Información en español sobre Ucrania


Deja un comentario

Campesinos – Селяни

Los campesinos fueron una clase social que se dedicaba en gran parte a la agricultura de subsistencia. Esta clase social jugó una inusualmente importante parte en la historia de Ucrania. No sólamente formaron una abrumadora mayoría dentro de la población ucraniana hasta la década de los 1930s, sino que también contribuyeron en gran parte a la preservación y desarrollo de la cultura ucraniana. Una de las peculiaridades de los campesinos como estrato social fue la estabilidad de su modo de vida y actitud conservadora ante las tradiciones, idioma y credo – en pocas palabras, la protección de las características nacionales y étnicas, algunas de las cuales se remontaban a las épocas precristianas e incluso a las raíces indoeuropeas.

Campesino ucraniano – pintura de Tymofiiy Kalynskiy

Tal peculiaridad de los campesinos y su vida en la cultura fue particularmente importante para la nación ucraniana, la que había sido subyugada por los poderosos vecinos y, particularmente en el caso de clases altas (nobleza y clero de altos puestos) y el estrato urbano (burgueses), expuesta a influencias asimilatorias.

Los campesinos sirvieron como una fuente mayor de regeneración durante el siglo XIX, cuando el idioma literario de Ucrania (ucraniano estándard) fue reconstruído en base al idioma vernacular del campesinado, y las tradiciones de la vida aldeana fueron minado en pos de los componentes de la cultura nacional.

Konstantin Makovsky. – 1880s – Chica con gavilla

Los campesinos de la Rus’ de Kyiv surgieron en conjunto con el nuevo sistema de estado que remplazó la estructura social ancestral de las tribus eslavas. Los campesinos de la Rus’ estaban agrupados en colonias relativamente autónomas, las que ellos trabajaron en conjunto al cultivar la tierra utilizando las técnicas de tala-y-quema. La vasta mayoría de campesinos caía en la categoría de smerds.

Los smerds se pueden subclasificar en dos clases: totalmente libres, o dependientes. Los campesinos libres formaron el grupo más grande y gozaron de los derechos de personas libres. Los smerds dependientes, cuyo número crecía gracias a obsequios de tierra a los servidores, vivían en las tierras de la realeza o de los boyares, pagando rentas principalmente en especia (renta de tierra), pero también fueron muy usadas las rentas pagadas con dinero, y trabajo (corvea).

Mykola Pymonenko-Ukrayinska nich – Noche ucraniana – 1905

Los smerds no fueron, sin embargo, siervos o esclavos. Un smerd podía convertirse en un zakup, eso es, un obrero escriturado a un señor. Ese estrato era temporal, sin embargo; una vez que los zakupy habían saldado sus deudas, eran libres nuevamente.

Luego de la invasión mongola en 1240 y el cambio de tenencia de las tierras ucranianas, pasando bajo el dominio polaco y lituano a mediados del siglo XIV, los derechos de los campesinos fueron restringidos aún más, y en incremento, hasta que perdieron toda libertad personal y se convirtieron en siervos totalmente dependientes de los terratenientes.

Mykola Pymonenko-Vechoriye – Atardecer – 1900

Ese enservamiento o esclavitud que caracterizó la economía de principios del siglo XV en Europa Oriental, precisamente cuando la servidumbre estaba extinguiéndose en Europa Occidental. Los agrimensores e inspectores se dividieron las tierras arables y establecieron estados solariegos (filvarok) en los cuales los campesinos debían trabajar como una forma de renta al terrateniente; los campesinos tenían también la propia tierra, pero parcelas mucho menores en tamaño, las que debían suplir las deficiencias, para su sustento.

Los campesinos ucranianos se resistieron a la servidumbre, por ejemplo en la rebelión de Muja entre 1490 y 1492, pero fueron obligados a renunciar. Tras la Unión de Lublin en 1569, cuando todas las tierras de Ucrania bajo gobierno lituano pasaron a la jurisdicción de la corona polaca, los campesinos ucranianos fueron incentivados a colonizar los territorios relativamente vacíos, en el suroeste y este del país.

Mykola Kuznetsov – campesino – 1882

La opresión a la densamente poblada Ucrania occidental llevó a un movimiento poblacional en dirección oriental. Los gravámenes sobre la servidumbre eran mucho más reducidos en Ucrania oriental, tanto como un resultado natural de la escasez poblacional (y por lo tanto, el trabajo) y como una buena parte, una política deliberada de atraer colonos.

