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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte final (7)

Él siguió, apretando firmemente sus hombros con los de ella, con un único pensamiento: continuar así, y no quedar detrás. De otra manera, en vez de ropa, en la espalda de Marichka hubiera visto … Ah, ¿cuál era el punto? Se rehusaba a pensar. *-> El bosque se tornaba más denso. El pútrido aroma de pantanos estancados llegó a ellos desde un matorral en donde los abetos yacían caídos y emergían setas venenosas. Las rocas eran frías al tacto bajo su cobertura de resbaloso musgo, y las desnudas raíces de los abetos entrelazaban las veredas, cubiertas por una capa de agujas secas. Ivan y Marichka continuaron andando, más y más profundo entre las frías e inatractivas espesuras de los bosques de las alturas.

Emergieron a un prado. Aquí, el cielo era más ligero. Los abetos parecían estar sosteniendo la negra noche. Súbitamente se detuvo Marichka, con un estremecimiento. Ladeando su cabeza hacia adelante, se quedó escuchando. Ivan notó la mueca de ansedad en su semblante y cómo frunció sus cejas. ¿Qué sucedía? Pero Marichka, impaciente, silenció esta pregunta colocando un dedo sobre sus labios, y luego desapareció.

Todo sucedió tan rápido e insólito, que Ivan no tuvo tiempo de darse cuenta. ¿Qué la había asustado? ¿A dónde había huído? Quedó inmóvil por un momento, esperando que Marichka volviera pronto, pero pasó un largo tiempo, por lo que llamó, callado, “¡Marichka! La suave cobertura de ramas de abeto absorbió el sonido, y de nuevo todo se tornó silencioso.

Ivan se puso ansioso. Quiso ir a buscar a Marichka, pero no sabía hacia dónde ir, pues no pudo notar en dónde se había desaparecido. Se pudo haber perdido en el bosque o tropezado hacia un acantilado. ¿Debía él encender una fogata? Ella vería la luz y sabría ubicarse para hallarlo de regreso. Juntó ramas secas y encendió fuego. Las llamas tronaban un poco, y produjeron humo. Cuando el humo remolineaba sobre el fuego, las sombras de los abetos reclinados comenzaron a bailar, poblando el prado.

Ivan se sentó en un tocón, y vio alrededor. El prado estaba lleno de troncos podridos esparcidos, y cubierto por una espinosa red de frambuesas silvestres. Las finas y secas ramas bajas de los abetos colgaban como una barba roja. La tristeza invadió de nuevo a Ivan. Estaba sólo de nuevo. Marichka no venía.

Encendiendo su pipa, quedó viendo el fuego, mientras el tiempo volaba. Marichka tenía que regresar, tarde o temprano. Incluso creyó escuchar pasos y pisadas sobre hojas secas. ¡Oh!. Finalmente regresó … Quiso levantarse e ir a su encuentro, pero antes que pudiese hacerlo, las ramas secas se partieron suavemente, y un hombre emergió del bosque.

Estaba desnudo. Un fino cabello oscuro cubría todo su cuerpo, circulando sus redondos ojos compasivos, entrelazándose con su barba y colgando hasta su pecho. Apretó sus peludos brazos en su gran estómago, y se aproximó al fuego. Ivan lo reconoció de inmediato. Era el feliz chuhaistyr, el espíritu benevolente de los bosques, que protege a las personas de las ninfas de madera. Era la muerte para ellas: si atrapaba una, la haría pedazos, miembro por miembro.

El chuhaistyr le sonrió afable, y le dijo con un tímido guiño. “¿A dónde fue ella?”

¿Quién?

La ninfa del bosque.

Se está refiriendo a Marichka, pensó Ivan con temor, y su corazón comenzó a latir fuertemente. O sea que por eso fue que desapareció ella. “No sé, no logré ver”, respondió con indiferencia, invitando al chuhaistyr a sentarse.

El chuhaistyr se sentó sobre un tocón, se sacudió las hojas secas prendidas en su cabello, y extendió sus pies hacia el fuego. Ambos quedaron en silencio. El hombre del bosque se calentó con el fuego, sobando su redondo estómago. Ivan se preguntaba cómo detener más tiempo al chuhaistyr para que Marichka tuviese más tiempo para huir.

El propio chuhaistyr lo ayudó. Guiñando con timidez a Ivan, dijo, “¿Bailarías conmigo un poquito?”

¿Por qué no? E Ivan se levantó alegremente. Echando ramas secas al fuego, examinó sus zapatos, se arregló la camisa, y se alistó para bailar.

El chuhaistyr colocó sus manos peludas en las caderas, y comenzó a sacudirse, ¡Bien, comencemos!

Muy bien, si tenía que comenzar, comenzaría. Ivan puso un pie en posición, sacó una pierna, sacudió todo su cuerpo, y entró en una ligera danza hutsul. El chuhaistyr se balanceaba cómicamente hacia atrás y adelante. Arrugando los ojos, sonaba sus labios y sacudía el estómago mientras sus piernas peludas, como de oso, se flexionaban y enderezaban. La danza le advertía. Saltaba cada vez más alto y se agachaba más bajo, animándose con alegres gritos y resuellos que lo hacían sonar como un fuelle.

En torno a sus ojos aparecieron gotas de sudor, que corrían en riachuelillos desde su frente hasta su boca, y sus antebrazos y panza relucían como flancos de caballo.

¡Una vez Haiduk!, ¡Y otra vez! le gritó a Ivan, somatando los pies.

¡Otra más! llamó Ivan animado. ¡Otra a ciegas! ¡Jo-jo!¡Si vamos a bailar, bailemos de verdad!”

¡Asi mero! El chuhaistyr aplaudía con las manos, se agachaba y daba vueltas en remolino.

¡Ja ja ja! gritaba Ivan, palmeando sus muslos.

Las llamas subieron, por lo que proyectaban las móviles sombras de los danzarines sobre el lado iluminado del prado. El chuhaistyr ya se estaba cansando. Alzó su mano con las sucias uñas a su frente, para enjugar el sudor, y ahora sólo sacudía su peludo cuerpo, en vez de los brincos de antes. “¿Será que ya ha sido suficiente?”, dijo resollando.

¡Oh no, un poquito más! Ivan también ya se caía de lo exhausto. Estaba caliente y mojado. Ya le dolían las piernas, y sus pulmones anhelaban un poco de aire. “Tocaré una melodía para bailar”, animó al chuhaistyr, buscando su floiara dentro del morral. ¿Has escuchado algo como ésto, amigo mío?

Tocó la melodía que había escuchado aquella vez en el bosque, por el “que se desvanece”. “¡Mis cabras regresaron, mis cabras regresaron!” Animado con esa canción, el chuhaistyr se puso a mover los talones de nuevo, con los ojos cerrados por la satisfacción, con su agotamiento aparentemente olvidado. Ahora Marichka estaría a salvo. Huye, Marichka, no temas, amor. Tu enemigo está bailando”, cantaba la floiara.

El cabello del chuhaistyr estaba tan brillante como si acabara de salir del agua. Fluía la saliva en un arroyo desde su boca, abierta en la felicidad de la danza, y su cuerpo entero brillaba a la luz del fuego mientras Ivan lo animaba con su alegre tonada, golpeando las rocas en el prado con los pies, de los que ya habían volado los zapatos.

Finalmente, quedó demasiado agotado el chuhaistyr. ¡Suficiente, ya no puedo más!” Cayó sobre el césped, respirando con dificultad, con los ojos cerrados. Ivan colapsó junto al chuhaistyr. Y de esa manera, respiraban juntos.

Por último, el chuhaistyr quedó riendo traviesamente. ¡Oh, que buen momento he pasado!” Sobando su redondo estómago, suspiró, aspiró lentamente para suavizar el aire en su pecho, y comenzó a despedirse.

Muchas gracias por la danza.

Que te vaya bien.

Adiós. Partiendo las ramas secas de un abeto, el chuhaistyr se adentró en el bosque.

El prado volvió a quedar envuelto en silencio y penumbra. El fuego, ya agonizante, solamente guiñaba un ojo. ¿En dónde estaría Marichka? Ivan aún tenía mucho que contarle. Sentía una tremenda necesidad de narrarle toda su vida, su anhelo por ella, sus días tristes, su soledad entre gente hostil, su infeliz matrimonio. ¿Pero, en dónde estaba? ¿A dónde se habría ido? ¿Será que a la izquierda? Le parecía que la había visto irse a la izquierda.

Ivan se movió entonces a la izquierda. Los abetos se habían cerrado tanto que era muy difícil pasar entre sus duros troncos. Las ramas bajas y secas golpeaban la cara de Ivan, pero continuó. Rugiendo dentro de la espesura, continuamente tropezaba y corría hacia tres troncos. Otras veces pensaba haber escuchado a alguien llamándolo. Se detenía, sostenía el aliento y escuchaba. Pero el bosque estaba tan silencioso, que el topar las ramas secas que sobaban sus hombros, sonaba como si cayera madera. Ivan continuó andando, extendiendo sus manos como un no-vidente, temeroso de tropezar en obstáculos.

Repentinamente, un apenas audible aliento, llegó a sus oídos. ¡Ivan! La voz venía de detrás de una espesura, como emergiendo de un mar de agujas de abeto. Significaba que Marichka no estaba aquí. Tuvo que dar la vuelta. Se apuró, chocando sus rodillas contra los árboles, cayendo sobre ramas y medio cerrando los ojos para no ser pinchado por las agujas. La noche estaba sosteniendo sus piernas, no lo dejaba ir, y tuvo que arrastrarla. Había estado vagando por bastante tiempo y seguía sin encontrar el prado. Ahora se desmoronaba el suelo bajo sus pies. Las rocas le bloqueaban el camino. Rodeándolas, se resbaló en el musgo, cayó sobre duras raíces, y se agarró de un manojo de pasto para evitar caer al abismo. De éste, le llegó un casi imperceptible grito, de nuevo. “¡Iva-an!”

Quiso responder el llamado de Marichka, pero temía que el chuhaistyr escuchara. Ahora ya sabía en dónde buscarla. Tenía que ir a la derecha y bajar. Pero la pendiente aquí era incluso más fuerte, y él no supo cómo ella había sido capaz de bajar hasta allí. Los guijarros que saltaban de debajo de sus pies caían con un gruñido amortiguado al negro abismo. Pero Ivan era ágil y sabía moverse en las montañas, y fue capaz de maniobrar al borde del abismo, cuidadosamente, buscando apoyo para sus pies. La cuesta se tornaba cada vez más difícil. En una ocasión casi cae, pero pudo agarrarse con las uñas de una roca y colgar de los brazos. No sabía qué había debajo de él, pero sentía el frío y malévolo aliento del abismo que había abierto sus insaciables fauces hacia él.

¡Iva-an! Lamentaba Marichka desde abajo, con una voz que fundía amor y sufrimiento.

¡Ya voy, Marichka! Ivan se esforzó en gritar. Había olvidado la precaución. Saltando de roca en roca como una cabra montés, con su boca apenas capaz de tomar un bocado de aire, continuó golpeando sus brazos y piernas, cayendo en rocas filosas, perdió el suelo bajo sus pies y, a través de la gruesa niebla de pasión por la cual iba a toda velocidad hacia el valle, escuchó la amada voz que le pedía: “¡Iva-an!”

¡Aquí estoy! Gritó Ivan, y repentinamente, sintió que el abismo lo halaba hacia abajo. Tomándolo por el cuello, lo dobló hacia atrás. Agitó hacia todos lados sus brazos, intentando agarrarse de alguna roca, igual con sus piernas, y sintió que volaba de cabeza, con su cuerpo lleno de un helado y extraño vacío. La pesada y negra montaña desplegó sus alas y voló como un ave. Una aguda curiosidad mental quemó su cerebro: ¿sobre qué golpearía su cabeza? Escuchó un óseo golpe y sintió un insoportable y agudo dolor que invadió su cuerpo: luego, todo se derritió en el rojo fuego que consumió su vida.

Al día siguiente, unos pastores hallaron al moribundo Ivan.

La trembita anunció la muerte en las montañas. Pues la muerte aquí tiene su propia voz, que le habla a los picos solitarios. Cascos de caballos comenzaron a recorrer las pedregosas veredas, y los mocasines de cuero susurraban bajo el brillo de la noche mientras los hutsules corrían desde sus casas en la montaña, para ir a ver la muerte. Cayendo de rodillas frente al cuerpo, apilaban monedas sobre el cuerpo del difunto para que pudiera pagar por el transporte de su alma, y luego se sentaban silenciosamente en bancas. Cabellos grises mezclados con el carmin de los pañuelos de seda, y un rosado saludable con el amarillo de los rostros cerosos y arrugados. Una mortal luz tejió una red de sombras con el muerto y los rostros vivos. Los mentones de las esposas de granjeros ricos se estremecían; ancianos ojos brillaban en respeto a la muerte; una serena calma unía la vida y la muerte, y rústicas y trabajadoras manos descansaban pesadas sobre rodillas.

Palahna ajustó la mortaja. Sus dedos sintieron la frialdad del cadáver, y el cálido y dulce aroma de la cera chorreando de las velas, elevaba pena de su pecho a su garganta. Las trembitas lloraban afuera de la ventana.

El rostro amarillento de Ivan descansaba sobre el lino, habiendo cerrado algo dentro de sí, algo que sólo él conocía, y el ojo derecho astutamente observaba por debajo del párpado ligeramente abierto las monedas de latón apiladas sobre su pecho y la vela que ardía junto a sus manos plegadas. Su alma descansaba a la cabecera junto al cuerpo: no se atrevía a salir aún de la casa.

¿Por qué no me hablas? Llamaba Palahna a la solitaria alma de su esposo. ¿Por qué no me miras? ¿Por qué no vendas los cayos de mis dedos? ¿Por cuál camino te diriges, esposo mío? ¿En dónde debo buscarte?”

Guarda bien ella el luto, las ancianas se inclinaban, y otras respondían con señas que se fundían en el barullo.

Pastoreamos juntos en los altiplanos. Una vez, cuidábamos las ovejas, cuando rompió una ventisca, como si fuese invierno. La tormenta de nieve era tan fiera que no podíamos ver nada, y él, el difunto…” contaba un granjero a sus vecinos. Sus labios se movían en sus propios pensamientos, pues era para reconfortar la triste alma que había partido de su cuerpo.

Te has ido y me has dejado sola. ¿Con quién cuidaré ahora la granja? ¿Con quién voy a atender ahora el ganado?” preguntaba Palahna al alma de su esposo.

Nuevos huéspedes entraban constantemente a la cabaña por la puerta abierta desde la oscura noche. Las rodillas se doblaban frente al cuerpo; monedas de latón tintineaban sobre su pecho, y la gente se corría en las bancas para hacer lugar a las que recién llegaban. Las gruesas velas ardían calmas, su cera cayendo como lágrimas. Una pálida llama lamía el aire fétido, y el vapor azul, mezclado con el aroma nauseabundo de la cera y el sudor, colgaba sobre el barullo.

La cabaña ya estaba demasiado concurrida. Rostros presionando junto a rostros. Cálidos alientos mezclados juntos, y frentes sudorosas reflejaban la luz mortal que las blusas ornamentadas con hilo metálico reflejaban, asi como morrales y cintos de cuero. Y llegaban más y más huéspedes, amontonándose bajo el dintel. El cuerpo rogaba moverse. Una apenas visible sombra de puntos blancos, parecidos al líquen, se arrastraba sobre él.

¡Mi dulce esposo, me has abandonado al dolor!” Lamentaba Palahna. “Nadie queda para ir al pueblo, o traer cosas…”

Afuera de la ventana, la trembita continuaba repitiendo sus lamentos, aumentando el duelo de Palahna. ¿No había tenido ya la pobre alma suficiente dolor? Este pensamiento debía haber sido disimulado bajo el opresivo peso del dolor, porque comenzaba movimiento bajo el dintel. Los pies taconeaban vacilantes; los codos empujaban; una banca se sacudía ocasionalmente, y surgieron voces de dentro del ruido de la multitud. Repentinamente, una aguda risotada, de voz femenina, cortó el pesado velo de la tristeza, y el encerrado barullo explotó como una llama de debajo de una tapa de humo negro.

¡Hey, tu, nariz respingada! ¡Cómprame un conejo!” bramó un joven en grave voz.

¡Ja ja, nariz respingada!” Una ola de risas se desenrolló. Comenzó el regocijo. Los que estaban sentados junto a la puerta se voltearon dando la espalda al cuerpo, prestos para unirse al juego. Explotaron muecas felices en los rostros que hacía un momento habían estado anudadas en dolor, y el conejo avanzó y avanzó, extendiéndose en círculos más amplios, hasta llegar al cadáver. “¡Ja ja, jorobado!, ¡Ja ja, cojo!”.

La luz parpadeaba y se ahumaba con las risas. Huésped tras otro se levantaban de las bancas y se movían hacia las esquinas de la jata, en donde los alborotadores se reunían en grupitos apretados. Los puntos en el rostro del cadáver se dispersaban como si sus pensamientos ocultos estuvieran aún en movimiento, cambiando su expresión. Un amargo pensamiento pareció haber sido atrapado en la comisura del labio: ¿Qué es la vida? Un destello en el cielo, una flor de cerezo.

La gente ya se besaba junto a la puerta exterior.

¿A quién estás conquistando?

A la Annychka, la del cabello negro.

Annychka fingía resistirse, pero docenas de manos la sacaban a empujones de la apretada multitud, y calientes labios la animaban, ¡Ve, muchacha, anda! Annychka abrazaba al chico que la pretendía, y lo besaba en la boca con entusiasmo, mientras el gentío daba alaridos de felicidad.

El cuerpo había sido olvidado. Solamente tres ancianas quedaban junto a él, con sus vítreos y adoloridos ojos que se posaban en una mosca que revoloteaba sobre el rostro inmóvil y amarillento.

Las mujeres casadas se arrojaban al juego. Con miradas en las que la moribunda luz no se había extinguido aún y la imagen de la muerte aún estaba fresca, iban ansiosas a besar, en olvido de sus maridos, que estaban abrazando y apretujando a las mujeres de otros. Los besos resonaban por toda la casa, mezclados con el lamento de la trembita, que seguía anunciando a las distantes montañas que la muerte había venido a este pico solitario. Palahna ya había dejado de lamentarse. Ya estaba anocheciendo y debía entretener a sus visitas.

Las bromas crecían. La habitación se tornaba sofocante. La gente sudaba dentro de sus chalecos, respirando el olor del sudor, los nauseabundos humos de la cera caliente y la fetidez del cuerpo en descomposición. Todos hablaban en voz alta como olvidando por qué estaban allí, narrando sus aventuras entre carcajadas. Agitando sus brazos, se daban palmadas entre si mientras guiñaban un ojo a las mujeres.

Aquéllos que no cabían en la jata, encendieron una fogata en el jardín y jugaban alegremente. La luz en el vestíbulo se extinguió finalmente. Las chicas chillaban con fuerza, y los muchachos se ahogaban en sus carcajadas. Los festejos hacían temblar las paredes de la casa y vibrar el féretro. Las amarillas llamas de las velas parpadeaban en el denso aire.

Inclusive los ancianos se unieron a los juegos. Las risotadas descuidadas sacudían sus canos cabellos, explayando las arrugas y revelando los tocones podridos de sus dientes. Los viejos extendían sus brazos inestables y ayudaban a los jóvenes a atrapar a las chicas. Los collares de monedas tintineaban en el pecho de las muchachas. Los chillidos femeninos resonaban en los oídos. Las bancas saltaban y chocaban contra el ataúd. Los retumbos de risas rodaban desde las esquinas con íconos, al umbral, y las hileras enteras de personas se doblaban de la risa, sosteniendo sus estómagos.

Un “molinero” hizo estruendo con un rugido de madera en el medio del bullicioso gentío. “¿Qué tenéis para moler en mi molino?” gritaba el molinero constantemente.

Tenemos maíz, gritaban las muchachas, mientras se apretujaban unas a otras hacia él.

Judíos que habían hecho “barbas” al colocar varias tiras de lino hiladas unas con otras, y una toalla húmeda enrollada que golpeaba las espaldas de la gente con un chasquido. Las personas huían de ella, gritando y rugiendo entre carcajadas, chocando unos con otros, levantando el polvo y viciando el aire. El piso de la casa temblaba bajo el peso de los jóvenes pies, y el cuerpo del muerto saltaba arriba y abajo dentro del féretro, con la misteriosa sonrisa de la muerte dibujada aún en su amarillento rostro. Las monedas de latón amontonadas por buenas personas en el pecho del cadáver, por el bien y paz de su alma, tintineaban.

