa y ganado? ¿Están sanos y robustos?”

Lo están. ¿Y tu?

Se sentaban en la mesa con mantel de tela bordada, torpes en sus pieles de oveja, y consumían kasha fresca, tan picante que les pelaba las lenguas.

Así pasaba la vida: los días entre semana eran para el trabajo, y los fines de semana para la magia.

Ivan siempre tenía un humor muy extraño para la Nochebuena. Absorto en un sentimiento misterioso y sagrado, realizaba las acciones del día de forma tan reverente como si celebrara una misa. Atizando un fuego vivo de forma que Palahna pudiera preparar la comida, repartía heno sobre la mesa, mugiendo como vaca, balando como oveja, o relinchando como caballo con una fe tan grande en que haría prosperar su ganado. Fumigaba la casa y los corrales con incienso para espantar a las bestias salvajes y brujas y, cuando Palahna, con su rostro ruborizado por tanto ir y venir, anunciaba en una habitación cundida de humo que los doce platos estaban listos, él llevaba a la mesa un poquito de cada plato al ganado antes de sentarse. El ganado debía tener el primer bocado de cada rollo de repollo, de ciruela, frijoles y kasha de cebada que Palahna había preparado para él con tanto esmero.

Pero eso no era todo. También tenía él que evocar durante la santa cena a los poderes hostiles contra los que se había protegido toda su vida. Tomando un tazón de comida en una mano y un hacha en la otra, salía. Vestidas en mantos verdes, las montañas escuchaban con atención mientras el oro de las estrellas sonaba en los cielos y la escarcha hacía brillar su espada plateada, cortando los sonidos en el aire, e Ivan extendía su brazo hacia esta soledad estival e invitaba a todos los nigromantes, hechiceros, astrólogos, lobos y osos a compartir la cena sagrada con él. Llamaba a la tempestad para que aceptara su invitación a los suntuosos platos y bebidas, pero no aceptaba, y nadie más venía, aunque Ivan preguntaba tres veces. Entonces les ordenaba no venir nunca más, y suspiraba aliviado.

Palahna esperaba en casa. Las brasas en la estufa chisporroteaban con calma; los platos descansaban sobre el heno de la mesa, y una paz navideña invadía las oscuras esquinas. El hambre llamaba a Ivan y Palahna a la mesa, pero ellos no se atrevían a sentarse aún. Palahna quedaba viendo a su esposo, y ambos se arrodillaban juntos, rogando a Dios el permitirles acercarse a venir a la mesa a las almas que nadie conoce, las almas de la gente perdida o muerta en sus labores en el bosque, o dejada lisiada en las carreteras o ahogada en las aguas profundas. Nadie recuerda a estas pobres almas, debiendo sufrir amargamente su tiempo en el infierno, esperando a la Nochebuena. Mientras oraban, Ivan tenía la certeza de que Marichka le sobaba detrás del hombro y que las almas de aquéllos que habían sufrido muertes no-naturales se sentaban en las bancas.

¡Sopla en la banca antes de sentarte! le advertía Palahna.

Pero Ivan sabía qué hacer sin que le dijeran. Cuidadosamente soplaba para despejar un sitio en la banca y asi evitar aplastar un alma sentada allí, y tomaba su lugar para la cena.

En la víspera de año nuevo, el propio Dios visitaba el ganado en los corrales. Las estrellas brillaban en lo alto; la helada crujía con fiereza, y el canoso Dios caminaba descalzo sobre la polvosa nieve y abría calmado la puerta al establo. Velando durante la noche, Ivan pensaba que había escuchado una amable voz preguntando al ganado, “¿Habéis estado bien alimentados y bien abrevados? ¿Vuestro amo os cuida bien?”.

Las ovejas balaban alegremente, y las vacas respondían con un mugido feliz: su amo las atendía a conciencia. Las alimentaba y abrevaba e incluso hoy las acababa de acomodar bien. Ahora el Señor iba seguramente a recompensar a Ivan, y con incremento. Y Dios garantizaba el incremento: las ovejas parían pacíficamente los borregos y las vacas a los terneros.

Palahna siempre estaba ocupada con su magia. Encendía fuegos en el establo, con los que hacía brillar al ganado, tan bellamente que semejaba la luz divina, y asi mantenía lejos a los espíritus malignos. Ella hacía todo lo que se le ocurría para calmar tanto al ganado como una raíz y hacerlo tan lleno de leche como un riachuelo tiene agua. Decía con ternura a sus animales, “Vosotras alimentaréis al amo y a mi, y yo os cuidaré de forma que dormiréis con facilidad y raramente mugiréis, para que la bruja ladrona de leche no os reconozca donde sea que pastéis o durmáis, y no os pueda embrujar. ”

Asi era como transcurrían las vidas de ganado y personas, que se unían entre si tanto como los dos arroyos de montaña que fluyen incorporándose en un solo rio.