A finales del siglo XVI, por ejemplo, los campesinos de una parte de la tierra de la Chervona Rus (Rutenia roja – Halychyna) debían laborar entre cuatro y cinco días en el filvarok; en Volyn y la región occidental de Kyiv debían laborar dos o tres días; y en la parte izquierda de Ucrania y la región de Bratslav, únicamente pagaban renta en moneda. Las obligaciones campesinas se incrementaban de forma constante, sin embargo, y para los 1640s, los campesinos de las regiones de Volyn y Kyiv debían trabajar cinco días a la semana en la tierra de sus amos, mientras que los del lado izquierdo de Ucrania y la región de Bratslav sólo debían uno o dos días a la semana.

Los siervos ucranianos a veces huían ilegalmente de las tierras de sus amos y se dirigían a las estepas en el sur de Ucrania y la Ucrania Slobidska, en donde estaban en constante peligro ante saqueos tártaros.

Ahí fue donde se convirtieron en kozakos.

Mykola Kuznetsov – campesina – 1882

Los levantamientos kozakos de principios del siglo XVII a menudo expresaban oposición a la sevidumbre. La guerra Polaco-Kozaka de 1648 a 1657, en la cual los campesinos se unieron a las fuerzas kozakas, tuvo como resultado la abolición de la servidumbre en el estado hetmánico emergente. Pero la starshyna kozaka se comenzó a apropiar de las tierras de los tenentes libres y reimpusieron los pagos de renta tipo corvea, con trabajo, y otras formas de renta sobre los kozakos de infantería.

Alrededor del 1700, alrededor de una cuarta parte de la población de la Ucrania del lado izquierdo y la Ucrania Slobidska, y para los 1730s alrededor de la mitad, consistía de campesinos siervos. La reintroducción de la servidumbre, aunque en una forma mitigada, engendrando conflictos entre la starshyna y los kozakos de infantería, y contribuyó a la inestabilidad en Ucrania a fines del siglo XVII y principios del XVIII, además de favorecer el ambiente como para que las autoridades moscovitas intervinieran en los asuntos internos del estado hetmánico.

Mykola Kuznetsov – campesina – 1882

En el lado derecho de Ucrania, en donde el movimiento kozako había sido suprimido completamente a principios del siglo XVIII, la servidumbre fue totalmente reinstaurada. Pero por la lucha civil y la guerra, que habían despoblado ese territorio, las obligaciones de los siervos no eran onerosas durante las primeras dos décadas del siglo XVIII. Para los 1760s, sin embargo, la postura del campesinado del lado derecho de Ucrania había declinado a su probablemente punto más bajo en la historia. El gran descontento en la provincia, alimentó el combustible para los levantamientos de las haidamaka a mediados del siglo XVIII.

La emperatriz moscovita Catalina II instituyó formalmente la servidumbre en la parte izquierda de Ucrania y en la Ucrania Slobidska en 1783. La conquista del norte del litoral del Mar Negro le permitió extender la esclavitud a Ucrania del Sur, también. Casi simultáneamente con la reinstitución de la esclavitud, Catalina desmanteló cualquier vestigio de autonomía kozaka, destruyó la Sich de los zapórogos, y re-estableció gran parte de la población de la Ucrania Slobidska, en la región de Kuban. Su gobierno también atrajo a colonos extranjeros, por lo que, mayormente alemanes y serbios, se establecieron en el sur de Ucrania y constituyeron un campesinado libre y próspero, del tipo de Europa occidental.

Mykola Kuznetsov – campesino – 1882

Durante la primera mitad del siglo XIX, los siervos eran la clase más abyecta, más oprimida dentro del Imperio moscovita. Aunque la hromada campesina elegía a sus propias autoridades, quienes lidiaban tanto con el campesinado como con los terratenientes, éstos tenían el derecho de probar a los campesinos, enviándolos a Siberia, al ejército, o imponerles castigos físicos. Los siervos no podían contraer matrimonio sin el permiso de su amo, pues éste podía vender ya sea la familia entera de siervos, o cada miembro por separado, y también establecía la cantidad de labor que debían ejecutar para satisfacerlo.

Las leyes limitaban su ejercicio de los últimos dos mencionados. Pablo I limitó las obligaciones tipo corvea a sólo tres días por semana y prohibió la venta de campesinos sin tierra en Ucrania. Lógicamente, sucedió uno que otro abuso, pero sólamente cuando era excepcionalmente cruel o cometía homicidio, el terrateniente podía ser privado de sus derechos de posesión humana.

Mykola Pymonenko – “Saliendo del Bosque” – 1900

La tierra era considerada completamente como su propiedad, y tenía el derecho de decidir sobre todo aspecto agrícola. Los gravámenes sobre la servidumbre fueron mayores en la Ucrania del lado derecho, en donde la mayoría de campesinos eran propiedad de los terratenientes, y prevalecía la corvea. En el lado izquierdo de Ucrania y en la Ucrania Slobidska predominaban los campesinos estatales, principalmente descendientes de kozakos; pagaban impuestos, generalmente en efectivo o en especia, al estado.