Afuera de la ventana, se lamentaban las trembitas.

Cherníhiv, octubre de 1911

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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 6

Llegaron los días calurosos. El Ihret fumaba; la tierra echaba vapor, y las nubes sin cesar corrían desde la Chornohora, vertiendo lluvia en donde el sol mostraba su inclinado resplandor. El tiempo estaba tan húmedo que Palahna nunca hubiese ascendido al pico si un sueño no le hubiese advertido que algo malo se avecinaba contra el ganado. Quiso visitar a las vacas en el bosque. Las montañas alrededor de ella estaban cubiertas de niebla, como si los arroyos hirvieran y se hubieran convertido en vapor. El Cheremosh ebullía debajo. El rio hallaba demasiado duras las rocas, por lo que saltaba de una a otra. Apenas había llegado Palahna al pico cuando un viento procedente de la Chornohora movió un ala y sacudió los árboles. Dios olvidó que allí debería desatarse una tormenta, pensó ella, y volteó su rostro al viento. Pero ahí estaba. Una pesada nube azul blancuzco rugía. Parecía que la propia chornohora se había elevado en el cielo y estaba lista para caer en la tierra y aplastar todo en ella. El viento rugía frente a ella, ladeando los abetos, y las montañas y valles inmediatamente se tornaron negros, como barridos por un incendio forestal. No se podía pensar en proseguir. Palahna se hizo un refugio con la rama de un abeto. El árbol rechinaba. Los truenos rodaban suavemente en las colinas lejanas; las sombras corrían velozmente sobre las montañas, lavando sus colores, y los jóvenes abetos se sacudían bajo el viento en los picos distantes. Si sólo no cayera granizo, pensaba Palahna con miedo, mientras se acurrucaba dentro de su chaleco.

Los truenos ya sonaban sobre su cabeza. Dentro de la Chornohora, ya los nigromantes picaban el hielo en los lagos congelados, y las almas de los suicidas juntaban el hielo en bolsas y lo elevaban a las nubes, para regar el granizo sobre toda la tierra. Los prados quedarían arruinados cuando se cubrieran con las heladas bolas, y el hambriento ganado lloraría, pensó Palahna. Repentinamente cayó el rayo. Las montañas temblaron, y los jóvenes abetos cayeron crujiendo sobre el suelo. La tierra tembló y todo giró en un remolino. Palahna apenas se pudo asir de un tocón. Como si entre la niebla, ella pudo ver un hombre trepando la montaña. Luchaba contra el viento, extendiendo sus piernas como un cangrejo y sosteniéndose de rocas con sus manos. Ahora estaba cerca de la cumbre. Redobló, y luego corrió y, finalmente, ya estaba sobre el mero pico. Palahna reconoció a Iura.

Debe estar viniendo hacia mi, pensó temerosa, pero Iura aparentemente no la veía. Esbozado contra una nube, un pie adelante, colocó sus brazos en cruz en su pecho. Lanzando hacia atrás su pálido rostro, miraba fija y tórvamente a la nube .Quedó asi por un largo momento, mientras la nube avanzaba hacia él. Repentinamente estrelló su sombrero en el suelo, con un movimiento afilado. El viento inmediatamente sopló desde el valle y elevó su largo cabello. Entonces alzó la vara en su mano, y gritó al azul estruendo, “¡Detente! ¡No te dejaré pasar!”

La nube lo reflexionó por un momento, y luego respondió enviando una feroz flecha.

¡Oh! Palahna se tapó los ojos con una mano, mientras las montañas se desparramaban.

Pero Iura continuó firme, su cabello rizado ondeando casi como un nido de serpientes. “¡ajá! ¡De forma que eso quieres!” gritó a la nube. “Deberé exorzisarte entonces. ¡Te exorziso, grande y pequeño trueno, nubes grandes y pequeñas! Calamidad, te disipo, a la izquierda, a los bosques y aguas. ¡Ve, disípate como el viento por todo el mundo! ¡Dispérsate y desaparece! ¡No tienes mando aquí!”

Pero la nube simplemente sacudió su ala izquierda en señal de menosprecio, y comenzó a girar hacia la derecha, en dirección a los prados. “¡Guau!” exclamó Palahna, apretando sus puños. “¡Aplastará todo el heno!”

Iura no estaba listo para rendirse. Solamente palideció un poco más, y sus ojos se tornaron aún más oscuros. Al moverse la nube hacia la derecha, él también se hizo hacia la derecha. Cuando la nube se movió hacia la izquierda, también la siguió. Corrió tras ella, luchando contra el viento, ondeando sus brazos y amenazándola con su vara. Se deslizaba por las montañas mientras combatía a la nube. Sólo un poquito más, sólo un poquito, aquí, a este lado… Sintiendo el poder en su pecho, disparó relámpagos desde sus ojos mientras alzaba sus brazos en lo alto, y profería su conjuro. El viento casi le saca el chaleco para pegarle directo en el pecho.

La nube rezongó, mandó más truenos, lanzó lluvia entre sus ojos, y se estremeció sobre su cabeza, lista para caer, al igual que Iura, empapado en sudor, apenas aspirando, cayendo casi en un frenesí, temiendo perder la fuerza restante. Sintió que se debilitaba, que su pecho estaba vacío, que el viento arrancaba su voz y se la llevaba, y que la lluvia se vertía entre sus ojos, y que la nube ganaba el combate. Con el último poco de fuerzas, Iura alzó su corta vara. “¡Alto!”

La nube se detuvo. Reparando como un caballo asustado, la nube hirvió en rabia y desesperación, y rogó. “¡Déjame ir!”

¡No lo haré!

¡Dejémoslo ya, estamos muriendo! gritaron las almas lastimosamente, mientras luchaban bajo el peso de sus sacos de granizo.

¡Ajá!, ¡Ahora estáis rogando! Os conjuro: Idos a los abismos en donde los relinchos de caballos y el mugido de las vacas, y el balido de las ovejas, nunca lleguen, en donde no vuele una bandada, en donde las voces Cristianas nunca sean escuchadas. ¡Allí es donde os permitiré ir!”

Como cosa rara, la nube obedeció, sumisamente cruzando a la izquierda, desatando sus sacos sobre el rio y regando el grueso granizo sobre sus orillas de guijarros. Una blanca cortina cubrió las montañas, y algo rugió y se estrelló en el valle debajo. Iura cayó al suelo y boqueó aire.

Cuando el sol rompió a través de la nube y sonrió el pasto mojado, Iura vio, como en un sueño, que Palahna corría hacia él. Era como el propio sol cuando se lanzó sobre él con ansiedad. “¿Te ha sucedido algo malo, mi dulce Iura?”

Absolutamente nada, mi amadísima Palahna, nada. Ya ves, ¡He hecho regresar a la tormenta!” Y la envolvió con sus brazos. Allí, Palahna se convirtió en la amante de Iura.

Ivan estaba asombrado con Palahna. Ella siempre había gustado de vestir finas ropas, pero algo parecía haberla poseído: comenzó a usar pañuelos de seda caros, finamente bordados, blusas bordadas con hilos de oro y plata, y pesados collares de monedas, incluso en los días entre semana. A veces se desaparecía de la casa y regresaba tarde por la noche, ruborizada, desvelada y, aparentemente borracha.

¿Por dónde has andado? preguntaba Ivan con enfado. ¡Mírate, amante!

Palahna simplemente reía. ¡Y qué hay con eso! No se me permite pasar un buen rato. Quiero disfrutar de la vida. Sólamente se vive una vez en este mundo.

Lo que es verdad, es verdad. Nuestra vida es breve – parpadea por un momento, y luego se va. Ivan pensaba también asi, pero Palahna ya estaba yendo muy lejos. Bebía todos los días en la taberna, con Iura, besándolo y abrazándolo en público sin siquiera intentar disimular que tenía un amante. ¿Habrá sido ella la primera en tener uno? Desde tiempos inmemoriales, ninguna mujer había sido tolerada por únicamente un hombre.

Todos hablaban sobre Palahna y Iura. Ivan escuchaba los chismes, también, pero lo aceptaba con indiferencia. Si era el hechicero, pues que así sea. Palahna se maquillaba y disfrutaba de la vida, e Ivan languidecía. Él mismo estaba sorprendido por el cambio. ¿Qué le estaba sucediendo? Su fuerza lo abandonaba. Sus ojos ya estaban hundidos y acuosos. La vida perdía su sentido. Incluso el ganado ya no le daba el placer que una vez. ¿Alguien le habría echado un conjuro? No albergaba malicia en contra de Palahna y no sentía agravio, aunque luchaba por ella, con Iura.

Luchaba no por furia, sino por apariencia, por lo que diría la gente. Si no hubiera sido por Semen, su amigo del alma, quien hablaba por Ivan, nada habría llegado a suceder. Una vez, por ejemplo, Semen se encontró a Iura en una taberna, y lo golpeó en la cara, gritando: “¡Sinvergüenza! ¿Qué estás haciendo con Palahna? ¿No tienes tu propia esposa?”

Entonces, Ivan se sintió avergonzado y saltó sobre Iura. “¡Preocúpate por tu Hafiia, y no toques a mi esposa!” le gritó, esgrimiendo su hacha a Iura, en su cara.

¿La compraste en el mercado? explotó Iura. Su hacha también destelló frente a los ojos de Ivan.

¡Malandrín, te golpearé!

¡Tú, bandido!

¡Aquí, toma! Ivan atestó el primer golpe, directo en el medio de la frente. Inundado en sangre, Iura se las arregló para darle un hachazo a Ivan entre los ojos, cobriendo su rostro y pecho de sangre. Ambos hombres quedaron cegados por las calientes olas que caían sobre sus ojos a borbotones, pero siguieron golpeando, hacha contra hacha, apuntando las tajadas directo al pecho del contrincante. Fluyendo la sangre, estas rojas máscaras bailaban la danza de la muerte, la mano de Iura estaba ya lisiada, pero por un hachazo de suerte, repentinamente destrozó el hacha de Ivan. Ivan se dobló, esperando la muerte, pero Iura controló su ímpetu y, con un fino y grande gesto, arrojó su hacha a la par de la de Ivan. “¡No ataco a hombres indefensos con mi hacha!”. Se tomaron uno al otro por los hombros. Los otros, que estaban observando todo, se las arreglaron para separarlos.

¿Bien, qué? Ivan se lavó las heridas, coloreando el Cheremosh con su sangre, y fue de regreso con su ganado. Ahí fuen donde, como siempre, encontró descanso y consuelo. La pelea no había ayudado en nada. Todo siguió como antes. Palahna seguía fuera de casa, e Ivan languidecía cada vez más. Su piel se oscurecía y se pegaba a los huesos. Sus ojos se hundían incluso más. Fiebre, irritación e intranquilidad se apoderaban de él. Incluso perdía el apetito por la comida. Debía ser un embrujo, pensaba Ivan con amargura. Me quiere sacar de este mundo.

Fue con una exorcista, pero ella no pudo deshacer el conjuro: aparentemente, Iura era más fuerte. Ivan estaba seguro de ello. Al ir caminando, al pasar frente a la casa del hechicero, escuchó la voz de Palahna. ¿Podría ser ella?

Presionando una mano en su pecho, Ivan pegó un oído en la puerta. No estaba equivocado. Era Palahna la que estaba adentro. Buscando una hendidura para poder espiar, se movió Ivan calmo a lo largo de la cerca. Finalmente, encontró un agujero y vio a Palahna con el hechicero. Iura sostenía un muñeco de arcilla frente a Palahna y le daba con la punta del dedo golpes de pies a cabeza.
Apunto aquí”, susurró con malicia, “y que se sequen sus brazos y piernas. En el estómago, para que sufra de dolores y no pueda comer.”

¿Y si le apuntas a la cabeza?”, preguntó Palahna, inquisitiva.

¡Se muere de inmediato!

¡Ambos se confabularon en su contra! Ivan quiso saltar la cerca y matarlos a ambos en el instante. Apretó el hacha en su mano, midió la cerca con la mirada, y se puso pálido. La debilidad e indiferencia lo volvieron a invadir. ¿Para qué? Esto debió haber sido dictado por el destino. Se estremeció, bajó el hacha, y se fue. Caminó desolado, sin sentir el suelo bajo sus pies, y tambaleándose por el camino. Frente a sus ojos miraba sólamente círculos rojos que flotaban, y que se disolvían sobre las montañas.

¿A dónde iba? Ivan no sabía. Vagando sin rumbo, escaló montañas y descendió a los valles. Finalmente se fijó que estaba sentado junto al río. La verde sangre de las montañas espumeaba y rugía bajo sus pies, y quedó viendo fija e incomprensiblemente la ligera corriente, hasta que el primer pensamiento claro que llegó a su mente agotada fue: Marichka había caminado por estos lares. Aquí era donde se la había llevado el agua. Entonces subieron a la superficie, un pensamiento tras otro, llenando su vacío corazón. Vio el dulce rostro de Marichka de nuevo, su amabilidad simple y sincera, y escuchó su canción.

Piensa en mi, amor mio, dos veces al día, y yo pensaré en ti siete veces por hora”. Ahora todo se había ido. Desaparecido, para nunca regresar, asi como la espuma en el río no puede retornar. Una vez Marichka, y ahora él… Su estrella apenas se sostenía allá arriba, en el cielo. ¿Para qué es la vida? Un destello en el cielo, una flor de cerezo, fugaz y efímera.

El sol se ocultó detrás de las montañas y, en esta calmada tarde, sombras humeantes de azur se colaban por las grietas, saliendo de los tejados de las cabañas hutsul, que florecían en las verdes montañas como azules inflorescencias. La angustia envolvía el corazón de Ivan. Su alma anhelaba algo mejor, algo desconocido. Fue halada a otros mundos, mejores, en donde podría descansar, finalmente.

Cuando cayó la noche y las negras montañas titilaban con las luces de las cabañas dispersas como criaturas malignas parpadeando, Ivan sintió que las fuerzas hostiles eran más fuertes que él mismo, que ya había caído en la batalla.

Ivan despertó.

Levántate, le dijo Marichka. Levántate y ven a mi. La volteó a ver, para nada sorprendido. Era algo muy bueno el hecho de que ella hubiese venido finalmente. Se levantó y se dirigió hacia ella.

Silenciosamente, se pusieron a caminar entre las montañas. Aunque era de noche, Ivan podía ver claramente el rostro de Marichka a la luz de las estrellas. Trepando una cerca que dividía el prado del bosque, entraron a una arboleda muy densa de abetos.

¿Por qué te ves tan pálido? preguntó Marichka. ¿Has estado enfermo?

Languidezco por tí, Marichka, amor mío. No preguntó hacia dónde se dirigían. Simplemente estaba muy feliz de estar acompañado de ella.

¿Recuerdas, mi dulce Ivan, cómo nos reuníamos en este bosque? Tocabas para mi, y yo envolvía mis brazos alrededor de tu cuello y besaba tus lindos rizos.

Si, Marichka, lo recuerdo, y jamás lo olvidaré.

Miraba a Marichka a su lado, pero sabía muy bien que era una ninfa de bosque, y no su Marichka. Caminaba junto a ella, sin permitirle que se le adelantara para no mirar el sangriento agujero en su espalda, en donde el corazón y pulmones de una ninfa pueden verse, por ser transparente en este punto de su cuerpo. En veredas angostas, se apretujaba a ella, para evitar quedar atrás, y sentía el calor de su cuerpo.

Siempre quise preguntarte, ¿por qué me golpeaste en el rostro? Recuerdas, cuando nuestros padres peleaban y me escondí de miedo bajo la carreta, al ver la sangre.

Corriste esa vez. Lancé tus listones al agua, y me diste una golosina.

Me enamoré de ti inmediatamente.

Ellos se internaban más en el bosque. Los negros abetos extendían sus musgosas ramas sobre ellos, como bendiciéndolos, y un lóbrego silencio reinaba sobre todo, roto sólamente por el caprichoso espumeo de los riachuelos del valle.

Una vez quise asustarte, me enterré entre el musgo y los helechos, y quedé allí, con tranquilidad. Me llamaste, me buscaste, y casi lloras. Y quedé allí, yaciendo pero aguantando la risa. ¿Y, qué hiciste conmigo cuando finalmente me hallaste?

¡Ja, ja!

¡Uy, sinvergüenza! Frunció dulcemente sus labios, lanzándole una mirada traviesa.

¡Ja, ja! rió Ivan.

Ella le recordó los juegos infantiles que ambos gozaban, sus aventuras bañándose en los fríos arroyos, sus bromas y canciones, sus alegrías y temores, y sus abrazos apasionados, y su dolorosa partida. Todos los dulces recuerdos que calentaron sus corazones.

¿Por qué te quedaste tanto tiempo en los pastizales de las tierras altas, Ivanko? ¿Qué hacías allá?

Ivan estuvo tentado de contarle cómo una ninfa lo había llamado, con la voz de Marichka, pero guardó silencio. Su conciencia se dividía. Sentía a Marichka junto a él, aunque al mismo tiempo, sabía que Marichka ya se había ido, y que algo más lo guiaba a lo desconocido, a las desoladas sierras, para destruirlo. Aún así, se sentía bien. Seguía sus risas y gorjeos de niña, ligero, feliz y ya sin el miedo que había sentido antes. Sus preocupaciones, sus pensamientos sobre Palahna y el hostil hechicero, y su temor a la muerte, todo había desaparecido. La juventud de corazón ligero, y la alegría, lo guiaban a los despoblados picos, tan desolados y solitarios que incluso el susurro del bosque no podía ser conservado allí, y era acarreado a los valles por los rugientes ríos.

Yo siempre te busqué y esperé tu retorno de los pastizales de las alturas. No comía ni dormía, y perdí mis canciones, y el mundo se marchitó para mi. Cuando estábamos enamorados, hasta los robles secos floreaban, pero cuando nos separamos, los fuertes robles se secaron.”

¡No digas eso, Marichka, no lo digas, mi amor! ¡Ahora estamos juntos, y nunca más nos vamos a separar!

¿Nunca? ¡Ja ja!

Ivan se estremeció y se detuvo. La seca y maliciosa risa cortó su corazón. La vio con incredulidad. “¿Te ríes de algo, Marichka?”

¡Claro que no, Ivanko! ¡No me reí! Debiste de habértelo imaginado. ¿Estás cansado? Caminemos un poco más. ¡Ven!”

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Sombras de los ancestros olvidados, en español – Parte 4

Para la fiesta de los santos Pedro y Pablo, se desataba siempre una ventisca. La nieve quedaba en el suelo durante tres días, y muchas ovejas morían al resbalar y se rompían las ingles. ———-

En ocasiones subían personas de los bajíos. Los pastores los rodeaban y luchaban entre ellos por realizar las preguntas, “¿Qué noticias traéis de la aldea?”. Y luego quedaban escuchando como niños a las simples respuestas: que estaban escasas las patatas, o que el maíz estaba creciendo muy delgado, o que Ilena Mocharnyk había fallecido. Todos bebían por la salud del ganado, y los huéspedes llenaban sus bolsos con queso y partían de regreso, pacíficamente, al valle.

Por las noches se encendían fogatas a un lado del aprisco. Los pastores se sacaban la ropa y sacudían las garrapatas en el fuego o, hambrientos de damas tras un verano completo sin ellas, se embeberían en una charla salaz. Los rugidos de las carcajadas sacaban al ganado de su sueño.

Antes de irse a dormir, Ivan llamaba a Mykola, quien siempre era platicador y le gustaba cantar. “¡Mykola, amigo mío!. Ven aquí.”

“Espera un minuto, hermano Ivan, ya voy” el cuidador del fuego respondía desde el aprisco, e Ivan escuchaba resonar su canción:

La Chornohora no cultiva ni grano ni heno. Cria a jóvenes pastores, y queso, y fino suero.

Mykola era un huérfano que había crecido en las tierras altas. “Fui criado por las ovejas”, decía, suavizando sus rizos despeinados.

Habiendo finalizado sus labores, el cuidador del fuego se acostaba junto a Ivan. Estaba hollinoso y saturado de humo, y sus jóvenes dientes brillaban a la luz del fuego. Ivan se colocaba más cerca, lo abrazaba por el cuello, y le imploraba: “Cuéntame una historia, amigo. Sabes muchas.”

Las estrellas bajaban del cielo, y la vía láctea fluía como la blanca espuma en el río. Las montañas ya dormían. “Seguro están creciendo” gritaba Ivan como si fuera para si mismo.