Era la víspera de una gran festividad. Al día siguiente el cálido Yurii tomaba las llaves del dios del frío Dmytro, para entonces gobernar el mundo. Las aguas llenas, en las cuales navegaba la tierra, la elevaban hacia el sol. San Yurii decoraba los bosques y prados; las ovejas quedaban cubiertas de lana como la tierra de grama en verano, y las praderas de hano se tornaban verdes. La luz del sol y alegría primaveral venían al siguiente día, y ya las fogatas se emplazaban arriba en las colinas montañosas y el azul humo envolvía los abetos en un velo transparente. Cuando se había puesto el sol, las hogueras ya habían muerto y el humo se había replegado, el ganado ya estaba mugiendo felizmente mientras era arreado sobre las brillantes brasas para mantenerlos tan vivos como el propio fuego durante todo el verano y para que se multiplicaran como las cenizas se multiplican a partir del fuego.

La gente se acostaba tarde para la víspera de San Yurii, aunque debían levantarse de madrugada. Palahna se levantó tan pronto como despuntó el alba. “¿No es demasiado temprano?”, se preguntó en voz alta, pero inmediatamente recordó que debía dirigirse a la pradera. Arrojó la tibia cubrecama de lana y se levantó. Ivan aún dormía. La estufa bostezaba en la esquina con sus fauces mientras un grillo cantaba tristemente detrás. Palahna desabotonó su camisa, se la sacó, estuvo desnuda en el medio de la habitación por un momento, y luego se dirigió a la puerta, volteando a ver con temor a Ivan. La puerta rechinó y la helada brisa de la mañana envolvió su cuerpo. Los bosques de abeto, las praderas que se habían tornado grises por la noche y que ahora se veían como estrictos monjes, y los picos que se fundían lejos en la niebla estaban todos durmiendo. Una fría y pesada niebla se elevaba desde el valle y extendía sus blancas y peludas garras hacia los negros abetos, y el Cheremosh contaba sus sueños bajo el pálido cielo.

Palahna pisó el húmedo césped, temblando ligeramente por la helada matutina. Estaba segura que nadie la vería. ¿Y si alguien lo hacía? Lógicamente, sería una lastima que se echara a perder su magia. No tenía otro pensamiento en mente. Había enterrado sal, pan y un collar en un hormiguero durante la fiesta de la Anunciación y ahora debía desenterrarlos. Lentamente se acostumbraba al frío. Su cuerpo tirante, que no había conocido la maternidad y estaba tan fresco y rosado como una nube cubierta de oro y llena con lluvia primaveral, navegaba con libertad a través del joven pasto en la pradera. Se detuvo finalmente debajo de una haya. Antes de escarvar el hormiguero, alzó sus brazos y estiró felizmente todo su cuerpo, hasta que crujieron los huesos. Repentinamente, sintió que perdía las fuerzas. Se sintió enferma. Impotente, cayeron sus brazos, y quedó viendo hacia adelante, de una sola vez hundiéndose en un negro abismo acuoso que no la dejaría irse.

Iura, el hechicero, la miraba desde el otro lado de la cerca. Ella quiso gritarle, pero no pudo. Quiso cubrir sus pechos pero no tuvo las fuerzas para levantar las manos. Intentó huir, solamente encontrando que había echado raíces en el punto. Quedó allí, impotente, casi desvanecida, mirando fijamente dos brasas negras que succionaban toda su fuerza.

Finalmente la invadió la ira. ¡Toda su magia había sido desperdiciada! Palahna realizó un esfuerzo sobrehumano y le gritó a Iura. “¿Por qué me ve con los ojos desorbitados? ¿Nunca ha visto a una mujer?”

Sin perder la mirada con la que se había atado a ella, Iura mostró sus dientes brillantes. “Le juro, Palahna, ¡No he visto a ninguna como Usted!”. Y pasó una pierna al otro lado de la cerca.

Ella pudo ver claramente las dos brasas que habían tornado en cenizas toda su voluntad, flotando hacia ella, y continuó allí, detenida, incapaz de moverse, en una expectación dulce y terrible. Él ya estaba muy cerca ahora.