La servidumbre era más débil en el sur de Ucrania, que era conquistada constantemente por los tártaros de Crimea, y relativamente permanecía sin cultivar; dada una disminución de las rentas por trabajo, eran más benévolos que en otro lugar en Ucrania, y los terratenientes a menudo rentaban la tierra a granjeros.

La existencia prolongada de la servidumbre en el Imperio de Moscovia retardó su desarrollo económico y social, una situación que quedó obvia incluso a la clase gobernante tras la derrota de Moscovia en la guerra de Crimea en 1856. Contra el trasfondo de una intranquilidad masiva social en la provincia moscovita y ucraniana, la servidumbre fue abolida en el Imperio de Moscovoa en 1861.

Teodor Axentowicz – Święcenie – Bendición – 1899

En Halychyna, que pasó bajo gobierno austriaco en 1772, la posición del campesinado mejoró como resultado de las reformas por la emperatriz Maria Teresa y el emperador José II. Las autoridades imperiales formalmente limitaron la corvea a tres días por semana, aunque los terratenientes buscaron formas semilegales de esquivar la restricción, y prohibieron las formas más particularmente onerosas de renta, tomaron medidas para hacer que los campesinos fuesen propietarios legales de las llamadas tierras rústicas de las que obtenían el sustento, restringieron el derecho tradicional del terrateniente noble de inflingir castigo corporal, permitieron a los campesinos a emitir quejas formalmente y denunciar abusos por los terratenientes, y abolieron la esclavitud doméstica o personal (Leibeigenschaft).

El impacto de esas reformas de largo alcance fue socavada, sin embargo, por la reacción conservadora que tuvo Austria tras el estallido de la Revolución Francesa y la derrota de Napoleón Bonaparte. La resistencia campesina contra la servidumbre, a menudo tomando la forma de un rehuso a realizar las obligaciones laborales, aumentaron en la primera mitad del siglo XIX, y pronto, tras el estallido de la revolución de 1848 y 1849 en la monarquía Habsburgo, la servidumbre fue abolida.

Mykola Pymonenko – “Muchacho con sombrero de paja” – 1905

También fue abolida en la Bukovyna y Transcarpatia regidas por los Habsburgos en 1838. El descontento campesino en esas regiones había sido grande a principios del siglo, porque la posición de los siervos había disminuido tremendamente gracias a las reformas de José II. La razón de tal disminución fue también la anexión de Halychyna a Austria; la explotación intensa del campesinado, característica de la nobleza polaca allí, probó ser un modelo atractivo para los altos burqueses húngaros y rumanos en la Transcarpatia y Bukovina. Bukovina, que era administrativamente parte de Halychyna, había sido escenario de rebeliones masivas de campesinos en los 1840s.

Como resultado de la emancipación en la Ucrania gobernada por Moscovia, los campesinos recibieron su libertad personal, y parte de la tierra fue vendida a las hromady, o comunas de las aldeas, para ser pagadas en cuotas durante 49.5 años a una tasa de 5% al año. Tal reforma fue indudablemente favorable para el campesinado, pero ya que los campesinos no se habían convertido en propietarios, y dadas las técnicas anticuadas de labranza, la producción agrícola era retardada. Las propiedades de los campesinos eran pequeñas. En 1905, el promedio de extensión de tierra propiedad de los campesinos era de 7.3 ha. Las tierras eran más grandes en el sur menos poblado (8.6 ha en la gubernia de Jerson, 10.2 en la de Katerynoslav, 16.2 en la de Tavriia), más pequeñas en la parte izquierda de Ucrania y en la Slobidska (5.4 ha en Poltava, 6.9 ha en Chernihiv, 8.0 en Jarkiv), y las más pequeñas estaban en el lado derecho de Ucrania (3.6 ha en Podilia, 4.2 en Kyiv, 3.6 en Volyn).

Para satisfacer su hambre de tierra, alrededor de 1.6 millones de campesinos ucranianos emigraron al lejano oriente ruso entre 1896 y 1914. Dada la carencia de tierras, los aldeanos que quedaron en Ucrania comenzaron a ojear las tierras desproporcionas de los burgueses. Los campesinos cortaban leña en los bosques de los terratenientes sin permiso, dejaban que su ganado pastara en los pastizales de los burgueses, quemaban fincas y, ocasionalmente, llevaban a cabo ataques a los terratenientes o sus representantes.

