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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 6

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Llegaron los días calurosos. El Ihret fumaba; la tierra echaba vapor, y las nubes sin cesar corrían desde la Chornohora, vertiendo lluvia en donde el sol mostraba su inclinado resplandor. El tiempo estaba tan húmedo que Palahna nunca hubiese ascendido al pico si un sueño no le hubiese advertido que algo malo se avecinaba contra el ganado. Quiso visitar a las vacas en el bosque. Las montañas alrededor de ella estaban cubiertas de niebla, como si los arroyos hirvieran y se hubieran convertido en vapor. El Cheremosh ebullía debajo. El rio hallaba demasiado duras las rocas, por lo que saltaba de una a otra. Apenas había llegado Palahna al pico cuando un viento procedente de la Chornohora movió un ala y sacudió los árboles. Dios olvidó que allí debería desatarse una tormenta, pensó ella, y volteó su rostro al viento. Pero ahí estaba. Una pesada nube azul blancuzco rugía. Parecía que la propia chornohora se había elevado en el cielo y estaba lista para caer en la tierra y aplastar todo en ella. El viento rugía frente a ella, ladeando los abetos, y las montañas y valles inmediatamente se tornaron negros, como barridos por un incendio forestal. No se podía pensar en proseguir. Palahna se hizo un refugio con la rama de un abeto. El árbol rechinaba. Los truenos rodaban suavemente en las colinas lejanas; las sombras corrían velozmente sobre las montañas, lavando sus colores, y los jóvenes abetos se sacudían bajo el viento en los picos distantes. Si sólo no cayera granizo, pensaba Palahna con miedo, mientras se acurrucaba dentro de su chaleco.

Los truenos ya sonaban sobre su cabeza. Dentro de la Chornohora, ya los nigromantes picaban el hielo en los lagos congelados, y las almas de los suicidas juntaban el hielo en bolsas y lo elevaban a las nubes, para regar el granizo sobre toda la tierra. Los prados quedarían arruinados cuando se cubrieran con las heladas bolas, y el hambriento ganado lloraría, pensó Palahna. Repentinamente cayó el rayo. Las montañas temblaron, y los jóvenes abetos cayeron crujiendo sobre el suelo. La tierra tembló y todo giró en un remolino. Palahna apenas se pudo asir de un tocón. Como si entre la niebla, ella pudo ver un hombre trepando la montaña. Luchaba contra el viento, extendiendo sus piernas como un cangrejo y sosteniéndose de rocas con sus manos. Ahora estaba cerca de la cumbre. Redobló, y luego corrió y, finalmente, ya estaba sobre el mero pico. Palahna reconoció a Iura.

Debe estar viniendo hacia mi, pensó temerosa, pero Iura aparentemente no la veía. Esbozado contra una nube, un pie adelante, colocó sus brazos en cruz en su pecho. Lanzando hacia atrás su pálido rostro, miraba fija y tórvamente a la nube .Quedó asi por un largo momento, mientras la nube avanzaba hacia él. Repentinamente estrelló su sombrero en el suelo, con un movimiento afilado. El viento inmediatamente sopló desde el valle y elevó su largo cabello. Entonces alzó la vara en su mano, y gritó al azul estruendo, “¡Detente! ¡No te dejaré pasar!”

La nube lo reflexionó por un momento, y luego respondió enviando una feroz flecha.

¡Oh! Palahna se tapó los ojos con una mano, mientras las montañas se desparramaban.

Pero Iura continuó firme, su cabello rizado ondeando casi como un nido de serpientes. “¡ajá! ¡De forma que eso quieres!” gritó a la nube. “Deberé exorzisarte entonces. ¡Te exorziso, grande y pequeño trueno, nubes grandes y pequeñas! Calamidad, te disipo, a la izquierda, a los bosques y aguas. ¡Ve, disípate como el viento por todo el mundo! ¡Dispérsate y desaparece! ¡No tienes mando aquí!”

Pero la nube simplemente sacudió su ala izquierda en señal de menosprecio, y comenzó a girar hacia la derecha, en dirección a los prados. “¡Guau!” exclamó Palahna, apretando sus puños. “¡Aplastará todo el heno!”

Iura no estaba listo para rendirse. Solamente palideció un poco más, y sus ojos se tornaron aún más oscuros. Al moverse la nube hacia la derecha, él también se hizo hacia la derecha. Cuando la nube se movió hacia la izquierda, también la siguió. Corrió tras ella, luchando contra el viento, ondeando sus brazos y amenazándola con su vara. Se deslizaba por las montañas mientras combatía a la nube. Sólo un poquito más, sólo un poquito, aquí, a este lado… Sintiendo el poder en su pecho, disparó relámpagos desde sus ojos mientras alzaba sus brazos en lo alto, y profería su conjuro. El viento casi le saca el chaleco para pegarle directo en el pecho.