¿Quién?

Las montañas.

Al principio crecían, pero ahora ya se detuvieron. Mykola guardaba silencio y luego agregaba callado, al principio no había montañas, sólo agua. El agua era como un mar sin playas. Y Dios caminaba sobre el agua. Pero una vez notó Él que la espuma se arremolinaba en el agua. ´¿Quién eres tu?´, preguntó, ´Yo no sé´respondió. Estoy vivo pero no puedo caminar´Ese era el Aridnyk. Dios no sabía nada sobre él pues el Arydnik, como Dios mismo, había existido desde el puro principio. Dios le dio brazos y piernas, y se volvieron como hermanos de sangre. Cuando se cansaron de caminar sobre el agua, Dios decidió crear tierra, pero no pudo obtener arcilla del fondo del mar, porque Él conoce todo en el mundo, pero no puede hacer nada. Pero el Aridnyk tenía el poder de hacer de todo y dijo ´Yo puedo bucear´. ´Sumérgete entonces´respondió Dios. Entonces el Aridnyk se zambulló, tomó un puñado de arcilla y ocultó otro poco entre su boca, para sí mismo. Dios tomó la arcilla y la dispersó. ´¿No hay más?´´No´Entonces Dios bendijo la tierra, y ésta comenzó a crecer. Pero la tierra que estaba entre la boca de Satán también creció. Creció y creció hasta que forzó a que abriera su boca. No podía respirar, y sus ojos ya se salían de sus órbitas. ´¡Escupe!´le aconsejó Dios. El Arydnik comenzó a escupir, y hacia donde quiera que escupía, crecía una montaña, cada una más alta que la anterior, hasta que alcanzaron el cielo. Y hubiesen perforado los cielos si Dios no las hubiera detenido. Y desde entonces, las montañas ya no han crecido más.”

A Ivan se le hizo muy raro el pensar que las alegres y finas montañas hubiesen sido creadas por el Maligno. “Dime más, mi amigo”, le rogó.

El aridnyk era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera,” continuó Mykola. “Cuando Dios quería algo, Él lo tendría que hacer por artificio o por sigilo. El Aridnyk creó las ovejas y se fabricó un violín que tocaba mientras las pastaba. Dios vio ésto y le robó algunas ovejas al Arydnik, y entonces ambos las criaron. Toda la sabiduría e inteligencia en este mundo provienen de Satán. Toda carreta, caballo, instrumento musical, molino y cabaña, fueron inventados por él. Dios simplemente se las robó y se las dio a la gente. De forma que hubo una vez… ”

En cierta ocasión, al Arydnik le dio frío y, para calentarse, inventó el fuego. Dios vino y obsevó el fuego. El Arydnik supo lo que él quería. ´Me has robado todo lo demás´le dijo, ´pero ésto, no te lo daré.´Entonces vio que Dios estaba encendiendo también una fogata. Se enfadó tanto que escupió en el fuego de Dios. Salió humo de su saliva. El primer fuego era limpio y sin humo pero, desde entonces, humea.”

Mykola contaba estas historias por bastante tiempo y, cuando fuera que mencionara al diablo, Ivan se persignaba bajo su camisa, y Mykola escupía para evitar que el Maligno tomara poder sobre él.

En una ocasión, Mykola se enfermó, e Ivan fue quien se encargó de cuidar el fuego por él. El jefe pastor dormía en una banca junto al fuego, mientras el enfermo gemía en una esquina, en donde se movían de un lado a otro las sombras de los quesos que colgaban, secándose. El agua bullía en una olla negra, y el humo forzaba su marcha hacia arriba, colándose por entre las rajaduras de las piezas del tejado. En ocasiones el malvado soplaba por algún resquicio, haciendo que el humo golpeara el rostro de Ivan, causando ardor en sus ojos. Pero eso era bueno, pues así no se atrevía a dormir. Para espantar el sueño que lo asechaba y pesaba tanto sobre él, quedaba viendo fijamente al fuego. Debía cuidarlo, pues era un espíritu de los pastizales de las tierras altas, pues quién sabe si se le permitía irse. Las brasas le sonreían desde la fuerte carga de leña, y luego se desvanecían. Algunas manchas verdes salían flotando frente a sus ojos y navegaban hacia prados y bosques.

Los blancos pies de Marichka pisaban a través de un prado. Arrojando a un lado su rastrillo, extendía sus brazos hacia Ivan. Y, justo cuando su suave cuerpo estaba a punto de tocar el fuerte pecho del amado, emergía un oso rugiendo desde el bosque, dispersando las blancas ovejas y separando a su amado de Marichka. ¡El diablo se lo llevaba! ¿En verdad me quedé dormido? Las brasas le guiñaban; el jefe pastor aún roncaba, y Mykola se quejaba bajo una pesada cubierta de sombras incansables.

¿No era ya hora de preparar la kasha (sopa, gachas) para el desayuno de los pastores? Ivan salió de la cabaña. El silencio y el frío lo envolvieron. Podía escuchar el ganado respirando en los corrales. Las ovejas ya estaban agrupadas, y comenzaban a vislumbrarse los fuegos encendidos en las cabañas de los pastores. Los perros rodearon a Ivan, estirando sus adormilados cuerpos, y restregando sus flancos en las piernas del muchacho. Las negras montañas llenaban los bajíos como una enorme grey. Habían vivido en silencio desde tiempos tan inmemoriales, que podían escuchar incluso la respiración de vacas y ovejas. Sobre ellas se extendía el cielo, el celestial pastizal en donde pastan las estrellas, como blancas ovejas. ¿Había algo en el mundo además de estos dos pastizales? Uno se extendía sobre la tierra y el otro sobre las montañas, y el pastor era solo un punto negro entre ambos.

Pero tal vez no era nada. ¿Tal vez la noche había inundado las montañas, y ellas se habían movido, aplastando todo lo que vivía entre ellas, y sólo el corazón de Ivan había sido dejado intacto para latir dentro de su chaleco y los infinitos espacios? La soledad lo roía, como un dolor de muelas. Algo enorme y ajeno, una tranquilidad indiferente, el sueño de algo que no existe, lo aplastaba. La impaciencia golpeaba en su cerebro, y la ansiedad lo apretaba por la garganta. Sacudiéndose de repente, brincó en los pastizales, sus gritos y chillidos destruyendo el silencio y astillando la noche como una roca lanzada contra una ventana. ¡Oh-oh-oh! llamaban las sobresaltadas montañas. ¡Ha-haha! gritaban ansiosos los distantes picos. Y entonces se cerraba de nuevo el silencio. Los perros pastores se volteaban, mostrando sus dientes a Ivan mientras meneaban sus colas.
Ahora se sentía más triste incluso. Quería ver la luz del sol, escuchar el alegre saludo del rio, compartir el calor y plática de su vida hogareña. Las penas y anhelos presionaban su corazón. LLovían recuerdos que destellaban frente a sus ojos. Repentinamente, escuchó una sosegada llamada ¡Iva-an! Y nuevamente. ¡Ivaan!

¿Marichka? ¿En dónde estaba? ¿Habría venido hasta estos pastizales? ¿De noche? ¿Estaba perdida y lo llamaba? ¿O estaba él escuchando cosas? No. Estaba aquí.

El corazón de Ivan latía más fuerte mientras él dudaba. ¿A dónde debía ir? Luego, por tercera vez, le llegó el grito. ¡Iva-an! Marichka… tuvo que haber…. Corrió a toda velocidad, sin respetar veredas, en la dirección de la voz, pero allí encontró el precipicio que le impedía llegar al pastizal. Se detuvo a ver el negro abismo. Entonces fue cuando comprendió: una ninfa lo estaba llamando. Se persignó con el signo de la cruz y, viendo hacia atrás siempre con cuidado, regresó a la cabaña.

Ya era hora de cocinar la Kasha. Colocar harina dentro de la olla hirviendo, cortó por la masa espesante, y pronto emanó un fragante aroma mezclado con el humo de leña. El jefe pastor se desperezaba, y despuntaba el alba. ¿Quién lo habría llamado? Se preguntaba Ivan. ¿Tal vez habrá sido Marichka, después de todo?

Algo lo llamó a ir a ver de nuevo, por lo que regresó a la pastura tras el recreo del día. Un rocío frío se asentaba sobre sus mocasinas. El cielo enrojecía, y las estrellas bajaban su intensidad. Ivan subió a un pico y repentinamente sintió un escalofrío. ¿En dónde estaba? ¿Qué le había sucedido? ¿Por qué habían desaparecido las montañas? El agua había inundado los valles de los pastizales, sumergiendo los picos, y los pastos flotaban como una isla solitaria en un mar infinito. Un viento soplaba desde la Chornohora. Las aguas profundas susurraban, y el sol, invisible, podía ser escuchado creciendo en sus profundidades. Ahora emergía un pico gris del mar, y se drenaba el agua de él. El viento frío se tornó más intenso en su soplido; las olas del mar crecían, y un pico tras otro, emergían de la blanca espuma. Parecía que estaba volviendo a nacer el mundo. Las aguas se escurrían de los picos y ahora se arremolinaban bajo sus pies. El sol ya había arrojado su corona sobre el cielo, y en cualquier momento mostraría su rostro, mientras la solitaria voz de la trembita era transportada por el aire desde los corrales, despertando a las tierras altas de su sueño.

Ivan pasó el verano en los pastizales de las mesetas hasta que quedó despoblado. El ganado fue arreado de regreso a sus propietarios en los valles; las trembitas sonaron por última vez; el césped quedó todo pisoteado y el viento otoñal suspiraba sobre él como si fuera un cadáver. Sólo el jefe pastor y el cuidador del fuego quedarón atrás. Tuvieron que esperar hasta que el fuego se hubiese consumido por completo. El fuego en los pastizales, que había nacido como un dios, también tenía que ir a dormir por si mismo. Y cuando el pastor jefe y el cuidador del fuego se habían retirado también, un espectro se puso a vagar por los pastos entristecidos e iba a tientas por chozas y corrales para ver si se le había dejado algo.

Ivan corrió en vano desde las tierras altas: no encontró viva a Marichka. El día anterior, cuando vadeaba el Cheremosh, se la había llevado el agua. Había surgido de repente una inundación, y las salvajes olas golpearon a Marichka, soltando sus pies y arrastrándola sobre una cascada, para luego llevarla entre las rocas de debajo. La gente observó cómo las olas la sacudieron y escucharon sus gritos y ruegos, pero no la lograron salvar.

Ivan no pudo creer esas noticias. Tenía que ser un truco jugado por los Huteniuks. Se habrían enterado de su amor por Marichka y la habrían ocultado. Pero cuando escuchó las mismas noticias de cada bando, decidió ir en busca del cuerpo. Debía haber sido lanzado contra las márgenes pobladas de árboles que guarnecían el rio. La gente debió haberla encontrado en algún lugar. Recorrió el rio a lo largo, repleto de rabia ardiente y rugidos incesantes.

Encontró el cuerpo en otra aldea. Había sido arrastrado a una orilla con mucha pendiente, pero no pudo reconocer a Marichka. No era Marichka sino un saco mojado, una masa sangrienta de carne azul que había sido triturada por las rocas del río como si hubiese sido pasada por piedras de molino.

Una gran pena se apoderó de su corazón. Al principio estuvo tentado de saltar de una roca a un remolino: ¡Aquí, devórame también! Pero entonces su ardiente dolor lo llevó a las montañas, lejos del rio. Cubrió sus oídos para no escuchar el rugido traicionero que había absorbido el último aliento de Marichka. Vagó por el bosque, entre rocas y acantilados, como un oso lamiendo sus heridas, y ni siquiera el hambre lo pudo llevar de regreso a la aldea. Vivió de moras y arándanos y bebió agua de los arroyos.

Entonces desapareció. La gente supuso que había muerto de dolor, y las muchachas comenzaron a componer canciones que hablaban del trágico amor entre Ivan y Marichka. Por seis años no hubo noticias de Ivan. Pero apareció inesperadamente durante el séptimo. Estaba chupado y ennegrecido, y se veía mucho mayor de lo que era en realidad, pero estaba calmo. Dijo que había sido pastor en el lado húngaro. Hizo eso por otro año, y luego se casó. Ya era tiempo de levantar una granja.

Hasta que las canciones y disparos de pistola por la boda habían acabado, y hasta que su esposa había llevado su ganado a los corrales, quedó satisfecho Ivan. Su Palahna era de una familia rica. Era una chica altiva y robusta con una voz grave y un cuello grueso. Era verdad que le gustaban las ropas finas y que gastaba mucho dinero en pañuelos de seda y collares de monedas, pero Ivan no se preocupaba mientras estuviera viendo las ovejas balando en los corrales y las vacas pastando en el bosque.

Ahora tenía algo qué atender. No era ambicioso de obtener riquezas – no es el propósito de ningún hutsul en la vida – un simple oficio de pastoreo del ganado era suficiente para llenar de alegría su corazón. Los animales eran para él lo que un hijo es para su madre. Todos sus pensamientos revoloteaban en torno al heno, la comodidad del ganado, y sus preocupaciones más grandes eran que el ganado no se debilitara o que tuviera una maldición sobre si, sólo quería que las ovejas tuviesen borregos y las vacas terneros. El peligro asechaba por todos lados, y tenía que cuidar su ganado de serpientes, bestias y brujas, que hacían de todo para dañar a las vacas y privarlas de su maná. Tenía que saber trucos y tenía que fumigar, lanzar conjuros de protección y recolectar hierbas benéficas. Palahna lo ayudaba. Era una buena ama de casa, y él compartía sus preocupaciones con ella.

¡Qué vecinos nos ha dado el Señor!” se quejaba ella con su esposo. “Jyma vino al corral esta mañana, vio los terneros y aplaudió. ´¡Oh, pero que finos!´Aquí están, pensé dentro de mi. Ni tan pronto se había ido, dos borregos giraron y cayeron muertos. ¡Uf, que bruja!”

“Y yo caminaba de paso por su casa por la noche,” dijo Ivan, “cuando vi algo rodando como un morral. Era brillante como una estrellita. Me detuve a ver, y rodó a través de la pradera y el cerco, y directo a la puerta de Jyma. ¡Dios me ampare! Si lo hubiera pensado a tiempo y me hubiera quitado los pantalones, hubiera capturado con ellos a la bruja, pero era demasiado tarde…”

Su vecino en la colina más cercana al otro lado era Iura. La gente decía que era como un dios. Sabio y poderoso, como un mago que sostiene en sus fuertes manos las fuerzas del cielo y la tierra, de la vida y la muerte, y la salud de ganado y humanidad. Era temido, pero también necesitado, por todos. Ocasionalemente Ivan iba con Iura por ayuda, pero cada vez encontraba la ardiente mirada en los ojos negros del hechicero, que escupía discretamente. “¡Sal en tus ojos!”

Pero Jyma era la peor molestia. Una vieja intrigante, siempre amigable, que de noche se convertía en un perro blanco y vagaba por los cercados de los vecinos. Ivan a menudo tenía que lanzar una horquilla o un hacha para sacarla.

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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 5

La vaca moteada se adelgazaba y daba cada vez menos leche. Palahna sabía culpa de quién era eso. Miraba por encima de la vaca, susurraba conjuros, corría al establo varias veces por noche, incluso teniendo que levantarse durante la noche. Una vez emitió un grito tal, que Ivan tuvo que saltar al cerco como un loco para perseguir a un enorme sapo que intentaba introducirse reptando entre el establo. Pero el sapo desapareció súbitamente y la voz de Jyma chilló al otro lado de la cerca. ¡Buenas noches a vosotros, mis lindos vecinos! Jee-jee-jee….

¡Si, era una desvergonzada! ¿De qué no era capaz esa bruja? Podía convertirse en una sábana blanca, visible durante el crepúsculo al márgen del bosque, o arrastrarse como una serpiente, o rodar por las colinas como una esfera transparente. Incluso se bebía la luna, para poder ir con el ganado de los demás en plena oscuridad. Más de un hombre juró haberla visto ordeñando un espino: usaba cuatro de sus espinas como ubre y llenaba un cubo con su leche.

¡Cuántos cuidados tuvo Ivan! No tenía tiempo para detenerse y pensar. La granja requería trabajo sin cesar, y la vida del ganado estaba tan estrechamene ligada a la propia, que hacía a un lado todos los demás pensamientos. Pero a veces, cuando levantaba la mirada hasta las verdes praderas, en donde el heno descansaba en pilas, o en el profundo y meditabundo bosque, una voz olvidada hacía tiempo, le llevaría flotando en el aire:

Piensa en mi, cariño,
Dos veces al día,
Y pensaré en tí,
Siete veces por hora.

Entonces dejaba sus faenas y desaparecía. La arrogante Palahna, acostumbrada a trabajar seis días a la semana y descansar sólo los domingos, cuando se le mostraba en sus ropas finas, lo amonestaba por sus caprichos.

Pero Ivan rabiaba. “¡Tranquila! ¡Ocúpate de tus cosas y déjame!”

También se enfadaba consigo mismo. ¿Por qué lo hago? se preguntaba y lugo retornaba a su ganado, con un sentimiento de culpabilidad. Le llevaba pan o un talego de sal. La vaca azul y la blanca llegaban a él con sus mugidos de confianza, extendían sus tibias lenguas rojas y lamían la sal de su mano. Los lustrosos ojos húmedos lo miraban amablemente, y el aroma fresco a leche y estiércol restauraba su paz y balance.

En el tramo de las ovejas era rodeado por un mar de pequeños ovinos redondos. Estos carneros y ovejas conocían a su amo y se sobaban contra sus piernas con balidos de alegría. Él hundía sus dedos en la esponjosa lana o tomaba en brazos una oveja, con un sentimiento paternal, y entonces llegaba flotando hacia él el espíritu de los pastizales y lo llamaba a acompañarlo a las montañas. Su corazón se llenaba de calor y alegría. Esa era la felicidad de Ivan.

¿Amaba él a Palahna? El pensamiento nunca le había pasado por la mente. Era el amo y ella su amada y, a pesar que no tenían hijos, tenían su ganado. ¿Qué más podrían desear? La buena vida había tornado a Palahna en rechoncha y rosada. Ella solía fumar en pipa, como la madre de Ivan; llevaba pañuelos suntuosos de seda, y los collares que brillaban alrededor de su grueso cuello hacían enverdecer de envidia a las demás mujeres. Ivan y Palahna iban juntos al pueblo a asistir a ferias parroquiales. Palahna ensillaba su caballo y deslizaba sus botas rojas en los estribos con tanto orgullo como si todas las montañas le pertenecieran a ella. En las ferias parroquiales la cerveza espumeaba, el whiskey fluía y volaban las noticias de montañas distantes. Ivan abrazaba a las esposas de otros hombres y Palahna era besada por hombres desconocidos. ¡Que maravilloso era! Satisfechos por haber pasado tan bien el tiempo, iban de regreso a casa, a sus preocupaciones cotidianas.

Eran visitados también por granjeros respetados:

¡Alabado sea Jesús! ¿Cómo están tu esposa y ganado? ¿Están sanos y robustos?”

Lo están. ¿Y tu?

Se sentaban en la mesa con mantel de tela bordada, torpes en sus pieles de oveja, y consumían kasha fresca, tan picante que les pelaba las lenguas.

Así pasaba la vida: los días entre semana eran para el trabajo, y los fines de semana para la magia.

Ivan siempre tenía un humor muy extraño para la Nochebuena. Absorto en un sentimiento misterioso y sagrado, realizaba las acciones del día de forma tan reverente como si celebrara una misa. Atizando un fuego vivo de forma que Palahna pudiera preparar la comida, repartía heno sobre la mesa, mugiendo como vaca, balando como oveja, o relinchando como caballo con una fe tan grande en que haría prosperar su ganado. Fumigaba la casa y los corrales con incienso para espantar a las bestias salvajes y brujas y, cuando Palahna, con su rostro ruborizado por tanto ir y venir, anunciaba en una habitación cundida de humo que los doce platos estaban listos, él llevaba a la mesa un poquito de cada plato al ganado antes de sentarse. El ganado debía tener el primer bocado de cada rollo de repollo, de ciruela, frijoles y kasha de cebada que Palahna había preparado para él con tanto esmero.