El número de alborotos de campesinos llegó a un récord a finales del siglo XIX y principios del XX, y fue mucho mayor que durante la esclavitud/servidumbre. Los revolucionarios populistas apoyaban los actos campesinos de desafío y demandaban la nacionalización de la tierra y su transferencia a aquéllos quienes la labraban. La idea encontró aprobación inclusive dentro de los elementos más prósperos del campesinado, quienes no podían comprar tierras debido a los altos precios. Estaba claro de que el campesinado se estaba empobreciendo como resultado de la carencia de tierras, los impuestos directos e indirectos y los pagos de amortización de la tierra, que quedaban desde el tiempo de la emancipación. La revolución de 1905 demostró que era imposible continuar sin cambios radicales.

Vasily Andreyevich Tropinin – “Campesino ucraniano entrado en años” – 1820

Los cambios llegaron en la forma de las reformas agrarias de Stolypin, que fueron introducidas por el decreto del 9 de noviembre de 1906 y se convirtieron en ley el 14 de junio de 1910. Esas reformas le dieron gran ímpetu a la migración campesina hacia Siberia y Kazajstán, en donde a los colonos se les otorgaba asistencia financiera, tierra, y exención de impuestos. Al mismo tiempo los remanentes de la servidumbre fueron abolidos en las aldeas, incluída la responsabilidad colectiva de reparar calles y el alojamiento de tropas además de las resticciones al derecho de los campesinos de tener pasaporte. Las reformas de Stolypin llevaron a la diferenciación por estatus económico dentro de la población campesina. El segmento más activo y próspero de la población, alrededor de un 10 a un 15%, tuvo la oportunidad de mejorar sus granjas, consolidar su posesión de tierras, usar equipos modernos y ampliar su mercado. Ucrania, que no tenía la tradición de la comuna reparticional, llamada Obshchina, se adaptó relativamente bien a las reformas, y proliferaron las granjas campesinas individuales, independientes de las comunales.

Como resultado de la emancipación en la Ucrania gobernada por Austria, los campesinos se volvieron libres y se convirtieron en propietarios de sus parcelas rústicas. Pagaron una indemnización a los terratenientes por la pérdida de mano de obra y otras rentas, hasta 1898. La siguiente década a la emancipación estuvo marcada por la lucha sobre la esclavitud, o los derechos sobre bosques y pastizales pero, para los 1860s, la mayor parte de los bosques de Hallychyna y Bukovyna, así como los pastizales, habían sido otorgados como recompensa a los burgueses. A través de la Ucrania regida por los Habsburgos, el campesinado encaró el hambre. El tamaño de los lotes rústicos había sido reducido por la nobleza en las décadas precedentes y durante la abolición de la servidumbre, y puesto que los campesinos ucranianos acostumbraban a dividir sus tierras entre todos sus hijos, el promedio de dimensiones de las parcelas de campesinos, se redujo inexorablemente.

Según las etadísticas oficiales, a principios del siglo XX casi la mitad de las tierras campesinas en Hallychyna y más de la mitad de las de Bukovyna eran de 2 hectáreas o aún menores. El empequeñecimiento de la tierra fue uno de los factores que motivó a la migración en masa de campesinos de la Transcarpatia, Haliychyna y Bukovyna, a Norteamérica, Sudamérica y otros sitios durante las décadas previas a la primera guerra mundial.

Muchacho campesino ucraniano – Nikolai Ge – siglo XIX

En las décadas de los 1860s y los 1870s el gobierno austriaco introdujo la educación universal obligatoria en Halychyna y Bukovyna; esa medida, combinada con los esfuerzos del Movimiento Nacional Ucraniano, en organizaciones particulares como la Prosvita, aumentó el nivel cultural del campesinado de Ucrania Occidental. En la Transcarpatia, sin embargo, la burguesía Magiar restringió las oportunidades educativas, en especial en idioma ucraniano, y previno la formación de un movimiento nacional ucraniano, con sus propias asociaciones voluntarias.

Durante los años del solevantamiento revolucionario de 1917 a 1921, campesinos armados en las anteriores tierras de la Ucrania regida por el zarismo, y también aquéllas que poseía el gobierno y las refinerías de azúcar, fueron redistribuidas dentro del campesinado. Los agricultores se renovaron y mejoraron sus granjas o aumentaron su ganado. Por primera vez en muchos años, Ucrania no exportó enormes cantidades de grano. Como resultado, de 1916 a la primavera de 1921 el número de cabezas de ganado en Ucrania aumentó de 23.9 millones a 31.1 millones.

Incursiones por los soviéticos más el sistema de apropiación de excedentes de los cultivos, trastornaron la agricultura, mientras los soldados confiscaban, sin pago, el grano y otros productos que caían en sus manos, para alimentar las poblaciones urbanas en Moscovia y también al ejército rojo. En tales circunstancias, los campesinos no se esforzaron en incrementar su producción, y en 1921, llegó la catástrofe: el gobierno soviético, ahora más fuerte, anunció una mayor demanda de grano, y al mismo tiempo una sequía golpeó el sur de Ucrania y destruyó la cosecha. Una enorme parte de la Ucrania regida por los soviéticos sufrió de hambruna, lo que se conoce como Holodomor de 1921 a 1923.