La nube rezongó, mandó más truenos, lanzó lluvia entre sus ojos, y se estremeció sobre su cabeza, lista para caer, al igual que Iura, empapado en sudor, apenas aspirando, cayendo casi en un frenesí, temiendo perder la fuerza restante. Sintió que se debilitaba, que su pecho estaba vacío, que el viento arrancaba su voz y se la llevaba, y que la lluvia se vertía entre sus ojos, y que la nube ganaba el combate. Con el último poco de fuerzas, Iura alzó su corta vara. “¡Alto!”

La nube se detuvo. Reparando como un caballo asustado, la nube hirvió en rabia y desesperación, y rogó. “¡Déjame ir!”

¡No lo haré!

¡Dejémoslo ya, estamos muriendo! gritaron las almas lastimosamente, mientras luchaban bajo el peso de sus sacos de granizo.

¡Ajá!, ¡Ahora estáis rogando! Os conjuro: Idos a los abismos en donde los relinchos de caballos y el mugido de las vacas, y el balido de las ovejas, nunca lleguen, en donde no vuele una bandada, en donde las voces Cristianas nunca sean escuchadas. ¡Allí es donde os permitiré ir!”

Como cosa rara, la nube obedeció, sumisamente cruzando a la izquierda, desatando sus sacos sobre el rio y regando el grueso granizo sobre sus orillas de guijarros. Una blanca cortina cubrió las montañas, y algo rugió y se estrelló en el valle debajo. Iura cayó al suelo y boqueó aire.

Cuando el sol rompió a través de la nube y sonrió el pasto mojado, Iura vio, como en un sueño, que Palahna corría hacia él. Era como el propio sol cuando se lanzó sobre él con ansiedad. “¿Te ha sucedido algo malo, mi dulce Iura?”

Absolutamente nada, mi amadísima Palahna, nada. Ya ves, ¡He hecho regresar a la tormenta!” Y la envolvió con sus brazos. Allí, Palahna se convirtió en la amante de Iura.

Ivan estaba asombrado con Palahna. Ella siempre había gustado de vestir finas ropas, pero algo parecía haberla poseído: comenzó a usar pañuelos de seda caros, finamente bordados, blusas bordadas con hilos de oro y plata, y pesados collares de monedas, incluso en los días entre semana. A veces se desaparecía de la casa y regresaba tarde por la noche, ruborizada, desvelada y, aparentemente borracha.

¿Por dónde has andado? preguntaba Ivan con enfado. ¡Mírate, amante!

Palahna simplemente reía. ¡Y qué hay con eso! No se me permite pasar un buen rato. Quiero disfrutar de la vida. Sólamente se vive una vez en este mundo.

Lo que es verdad, es verdad. Nuestra vida es breve – parpadea por un momento, y luego se va. Ivan pensaba también asi, pero Palahna ya estaba yendo muy lejos. Bebía todos los días en la taberna, con Iura, besándolo y abrazándolo en público sin siquiera intentar disimular que tenía un amante. ¿Habrá sido ella la primera en tener uno? Desde tiempos inmemoriales, ninguna mujer había sido tolerada por únicamente un hombre.

Todos hablaban sobre Palahna y Iura. Ivan escuchaba los chismes, también, pero lo aceptaba con indiferencia. Si era el hechicero, pues que así sea. Palahna se maquillaba y disfrutaba de la vida, e Ivan languidecía. Él mismo estaba sorprendido por el cambio. ¿Qué le estaba sucediendo? Su fuerza lo abandonaba. Sus ojos ya estaban hundidos y acuosos. La vida perdía su sentido. Incluso el ganado ya no le daba el placer que una vez. ¿Alguien le habría echado un conjuro? No albergaba malicia en contra de Palahna y no sentía agravio, aunque luchaba por ella, con Iura.

Luchaba no por furia, sino por apariencia, por lo que diría la gente. Si no hubiera sido por Semen, su amigo del alma, quien hablaba por Ivan, nada habría llegado a suceder. Una vez, por ejemplo, Semen se encontró a Iura en una taberna, y lo golpeó en la cara, gritando: “¡Sinvergüenza! ¿Qué estás haciendo con Palahna? ¿No tienes tu propia esposa?”

Entonces, Ivan se sintió avergonzado y saltó sobre Iura. “¡Preocúpate por tu Hafiia, y no toques a mi esposa!” le gritó, esgrimiendo su hacha a Iura, en su cara.

¿La compraste en el mercado? explotó Iura. Su hacha también destelló frente a los ojos de Ivan.

¡Malandrín, te golpearé!

¡Tú, bandido!