Pero eso no era todo. También tenía él que evocar durante la santa cena a los poderes hostiles contra los que se había protegido toda su vida. Tomando un tazón de comida en una mano y un hacha en la otra, salía. Vestidas en mantos verdes, las montañas escuchaban con atención mientras el oro de las estrellas sonaba en los cielos y la escarcha hacía brillar su espada plateada, cortando los sonidos en el aire, e Ivan extendía su brazo hacia esta soledad estival e invitaba a todos los nigromantes, hechiceros, astrólogos, lobos y osos a compartir la cena sagrada con él. Llamaba a la tempestad para que aceptara su invitación a los suntuosos platos y bebidas, pero no aceptaba, y nadie más venía, aunque Ivan preguntaba tres veces. Entonces les ordenaba no venir nunca más, y suspiraba aliviado.

Palahna esperaba en casa. Las brasas en la estufa chisporroteaban con calma; los platos descansaban sobre el heno de la mesa, y una paz navideña invadía las oscuras esquinas. El hambre llamaba a Ivan y Palahna a la mesa, pero ellos no se atrevían a sentarse aún. Palahna quedaba viendo a su esposo, y ambos se arrodillaban juntos, rogando a Dios el permitirles acercarse a venir a la mesa a las almas que nadie conoce, las almas de la gente perdida o muerta en sus labores en el bosque, o dejada lisiada en las carreteras o ahogada en las aguas profundas. Nadie recuerda a estas pobres almas, debiendo sufrir amargamente su tiempo en el infierno, esperando a la Nochebuena. Mientras oraban, Ivan tenía la certeza de que Marichka le sobaba detrás del hombro y que las almas de aquéllos que habían sufrido muertes no-naturales se sentaban en las bancas.

¡Sopla en la banca antes de sentarte! le advertía Palahna.

Pero Ivan sabía qué hacer sin que le dijeran. Cuidadosamente soplaba para despejar un sitio en la banca y asi evitar aplastar un alma sentada allí, y tomaba su lugar para la cena.

En la víspera de año nuevo, el propio Dios visitaba el ganado en los corrales. Las estrellas brillaban en lo alto; la helada crujía con fiereza, y el canoso Dios caminaba descalzo sobre la polvosa nieve y abría calmado la puerta al establo. Velando durante la noche, Ivan pensaba que había escuchado una amable voz preguntando al ganado, “¿Habéis estado bien alimentados y bien abrevados? ¿Vuestro amo os cuida bien?”.

Las ovejas balaban alegremente, y las vacas respondían con un mugido feliz: su amo las atendía a conciencia. Las alimentaba y abrevaba e incluso hoy las acababa de acomodar bien. Ahora el Señor iba seguramente a recompensar a Ivan, y con incremento. Y Dios garantizaba el incremento: las ovejas parían pacíficamente los borregos y las vacas a los terneros.

Palahna siempre estaba ocupada con su magia. Encendía fuegos en el establo, con los que hacía brillar al ganado, tan bellamente que semejaba la luz divina, y asi mantenía lejos a los espíritus malignos. Ella hacía todo lo que se le ocurría para calmar tanto al ganado como una raíz y hacerlo tan lleno de leche como un riachuelo tiene agua. Decía con ternura a sus animales, “Vosotras alimentaréis al amo y a mi, y yo os cuidaré de forma que dormiréis con facilidad y raramente mugiréis, para que la bruja ladrona de leche no os reconozca donde sea que pastéis o durmáis, y no os pueda embrujar. ”

Asi era como transcurrían las vidas de ganado y personas, que se unían entre si tanto como los dos arroyos de montaña que fluyen incorporándose en un solo rio.

Era la víspera de una gran festividad. Al día siguiente el cálido Yurii tomaba las llaves del dios del frío Dmytro, para entonces gobernar el mundo. Las aguas llenas, en las cuales navegaba la tierra, la elevaban hacia el sol. San Yurii decoraba los bosques y prados; las ovejas quedaban cubiertas de lana como la tierra de grama en verano, y las praderas de hano se tornaban verdes. La luz del sol y alegría primaveral venían al siguiente día, y ya las fogatas se emplazaban arriba en las colinas montañosas y el azul humo envolvía los abetos en un velo transparente. Cuando se había puesto el sol, las hogueras ya habían muerto y el humo se había replegado, el ganado ya estaba mugiendo felizmente mientras era arreado sobre las brillantes brasas para mantenerlos tan vivos como el propio fuego durante todo el verano y para que se multiplicaran como las cenizas se multiplican a partir del fuego.

La gente se acostaba tarde para la víspera de San Yurii, aunque debían levantarse de madrugada. Palahna se levantó tan pronto como despuntó el alba. “¿No es demasiado temprano?”, se preguntó en voz alta, pero inmediatamente recordó que debía dirigirse a la pradera. Arrojó la tibia cubrecama de lana y se levantó. Ivan aún dormía. La estufa bostezaba en la esquina con sus fauces mientras un grillo cantaba tristemente detrás. Palahna desabotonó su camisa, se la sacó, estuvo desnuda en el medio de la habitación por un momento, y luego se dirigió a la puerta, volteando a ver con temor a Ivan. La puerta rechinó y la helada brisa de la mañana envolvió su cuerpo. Los bosques de abeto, las praderas que se habían tornado grises por la noche y que ahora se veían como estrictos monjes, y los picos que se fundían lejos en la niebla estaban todos durmiendo. Una fría y pesada niebla se elevaba desde el valle y extendía sus blancas y peludas garras hacia los negros abetos, y el Cheremosh contaba sus sueños bajo el pálido cielo.

Palahna pisó el húmedo césped, temblando ligeramente por la helada matutina. Estaba segura que nadie la vería. ¿Y si alguien lo hacía? Lógicamente, sería una lastima que se echara a perder su magia. No tenía otro pensamiento en mente. Había enterrado sal, pan y un collar en un hormiguero durante la fiesta de la Anunciación y ahora debía desenterrarlos. Lentamente se acostumbraba al frío. Su cuerpo tirante, que no había conocido la maternidad y estaba tan fresco y rosado como una nube cubierta de oro y llena con lluvia primaveral, navegaba con libertad a través del joven pasto en la pradera. Se detuvo finalmente debajo de una haya. Antes de escarvar el hormiguero, alzó sus brazos y estiró felizmente todo su cuerpo, hasta que crujieron los huesos. Repentinamente, sintió que perdía las fuerzas. Se sintió enferma. Impotente, cayeron sus brazos, y quedó viendo hacia adelante, de una sola vez hundiéndose en un negro abismo acuoso que no la dejaría irse.

Iura, el hechicero, la miraba desde el otro lado de la cerca. Ella quiso gritarle, pero no pudo. Quiso cubrir sus pechos pero no tuvo las fuerzas para levantar las manos. Intentó huir, solamente encontrando que había echado raíces en el punto. Quedó allí, impotente, casi desvanecida, mirando fijamente dos brasas negras que succionaban toda su fuerza.

Finalmente la invadió la ira. ¡Toda su magia había sido desperdiciada! Palahna realizó un esfuerzo sobrehumano y le gritó a Iura. “¿Por qué me ve con los ojos desorbitados? ¿Nunca ha visto a una mujer?”

Sin perder la mirada con la que se había atado a ella, Iura mostró sus dientes brillantes. “Le juro, Palahna, ¡No he visto a ninguna como Usted!”. Y pasó una pierna al otro lado de la cerca.

Ella pudo ver claramente las dos brasas que habían tornado en cenizas toda su voluntad, flotando hacia ella, y continuó allí, detenida, incapaz de moverse, en una expectación dulce y terrible. Él ya estaba muy cerca ahora.

Ella podía ver los puntos de bordado en su chaleco, los relucientes dientes entre sus labios, y la mano a medio alzar. El calor de su cuerpo fluía hacia el de ella, y ella aún no se podía mover. Hasta que los férreos dedos apretaron su mano y la halaron hacia él, fue que ella pudo lanzar un grito y correr a casa.

El hechicero se quedó quieto mientras sus fosas nasales se abrían y cerraban y miraba saltando el blanco cuerpo de Palahna por las olas semejantes al césped en el Cheremosh. Entonces, al haber ya desaparecido Palahna, trepó de regreso la cerca y continuó su trabajo de regar las cenizas del fuego del día anterior en el prado, para que las vacas y ovejas aquí fueran más fructíferas, y cada vientre diera dos crías.

Palahna llegó enojada a casa. Era bueno que Ivan no hubiese visto nada. Que fino vecino era el tal Iura, ¡Que el diablo se lo lleve! ¿No podría haber escogido él un mejor momento para acercársele? Y acerca de la magia, pues, estaba perdida. Se puso a preguntarse si debía contarle a Ivan sobre Iura o dejar todo así. Podría desatarse una pugna o riña o incluso, si te metes con un hechicero, pues … ¡Debía haberle dado una bofetada justo en la cara! ¡Eso le hubiese enseñado! Pero Palahna sabía que no hubiera podido levantarle la mano. El sólo pensar en ello la hacía desmayarse. Recordó la mirada ardiente en sus ojos, sus fulgurientes dientes en su boca ávidamente abierta y el sentimiento de que él tejía un atelaraña que la envolvía. No importaba qué intentara hacer ella ese día, todo el tiempo continuó sintiendo la mirada del hechicero sobre su cuerpo.

Ya habían transcurrido dos semanas desde aquel suceso, y Palahna aún no le contaba nada a Ivan sobre su encuentro con Iura. Sólo observaba más de cerca a su esposo. Algo había pesado en él. Se miraba que una preocupación lo carcomía y debilitaba su cuerpo. Algo antiguo y agotador brillaba en sus ojos agotados. Se notaba que había perdido peso y se había vuelto indiferente. No, Iura estaba mejor. Si ella querría un amante, escogería a Iura. Pero Palahna era orgullosa y no podía ser tomada por la fuerza. Además, estaba enfadada con el hechicero.

Se lo topó un día por el rio. Por un momento, Palahna sintió que estaba desnuda otra vez, y que una fina tela de araña había envuelto su cuerpo. “¿Cómo dormiste, mi dulce Palahna?” Escuchó estas palabras como en un sueño.

Se le quedó la respuesta en la punta de la lengua. “Muy bien, ¿y tu?”. Pero se apretó los labios, alzó alto su cabeza, y pasó como si no lo hubiera visto.

¿Cómo estás? lo escuchó preguntar nuevamente. Pero no se volteó.

¡Ahora debes tener cuidado con lo que viene! pensó temerosa. Y de hecho, al no más llegar a a casa, Ivan la recibió con la mala noticia de que había muerto una oveja. Pero aún más extraño fue que ella no sintió la menor pena por la pérdida de la oveja. Incluso se enojó porque Ivan estaba llorando de esa manera.

Iura no se cruzó de nuevo en su camino, y los pensamientos de Palahna se tornaban cada vez más hacia él. Escuchaba ávidamente las historias sobre sus poderes y estaba sorprendida de que el apasionado Iura, quien no había visto a un mujer más fina que a Palahna, fuera capaz de tanto. Era poderoso y sabía de todo. Una simple palabra pronunciada por su boca podía matar una vaca o consumir a un hombre. El hechicero esgrimía poderes sobre vida y muerte: podía disipar nubes y detener el granizo. El fuego en sus negros ojos podía reducir al enemigo a cenizas, y era amable y amoroso en el corazón de una dama. Iura era un dios terrenal. Sus manos, que había extendido en deseo a Palahna, dominaban las fuerzas del mundo.

A veces el corazón de Palahna se mostraba indiferente al ganado y a su esposo, y palidecía hasta la insignificancia, como cuando la niebla se disipa al asentarse en las agujas de los abetos. Abatida, iba al prado, se sentaba bajo la haya, y sentía el cálido aliento de Iura sobre su pecho y sus dedos de hierro alrededor de sus brazos. Si en ese momento se hubiera aparecido, lo hubiera podido hacer su amante. Pero él no apareció.

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Sombras de los ancestros olvidados, en español – Parte 3

¿Pastos de las mesetas, praderas altas y salvajes, por qué sois tan orgullosos? ¿Es por las ovejas que acabáis de ver? “¡Heh-ya, hah-ya! gritó un pastor mientras arreaba sus ovejas. Doblando sus rodillas y temblando sobre sus delgadas patas, las ovejas sacudieron su lana. “¡Heh-ya, hah-ya! Sus desnudos hocicos, ampliamente abiertos en expresipnes de aburrimiento, revelando sus labios salivantes, para quejarse con Dios, quién sabe por qué. Be-eh, me-eh…. Dos pastores lideraban el rebaño. Sus pantalones rojos cortaban uniformemente el aire, y las flores en sus sombreros se agitaban con sus movimientos, ¡Byr-byr! Los perros ovejeros oteaban el aire, con un ojo posado en sus ovejas para asegurarse que todo estuviera en orden. Lana frotando con lana, blanca contra negra; las lanudas espinas tamblaban como pequeñas olas en un lago, y el rebaño completo se estremecía. ¡Ptrua! ¡Ptrua! El llanto gutural llamando a las ovejas de regreso en las márgenes del rebaño para mantener el flujo entre las orillas del río ovino. Las rizadas colas de las ovejas se estremecían; sus cabezas dobladas, y sus planos dientes blancos arrancaban abrojos y dulces crocuses del suelo. ¡Byr-byr! Las altas pasturas extendían su alfombra al pie del rebaño, y las ovejas la cubrían con un manto móvil de varios colores. Crunch-crunch… be-eh, meeh… crunch-crunch…. Las sombras de las nubes vagaban sobre las colinas cercanas. Las montañas parecían moverse como las olas del mar, y únicamente las lejanas parecían estar inmóviles. La luz del sol inundaba la lana de las ovejas, rompiéndose en arcoiris y regando en el pasto un verde fuego, y las largas sombras de los pastores se arrastraban detrás de las de los animales. ¡Ptrua! Ptrua! Crunch-crunch, crunch-crunch…. Los pastores pisando silenciosamente con sus mocasinas; la lanuda ola se enrollaba suavemente sobre el pasto, y el viento comenzaba a tocar una distante tonada en cercos lejanos. Dzzz, zumbaba en las espinas, en monotonía, como una mosca. Dzzz, respondía otra valla, introduciendo una nota baja, de lamento. Más y más nubes aparecían, y ahora cubrían la mitad del cielo. La distante Béskide se empañó y luego se ennegreció, brillando en las sombras, como una viuda, mientras que los pastos seguían verdes y brillantes. ¿Por qué no te casas, alta Béskide? preguntó el viento en el cercado. “Porque el pasto no me quiere.”, suspiró la Béskide en respuesta. El cielo azul estaba cubierto de gris. EL mar de montañas se oscureció. Los pastos se ensombrecieron, y el rebaño de ovejas los cubrió lentamente, como un gris líquen. Un helado viento desplegó sus alas, golpeando a los pastores bajo sus justillos. Era difícil respirar, de forma que quisieron dar la espalda al viento. Déjenlo golpear. Las cercas silbaron una aguda tonada, como moscas zumbando en una trampa; aulló un inaudible dolor, y gimió una pena solitaria. Dzzz… dzzz…. Incesante, persistente. Succionando la sangre y perforando el corazón, como un cuchillo. No quiero escuhar, pero debo hacerlo. ¿Me gustaría escapar, pero a donde? ¡Heh-ya, hah-ya! ¿Y a donde te vas? ¡Que el demonio te cargue! ¡Murko! Pero Murko ya estaba persiguiendo la oveja. Precipitándose sobre ella como si el viento hubiese soplado las plumas de su espalda, la agarró con los dientes y la lanzó de regreso al rebaño. Dzzz… dzzz…. Como un monótono e insoportable dolor de muelas. Aprieta los dientes y tranquilízate. Sigue. ¡Zumba y desaparece! ¿Qué es ese llanto? Debe ser el Uno. ¡Que se convierta en piedra! Podría caer al suelo, tapar mis oídos con las manos, y llorar. Ya no puedo soportarlo… ¡Dzzz… dzi-u-u!

Ivan sacó su floiara y la sopló con todas sus fuerzas, pero el loco era más fuerte de lo que él era. Volando desde la Chornohora como un caballo desbocado, golpeó el pasto con sus cascos y dispersó el sonido de la floiara con su crin. Como una bruja guiñándole un ojo con cataratas, la Chornohora lo amedrentó con un campo nevado bajo trenzas negras, sopladas por el viento. Dzzz… dzi-u-u!

Las ovejas rodaron entre un relieve del valle en donde el viento era más calmado. Apareció una laguna azul en el medio del cielo gris. Los pastos de las mesetas emitieron un aroma más fuerte. EL lago en el cielo rebalsó sus orillas y derramó sus aguas. Los picos se tornaron de nuevo visibles, y los valles se llenaron con el oro del sol.

Ivan miró hacia abajo. En algún lugar de las tierras bajas, los blancos pies de Marichka pisaban el verde pasto. Sus ojos probablemente contemplaban las tierras altas. ¿Estaría cantando sus melodías? ¿O ya las había sembrado sobre las montañas, en donde habían emergido como flores, y ella misma ya había caído en silencio? Recordó el joven la moza voz de la muchacha, y cortó una flor para adornar su sombrero.

Cuando los pastores lleven a alimentar sus blancas ovejitas, entrelazarán mis canciones alrededor de sus sombreros.

¡Ptrua! Ptrua! Golpeaba el sol, y el aire se volvía opresor. Las ovejas anadeaban, bufando y flexionando sus labios de forma de obtener tantos dulces retoños como les fuera posible, y dejando las gotas frescas. Crunch-crunch. Lana frotando con lana, blanco contra negro, y sus espinas se movían como olas en un lago. Be-eh, me-eh.

Los perros ovejeros yacían cansados sobre el césped sobre sus flancos. Las moscas se posaban sobre las rojas lenguas entre sus quijadas. ¡Byr-byr! Ivan los llamó con enfado, y los perros estuvieron de inmediato con las ovejas.

Las vacas pastaban al límite de los apacentaderos, cerca de un denso bosque. El pastor de los bovinos se reclinaba pensativo sobre su trembita. El tiempo se movía con lentitud. El aire de la montaña vigorizaba los pulmones y traía el hambre. ¡Cuán solitario era aquí! Eras como un delgado tallo en el campo. La verde isla bajo los pies era traslapada por las aguas de las montañas distantes. Más alto, sobre los salvajes y desérticos picos, se reunían los espíritus malignos, las fuerzas hostiles que no puedes vencer, y de las que sólo te queda resguardarte.

¡Heh-ya, hay-ya! Pisaban suavemente los mocasines sobre el verde campo. El silencio era tan abrumador, que uno podía escuchar la sangre fluyendo por las venas. El sueño pesaba ya. Colocando su suave garra sobre los ojos y rostro de uno, le susurraba a uno al oído: ¡duerme!Las ovejas se disolvieron frente a los ojos de Ivan. Se convirtieron en corderos, y no quedó nada más. El pasto flotaba como agua verde. Marichka ya venía. ¡Oh, no me engañarás, querido, no! Ivan sabía que era Alisna y no Marichka quien lo arruyaba. Ya de 22. ¡Algo lo atraía hacia ella! Él no quería ir, pero ya partía, como la verde corriente de grama.

El grito mortal de una vaca lo extrajo de su aturdimiento. ¿Qué? ¿Dónde? El pastor de las reses seguía apoyado sobre su trembita. Un toro rojo metió profundo sus cascos entre la tierra, dobló su grueso pesquezo y levantó la cola. Ahora el toro corría a toda velocidad hacia el sonido, saltando alto y arrancando el pasto con sus cascos. El pastor se sacudió y corrió tras el toro, dentro del bosque. Sonó un disparo. La explosión sonó por las montañas, haciendo eco una y otra vez. Luego todo volvió a quedar en silencio.

Tio debió haber matado una vaca, pensó Ivan viendo con más atención su propio rebaño.

¡Ptrua, ptrua! Parecía que el sol se estaba quedando dormido. El viento había ya muerto, trasladándose a soplar más alto en el cielo, en donde ya reunía a las nubes en un mar tan tormentoso como el mar de montañas que rodeaban los pastizales. El día había muerto en estos espacios infinitos, y era imposible decir se el tiempo en verdad estaba transcurriendo.

Finalmente, el largamente esperado sonido de la trembita llegó a los oidos de Ivan. Le trajo con él la fragancia de la kasha y humo de la choza de los pastores y emitía el susurro de espera de los corrales por las ovejas.

¡Heh-ya, hah-ya! Los perros se pusieron en acción, y las ovejas, balando, se dirigieron en un torrente, sacudiendo sus ubres pesadas por tanta leche, hacia los corrales.