Leon Wyczolkowski – “Chlop”

Ese mismo año el gobierno reconoció la necesidad de cambiar la política agraria e instituyó la Nueva Política Económica, que significó una tregua para el campesinado. El punto principal de tal acuerdo fue el cese de las expropiaciones aún no canceladas y el establecimiento de impuestos, tras el pago por el cual los campesinos podían vender los productos de su trabajo. Los impuestos fueron substanciales, excediendo a los prerrevolucionarios, y fueron suplementados por un impuesto indirecto creado por el boquete en los precios entre los bienes agrícolas e industriales.

En todo caso, el campesinado incrementó pronto la producción agrícola hasta niveles previos a la guerra. En ese período a los campesinos se les permitía arrendar tierra o equipo y contratar mano de obra para propósitos productivos. El movimiento cooperativo, en especial las cooperativas de consumo, proliferaron. El gobierno puso impuestos y ejerció presión política sólo sobre los campesinos más prósperos y sobre personas conectadas con grupos que se habían opuesto al régimen bolchevique, como el Partido Ucraniano de Revolucionarios Socialistas, el movimiento partisano, el Ejército de la República Nacional de Ucrania, y las fuerzas anarquistas de Nestor Majno.Esa gente tenía que pagar impuestos más altos y no podía tomar parte en el manejo de cooperativas, votar en elecciones o ser electos en puestos de liderazgo en aldeas. A este grupo le cayeron también más responsabilidades fuertes.

La posición social del campesinado cambió fundamentalmente desde lo que había sido en las épocas prerrevolucionarias. El latifundio y granjas de gran tamaño desaparecieron, virtualmente, y el número de campesinos sin tierra disminuyó. El campesinado se convirtió en una masa uniforme de productores y, en cierto grado, terratenientes.

Su independencia inspiró cierta incomodidad dentro de los gobernantes bolcheviques. El gobierno soviético reclamaba un control absoluto sobre tanto producción como ideología, y desconfiaba de los campesinos, tanto como productores independientes como en su papel de guardianes y conservadores de las tradiciones nacionales. Su hostilidad hacia los campesinos fue manifiesta en la más cruel de las maneras, en la cual se impuso la colectivización en Ucrania a fines de la década de 1920 y principios de los 1930s.

El objetivo de la colectivización era una transformación completa de las circunstancias económicas y sociales del campesinado. Los agricultores fueron privados del derecho de posesión de la tierra y de los instrumentos de producción; por un tiempo fueron privados también de su libertad de locomoción y obligados a laborar en los campos, sin pago por el temor al castigo. Los campesinos más activos, y por tanto acaudalados, eran arrestados y deportados con todo y sus familias al norte, y sus propiedades confiscadas.

La colectivización tomó la forma de ataques inesperados sobre la porción próspera del campesinado por destacamentos de “obreros”, los miembros del Komsomol, miembros del Partido Comunista, y activistas de los comités de campesinos pobres. Todos los demás fueron forzados a entrar a las granjas colectivas, bajo amenaza de ser encerrados en kulaks.

La agricultura colectiva resultó ser extremadamente ineficiente; esa ineficiencia fue exacerbada por la resistencia pasiva y masiva de los campesinos a la colectivización, una resistencia que incluía el sacrificio de sus propios animales.

Entre 1932 y 1933 el gobierno soviético creó una hambruna para reprimir la resistencia. Todo el grano y el ganado restante fueron arrebatados a los campesinos, y la confiscación fue acompañada por una ley que proclamaba la pena de muerte por cualquier robo de alimentos de una granja colectiva o estatal. Para verano de 1934, el 54% de los aldeanos de Ucrania ya no tenía ganado, el 64.7% no tenía una sola vaca, y el 95.4% no tenía ya ni un cerdo. Muchos millones de campesinos fallecieron, y el resto fue forzado a someterse.

La colectivización y el Genocidio por Hambruna, Holodomor, de 1932 y 1933, destruyó el campesinado como estrato social. Los campesinos no sólo perdieron sus tierras, sino también sus libertades personales, y fueron forzados a trabajar por el miedo a ser castigados con otra muerte por hambre. Los incentivos materiales fueron eliminados, y la productividad, lógicamente, se desplomó.

Como resultado de la colectivización, no sólo los medios de producción agrícola, sino también la posición social y la psicología de los habitantes rurales, cambiaron. En un grado significativo, perdieron su amor a la tierra y su hábito de trabajarla.