Ella podía ver los puntos de bordado en su chaleco, los relucientes dientes entre sus labios, y la mano a medio alzar. El calor de su cuerpo fluía hacia el de ella, y ella aún no se podía mover. Hasta que los férreos dedos apretaron su mano y la halaron hacia él, fue que ella pudo lanzar un grito y correr a casa.

El hechicero se quedó quieto mientras sus fosas nasales se abrían y cerraban y miraba saltando el blanco cuerpo de Palahna por las olas semejantes al césped en el Cheremosh. Entonces, al haber ya desaparecido Palahna, trepó de regreso la cerca y continuó su trabajo de regar las cenizas del fuego del día anterior en el prado, para que las vacas y ovejas aquí fueran más fructíferas, y cada vientre diera dos crías.

Palahna llegó enojada a casa. Era bueno que Ivan no hubiese visto nada. Que fino vecino era el tal Iura, ¡Que el diablo se lo lleve! ¿No podría haber escogido él un mejor momento para acercársele? Y acerca de la magia, pues, estaba perdida. Se puso a preguntarse si debía contarle a Ivan sobre Iura o dejar todo así. Podría desatarse una pugna o riña o incluso, si te metes con un hechicero, pues … ¡Debía haberle dado una bofetada justo en la cara! ¡Eso le hubiese enseñado! Pero Palahna sabía que no hubiera podido levantarle la mano. El sólo pensar en ello la hacía desmayarse. Recordó la mirada ardiente en sus ojos, sus fulgurientes dientes en su boca ávidamente abierta y el sentimiento de que él tejía un atelaraña que la envolvía. No importaba qué intentara hacer ella ese día, todo el tiempo continuó sintiendo la mirada del hechicero sobre su cuerpo.

Ya habían transcurrido dos semanas desde aquel suceso, y Palahna aún no le contaba nada a Ivan sobre su encuentro con Iura. Sólo observaba más de cerca a su esposo. Algo había pesado en él. Se miraba que una preocupación lo carcomía y debilitaba su cuerpo. Algo antiguo y agotador brillaba en sus ojos agotados. Se notaba que había perdido peso y se había vuelto indiferente. No, Iura estaba mejor. Si ella querría un amante, escogería a Iura. Pero Palahna era orgullosa y no podía ser tomada por la fuerza. Además, estaba enfadada con el hechicero.

Se lo topó un día por el rio. Por un momento, Palahna sintió que estaba desnuda otra vez, y que una fina tela de araña había envuelto su cuerpo. “¿Cómo dormiste, mi dulce Palahna?” Escuchó estas palabras como en un sueño.

Se le quedó la respuesta en la punta de la lengua. “Muy bien, ¿y tu?”. Pero se apretó los labios, alzó alto su cabeza, y pasó como si no lo hubiera visto.

¿Cómo estás? lo escuchó preguntar nuevamente. Pero no se volteó.

¡Ahora debes tener cuidado con lo que viene! pensó temerosa. Y de hecho, al no más llegar a a casa, Ivan la recibió con la mala noticia de que había muerto una oveja. Pero aún más extraño fue que ella no sintió la menor pena por la pérdida de la oveja. Incluso se enojó porque Ivan estaba llorando de esa manera.

Iura no se cruzó de nuevo en su camino, y los pensamientos de Palahna se tornaban cada vez más hacia él. Escuchaba ávidamente las historias sobre sus poderes y estaba sorprendida de que el apasionado Iura, quien no había visto a un mujer más fina que a Palahna, fuera capaz de tanto. Era poderoso y sabía de todo. Una simple palabra pronunciada por su boca podía matar una vaca o consumir a un hombre. El hechicero esgrimía poderes sobre vida y muerte: podía disipar nubes y detener el granizo. El fuego en sus negros ojos podía reducir al enemigo a cenizas, y era amable y amoroso en el corazón de una dama. Iura era un dios terrenal. Sus manos, que había extendido en deseo a Palahna, dominaban las fuerzas del mundo.

A veces el corazón de Palahna se mostraba indiferente al ganado y a su esposo, y palidecía hasta la insignificancia, como cuando la niebla se disipa al asentarse en las agujas de los abetos. Abatida, iba al prado, se sentaba bajo la haya, y sentía el cálido aliento de Iura sobre su pecho y sus dedos de hierro alrededor de sus brazos. Si en ese momento se hubiera aparecido, lo hubiera podido hacer su amante. Pero él no apareció.

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Autor: Ucrania Fantástica

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