Ya una fina llovizna regaba las sierras desde hacía tres días. Las montañas estaban envueltas en una humosa niebla. Con su lana pesada por tanta agua, las ovejas apenas podían caminar. Las ropas de los pastores ya estaban frías y tiesas. Su único descanso era a la hora del ordeño, bajo el techo del establo.

Ivan se encontraba sentado con su espalda contra una tabla, amasando una ubre entre sus piernas. Junto a él estaba sentado un pastor de cabras moreno, de cabello rizado, a quien cada frase era seguida por una maldición. Las ovejas impacientes, con sus ubres repletas de leche, presionaban a las demás para pasar al cobertizo y ser ordeñadas. ¡Esperad, pobres bichos! No trabajo de esa manera. ¡Una a la vez!

¡Ryst! los arrieros gritaban enojados en algarabía, chasqueando con un látigo mojado. ¡Ryst! ¡Ryst! gritaban los pastores para avalentonar, sacando sus rodillas del agujero por el cual las ovejas saltaban dentro del cobertizo de ordeño. Podríais todos …. El pastor de cabras no terminó su blasfemia. ¿Quién osaría decir algo en un momento como éste?

Ivan agarró a una oveja por el lomo con un movimiento experto y la haló hacia si sobre el ancho sitio para el ordeño. La oveja quedó sumisa en el lugar con las patas exageradamente abiertas, escuchando el chorro de leche cayendo en el cubo. ¡Ryst! fustigó el arriero desde atrás. ¡Ryst! ¡Ryst! los pastores gritaban. Tras ser ordeñadas, las ovejas caían en el redil como drogadas, colocaban sus cabezas sobre las patas delanteras, y hacían muecas con sus arrugados labios. ¡Ryst! ¡Ryst! Las manos de Ivan continuamente presionaban las tetas, y la leche salía disparada hacia el cubo. ¡Ryst! ¡Ryst! Las ovejas entraban como enloquecidas y abrían sus patas sobre los cubos, y diez manos de pastores exprimían sus tibias tetas. El rebaño, mojado en ambos lados del cobertizo lloraban lastimeras. Las ovejas, exhaustas, caían en el corral, y chorros gruesos y tibios caían a borbollones entre los cubos. ¡Ryst! ¡Ryst!

El pastor de cabras le sonrió a sus animales. A diferencia de las ovejas, tenían corazones amables. En vez de colapsar como las débiles ovinas, se mantenían firmes sobre sus delgadas patas. Levantando sus cuernos, se quedaban viendo la niebla, como si observaran algo, y sus delgadas barbas se sacudían vigorosamente.

Los corrales para ovejas estaban ya callados y vacíos. Probablemente alguna risa hacía eco en los profundos valles donde las montañas comienzan a crecer, pero aquí, en las tierras altas, en donde el cielo rodea los espacios desolados, sólo reina un antiguo silencio.

Un silencio que se interrumpía solamente por el chisporroteo del fuego inmortal en la cabaña. La leche fresca descansaba pesadamente en un tazón de madera sobre el que el jefe de los pastores se reclinaba. Ya había asentado la leche. Un vientecillo soplaba sobre él bajo el techo en el que enormes bolas de queso cuajado se secaban, pero no podían disipar el aroma del carbón de leña o de la lana. El propio pastor se encontraba totalmente impregnado de tales aromas. Nuevos cubos y barriles quedaban silenciosos en la esquina, pero un simple golpe podría haber evocado la voz que habitaba entre ellos. El frio suero ya mostraba su rostro desde un cubo de madera. El jefe de pastores se sentaba enmedio de sus utensilios como un padre entre sus hijos. Todo aqui – las bancas y paredes negras, el fuego y humo, el queso en cuajo, las barricas y el suero – era familiar y muy querido. Su mano tibia descansaba sobre todo.

Ya la leche cuajaba, pero aún no estaba lista. El pastor sacó de su cinturón una tablilla con listas y comenzó a leer. Esta especie de libro registraba quién tenía cuántas ovejas. Sus cejas hacían muecas de preocupación cuando, asombrado leyó, Mosiichuk tiene catorce ovejas, y debe obtener….

Afuera de la cabaña cantaba el cuidador del fuego:

¿Una oveja de cuernos retorcidos pide al macho cabrío, me harías algo de heno, mi dulce carnerito?

¡Ya andas de nuevo en esas! el jefe de los pastores gritó muy enojado y retomó el conteo en sus tablillas.

No sabes lo que el invierno trae,
Mi oveja de retorcidos cuernos,
O si viva o muerta saldrás
De las altas mesetas.

El cuidador del fuego finalizó su canción en el vestíbulo, y entró a a choza. Negro por el hollín, se inclinó sobre el fuego y sólo dejó vislumbrar sus blancos dientes. El fuego, calmadamente, chisporroteó.

La leche dentro del tazón de madera se tornaba amarilla y espesa. El jefe de los pastores se encorvaba sobre él en una severa concentración. Lentamente desabotonando sus mangas, hundió sus velludos brazos, hasta los codos, dentro de la leche. Y luego se congeló, sin movimiento, sobre ella.

Era el momento en el que todos debían quedar en silencio dentro de la cabaña. La puerta había sido cerrada y atrancada, y ni el cuidador del fuego osaba mirar la leche mientras que el jefe de los pastores profería su conjuro. Todo estaba congelado en expectación. Los barrilitos de madera mitigaban las voces; los cuajos en el estante callaban; las negras paredes y bancas habían caído en un pesado sueño; el fuego apenas respiraba, e incluso el humo escapaba furtivo por la ventana. Solamente un efímero movimiento apenas vislumbrable en las venas del jefe pastor indicaba que algo sucedía al fondo del tazón. Sus manos, lentamente, se animaron, primero alzando y luego soltando la leche, una y otra vez, y amasando y golpeando algo allá abajo. Repentinamente, desde el fondo del tazón, de debajo de la leche, surgió un cuerpo redondo, crudo, nacido por un milagro. Se tornó blanco y tierno, con sus llanos lados bañados en el pálido fluido, y cuando el jefe pastor lo sostuvo para sacarlo, el verde nacimiento se drenó sonoramente dentro del recipiente.

El jefe de los pastores suspiró aliviado, ligeramente. Ya podía ver el cuidador del fuego. La cabeza del queso era una buena. Traería alegría a los pastores y nutrición a la gente. La puerta se abrió de par en par; el viento sopló desde debajo del techo; el fuego lamió con alegría el negro pote en donde el suero bailaba una kolomyika, y los blancos dientes del cuidador del fuego destellaban dentro del humo y flamas.

Al atardecer, el pastor jefe emergió de la choza portando una trembita, y anunció victoriosamente a todas las desoladas montañas que el día había terminado en paz, que el queso había salido bien, que la kasha estaba lista, y que los corrales esperaban nueva leche.


Durante su verano en las tierras altas había tenido Ivan muchas aventuras. Una vez pudo ver una insólita escena. Se preparaba para llevar a las ovejas al corral, cuando vislumbró inadvertidamente un pico vecino. Se había asentado una niebla en el bosque, haciéndolo ver tan liviano y gris como un fantasma. La pradera junto a él aún era verde, y un abeto solitario se alzaba en negro contra ella. Repentinamente, el árbol comenzó a humear, lo que fue aumentando hasta que salió de él un hombre. Éste estaba parado en el prado, alto y blanco, llamando al bosque. Inmediatamente emergieron ciervos del bosque, uno tras otro, cada uno con cuernos más grandes y relucientes que el anterior. Corrían, temblaban sobre sus delgadas piernas, y comenzaban a pacer sobre el césped. Y si en algún momento se dispersaban, un oso los ponía en orden, arreándolos como un pastor ovejero arrea ovejas. El hombre alto y blanco se dirigió a su rebaño y saludó a su ganado. Entonces sopló un viento, y el rebaño desapareció, como si alguien hubiese echado vaho en un vidrio, que luego se aclaró. Iván invitó a los otros pastores a que vieran, pero no le creerían. “¿Dónde? ¡Pero si sólo es niebla!”

En dos semanas, “Tio” sacrificó cinco vacas. Más adelante mató otras dos, pero fue la última vez: tratando de irrumpir en un corral una noche, se empaló a si mismo en una estaca. Ahora su pellejo se secaba en los postes, y los perros le aullaban.

La niebla siempre dejaba atrapadas a las ovejas en los pastizales. El cielo, montañas, bosques y pastores desaparecían en la densa y lechosa niebla. “¡He-ey!” Llamaba Ivan. “¡He-ey!” sonaba una sorda respuesta, como si proviniera de debajo del agua, e Ivan no podía ubicar a su emisor. Los ovinos permanecían debajo de los pies como una confusión gris y, entonces, también desaparecían. Ivan andaba sin ayuda, con sus brazos extendidos como si tuviera miedo de tropezar con algo, y gritaba “¡He-ey!”. Y “¿En dónde estáis?” sería la respuesta recibida, detrás de él, forzándolo a detenerse. Quedaba parado, desorientado, perdido en la espesa cubierta de neblina, y cuando se ponía en los labios la trembita para llamar, el otro extremo del instrumento se perdía en la niebla, y su ahogada voz caía de inmediato a sus pies. Por ello es que los pastores perdían varias ovejas.

Algunas veces las mesetas eran barridas por fuertes chubascos. San Elías estaba combatiendo contra las fuerzas del mal, que tenía completas el demonio. Su espada brillaba, y su rifle bramaba con tal fuerza – ¡Santificado sea Tu Nombre! – que el cielo se partía a la mitad y caía sobre las montañas, y algo negro avanzaba serpenteando y se escurría debajo de una roca cada vez que el trueno sonaba. El diablo estaba burlándose de Dios y mostrándole su rabadilla, lo que hacía sufrir a los pobres pastores: eran invadidos por el miedo y empapados hasta el tuétano.

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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 2

A Marichka le gustaba escuchar a Ivan tocando su flauta. Perdido en sus pensamientos, el joven fijaba su mirada en algún sitio detrás de las montañas, como viendo algo que los demás no pueden ver, colocaba su flauta tallada en sus labios llenos, y una extraña tonada que nadie antes había escuchado regaba las praderas sombreadas por los abetos. La helada pellizcaba a Ivan y a Marichka, y los primeros sonidos de silbido enviaban calosfríos a sus espinas dorsales. Las montañas vestidas de invierno parecían estar muertas. Pero entonces el sol salía de detrás de las montañas y ponía su cabeza en el suelo. El invierno se había sobrepuesto; las aguas despertaban, y la tierra ya sonaba con la canción de los arroyos. La luz del sol ya se dispersaba como el polen de las flores; las ninfas de bosque se deslizaban por los prados, y el primer césped verde ya emergía bajo sus pies. Los abetos respiraban verdor; el pasto emitía una verde sonrisa, y el mundo completo consistía de solamente dos colores: todo verde en la tierra y todo azul en el cielo. Y rio abajo, por el Cheremosh, corría la ruidosa, incansable sangre verde de las montañas.

Turu-rai-ra… sonaba el eco de la trembita. Turu-rai-ra…. Los corazones de los pastores se aceleraban, y las ovejas balaban mientras sorbían aire del pasto fresco. La juncia crujía en los frios pastizales del altiplano y, desde su guarida en un matorral, salía el oso sobre sus patas traseras, desperezándose y ya buscando comida, con los ojos entreabiertos. Cayeron las lluvias primaverales; los picos montañosos rugieron en truenos, y un espíritu maligno helado sopló desde las Chornohora. Entonces súbitamente, el sol, el lado derecho del rostro de Dios, apareció y destelló en las guadañas que segaban ya el heno. De pico en pico, de arroyo en arroyo, revoloteaba una kolomyika, tan liviana que podía ser escuchado el movimiento de sus alas.

Una blanca oveja bajó corriendo
de los rebaños en las alturas.
Te amo, mi encanto,
Y tus bellas palabras…

Sonaban suavemente las ramas de los abetos; los bosques susurraban sus frios sueños de noches de verano; los cencerros tañían en lamento, y las montañas enviaban sus penas incesantemente a los riachuelos. Un árbol derribado cayó en el valle con un crujido y un grito; las montañas suspiraron en respuesta y, de nuevo, lamentó la trembita. Esta vez por muerte, Una vida de incesante trabajo había finalizado. Un cuco cantó sobre la cresta de una montaña: ahora ya alguien entraba al descanso eterno…

Marichka respondía a la flauta como una tórtola a su macho con sus cantos. Y sabía un gran número de ellas. No podía decir de dónde venían. Aparentaba ser que la habían mecido en la cuna o habían salpicado agua con ella. Habían nacido en su pecho, como las flores silvestres nacen en un prado o los abetos crecen en las pendientes montañosas. No importa sobre dónde descansaba su mirada, no importa lo que sucediera – una oveja extraviada, un chico enamorado, una muchacha infiel, una vaca enferma – todo vertido en una canción, tan ligera y simple como las montañas en su prístina vida.

Marichka podía componer también sus propias canciones. Sentada en el suelo junto a Ivan, se abrazaba las rodillas y se mecía tranquilamanete al son de la canción. Sus redondas y bronceadas curvas eran visibles desde el dobladillo de su blusa hasta sus medias rojas, y sus labios llenos se curvaron dulcemente cuando comenzó:

Un pequeño y gris cuco canta ahora para mi,
suena para la aldea una brillante y nueva canción.

La canción de Marichka relataba un bien conocido pero, en todo caso, fresco evento: Paraska había encantado a Andrii, quien moría por su hechizo, y estaba advirtiendo a otros hombres no enamorarse de mujeres casadas. O su canción hablaba de la madre apenada cuyo hijo había sido aplastado a muerte por un árbol en el bosque. Las canciones eran tan tristes, simples y fervorosas, que hacían brincar el corazón. Marichka solía finalizar sus canciones con una copla:

El cuco trinaba para mi cerca del arroyo
¿Quién compuso esta cancioncilla? La Maricha de Ivanko.

Ella había sido de Ivan desde los trece años de edad. ¿Qué tiene eso de raro? Pastoreando las ovejas, ella siempre había visto al macho cabrío saltando a una cabra o a un carnero apareándose con una oveja. Todo es tan simple y natural, por lo que nada ha cambiado desde tiempos inmemoriales, y no nublaría su corazón ningún pensamiento impuro. Si, las cabras y ovejas llegan a ponerse grandes desde muy jóvenes, pero la gente debe ser ayudada por una hechicera. Marichka no tenía miedo. Alrededor de su cintura, junto a su piel, llevaba una cabeza de ajo sobre la cual una hechicera había susurrado, y ahora nada la dañaría. Sólo con pensar en ésto, Marichka sonreía arteramente y abrazaba a Ivan por el cuello.

¡Mi amado Ivanko! ¿Estaremos siempre juntos?

Dios asi lo permita, mi amor.

¡Oh no! Nuestros padres albergan en sus corazones un gran odio los unos por los otros. Nunca nos podremos casar.”

Los ojos de Ivan se nublaban con esa reflexión, y hundía su hacha en el suelo “No necesito su aprobación. Ellos que hagan lo que quieran, pero tú serás mía.”

¡Oh! ¿Qué estás diciendo?”

Exactamente lo que dije, mi amor.” Y, como provocando la ira de sus padres, balanceaba a la chica con tanta violencia, cuando bailaban, que sus mocasinas podían salir volando.

Pero los eventos no tomaron el rumbo que Ivan esperaba. Su granja se caía a pedazos. No había trabajo para todos, e Ivan tuvo que emplearse fuera. La preocupación lo estaba demacrando.

Debo ir a las tierras altas, Marichka, le anunció con tristeza.

Bien, ve, Ivanko, respondió ella con resignación. “Tal es nuestro destino.”

Marichka tejió una corona de canciones dedicadas a esta partida. Lamentaba mucho que sus reuniones en el tranquilo bosque cesaran por mucho tiempo. Abrazando a Ivan por el cuello y presionando la rubia cabeza junto a su rostro, le cantó ésto al oído:

Piensa en mi, cariño,
Dos veces al día,
Y pensaré en tí,
Siete veces por hora.

¿Pensarás en mi?

Lo haré, Marichka.

Todo estará bien, ella lo tranquilizó. Serás pastor, mi pobre amado, y yo segaré heno. Treparé a un montículo de heno y miraré hacia las altas sierras, y tu tocarás la trembita para mi. Tal vez la escucharé. Cuando la niebla se asiente en las montañas, me sentaré a llorar, al no poder ver en dónde mi amado está. Pero cuando las estrellas salgan en una noche despejada, buscaré cuál de ellas esté brillando sobre los altos pastos. Esa será la que mi Ivanko ve. Sólo así dejaré de cantar.

¿Por qué? No detengas tu canto, Marichka, no entristezcas. Pronto regresaré.

Pero ella sólo sacudió su cabeza tristemente, en respuesta, y cantó:

Mis dulces cancioncillas,
¿Qué haré con vosotras?
Probablemente os desparramaré
Por montañas y valles.

Luego suspiró, y añadió, aún más triste:

Oh, volaréis sobre las montañas
Mis dulces cancioncillas
Y mi rostro lavaré,
Con las lágrimas mías.

Si amable es el destino,
Os reuniré,
Pero si malvado es mi sino,
Os abandonaré.

Ivan escuchaba la liviana y femenina voz, y pensaba que Marichka había sembrado desde hacía tiempo las montañas con sus canciones, pues los bosques y praderas, los picos y pasturas, los arroyos y el sol, todos las cantaban. Pero llegaría el día en el que retornaría a ella, y ella entonces juntaría todas sus canciones para su boda.

Ivan se preparó para ir a pastorear en las tierras altas durante una cálida mañana de primavera. El bosque aún albergaba una pequeña helada; las aguas montañosas rugían en los rápidos, y la vereda hacia las tierras altas ascendía jovialmente pasando los cercos de zarza. A pesar de que encontró difícil dejar a Marichka, la luz del sol y los susurrantes espacios verdes que se extendían hasta el horizonte, le infundieron valor. Él saltó ligero de roca en roca, como un riachuelo de montaña, saludando a quienes pasaban de largo, sólo por el placer de escuchar su propia voz.

¡Alabado sea Jesús!

¡Alabado sea eternamente!

Las casas rurales de los Hutsul pintadas de rojo cereza, con el humo de abeto y montículos puntiagudos de heno aparecían aquí y allá sobre las distantes colinas, y en el valle debajo, el espumoso Cheremosh sacudía enojado sus grises bucles y brillaba con una maligna luz verde. Vadeando arroyo tras arroyo y pasando los lóbregos bosques, en donde ocasionalmente una vaca sonaba su campana o una ardilla sobre algún abeto botaba los restos de un fruto, ascendía Iván cada vez más alto. El sol comenzaba a quemar, y la pedregosa vereda mortificaba sus pies. Ahora las cabañas eran ya menos frecuentes. El Cheremosh se extendía en el valle debajo como una tela plateada, y aquí y ano era audible su rugir. Los bosques dieron paso a las praderas de montaña, llenas y suaves. Ivan las vadeó como si fuesen lagos de flores, a veces deteniéndose para decorar su sombrero con un puñado de musgo o una guirnalda de pálidas manzanillas. Las pendientes se tornaron en profundos abismos negros, en donde los fríos riachelos ondeaban y el único morador era el oso pardo, el remido enemigo del ganado, conocido como “Tio”. Menos frecuentemente aparecía agua. ¡Pero cómo se lanzó Ivan en ella cuando encontró un arroyo, un frío cristal que bañaba las amarillas raíces de abetos y había traído hasta aqui los ecos del bosque! Junto a estos riachuelos, un alma amable siempre dejaba una taza de leche hervida.

El sendero continuaba subiendo entre espesuras en donde abetos caídos, con o sin agujas, obstaculizaban el paso en pilas, como esqueletos. Estas tumbas forestales eran tristes y desoladas, olvidadas por Dios y por el hombre, y solamente gallos de brezal silbaban, y serpientes reptaban por aquí. Aquí reinaba el penoso y severo silencio de la naturaleza. Las montañas se elevaban más allá, en la azul distancia. Un águila subía desde un punto rocoso, profiriendo una bendición con el amplio batir de sus alas. Se podía sentir el frio aliento de las pasturas de las tierras altas, y el cielo se expandía. Los bosques habían dado paso a una negra alfombra de crepitantes pinos de montaña y abetos que capturaban los pies de Ivan, y el musgo cubría las rocas como un verde terciopelo.