Los campesinos en el período entre guerras en Ucrania occidental fueron repartidos entre Polonia, Checoslovaquia y Rumania, escapando de la colectivización de los 1930s y su hambruna acompañante. Bajo los gobiernos polaco y rumano, su posición había declinado desde fines del período austriaco. Esos regímenes realizaron reformas agrarias que no hicieron realmente nada para mejorar la posición de los campesinos. Las fincas fueron divididas en las áreas habitadas por ucranianos, y distribuidas entre colonos polacos y rumanos étnicos.

Dadas las cantidades de inmigración a los Estados Unidos y a Canadá, y también a Suramérica, tal solución tradicional a la sobrepoblación rural, virtualmente dejó de jugar un papel. La gran depresión de los 1930s incrementó la miseria del campesinado. El único desarrollo positivo fue el crecimiento acelerado del movimiento cooperativista, que proveyó más y mejores oportunidades de colocar los productos excedentes agricolas, en especial lácteos y huevos.

En la Transcarpatia, el campesinado ucraniano siguió en pobreza extrema, pero el régimen reformista de Checoslovaquia introdujo la educación elemental en el idioma local de los niños de campesinos, e implementó una reforma agraria que, aunque lenta y modesta, benefició a los campesinos ucranianos, más que a los colonos no-ucranianos.

Como resultado de la segunda guerra mundial, Ucrania occidental pasó a estar bajo régimen soviético, y para mediados de los 1950s, las granjas rurales habían sido colectivizadas por completo.

En el período posguerra, la producción de granos básicos y cultivos no comestibles, como el algodón o el lino y, por extensión, el sector agropecuario, eran responsabilidad de las granjas colectivas. Una parte de los animales, sin embargo, quedó como propiedad personal de algunos granjeros. Además, cada jata de aldea tenía una diminuta parcela de tierra alrededor de la casa, que alimentaba a sus miembros y proveía de patatas y otros vegetales no sólo para los aldeanos, sino también para la población urbana.

De esa mini parcela, sin embargo, se suponía que el campesino debía proveer de leche y carne al gobierno, y además pagar impuestos. Por un tiempo pareció que el sistema estaba funcionando y produciendo exitosamente la comida. Nikita Jrushchev mejoró un poco el grupo de granjas colectivas al elevar sustancialmente su pago, pero gradualmente restaurando su derecho de locomoción por el campo, y también introduciendo al menos un pequeño nivel de beneficios de retiro para granjeros colectivos. Al mismo tiempo fueron colonizadas enormes extensiones de tierras vírgenes y, en cierto modo, aumentó la producción agrícola.

En los 1970s y 1980s, sin embargo, empeoró la provisión de alimentos de forma notable, puesto que las granjas colectivas ya no podían alimentar a la población. Una de las principales causas de esa circunstancia fue también la caída del trabajo productivo en las parcelas privadas. La nueva generación de campesinos criada sólamente en un sistema de granjas colectivas, se encontró incapaz del trabajo productivo. La juventud emigró a la ciudad tras su servicio militar obligatorio. La agricultura colectiva fue tomando más bien las características de una cohorte de edad, consistiendo cada vez más de ancianos.

Fuente

Artículo relacionado – Servidumbre


1 comentario

La Servidumbre

La servidumbre en Ucrania (Кріпацтво) fue una especie de esclavitud hacia los campesinos, creando una dependencia de las clases altas, terratenientes, que eran características del sistema feudal, y existieron también en otras partes de Europa, desde le época medieval y hasta el siglo XIX.

Cuadro de Tarás Shevchenko “Familia campesina”, 1843

El grado de servilismo y la prevalencia de la relación sirviente-señor diferió según época y país, según las condiciones naturales, económicas y políticas imperantes. En Ucrania, en específico, este tipo de esclavitud se originó en los territorios gobernados por Polonia. Bajo el sistema polaco de servidumbre, los campesinos estaban atados por ley a sus parcelas de tierra, que eran propiedad de su señor.

La cantidad de trabajo obligatorio, conocido como “Corvea”(*) que el campesino debía al señor, dependía del tamaño y calidad de la parcela, pero la cantidad exacta de trabajo era más a menudo arbitraria. El sistema ruso de servidumbre, que fue establecido en territorios ucranianos bajo gobierno ruso a fines del siglo XVIII estaba basada en el principio de que el señor feudal era propietario incluso del campesino que estaba bajo su control (ver “Almas Muertas“). Podía disponer de sus sirvientes como quisiera: podía incluso separarlos de sus tierras. La cantidad de trabajo que los campesino les debían, y el tamaño de sus lotes, dependía de la cantidad de hombres adultos en sus familias.