¡Aquí, toma! Ivan atestó el primer golpe, directo en el medio de la frente. Inundado en sangre, Iura se las arregló para darle un hachazo a Ivan entre los ojos, cobriendo su rostro y pecho de sangre. Ambos hombres quedaron cegados por las calientes olas que caían sobre sus ojos a borbotones, pero siguieron golpeando, hacha contra hacha, apuntando las tajadas directo al pecho del contrincante. Fluyendo la sangre, estas rojas máscaras bailaban la danza de la muerte, la mano de Iura estaba ya lisiada, pero por un hachazo de suerte, repentinamente destrozó el hacha de Ivan. Ivan se dobló, esperando la muerte, pero Iura controló su ímpetu y, con un fino y grande gesto, arrojó su hacha a la par de la de Ivan. “¡No ataco a hombres indefensos con mi hacha!”. Se tomaron uno al otro por los hombros. Los otros, que estaban observando todo, se las arreglaron para separarlos.

¿Bien, qué? Ivan se lavó las heridas, coloreando el Cheremosh con su sangre, y fue de regreso con su ganado. Ahí fuen donde, como siempre, encontró descanso y consuelo. La pelea no había ayudado en nada. Todo siguió como antes. Palahna seguía fuera de casa, e Ivan languidecía cada vez más. Su piel se oscurecía y se pegaba a los huesos. Sus ojos se hundían incluso más. Fiebre, irritación e intranquilidad se apoderaban de él. Incluso perdía el apetito por la comida. Debía ser un embrujo, pensaba Ivan con amargura. Me quiere sacar de este mundo.

Fue con una exorcista, pero ella no pudo deshacer el conjuro: aparentemente, Iura era más fuerte. Ivan estaba seguro de ello. Al ir caminando, al pasar frente a la casa del hechicero, escuchó la voz de Palahna. ¿Podría ser ella?

Presionando una mano en su pecho, Ivan pegó un oído en la puerta. No estaba equivocado. Era Palahna la que estaba adentro. Buscando una hendidura para poder espiar, se movió Ivan calmo a lo largo de la cerca. Finalmente, encontró un agujero y vio a Palahna con el hechicero. Iura sostenía un muñeco de arcilla frente a Palahna y le daba con la punta del dedo golpes de pies a cabeza.
Apunto aquí”, susurró con malicia, “y que se sequen sus brazos y piernas. En el estómago, para que sufra de dolores y no pueda comer.”

¿Y si le apuntas a la cabeza?”, preguntó Palahna, inquisitiva.

¡Se muere de inmediato!

¡Ambos se confabularon en su contra! Ivan quiso saltar la cerca y matarlos a ambos en el instante. Apretó el hacha en su mano, midió la cerca con la mirada, y se puso pálido. La debilidad e indiferencia lo volvieron a invadir. ¿Para qué? Esto debió haber sido dictado por el destino. Se estremeció, bajó el hacha, y se fue. Caminó desolado, sin sentir el suelo bajo sus pies, y tambaleándose por el camino. Frente a sus ojos miraba sólamente círculos rojos que flotaban, y que se disolvían sobre las montañas.

¿A dónde iba? Ivan no sabía. Vagando sin rumbo, escaló montañas y descendió a los valles. Finalmente se fijó que estaba sentado junto al río. La verde sangre de las montañas espumeaba y rugía bajo sus pies, y quedó viendo fija e incomprensiblemente la ligera corriente, hasta que el primer pensamiento claro que llegó a su mente agotada fue: Marichka había caminado por estos lares. Aquí era donde se la había llevado el agua. Entonces subieron a la superficie, un pensamiento tras otro, llenando su vacío corazón. Vio el dulce rostro de Marichka de nuevo, su amabilidad simple y sincera, y escuchó su canción.

Piensa en mi, amor mio, dos veces al día, y yo pensaré en ti siete veces por hora”. Ahora todo se había ido. Desaparecido, para nunca regresar, asi como la espuma en el río no puede retornar. Una vez Marichka, y ahora él… Su estrella apenas se sostenía allá arriba, en el cielo. ¿Para qué es la vida? Un destello en el cielo, una flor de cerezo, fugaz y efímera.

El sol se ocultó detrás de las montañas y, en esta calmada tarde, sombras humeantes de azur se colaban por las grietas, saliendo de los tejados de las cabañas hutsul, que florecían en las verdes montañas como azules inflorescencias. La angustia envolvía el corazón de Ivan. Su alma anhelaba algo mejor, algo desconocido. Fue halada a otros mundos, mejores, en donde podría descansar, finalmente.

Cuando cayó la noche y las negras montañas titilaban con las luces de las cabañas dispersas como criaturas malignas parpadeando, Ivan sintió que las fuerzas hostiles eran más fuertes que él mismo, que ya había caído en la batalla.