Las montañas lejanas revelaron sus picos, inclinando sus espaldas, alzadas como olas en un mar azul. Parecía como si enormes olas hubiesen sido congeladas en el momento en el que una tormenta se había alzado desde las profundidades para chocar con la tierra. Los picos de Bukovina podían ser vistos sosteniendo el cielo con sus azules formas; Synytsia, Dzembronia, y Bila Kobyla estaban envueltas en azur; Ihrets estaba humeando; el afilado pico de la Hoverla taladraba el cielo, y la Chornohora aplastaba la tierra con su enorme peso.

¡Los pastizales de las tierras altas! Ivan estaba finalmente en las praderas altas, cubiertas de grama. Un mar de tormentosas montañas lo rodeaba, en un amplio círculo, y los interminables terraplenes parecían estar avanzando hacia él, listos para caer a sus pies. Un viento tan punzante como una afilada hacha le golpeaba el pecho. Su aliento fluía como uno con la respiración de las montañas, y el orgullo lo abrumó. Quería gritar a todo pulmón, de manera que el eco se desenrollara hasta el horizonte, y sacudiera este mar de cumbres, pero tuvo la sensación repentina que, en estos amplios espacios, su voz no sería más insignificante que el zumbido de un mosquito. Tuvo que apresurarse.

En el pequeño valle tras una colina, en donde el viento era menos punzante, halló la hollinosa choza de un pastor. El agujero para el humo en la pared estaba frío. Los corrales para las ovejas estaban vacíos y los pastores iban y venían, afanosos en prepararse un sitio para dormir. El pastor jefe se encontraba demasiado ocupado encendiendo una fogata. Habiendo metido un pequeño madero en el quicio de la puerta, él y un ayudante halaban y empujaban un cinto de cuero, haciendo que el madero diera vueltas y chirriara.

¡Gloria a Jesús! los saludó Ivan.

Los hombres no respondieron. El madero continuó zumbando y, los hombres, concentrados en su tarea, siguieron halando y empujando el cincho. El madero comenzó a humear y pronto emergió una pequeña llama. El pastor jefe sopló con devoción el fuego, para hacerlo crecer en una fogata junto a la puerta.

¡Glorificado sea eternamente! Se volteó hacia Ivan. “Ahora tenemos una buena fogata y, mientras arda, ni bestia salvaje ni espíritu maligno tocará ni nuestro ganado ni a nosotros, pueblo cristiano. Luego guió a Ivan dentro de la choza, en donde fueron saludados por el mohoso aroma de ollas y sartenes vacíos, y bancas desnudas.

Mañana se nos traerá el ganado. Si sólo el Señor nos ayuda a devolverlo todo a los amos,” remarcó el pastor jefe y luego procedió a asignar las tareas a Ivan. Había algo calmo e incluso majestuoso en las palabras y gestos de este maestro de las tierras altas. ¡Mykola! llamó fuera de la puerta. ¡Ve a encender fuego en la choza, ahora!

Mykola, un tipo delgado, de cabeza rizada con un rostro categóricamente femenino, llevó fuego dentro de la choza.

¿Y quién puedes ser tú, mi amigo? Preguntó Ivan con curiosidad. ¿Un pastor?

No, soy el guardián del fuego, respondió Mykola, mostrando sus dientes. Mi trabajo es alimentar el fuego y mantenerlo ardiendo todo el verano, pues habrá problemas si se marcha. Inclusive miró a su alrededor, con horror. Y también ir al arroyo por agua y al bosque por leña.

Afuera, el fuego crecía. Con los dignificantes movimientos de un anciano sacerdote, el pastor jefe continuaba agregando leña seca y ramas verdes al fuego. El humo azul subía ligero y luego, soplado por el viento, tomaba posesión de las montañas, cortaba la negra franja de bosque, y se enrollaba sobre los picos distantes. Los pastizales de las tierras altas comenzaban su vida con esta fogata, que los protegería de todo mal. Como consciente de ello, el fuego respiraba orgulloso como una serpiente, escupiendo cada vez más, nuevas nubes de humo.

Cuatro fuertes perros ovejeros descansaban sobre el césped, contemplando confiadamente las montañas, prestos en cualquier momento para saltar, mostrar sus colmillos y erizar el pelo. El día ya finalizaba. Las montañas intercambiaban sus azules vestidos de casulla en rosa, mezclado con dorado. Mykola avisó que la comida estaba lista. Los pastores se reunieron en la choza y tranquilamente tomaron asiento junto a la fogata, para comer su primer tazón de kasha en los pastizales de las tierras altas.

¡Que alegre era en las tierras altas dorante la primavera, cuando llegaron las ovejas desde cada aldea! El alto jefe pastor circuló el aprisco, fuego en mano, su rostro tan serio como el de un sacerdote pagano, su paso largo y firme, y el humo de las relucientes brasas brillando tras él, como un dragón alado.

A la puerta del corral, a través de la cual tenían que pasar las ovejas, el pastor jefe botó la brasa y escuchó. Oyó los sonidos de los altiplanos, con más que sus oídos. Sintió, con su corazón, cómo desde profundos valles, en donde ríos hierven y devoran sus orillas, desde tranquilas granjas y praderas, una ola de ganado emergía cuesta arriba como respuesta al llamado de la primavera, y la tierra debajo de los pies suspiraba con alegría. Escuchó la distante respiración de los rebaños, los mugidos de las vacas, y los apenas audibles sonidos de canciones.

Y cuando las personas aparecieron finalmente, alzando sus largas trembitas, doradas por el sol, para saludar a los pastizales de las tierras altas, cuando las ovejas balando llenaron los corrales en una ruidosa corriente, el pastor en jefe cayó sobre sus rodillas y elevó sus brazos al cielo. Detrás de él los pastores y las personas que habían traído su ganado también se arrodillaron en oración. Estaban implorando al misericordioso Señor el otorgar a sus ovejas corazones tan calientes como las brasas por las que estaban pasando y el proteger el ganado cristiano de todo mal, bestias y accidentes. Ya que Dios había ayudado a juntar todo el ganado, los devotos tenían fé en que Él también daría Su Gracia para que los animales regresaran sanos y salvos con sus propiearios. El cielo escuchaba amablemente las sencillas oraciones; las Béskides fruncieron benignamente el entrecejo, y el viento combaba con cuidado la hierba de los pastizales, como una madre peina el cabello de su niño.

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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 1

Myjailo Kotsiubyns’kyi

SOMBRAS DE LOS ANCESTROS OLVIDADOS

Notas previas: Las imágenes que utilizamos en esta serie de artículos son de dominio público, todas relacionadas con la cultura Hutsul. Al final del libro colocamos también un listado de enlaces a artículos relacionados también con el tema


Ivan era el decimonoveno hijo de la familia Hutsul de los Paliichuks. La vigésima y última era Annychka. ¿Quién podrá decir si era el eterno retumbo del rio Cheremosh y los lamentos de los arroyos de montaña llenando la solitaria cabaña sobre el alto pico pelado, o era el quejido de los negros bosques de abeto lo que asustaba al chico? Cualquiera fuera la razón, Ivan lloraba constantemente, gritaba de noche, crecía pobremente y quedaba viendo a su madre con una mirada tan profundamente sabia y ancestral, que ella volteaba la vista en consternación. Algunas veces llegaba ella a pensar, en un escalofrío, que él podría ni ser su hijo. La esposa había fracasado al conjurar los encantamientos apropiados durante la labor de parto, o fumigar una esquina de la casa, o encender una vela, y una ingeniosa demonio se las había arreglado para intercambiar al niño humano por su propio diablillo.

El chico crecía pobremente y, cuando finalmente lo hizo, antes que su madre lo hubiese notado, ya era tiempo de coserle nuevos pantalones al muchacho. Pero el niño se continuaba comportando extraño. Quedaba mirando fijamente algo desconocido y distante, o comenzaba a gritar sin razón. Su habitación descuidada, cerraba fuertemente sus ojos, abría su boca y gritaba.

Entonces su madre sacaba la pipa ya fundida con sus dientes, se inclinaba hacia él, y le hablaba con enfado: “¡Qué vergüenza contigo, impostor! ¡Vete a perder al lago o en los bosques!” E Iván se desvanecía. Rodaba por los verdes prados, pequeños y blancos, como un pompón de diente de león, y sin temer, se dirigía al bosque, en donde los abetos se inclinaban hacia él, como osos ondeando sus garras. Desde allí, echaba una mirada a las montañas, a los picos cercanos y lejanos delineados contra el cielo azul, en los oscuros bosques de abeto que rechazan un azul hálito, y las praderas esmeralda que destellan como espejos en un marco de árboles. El frío Cheremosh se agitaba valle abajo. Granjas aisladas como puntos brillantes a la luz del sol en las distantes colinas. Y todo era triste y callado, y los negros abetos incesantemente bajaban sus penas entre el Cheremosh, que se las llevaba.

¡Iva-a-a-n! ¡Hey! los compañeros llamaban desde la casa, pero él no escuchaba y seguía recogiendo frambuesas, fabricando silbatos y soplando en hojas de pasto, intentando imitar el canto de las aves y otros sonidos que escuchaba en el bosque. Apenas visible en la verdura, recogía flores para decorar su ancho sombrero de paja y luego, al cansarse, se echaba bajo el heno secándose bajo un abeto muerto; y los arroyos de la montaña lo arrullaban hasta dormirlo, y luego lo despertaban con sus estruendos.

Cuando Iván cumplió siete, comenzó a ver el mundo con diferentes ojos. Ya sabía muchas cosas. Ya podía hallar hierbas útiles como valeriana, la mortal hierba mora, la mandrágora y la sanicla. Comprendía el lloriqueo de la cometa, y sabía de dónde venía el del cuco. Cuando hablaba sobre estas cosas en casa, su madre le echaba una mirada incierta: ¿será que le estaba hablando a él?” Sabía que las fuerzas del mal son las que rigen en el mundo, que el maligno espíritu del aridnyk reina sobre todo, que los bosques están llenos de demonios forestales que se alimentan de ciervos y liebres, y ganado, que los felices chuhaistyr—los que envían a las ninfas del bosque de rama en rama — andan vagando, invitando a los transeúntes a unirse a ellos en sus danzas, y que el sonido del hacha vive en el bosque. Más arriba, en los distantes picos secos, las ninfas de bosque danzan sin parar, y el shcheznyk (el que desaparece) se oculta en los acantilados. Iván también sabía sobre las ninfas de agua, que emergen a las orillas de ríos en días despejados a entonar sus cánticos e inventar cuentos y oraciones, y sobre los hombres ahogados que secan sus pálidos cadáveres sobre los bancos de los ríos después del ocaso. Toda clase de espíritus malignos habitan los acantilados, bosques, barrancos, cabañas y granjas, esperando ocultos para dañar al pueblo cristiano o a su ganado. Despertando por la noche, rodeado por un silencio hostil, Iván siempre yacía temblando de horror. El mundo era como un cuento de hadas, milagroso, intrigante y, aún así, aterrorizante.

Para ahora ya le eran asignadas tareas, y había sido enviado a cuidar las vacas paciendo. Llevaba a Divina y a Azul al bosque y, cuando ellas estaban inmersas en sus olas de pasto y jóvenes abetos, y cuando el lamentable tañer de sus campanas parecía estar emergiendo de debajo del agua, se sentaba, en una ladera, sacaba su flauta, y tocaba las sencillas tonadas que había aprendido de sus ancestros. En casos, esta música ya no lo satisfacía. Entonces se guardaba molesto la flauta y quedaba escuchando las casi imperceptibles y elusivas melodías que deambulaban con él.

El sordo clamor del río llegaba hasta Iván desde el valle inferior, y desbordaba las montañas, y el translúcido repique de las campanas de las vacas hacía eco como gotas de agua que cae. Las pesarosas montañas se elevaban por detrás de las ramas de los abetos, empapadas en la tristeza de las sombras proyectadas por las nubes, que obliteran las pálidas sonrisas de los prados. Las montañas siempre cambiaban de humor: cuando los prados sonreían, el bosque fruncía el entrecejo. Tan difícil como eso era quedar viendo las montañas, tan cambiantes en su vista, y asi era de difícil también para el chico capturar la caprichosa melodía que revoloteaba moviendo sus alas a su oído y, aún así, no podía ser nunca atrapada.

Una vez, Iván abandonó sus vacas y escaló hasta el pico. Ascendía más y más alto por una apenas visible vereda, a través de densos matorrales de pálidos helechos y espinosas zarzas y frambuesas. Saltaba ligero de roca en roca, vadeando árboles tumbados y pasando apenas a través de los matorrales. El eterno rugido del río subía tras él; las montañas crecían en torno a él, y apareció la azul visión de las Chornohora en el horizonte. Ahora sólo un pasto largo y quejumbroso cubría las pendientes; los cencerros sonaban en eco en lontananza, y aparecían enormes rocas como obstáculos, cada vez más frecuentes hasta que, en el mero pico, formaban un caos de peñascos en añicos cubiertos de líquenes y estrangulados por los abrazos serpenteantes de las raíces de los abetos. Cada roca bajo los pies de Iván estaba cubierta con un musgo rojizo como el terciopelo. Cálido y suave, preservaba la dorada agua de las lluvias de verano y acariciaba sus pies como una almohada de plumas. Los espesos arándanos y las bayas habían hundido sus raíces profundamente, y asperjado sobre ellas un rocío de bayas rojas y azules.

Aquí fue donde Ivan se sentó, a descansar. Las ramas de los abetos susurraban suavemente sobre su cabeza, con el sonido fundiéndose con el rugido del rio. El sol llenaba el profundo valle con oro, haciendo que el pasto verdeciera; el azul humo de una hoguera cortó su camino hacia arriba, y aterciopelados retumbos de truenos rodaron desde detrás de las montañas de Ihryt. Ivan se sentó a disfrutar, olvidando por completo las vacas que debía atender.

Súbitamente, escuchó, detrás del resonante silencio, una tranquila música que sinuaba en su oído tan elusivamente, que era casi dolorosa. Inmóvilmente helada, su cabeza brincó hacia adelante, para escuchar la extraña melodía con una alegre expectación. Nunca había escuchado a ninguna persona tocar de esta forma. Pero entonces, ¿quién estaba tocando? No se podía vislumbrar una sola persona en el bosque a su alrededor. Ivan echó un vistazo hacia atrás, a las rocas, y quedó petrificado. Allí, a horcajadas sobre una roca, estaba sentado “El que desaparece”, con su barba puntiaguda retorcida, sus cuernos doblados habia abajo y sus ojos cerrados mientras tocaba la Floyara. “¡Se fueron mis cabras, se fueron mis cabras!”, sonaba tristemente la floyara. Entonces se levantaron los cuernos, las mejillas se llenaron de aire, los ojos se abrieron grandes y sonidos felices comenzaron a ser emitidos. “¡Mis cabras regresaron, mis cabras regresaron!” e Ivan vio, horrorizado, que emergían machos cabríos, de barbas largas, de detrás de un arbusto, sacudiendo sus cabezas al ritmo de la música.

Incapacitado para huir, Ivan quedó sentado en el lugar, casi enraizado, gritando para si en un mudo terror. Cuando finalmente encontró su voz, “El que desaparece”, desapareció entre la roca, y las cabras se convirtieron en raíces de árboles retorcidos por el viento.

El chico salió disparado hacia abajo, atravesando ciegamente los traicioneros abrazos de las moreras, rompiendo ramas secas, rodando sobre resbaloso musgo y presintiendo con horror que algo lo perseguía. Finalmente, cayó, y no supo cuánto tiempo había estado yaciendo allí.

Cuando volvió en sí y reconoció los sitios familiares de su entorno, se calmó un poco. Aún temblando algo, prestó atención por un momento. La canción parecía estar haciendo eco en su mente. Sacó su dentsivka. Al principio no podía recordar cómo iba la melodía. Intentó una y otra vez, drenando su memoria y tratando de reproducir los sonidos. Cuando finalmente logró encontrar lo que había estado buscando tanto tiempo, lo que no le dejaba descansar, una extraña y familiar tonada comenzó a flotar por el bosque. Una enorme alegría invadió el corazón de Ivan, inundando las montañas, el bosque y el pasto con luz solar, gorgoteando en los riachuelos y levantando las piernas del muchacho. Arrojando su flauta al césped y colocando sus brazos en jarras, rompió en una danza en torbellino. Saltó, se acuclilló, estiró sus piernas en pasos giratorios, y se paró de manos. “¡Regresaron mis cabras, regresaron mis cabras!”, algo cantaba con él. En la pradera iluminada por el sol, rodeada por el oscuro reino de los abetos, el pequeño muchacho rubio saltaba hacia arriba y hacia abajo, pasando como una mariposa de hoja de césped en otra. Sus dos vacas alzaron las cabezas para ver a través de las ramas, viéndolo indiferentemente mientras masticaban su rumia y movían sus cabezas haciendo sonar los cencerros al ritmo de la música. De esta forma fue que Ivan halló por fin en el bosque lo que estaba buscando…

En casa, Ivan había presenciado zozobra y dolor. Durante su vida, la trembita había hecho eco dos veces en la casa, anunciando en montañas y valles que la muerte había llegado: una vez cuando su hermano Oleksa había sido aplastado por un árbol que cayó en el bosque, y la otra cuando su hermano Vasyl, un chico fino, había sido cortado por filosas hachas en una pelea contra un clan hostil. La enemistad entre la familia de Ivan y los Huteniuks existía desde hacía mucho. Aunque todos en la familia ebullían en rabia al ver a los diabólicos Huteniuks, nadie pudo decirle a Ivan exactamente cómo había comenzado la trifulca. Él, también, ardía en deseo de venganza, y hubiese podido agarrar el hacha de su padre, la cual aún era muy pesada para él, listo para entrar en batalla.

Aunque Ivan era el decimonoveno hijo, y Annychka la vigésima, la familia se componía solamente de los padres y cinco niños. Los otros quince ya estaban sepultados en el cementerio de la iglesia. La familia era muy devota y gustaba de visitar la iglesia, especialmente para las ferias parroquiales. Allí podían encontrarse con parientes lejanos que se habían establecido en aldeas vecinas, y llegaban las oportunidades para vengarse de los Huteniuks por la muerte de Vasyl y por la sangre que los Paliichuks habían derramado tan seguido.

Sacaban sus ropas más finas, sus nuevas chaquetas de lana, los justillos bordados, los cinturones y billeteras cosidos a mano, los chalecos, los pañuelos rojos de seda, e incluso el mantillo blanco como la nieve que la madre llevaba siempre con mucho cuidado sobre su hombro. Ivan recibió un sombrero nuevo y una larga alforja para el hombro, que colgaba golpeando sus piernas.

Los caballos eran ensillados y salía la enorme procesión, enguirnaldando la verde vereda cuesta arriba, como amapolas rojas. La gente ataviada festiva se extendía por picos y valles. Los verdes prados parecían florecer; una colorida caravana fluía a la par del Cheremosh y, mucho más arriba, contra el negro manto del bosque de abetos, destellaba una roja sombrilla hutsul, del sol de la madrugada.

Ivan vio pronto que se reunían los clanes enemigos. La familia estaba regresando de una feria parroquial, en la que el padre había bebido un poquito. Subitamente se suscitó una conmoción en uno de los angostos caminos entre la montaña y el Cheremosh. Habían detenido las carretas y, hombres y mujeres, tanto a caballo como a pie, se habían reunido en una multitud. Destellaron las hachas en el fiero rugido que se desató, y los Huteniuks y los Paliichuks chocaron como acero y pedernal. Antes que Ivan pudiese darse cuenta de lo que estaba sucediendo, su padre blandió su hacha y la clavó en la frente de alguien. Saltó la sangre sobre el rostro del hombre, sobre su camisa y su coqueto chaleco. Las mujeres chillaron y corrieron a halar al hombre herido. Con su cara tan roja como sus pantalones, atestó un golpe de hacha a su enemigo, y el padre de Ivan cayó como un abeto talado. Ivan se abalanzó hacia él. No sabía lo que estaba haciendo. Pero los adultos se levantaron y, bien plantados sobre sus pies, no lo dejaron entrar en la contienda.

Excitado en furia, corrió directo hacia una pequeña niña que temblaba de miedo junto a una carreta. ¡Ajá! Esta debe ser la hija de Huteniuk, pensó y, sin dudarlo, la golpeó en el rostro. Ella hizo un gesto, se agarró fuertemente la blusa, y salió corriendo. Ivan la alcanzó cerca del rio, la tomó por la blusa, y le dio un tirón. Cayeron las cintas nuevas de su cabello, y la chica respondió con un grito para salvarlas, pero Ivan las arrebató y las lanzó al agua. Entonces la niña le lanzó una mirada penetrante con sus ojos de un negro límpido, y le dijo calmada: “Muy bien. Tengo otros listones, mucho más bonitos”. Lo dijo en un tono en el que parecía estar consolándolo ella a él.