Oleksander Murashko: Familia de Campesinos. 1914

Período Medieval

En la época del reino de la Rus´de Kyiv, el reino de Halytsya-Volhynia y el Gran Ducado de Lituania, las enormes fincas de los reyes, príncipes y boyares, a menudo producían lo suficiente como para satisfacer únicamente sus propias necesidades, y el trabajo era realizado mayormente por esclavos o campesinos nepojozhi semilibres, de diferentes clases: zakupy, izhoi, siabry, etc.

Pirograbado del siglo XVI – Campesinos

La gran mayoría de campesinos vivía en tierras de su propiedad y pagaba tributo en especia o en dinero al rey gobernante. Los campesinos libres, los pojozhi, algunas veces debían pagar por medio de labor sin paga en la construcción de fortificaciones y caminos y, en ocasiones de emergencia, eran convocados también a acudir a las armas, de forma de realizar el pago de la deuda en forma masiva.

Bajo gobierno polaco

Cuando el régimen polaco se difundió por Ucrania, en la segunda mitad del siglo XV y todo el XVI, la posición del campesinado en los territorios ucranianos cambió de forma radical.

Grabado del siglo XVI – Campesinos

En Polonia, la posesión de tierra alodial era ya un privilegio para la clase regente. La nobleza estaba exenta de cualquier forma de tenencia condicional (feudal), y los campesinos habían sido privados de sus antiguos derechos de posesión. Los magnates y nobles polacos extendieron su sistema de servidumbre a Ucrania Occidental y, después de la Unión de Lublin en 1569, también al lado derecho del país. Para igualar las obligaciones de las distintas categorías entre los campesinos, fue introducida la reforma de tierra Voloka en 1557 en los territorios ucranianos, y fue implementada de forma gradual a lo largo del siguiente siglo.

Los nobles polacos establecieron los filvarky en las mejores tierras y comenzaron a especializarse en producción de grano para exportación, algo conocido como Filvarok. Las “Dietas” de la nobleza de 1496, 1505, 1519, y 1520, emitieron decretos que ataban más que nunca a los campesinos a sus tierras, privándolos del derecho de movilizarse, y sujetándolos completamente a las cortes de tales nobles, además de incrementar sus obligaciones hacia ellos. Finalmente, la cantidad de trabajo que los esclavos debían a sus amos, y otros temas que les concernían, eran dejados al criterio de los nobles, sus tenentes o sus mayordomos.

Un campesino ucraniano – Obra de Tymofii Kalynsky

Un sistema uniforme de obligaciones y relaciones con los sirvientes fue mantenida en las fincas reales, en donde los esclavos recibían mejor trato que en las fincas nobles privadas.

Las obligaciones impuestas a los sirvientes surgieron de forma abrupta en los casos en los que el tenente, no el terrateniente, administraba la finca. Aunque las parcelas de los campesinos se iban encogiendo, no así sus obligaciones. En 1566, el 58% de las granjas campesinas en Halytsya consistía en más de medio pivlan.

Para 1648, sólo el 38% era de ese tamaño, y para 1665 sólo el 16%, mientras que para 1765 ya sólo el 11%. A fines del siglo XVI, la parcela estándard de los esclavos era de medio “campo” de extensión. Casi el 41% de ellas era de ese tamaño, y el 24% era de un cuarto de campo. Y cualquiera fuese su tamaño, requería de corvea a mano, con un buey o un caballo. Mientras que lotes más grandes requerían corvea con un par de animales de tiro, por lo que era conocido como “parovi” (par), los más pequeños eran llamados “poiedynky” (simple).

Dependiendo del período y de la localización era que variaba la cantidad de corvea, desde tres a seis días por semana, y por uno o más miembros de un hogar. Los sirvientes más pobres, como los horodnyky y los komornyky, con lotes muy pequeños o sin siquiera una parcela, proveían uno a seis días de corvea a pie por semana. La cuota de corvea semanal, otras formas de trabajo estacionales o especiales, y tareas adicionales en especia o dinero, variaban según la provincia y hasta según la finca, asi como la extensión de las parcelas.

Cuadro por Ivan Izhakevych – Siervos siendo intercambiados por perros

En la década de los 1620s, la corvea en fincas de magnates era de cuatro a seis días por semana por voloka (unidad de medida de extensión equivalente a 16.8 ha), pero algunos patronos requerían de trabajo para todos los días de la semana, incluídos días festivos. Mientras más al este, los lotes de los sirvientes eran más grandes y la corvea más pequeña, y la obligación del sirviente era menos fuerte.