Ivan despertó.

Levántate, le dijo Marichka. Levántate y ven a mi. La volteó a ver, para nada sorprendido. Era algo muy bueno el hecho de que ella hubiese venido finalmente. Se levantó y se dirigió hacia ella.

Silenciosamente, se pusieron a caminar entre las montañas. Aunque era de noche, Ivan podía ver claramente el rostro de Marichka a la luz de las estrellas. Trepando una cerca que dividía el prado del bosque, entraron a una arboleda muy densa de abetos.

¿Por qué te ves tan pálido? preguntó Marichka. ¿Has estado enfermo?

Languidezco por tí, Marichka, amor mío. No preguntó hacia dónde se dirigían. Simplemente estaba muy feliz de estar acompañado de ella.

¿Recuerdas, mi dulce Ivan, cómo nos reuníamos en este bosque? Tocabas para mi, y yo envolvía mis brazos alrededor de tu cuello y besaba tus lindos rizos.

Si, Marichka, lo recuerdo, y jamás lo olvidaré.

Miraba a Marichka a su lado, pero sabía muy bien que era una ninfa de bosque, y no su Marichka. Caminaba junto a ella, sin permitirle que se le adelantara para no mirar el sangriento agujero en su espalda, en donde el corazón y pulmones de una ninfa pueden verse, por ser transparente en este punto de su cuerpo. En veredas angostas, se apretujaba a ella, para evitar quedar atrás, y sentía el calor de su cuerpo.

Siempre quise preguntarte, ¿por qué me golpeaste en el rostro? Recuerdas, cuando nuestros padres peleaban y me escondí de miedo bajo la carreta, al ver la sangre.

Corriste esa vez. Lancé tus listones al agua, y me diste una golosina.

Me enamoré de ti inmediatamente.

Ellos se internaban más en el bosque. Los negros abetos extendían sus musgosas ramas sobre ellos, como bendiciéndolos, y un lóbrego silencio reinaba sobre todo, roto sólamente por el caprichoso espumeo de los riachuelos del valle.

Una vez quise asustarte, me enterré entre el musgo y los helechos, y quedé allí, con tranquilidad. Me llamaste, me buscaste, y casi lloras. Y quedé allí, yaciendo pero aguantando la risa. ¿Y, qué hiciste conmigo cuando finalmente me hallaste?

¡Ja, ja!

¡Uy, sinvergüenza! Frunció dulcemente sus labios, lanzándole una mirada traviesa.

¡Ja, ja! rió Ivan.

Ella le recordó los juegos infantiles que ambos gozaban, sus aventuras bañándose en los fríos arroyos, sus bromas y canciones, sus alegrías y temores, y sus abrazos apasionados, y su dolorosa partida. Todos los dulces recuerdos que calentaron sus corazones.

¿Por qué te quedaste tanto tiempo en los pastizales de las tierras altas, Ivanko? ¿Qué hacías allá?

Ivan estuvo tentado de contarle cómo una ninfa lo había llamado, con la voz de Marichka, pero guardó silencio. Su conciencia se dividía. Sentía a Marichka junto a él, aunque al mismo tiempo, sabía que Marichka ya se había ido, y que algo más lo guiaba a lo desconocido, a las desoladas sierras, para destruirlo. Aún así, se sentía bien. Seguía sus risas y gorjeos de niña, ligero, feliz y ya sin el miedo que había sentido antes. Sus preocupaciones, sus pensamientos sobre Palahna y el hostil hechicero, y su temor a la muerte, todo había desaparecido. La juventud de corazón ligero, y la alegría, lo guiaban a los despoblados picos, tan desolados y solitarios que incluso el susurro del bosque no podía ser conservado allí, y era acarreado a los valles por los rugientes ríos.

Yo siempre te busqué y esperé tu retorno de los pastizales de las alturas. No comía ni dormía, y perdí mis canciones, y el mundo se marchitó para mi. Cuando estábamos enamorados, hasta los robles secos floreaban, pero cuando nos separamos, los fuertes robles se secaron.”

¡No digas eso, Marichka, no lo digas, mi amor! ¡Ahora estamos juntos, y nunca más nos vamos a separar!

¿Nunca? ¡Ja ja!

Ivan se estremeció y se detuvo. La seca y maliciosa risa cortó su corazón. La vio con incredulidad. “¿Te ríes de algo, Marichka?”

¡Claro que no, Ivanko! ¡No me reí! Debiste de habértelo imaginado. ¿Estás cansado? Caminemos un poco más. ¡Ven!”

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Autor: Ucrania Fantástica

Слава Україні! ¡Que viva Ucrania! Libre, independiente, soberana

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