Sorprendido por su tono amable, el chicho permaneció en silencio.

“Mi madre me compró un nuevo delantal…sólo para mi…y mocasinas….y medias bordadas…y…”

El chico aún no sabía qué decir.

“Me pondré mis lindas prendas y seré una bella damita.”

Entonces a él le dio envidia. “Y yo puedo tocar la flauta”.

“Nuestro Fedir se hizo una linda floyara. Cuando la toca…”

Ivan frunció el ceño. “Yo he visto a “El que desaparece”.

La muchacha le lanzó una mirada de incredulidad. “¿Entonces por qué peleas?”

“¿Y por qué estabas junto a la carreta?”

Ella permaneció pensativa durante un momento, indecisa sobre su respuesta, y entonces comenzó a buscarse algo adentro del frente de su blusa. Finalmente, se sacó una larga pieza de confite. “¡Sólo mira!” Mordió la mitad de la golosina y le extendió al chico la otra mitad, con un movimiento grave y confiado. “¡Toma!”

Ivan dudó, pero luego tomó el regalo. Pronto ya estaban sentados ambos, lado a lado, ajenos a los gritos del combate y al feroz rugido del rio. Ella le dijo que su nombre era Marichka, que estaba atendiendo a sus ovejas, que una mujer tuerta había robado su harina, y otras cosas que eran muy interesantes y familiares para ambos, mientras su mirada, de ojos límpidos negros, atravesaba el corazón de Ivan.

La trembita anunció finalmente una tercera muerte en el solitario caserío sobre el alto pico: el viejo Paliichuk había fallecido al día siguiente de la pelea. Llegaron tiempos muy difíciles para la familia de Ivan luego de la muerte del maestro. Enraizó el desorden; desaparecían las posesiones; era vendido un prado tras otro, y el ganado se fundió como la nieve de montaña en la primavera.

Pero la muerte de su padre causó una impresión mucho menor en Ivan que la amistad con la pequeña niña que le había compartido con tanta confianza la mitad de su golosina, justo después que él le hubiera hecho daño. Su pena antigua y sin causa tomaba una nueva dirección. Lo llevó a las montañas, acarreándolo a los picos vecinos, bosques y valles, en busca de Marichka. La logró hallar, finalmente, cuando la chica pastoreaba las ovejas.

Marichka lo recibió como si lo hubiese estado esperando: cuidarían juntos las ovejas. ¡Por supuesto! Dejemos que Buena y Azul tintineen sus cencerros y mujan en el bosque. Pastorearía las ovejas de Marichka.

¡Y cómo las pastorearon! Agrupadas a la sombra de un abeto, los añejos bovinos observaron con sombrías miradas a los chicos rodando sobre el musgo, con sus risas interrumpiendo el silencio. Incansables, trepaban a los blancos peñascos y observaban sin miedo al abismo debajo, desde el cual surgía la negra aparición montañosa y se elevaba al cielo, brillando con un azur que no se fundiría en la luz del sol. Un arroyo se deslizaba a través de una hendedura en las montañas, sacudiendo su gris barba en las rocas. El silencio ancestbral que el bosque protegía era tan cálido, solitario y aterrador, que los chicos podían escuchar su propia respiración. Sus oídos escuchaban y amplificaban cada sonido del bosque y, a veces, parecía que podían escuchar misteriosas pisadas, el sordo golpe de un hacha y un pesado jadeo.

¿Ivan, lo puedes escuchar? susurró Marichka.

¿Por qué no debería? Por supuesto que lo escucho.

Ambos sabían que que era un hacha invisible que vagaba por el bosque, golpeando árboles y respirando con dificultad por el cansancio. El miedo los envió corriendo cuesta abajo, hacia el valle, en donde la corriente fluía con mayor calma. Se buscaron un sitio en el rio, se desnudaron y se lanzaron de clavado al agua como criaturas del bosque que no conocen la vergüenza. El sol destellaba en sus bellos cabellos, mientras que el agua helada pellizcara sus miembros. Marichka fue la primera en tener frío y salir a prisa del agua.

¡Alto! Gritó fuerte Ivan. ¿De dónde eres?”

De Ya-vo-riv, respondió Marichka, tiritando con sus dientes.

¿E hija de quién eres?

Del herrero.

¡Que te vaya bien, hija del herrero! La pellizcaba Ivan y la correteaba hasta que quedaban exhaustos, pero cálidos, parando yaciendo sobre el césped.

En un tramo tranquilo del arroyo, en donde brillan los frutos del acónito y cuelgan las bayas del monje como azules zapatillas, croaban triestemente las ranas. Ivan se inclinaba hacia el riachuelo y preguntaba a una rana, “¿Madrina, madrina, qué has cocinado?”

Borsch, Borsch, borsch”; croaba Marichka.

¡Remolacha, remolacha, remolacha!” gritaban entonces ambos, con sus ojos fuertemente cerrados, obligando a las ranas a guardar silencio.

De esta forma es como ellos pastoreaban las ovejas, perdiéndolas casi por completo.

Sus juegos cambiaron cuando crecieron los muchachos. Ivan ya era un joven hombre, tan alto y robusto como un abeto. Se arreglaba el cabello con mantequilla y se ceñía un ancho cinturón de cuero, y un coqueto sombrero de paja. Marichka adornaba su cabello con listones, lo que significaba que ya estaba lista para entregar su mano en matrimonio. Ya no pastoreaban juntos a las ovejas, y se juntaban sólamente en domingos y días festivos, en la iglesia o en el bosque, de forma que las familias enemigas no se enteraran que sus hijos estaban enamorados.

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Origen de los Apellidos ucranianos XV – Derivados de características físicas y de personalidad – Parte 5

Мазай Mazay Cubierto de grasa

Proveniente del verbo Мазати – Mazaty – Cubrir o rociar algo con algún líquido grasoso.

Мазій Maziy Mal artista

También puede ser sinónimo de “Peste”. Ref

Мазепа Mazepa Torpe

Persona descuidada, grosera o torpe. Aunque el gran kozako Ivan Mazepa no demostraba tales características.

Ivan Mazepa

Нечепура Nechepura Desordenado

Ucraniano Trasliteración
Нечепуренко Nechepurenko

Desordenado tanto en su apariencia como en su forma de ser.

Enlace al Multifilm “Гномик нечепура” – El duende descuidado

Пелехатий Pelejatyi Con el cabello largo

Ucraniano Trasliteración
Пелех Pelej
Пелешенко Peleshenko
Пелещенко Peleshchenko
Пелехатюк Pelejatyuk
Пелещук Peleshchuk
Пелещак Peleshchak
Пелехацький Pelejatskyi

De cabello largo, y también rizado.

Чухрай Chujray Lanudo

Мокрий Mokryi Empapado

Ucraniano Trasliteración
Мокрій Mokriy
Мокренко Mokrenko
Мокряк Mokryak
Мокрук Mokruk
Мокрушенко Mokrushenko
Мокрущенко Mokrushchenko
Мокрицький Mokrytskyi

Сухий Sujyi Seco

Ucraniano Trasliteración
Сухенко Sujenko
Суханюк Sujanyuk
Сухенюк Sujenyuk
Сушко Sushko
Сушенко Sushenko
Сушак Sushak
” Сушук Sushuk

Como adjetivo significa “seco”.

Сухий фонтан – Fuente “seca” en Mykolayiv. Pinchando la imagen accedes a un video de otra fuente “seca”, en Lviv

Теплий Teplyi Cálido, amable

Ucraniano Trasliteración
Тепленко Teplenko
Теплюк Teplyuk
Тепличенко Teplychenko
Тепляченко Teplyachenko

Persona que infunde semtimientos cálidos, agradables.

Гіркий Hirkyi Amargo

Ucraniano Trasliteración
Гірченко Hirchenko
Гірчук Hirchuk

Persona cruel, amarga.

“El sabor amargo”, pintura del artista Adriaan Brower, nacido en Amberes.

Кислий Kyslyi Ácido

Ucraniano Trasliteración
Кисленко Kyslenko
Кислюк Kyslyuk

Солодкий Solodkyi Dulce

Ucraniano Trasliteración
Солоденко Solodenko
Солодюк Solodyuk
Солодяк Solodyak
Солодченко Solodchenko
Солод Solod
Солодко Solodko
Солодько Solod’ko
Солодчук Solodchuk
Солодиченко Solodychenko
Солодій Solodiy
Солодуха Soloduja

Солоний Solonyi Salado

Ucraniano Trasliteración
Солоненко Solonenko
Солонюк Solonyuk
Солоняк Solonyak
Солонченко Solonchenko
Солон Solon
Солонко Solonko
Солонько Solon’ko
Солоник Solonyk
Солончук Solonchuk
Солончак Solonchak
Солониченко Solonychenko
Солонишин Solonyshyn
Солоневич Solonevych
Солоній Soloniy
Солонійченко Soloniychenko
Солонійчук Soloniychuk
Солонуха Solonuja

Арахіс солоний – Manías (Cacahuates) salados

 

Масний Masnyi Grasoso, gordo

Ucraniano Trasliteración
Масник Masnyk
Масненко Masnenko
Маснюченко Masnyuchenko
Масничук Masnychuk
Маснюк Masnyuk

Algo (comida) o alguien que contiene una gran cantidad de grasa, aceite, mantequilla.

Пісний Pisnyi Pobre, poco fructífero, sin carne ni lácteos

Ucraniano Trasliteración
Пісненко Pisnenko
Піснюк Pisnyuk

Pisnyi es un apellido relacionado con el ayuno de la Cuaresma. Y esta relación es porque el adjetivo hace referencia a los alimentos que se consumen durante ella, exentos de carnes y productos lácteos.

Пісний борщ – Borshch de Cuaresma, sin carne ni lácteos

 

Ситий Sytyi Satisfecho, bien comido, ahíto

Ucraniano Trasliteración
Ситько Sytko
Ситнюк Sytnyuk
Ситняк Sytnyak
Ситненко Sytnenko

 

Ситий кіт – El gato lleno

 

Смажний Smazhnyi Consumido

Ucraniano Trasliteración
Смаженко Smazhenko
Смажнюк Smazhnyuk

Persona extremadamente flaca. Consumida. Sediento.

 

Смашний Smashnyi Delicioso

Ucraniano Trasliteración
Смашненко Smashnenko
Смашнюк Smashnyuk

El adjetivo se refiere a algún alimento con buen sabor, delicioso; en personas, se refiere a una persona agradable de tratar. La ortografía correcta en la actualidad es Смачний – Smachnyi

 

Пазій Paziy

Ucraniano Trasliteración
Пазюк Pazyuk
Пазанюк Pazanyuk
Пазинич Pazynych
Пазинець Pazynets

Una Паз -Paz es una rendija, un sitio en el que otro objeto casa completamente bien.

 

Пузій Puziy De estómago hinchado

Ucraniano Trasliteración
Пузенко  Puzenko
Пузач Puzach
Пузюк Puzyuk
Пузанюк  Puzanyuk
Пузинич Puzynych
Пузинець Puzynets

Como adjetivo se encuentra en desuso.

Болотник Bolotnyk Barroso

Ucraniano Trasliteración
Болотнюк Bolotnyuk
Болотняк  Bolotnyak

Persona cuyo color de piel aparenta estar lleno de barro/fango. Bolotnyak o Bolotnyk es un personaje mitológico ucraniano, que habita en pantanos. El espíritu de los pantanos.

 

Боровик Borovnyk Fangoso

Ucraniano Trasliteración
 Боровиченко  Borovychenko

Persona cuyo color de piel aparenta estar lleno de fango. Espíritu del fango.

Actualmente se utiliza como nombre común de dos especies: Boletus edulis, una seta, y Daphne eorum, una planta gimnosperma.

Водяник Vodyanyk Espíritu del agua

Ucraniano Trasliteración
Водянюк  Vodyanyuk

Enlace a “Personajes de La Canción del Bosque” – Espíritu que habita el agua.

 

Гайовик Hayovyk Espíritu de la arboleda

Espíritu que habita la arboleda

 

Лісовик Lisovyk Espíritu del bosque

Enlace a “Personajes de La Canción del Bosque” – Espíritu que habita el bosque.


Луговик Luhovyk Espíritu del rio

Espíritu que habita la Luh: la orilla boscosa de los ríos.

Esta planta recibe ese nombre, pues habita las orillas de rios. Deschampsia cespitosa

Польовик Polovyk Espíritu del campo

Espíritu que habita los campos de cultivo

Степовик Stepovyk Espíritu de las estepas

Espíritu que habita las estepas. Enlace a “Estepas en Ucrania”

 

Леля Lelya Expresión de asombro

Ucraniano Trasliteración
Лелюк Lelyuk
Леляк Lelyak
Леленко Lelenko
Лелюх Lelyuj
Лелюшенко Lelyushenko

La expresión Леле, Леля, genralmente acompañada del Ой – ¡Oh!, sirve para demostrar sorpresa, arrepentimiento, miedo. F

Русалка Rusalka Rusalka – Ninfa del agua

Ucraniano Trasliteración
 Русалко Rusalko
Русал  Rusal
Русалюк  Rusalyuk
Русальчук Rusalchuk
Русалович Rusalovych
Русаленко Rusalenko

Enlace a artículo extenso sobre “Rusalka”, ninfa de las aguas.

 

Чорт Chort Diablillo, Diablo

Ucraniano Trasliteración
Чортенко Chortenko

Crónica de Radzivill con Chort representados en la parte superior

Білоштан Biloshtan De pantalones blancos

Голощок Holoshchok De piel lisa

Ucraniano Trasliteración
 Голощак Holoshchak
Голощук Holoshchuk
Голощенко Holoshchenko

 

Добробаба Dobrobaba Buena abuela

Ucraniano Trasliteración
Добробабенко Dobrobabenko

 

Жовтоног Zhovtonoh de piernas amarillas

Ucraniano Trasliteración
Жовтоноженко Zhovtonozhenko

Derivado de Жовтий – Amarillo, y Ноги – Piernas, pies

Красножон Krasnozhon Casado guapo

Ucraniano Trasliteración
Красножоненко Krasnozhonenko

Zhoná es una mujer casada, Zhon es el hombre en antiguo ucraniano.

 

Красношапка Krasnozshapka de lindo sombrero

Shapka significa “gorra”, “sombrero”.

 

Краснощок Krasnoshchok de bello rostro

Ucraniano Trasliteración
Краснощоченко Krasnoshchochenko

Shchok significa “rostro”, aunque también “mejillas”.

 

Новосад Novosad Nueva plantación, nuevo jardín

Ucraniano Trasliteración
Новосаденко Novosadenko

 

Рябокучма Ryabokuchma Con sombrero de piel de colores “

Kuchma es un sombrero de piel, y Ryabyi significa “colorido”, “de colores”.

Салогуб Salohub Tacaño

Ucraniano Trasliteración
Сологубенко Solohubenko

Persona de mejillas gruesas, gordas; se utilizaba también para “tacaño”.

 

Синьогуб Synóhub De cabeza azul

Ucraniano Trasliteración
Синєгубко Synyehubko
Синєгубенко Synyehubenko

En zoología se le llama asi a los peces del género Vimba

Сіробаба Sirobaba Abuela gris

Ucraniano Trasliteración
Сіробабенко Sirobabenko

Siryi significa “Gris” y “baba” es “abuela”, “anciana”. También se utilizaba para “pobre”.

Сіроштан Siroshtan De pantalones grises

Ucraniano Trasliteración
Сіроштаненко Siroshtanenko

 

Твердохліб Tverdojlib Pan duro

Ucraniano Trasliteración
Твердохлібенко Tverdojlibenko

Tverdyi significa “sólido”, “duro”, y “Jlib” es “Pan”

 

Тихолоз Tyjoloz Brotes tiernos

Ucraniano Trasliteración
Тихолаз Tyjolaz

 

Капиніс Kapynis De nariz chorreante

Ucraniano Trasliteración
Капинос Kapynos
Капиносенко Kapynosenko

El verbo Kápaty significa “Gotear”, “chorrear”, y la palabra “Nis” es “Nariz”

Кирпонос Kyrponos De nariz chata

Ucraniano Trasliteración
Кирпоносенко Kyrponosenko

 

Курнос Kurnos De nariz polvorienta

Ucraniano Trasliteración
Курносенко Kurnosenko

El verbo “Kurity” significa “humear”, “fumar” o “arremolinarse el polvo”.

Ломинос Lomynos De nariz quebrada

Ucraniano Trasliteración
Ломонос Lomonos
Ломоносенко Lomonosenko

Si bien el apellido es derivado de este término que se refiere a una persona con la nariz torcida, esta palabra se relaciona mejor actualmente con la En botánica se refiere a la hierba Clematis integrifolia, cuyo género significa “planta que treoa” y la especie “de hoja entera”; como adjetivo, la palabra Lomynis, significa “en forma de garfio”.


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Origen de los apellidos ucranianos XV – Características físicas y de personalidad – Parte 4

Лобан Loban Persona de gran cabeza

Ucraniano Trasliteración
Лобенко Lobenlo
Лобанюк Lobanyuk

Persona estúpida, de cabeza grande. Se utiliza como insulto. Fuente

Un Loban también es un Mújol, un pez que abunda en Europa.

Малий Malyi Pequeño

Ucraniano Trasliteración
Маленко Malenko
Малюк Malyuk
Малишко Malyshko
Малявко Malyavko
Мальчик Malchyk

Pequeño, generalmente en niños, aunque también personas que, por tener baja estatura o ser poco corpulentos, puedan ser semejantes a niños.

Безбородько Bezborodko Barbilampiño

En adolescentes sobre todo

Бородай Boroday Barbado

Persona con barba larga. Sinónimos: бородач – borodach, бородань – borodan, y бородатий – borodátyi es simplemente “barbado”.

Голобородько Holoborodko Sin barba

 

Майборода Mayboroda

Platon Maiboroda es un compositor ucraniano. Dentro de las piezas que escribió se encuentra “Ridna maty moya”. Pinchar imagen para acceder al artículo

Тригуб Tryhub Con labio leporino

Ucraniano Trasliteración
Тригубенко Tryhubenko

 

Шульга Shulha zurdo

Ucraniano Trasliteración
Шульгин shulhyn
Шульженко shulzhenko
Шульжук  shulzhuk

Persona que utiliza preferentemente la mano izquierda para escribir y trabajar.

 

Щербина Shcherbyna Rasguñado

Ucraniano Trasliteración
Щербинка shcherbynka
Щербак shcherbak
Щербань Shcherban
Щербинин Shcherbynyn
Щербинич Shcherbynych
Щербиненко Shcherbynenko
Щербанюк Shcherbanyuk

Shcherbyna, como adjetivo, indica principalmente una muesca o mella (en espada, cuchillo, hacha), aunque también se refiere a un rasguño en la piel. Shcherbyna es el diminutivo de Shcherbá, que significa “mella”. En cuanto a características físicas, se refiere a una persona a quien le faltan algunos dientes, “desdentado”, o “sholco” en latinoamérica.

 

Безнос Beznos Sin nariz

Ucraniano Trasliteración
Безносенко Beznosenko

Persona queno tiene nariz (o la tiene muy pequeña). El adjetivo es realmente “Beznosyi” (Безноси)

Безноси – Sin nariz

Безус Bezus Barbilampiño

Ucraniano Trasliteración
Безусенко Bezusenko

EL adjetivo es “Bezvusyi” (безвуси), y significa “Persona sin barba”

Безух Bezuj Sin orejas

Ucraniano Trasliteración
Безушко Bezushko
Безушенко Bezushenko
Безущенко Bezushchenko

El adjetivo es Bezujyi (безухий). Persona que no tiene una o ambas orejas.

Безухий – Sin orejas

Безногий Beznohyi Cojo

Ucraniano Trasliteración
Безноженко Beznozhenko

Persona sin pies, piernas o con solo uno .Cojo.

 

Безрукий Bezrukyi Manco

Ucraniano Trasliteración
Безручко Bezruchko
Безрученко Bezruchenko

Persona que no tiene una o ambas manos.

 

Безпалий Bezpalyi Sin dedos

Ucraniano Trasliteración
Безпалько Bezpalko
Безпаленко Bezpalenko
Безпальченко Bezpalchenko

Persona a la que le falta uno, varios o todos los dedos, sea de pies o manos.

 

Кривоніс kryvonis De nariz torcida

Ucraniano Trasliteración
Кривоносенко Kryvonosenko

Maxym Kryvonis fue uno de los líderes del levantamiento Jmelnytsky. Nació alrededor de 1600 y falleció en 1648

 

Криворот Kryvorot Con la boca torcida

Ucraniano Trasliteración
Криворотько Kryvorotko
Криворотенко Kryvorotenko

 

Кривоножко Kryvonozhko De piernas torcidas “

Ucraniano Trasliteración
Кривоноженко Kryvonozhenko

 

Криворучко Kryvoruchko De manos torcidas

Ucraniano Trasliteración
Криворученко Kryvoruchenko

 

Кривошия Kryvoshyia Con el cuello torcido

Ucraniano Trasliteración
Кривошиєнко Kryvoshiyenko

O también careciente de cuello, como defecto de nacimiento.

Довгошия Dovhoshya con el cuello largo

Ucraniano Trasliteración
Довгошиєнко Dovhoshenko

Proveniente de Dovho = largo, y Shya = cuello

Chrysemis pictas o Tortuga de cuello largo

Ґиба Gyba Con Giba

Ucraniano Trasliteración
Ґибенко Gybenko

 

Диба Dyba

Ucraniano Trasliteración
Дибач Dyban
Дибенко Dybenko

 

Кандиба Kandyba Regañón

Ucraniano Trasliteración
Кандибенко Kandybenko

 

Кривий Kryvyi Jorobado

Ucraniano Trasliteración
Кривенький Kryvenkyi
Кривенко Kryvenko

Torcido, encorvado

Бородавка Borodavka Verrugoso

Ucraniano Trasliteración
Бородавко Borodavko
Бородавченко Borodavchenko
Бородавчик Borodavchyk
Бородавчук Borodavchuk

Lleno de verrugas

Ґуля Gulya Jorobado

Ucraniano Trasliteración
Ґуленко Gulenko
Ґульченко Gulchenko
Ґульчук Gulchuk
Ґульчак Gulchak
Ґульчик Gulchyk

 

Дзюба Dzyuba Cacarañado

Ucraniano Trasliteración
Дзюбій Dzyubiy
Дзюбенко Dzyubenko
Дзюбук Dzyubuk

Persona con el rostro lleno de cicatrices de viruela. Era más común utilizarlo en referencia a mujeres con esta característica.

 

Ковтун Kovtun Enredado

Ucraniano Trasliteración
Ковтунюк Kovtunyuk
Ковтуняк Kovtunyak
Ковтюх Kovtyuj

Persona con el cabello enredado debido a la falta de higiene durante la edad media. Podría equipararse con el término actual “Rasta”

 

Корбут Korbut Cigüeña

Ucraniano Trasliteración
Корбутяк Korbutyak

Persona con el cuello largo y similar en forma al de una cigüeña.

 

Кікоть Kikot Loco al cantar

Del verbo “Kikuvaty” que significa “volverse loco al cantar”.

 

Скоропад Skoropad Quien siempre anda apresurado

Ucraniano Trasliteración
Скоропаденко Skoropadenko
Скоропадюк Soropadyuk
Скоропадський Skoropadskyi

Del verbo “Skoropádyty” = Andar a prisa, correr por todos lados.

 

Гарний Harnyi Bello

 

 

Гожий Hozhyi Encantador, airoso

 

 

Красний Krasnyi Bello/ Bella

Ucraniano Trasliteración
Краснюк Krasnyuk

 

Любий Lyubyi Amigable, amado

 

 

Мальований Malovanyi Frívolo, insignificante

 

 

Милий Mylyi Querido

 

 

Пишний Pyshnyi Soberbio, orgulloso

Ucraniano Trasliteración
Пишко Pyshko
Пишнюк Pysnyuk
Пишняк Pyshnyak
Пишненко Pyshnenko

 

 

Хороший Joroshyi Bello, bonito

Ucraniano Trasliteración
Хорошко Joroshko
Хорошенко Joroshenko

 

 

Чепурний Chepurnyi Bello

Esta palabra significa “Bello” pero llevando la connotación de “amanerado”

 

Червонопиский Chervonopyskyi de mejillas coloradas

 

 

Балухатий Balujatyi

 

 

Кирпатий Kyrpatyi Chato

Ucraniano Trasliteración
Кирпа Kyrpa
Кирпатенко Kyrpatenko
Кирпач Kyrpach
Кирпаченко Kyrpachenko
Кирпачук Kyrpachuk

Persona con la nariz muy corta.

 

 

Космач Kosmach Peludo

Ucraniano Trasliteración
Космачук Kosmachuk
Космацький Kosmatskyi

Persona con una gran cantidad de vello corporal.

 

 

Коструба Kostruba Hirsuto

Persona con el cabello, corporal o de la cabeza, muy grueso y espeso.

 

 

Кудлай Kudlay Peludo

 

 

Кудря Kudrya Rizado

Ucraniano Trasliteración
Кудряченко Kudryachenko
Кудер Kuder
Кудерко Kuderko
Кудеренко Kuderenko
Кудера Kudera
Кудеря Kuderya
Кудренко Kuderko
Кудрик Kudryk
Кудринець Kudrynets
Кудриченко Kudrychenko

Persona con el cabello rizado / Persona encantadora, atractiva.

 

 

Лисий Lysyi Calvo

Ucraniano Trasliteración
Лисенко Lysenko

 

Лиховид Lyjovyd Desafortunado

Con mala suerte, mala fortuna / también puede ser calvo.


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Origen de los Apellidos Ucranianos XV – Cafacterísticas físicas y de carácter Parte 3

Собкало Sobkalo Quien grita “Sob” “

Ucraniano Trasliteración
” Собкалюк “ ” Sobkalyuk “

” Pasado neutro del verbo собкати – sóbkaty: gritar “соб! – sob!”. Este sonido era utilizado por chumaky, comerciantes en carretas haladas por bueyes. La expresión “Sob!” se utilizaba para indicarles que cruzaran a la izquierda. El verbo también, derivado del significado original, indica impartir órdenes.

 

Цмокало Tsmokalo Quien hace muecas “

Ucraniano Trasliteración
” Цмокал “ ” Tsmokal “
” Цмокаленко “ ” Tsmokalenko “
” Цмокалюк “ ” Tsmokalyuk “

” Pasado neutro del verbo цмокати – tsmókaty: emitir sonidos distintivos con labios, lengua, expresando asombro, admiración, indecisión, o imitando el sonido que se origina al dar un beso.

Шморгало Shmorhalo Quien hace “Smorh!” “

” Pasado neutro del verbo шморгати – shmórhaty: halar repentinamente (las bridas del caballo) para cambiar de dirección. Proveniente del sonido “шморг! – shmorh!” emitido al realizar dicha acción.

 

Ворошило Voroshylo Quien regresó “

” Probablemente pasado neutro del verbo ворочати – vorocháty: regresar

 

Гатило Hatylo Golpeador con fuerza “

Ucraniano Trasliteración
” Гатенко “ ” Hatenko “
” Гатенюк “ ” Harenyuk “

” Pasado neutro del verbo гатити – hatýty: golpear con fuerza, embestir con energía.

 

Закусило Zakusylo Quien gusta de bocadillos “

” Pasado neutro del verbo Закусити – Zakusýty: tomar un bocadillo. Originalmente era un gesto de educación, en el que se bebía un trago de licor o un bocadillo luego de alguien más, de mayor rango o posicion social.

 

Манило Manylo Engañoso “

” Derivado del verbo манити – Manyty – engañar, atraer. Persona que engaña o es susceptible a ser fácilmente engañado  También puede significar “atraer”, persona que atrae a oos demàs, que es atractiva.

 

Покотило Pokotylo Castigador “

” Derivado del verbo покотити – Pokotyty – castigar

 

Трясило Tryasylo Sacudido “

” Derivado del verbo трясти – Tryasty – Sacudir, estrechar la mano y realizar el movimiento de sacudir.

 

Хабло Jablo Quien acostumbra reir “

Ucraniano Trasliteración
” Хабленко “ ” Jablenko “
” Хаблюк “ ” Jablyuk “

” Proveniente de la expresión “За-ха!” – “Ja-ja!” que se emite al reir.

Ja ja. Oy, yo, tal vez, reventaré

 

Швирло Shvyrlo Clemente “

” Pasado del neutro del verbo Щадити – Shchadyty: ahorrar, economizar, y también tener clemencia, misericordia.

Щадило Shchadylo Ahorrador “

Ucraniano Trasliteración
” Щаденко “ ” Shchadenko “

” Derivado del verbo щадити – shchadyty – ahorrar

Бекало Bekalo Balador “

” Derivado del verbo бекати – bekaty – balar. Imitar el sonido que emiten ovejas y cabras.

Гекало Hekalo Quien usa mucho el estribillo “he” “

” Si bien es una teoría que provenga de la expresión “ге!” – “¡he!”, otra, que se adapta más al ámbito de la época en que se originaron los apellidos, es que proviene de “гей” – “hey!”, sonido emitido al realizar brindis, o también del sonidon”нейс!” – “heys!” que se produce al llamar a un buey o al ordenar a la yunta que comuence a andar. Variantes de esta interjeccion son “гейса!” – “Heysa!” que servía para ordenara ala yunfa cruzar a la izquierda, y “гейсь” – “heys!” con la “s” suavizada, que orddnaba cruzar a la derecha.

Цекало Tsekalo Quien usa mucho el sonido Ts “

” Pasado del género neutro del verbo цекати – tsekaty: acostumbrar la utilización contínua del estribillo o sonido “ts” al hablar

Шокало Shokalo Impresionante “

” Podría provenir, como pasado del género neutro, del verbo шокувати – shokuvaty: shoquear, impresionar de forma desagradable.

Штокало Shtokalo Borracho hasta la muerte “

” Podría derivarse de la expresión “п’ятний яу шток” – Pyatnyi yak shtok – bebido hasta la muerte: exageradamente borracho (aunque шток поршня es la biela de un motor)

Воткало Votkalo Votado “

” Votado. Por quien se ha votado o se vota a menudo.

Кадикало Kadykalo Inciensado “

” Proveniente de кадило – kadylo – incienso, incensario. Persona que utilizaba el inciensario, emitía o gustaba mucho del aroma del incienso.

Базікало Bazikalo Charlatán “

” Базикало significa “Charlatán”, relacionado con el verbo “базикати” – bazykaty – charlatanear.

Бачиш Bachysh Quien mira “

” Relacionado con el verbo бачити – báchyty – ver, mirar, o con la expresión “бач!” – “bach!” – “¡mira!”

Гето Heto Completamente “

” La expresión “геть!” – ” het!” puede significar “¡Fuera!, ¡lejos!”, aunque existe también una expresión más similar: “геть-то!” – “Het-to!” que significa “¡Completamente!, ¡Totalmente!”.

Глянь Hlyan Brillante “

” Probablemente provenga del sustantivo глянець – hlyánets: el brillo que emite el acabado laqueado de muebles o el brillo del metal. Se utilizaba coloquialmente para referirse a personas pulcras y finas, tantó en su apariencia como en su comportamiento

Прощай Proshchay Adiós “


Самотей Samotey Solitario “

” El verbo самотіти – samotíty significa “vivir una vida en soledad”

Явися Yavysya Aparecerse “

” El verbo reflexivo явитися – yavýtysya: aparecerse, presentarse.

Білий Bilyi Blanco “

Ucraniano Trasliteración
” Білик “ ” Bilyk “
” Білько “ ” Bilko “
” Біленко “ ” Bilenko “
” Біляшенко “ ” Bilyashenko “
” Білянський “ ” Bilyanskyi “
” Біліч “ ” Bilich “
” Білій “ ” Biliy “
” Біліченко “ ” Bilichenko “
” Білюк “ ” Bilyuk “
” Біляк “ ” Bilyak “

” Probablemente una persona de tez, piel o cabello blanco

Жовтий Zhovtyi amarillo “

Ucraniano Trasliteración
” Жовтик “ ” Zhovtyk “
” Жовтенко “ ” Zhovtenko “
” Жовтянський “ ” Zhovtyanskyi “
” Жовтій “ ” Zhovtiy “
” Жовтюк “ ” Zhovtyuk “
” Жовтяк “ ” Zhovtyak “


Зелений Zelenyi Verde “

Ucraniano Trasliteración
” Зеленик “ ” Zelenyk “
” Зеленко “ ” Zelenko “
” Зелененко “ ” Zelenenko “
” Зеленський “ ” Zelenskyi “
” Зелінський “ ” Zelinskyi “
” Зеленій “ ” Zeleniy “
” Зеленюк “ ” Zelenyuk “
” Зеленяк “ ” Zelenyak “


Рудий Rudnyi Pelirrojo “

Ucraniano Trasliteración
” Рудик “ ” Rudyk “
” Рудко “ ” Rudko “
” Руденко “ ” Rudenko “
” Рудаченко “ ” Rudachenko “
” Руданський “ ” Rudanskyu “
” Рудь “ ” Rud “
” Рудич “ ” Rudych “
” Рудій “ ” Rudiy “
” Рудюк “ ” Rudyuk “
” Рудяк “ ” Rudyak “


Сірий Siryi Gris “

Ucraniano Trasliteración
” Сірик “ ” Siryk “
” Сірко “ ” Sirko “
” Сіренко “ ” Sirenko “
” Сіринський “ ” Sirynskyi “
” Сірич “ ” Sirych “
” Сірій “ ” Siriy “
” Сірук “ ” Siruk “
” Сіряк “ ” Siryak “


Синий Synyi Azul “

Ucraniano Trasliteración
” Синик “ ” Synyk “
” Синько “ ” Synko “
” Синчак “ ” Synchak “
” Синчук “ ” Synchuk “
” Синячук “ ” Synyachuk “
” Синенко “ ” Synenko “
” Синяченко “ ” Synyachenko “
” Синич “ ” Synych “
” Синюк “ ” Synyuk “
” Синяк “ ” Synyak “


Червоний Chervonyi Rojo, colorado, rubicundo “

Ucraniano Trasliteración
” Червоненко “ ” Chervonenko “
” Червоній “ ” Chervoniy “
” Червонюк “ ” Chervonyuk “
” Червоняк “ ” Chervonyak “


Чорний Chornyi Negro “

Ucraniano Trasliteración
” Чорнієнко “ ” Chorniyenko “
” Чорниш “ ” Chernysh “
” Чорній “ ” Chorniy “
” Чорнюк “ ” Chornyuk “
” Чорняк “ ” Chornyak “
” Чернієнко “ ” Cherniyenko “
” Черниш “ ” Chernysh “
” Чернишевський “ ” Chernyshevskyi “
” Черній “ ” Cherniy “
” Чернюк “ ” Chernyuk “


Гнідий Hnidyi Color castaño

Ucraniano Trasliteración
” Гнідик “ ” Hnidyk “
” Гніденко “ ” Hnidenko “
” Гнідаш “ ” Hnidash “
” Гнідич “ ” Hnidych “
” Гнідюк “ ” Hnidyuk “

” La palabra significa “bahía”, pero en personas (y animales), es “color castaño”

Гнідий кінь.

Карий Karyi marrón “

Ucraniano Trasliteración
” Каренко “ ” Karenko “
” Кариченко “ ” Karychenko “
” Карич “ ” Karych “
” Карій “ ” Kariy “
” Карук “ ” Karuk “


Рижий Ryzhyi Pelirrojo “

Ucraniano Trasliteración
” Рижик “ ” Ryzhyk “
” Рижко “ ” Ryzhko “
” Риженко “ ” Ryzhenko “
” Рижанський “ ” Ryzhanskyi “
” Рижич “ ” Ryzhyk “
” Рижій “ ” Ryzhiy “
” Рижук “ ” Ryzhuk “
” Рижак “ ” Ryzhak “

” Pelirrojo color zanahoria

Русий Rusyi Rubio “

Ucraniano Trasliteración
” Русик “ ” Rusyk “
” Русько “ ” Rusko “
” Русенко “ ” Rusenko “
” Русенчук “ ” Rusenchuk “
” Русич “ ” Rusych “
” Русій “ ” Rusiy “
” Русюк “ ” Rusyuk “
” Русяк “ ” Rusyak “
” Рущенко “ ” Rushchenko “
” Рущук “ ” Rushchuk “

” Рущак “” Rushchak “” Рущин “” Rushchyn Rubio de color claro

Рябий Ryabnyi Manchado “

Ucraniano Trasliteración
” Рябик “ ” Ryabyk “
” Рябко “ ” Ryabko “
” Рябенко “ ” Ryabenko “
” Рябиненко “ ” Ryabynenko “
” Рябченко “ ” Ryabchenko “
” Рябенченко “ ” Ryabenchenko “
” Рябуха “ ” Ryabuja “
” Рябич “ ” Ryabych “
” Рябій “ ” Ryabiy “
” Рябук “ ” Ryabuk “

” Рябчук “” Ryabchuk “” Рябченюк En aves, abado.

Рябий кінь

Сивий Syvyi Cano “

Ucraniano Trasliteración
” Сивик “ ” Syvyk “
” Сивко “ ” Syvko “
” Сиваченко “ ” Syvechenko “
” Сивинський “ ” Syvynskyi “
” Сивич “ ” Syvych “
” Сивій “ ” Syviy “
” Сивак “ ” Syvak “
” Сивук “ ” Syvuk “


Смаглий Smahnyi Bronceado “

Ucraniano Trasliteración
” Смагленко “ ” Smahlenko “
” Смаглієнко “ ” Smahliyenko “
” Смаглій “ ” Smahliy “
” Смаглюк “ ” Smahlyuk “

” En animales: color leonado. En personas: bronceado, asoleado.

Чалий Chalyi Ruano ,llovizna (caballos)

Ucraniano Trasliteración
” Чалко “ ” Chalko “
” Чалій “ ” Chaliy “
” Чалюк “ ” Chalyuk “
” Чаленко “ ” Chalenko “
” Чалієнко “ ” Chaliyenko “
” Чалич “ ” Chalych “
” Чаличук “ ” Chalychuk “

” Exclusivo color de caballos.

Чалий кінь – caballo color llovizna

Шарий Sharyi Gris oscuro “

Ucraniano Trasliteración
” Шарко “ ” Sharko “
” Шаренко “ ” Sharenko “
” Шарич “ ” Sharych “
” Шарій “ ” Shariy “
” Шарук “ ” Sharuk “

” En caballos, gris oscuro, gris anochecer

Головань Holovan Cabezón “

Ucraniano Trasliteración
” Головач “ ” Holovach “
” Головенко “ ” Holovenko “
” Голованюк “ ” Holovanyuk “
” Голованенко “ ” Holovanenko “
” Голованнік “ ” Holovannik “
” Головацький “ ” Holovatskyi “
” Головатий “ ” Holovatyi “
” Головатюк “ ” Holovatyuk “
” Головко “ ” Holovko “
” Головченко “ ” Holovchenko “

” Головчук “” Holovchuk “” Головчак “” Holovchak Persona con una cabeza grande; también “inteligente”.

Горлач Horlach Ladrador “

Ucraniano Trasliteración
” Горлаченко “ ” Horlachenko “

” Persona que habla tan fuerte que parece como si gritara o ladrara. Sinónimo de горлань – horlan

Горбач Horbach Jorobado “

Ucraniano Trasliteración
” Горбатенко “ ” Horbatenko

Горбатюк “

” Horbatyuk “

” Sinónimo: горбань – horban

Довгий Dobhyi Largo “

Ucraniano Trasliteración
” Довгаль “ ” Dovhal Довженко “ ” Dovzhenko Довганюк “ ” Dovhanyuk “

” Largo. También: duradero

Короткий Korotkyi Corto “

Ucraniano Trasliteración
” Коротич “ ” Korotych “

” Corto. También: Breve, conciso.

Куций Kutsyi De rabo corto “

Ucraniano Trasliteración
” Куц “ ” Kuts “
” Куць “ ” Kuts “
” Куценко “ ” Kutsenko “
” Куцевич “ ” Kutsevych “
” Куценюк “ ” Kutsenyuk “
” Куцук “ ” Kutsuk “
” Куцюк “ ” Kutsyuk “
” Куцяк “ ” Kutsyak “
” Куцик “ ” Kutsyk “
” Куценя “ ” Kutsenya “

” Куцов “” Kutsov “” Куцина “” Kutsyna “” Куцко “” Kutsko de cola corta

Лівак Livak zurdo “

Ucraniano Trasliteración
” Лівчак “ ” Livchak “
” Ліваченко “ ” Livachenko “

” Quien usa la mano izquierda