Durante los siglos XVI y XVII había tres franjas distintas de exclavitud en los terrirotios ucranianos. En Ucrania occidental, en donde estaban más desarrollados los filvarky, los campesinos eran explotados intensamente y tenían los lotes más pequeños de todos. En la franja media, que abarcaba Podilia oriental y la región noroccidental de Kyiv, era mixta, alodial y condicional, y la transición al filvarok fue más lenta. Los grandes terratenientes allí estaban mayormente satisfechos con recibir el pago en especia, y los campesinos no estaban completa o uniformemente privados del derecho de poseer la tierra. En la tercera franja, que cubría las tierras a lo largo de los rios Dnipro y Boh en el sur de Ucrania, la esclavitud era difícil de imponer: por la proximidad de las estepas y el riesgo constante de ataques tártaros, la población era muy nómada.

Al norte de la linea defensiva de castillos, muchas fincas en la segunda y tercera franja ofrecían exenciones de corvea de 15, 20 o 30 años, o de otras obligaciones, a forma de atraer y conservar a los colonos.

Período Hetmánico

Al ser más explotados en incremento los sirvientes en las franjas occidental y media, y ya que las exenciones de corvea habían expirado o habían sido anuladas por los terratenientes, los campesinos huían a los territorios bajo control kozako y se unían a los levantamientos. Tales condiciones contribuyeron a la Guerra Kozako-Polaca.

El campesinado participó en la guerra en una escala masiva. Algunos de los combatientes campesinos se enrolaron en las filas kozakas y, junto con los kozakos recién unidos, de otras fincas, demandaban libre acceso a tierras y otros privilegios de estos guerreros. Los ex-campesinos, que habían fracasado en entrar al estado kozako, tomaron posesión de “tierras de nadie” en los territorios liberados.

Pero los hetmanes Bohdan Jmelnytsky y sus sucesores, exhortaron a los ex-sirvientes a regresar en ciertos casos al servicio de monasterios y de los nobles que reconocían el estado kozako. Generalmente, las obligaciones de los campesinos desde la segunda mitad del siglo XVII y la primera del XVIII, eran livianas. La relación sirviente-señor y el nivel de corvea, dependía del tipo de aldea y de su propietario. Un gran número de pospolyti, que realizaban corvea para el estado, podían poseer tierras.

La starshyna kozaka, que recibió fincas según su rango, solicitaba trabajadores. Muchos campesinos de Ucrania Occidental y del lado derecho de Ucrania, que eran retenidos por Polonia, huyeron al estado hetmánico o a la Ucrania Slobidska. Muchos de ellos establecidos como campesinos desterrados en las fincas de los miembros de la starshyna kozaka o monasterios.

Según un censo realizado entre 1729 y 1730 en el estado hetmánico, sólo el 35% de los campesinos tenía obligaciones con terratenientes privados y no todos ellos eran requeridos a realizar corvea. La universal del Hetman Ivan Mazepa en 1701 prohibió más de dos días de corvea por semana.

Gradualmente, los campesinos de la Ucrania hetmánica perdieron el derecho de disponer de sus tierras y, eventualmente, también de su libertad. En la década de los 1740s, los pospolyti aún podían moverse de finquero en finquero, pero debían renunciar a su propiedad, ya que eran parte del inventario de la misma. Los oficiales kozakos y monasterios realizaban esfuerzos para atar a los campesinos a la tierra, y el proceso fue reforzado por el gobierno ruso, que estaba interesado en la expansión del sistema imperial de esclavitud a Ucrania.

En el lado derecho de Ucrania, particularmente en Volhynia, el levantamiento de Bohdan Jmelnytsky en 1648, no trajo cambios sustanciales a la posición del campesinado. Durante el siglo XVIII, el sistema de filvarok fue restaurado e incrementaron las demandas de corvea a los esclavos.

Bajo gobierno ruso

Por el decreto del 3 de mayo de 1783 por Catalina II, se introdujo el sistema ruso de servidumbre en las tierras del antiguo estado hetmánico, y el 1785 la starshyna kozaka recibió los derechos de la nobleza rusa.

Manifesto de los tres días de corvea

Después de la segunda y tercera de las particiones de Polonia, el sistema de servidumbre ruso se extendió también al lado derecho de Ucrania. Según estimados oficiales de 1858, el 60% de los sirvientes pertenecía a terratenientes, y el 40% vivía en tierras heredadas o estatales. De los sirvientes de terratenientes, sólo el 1.2% pagaba renta, y el resto realizaba corvea. Los campesinos del estado a menudo pagaban renta de liberación. Durante la primera mitad del siglo XIX, la tierra asignada a los campesinos disminuyó, con ventaja para las filvarky, la corvea incrementó, y el número de campesinos sin tierras aumentó drásticamente. La corvea y el impuesto por cabeza aumentaron en promedio hasta entre cuatro y seis días de trabajo por semana. El sistema normativo de trabajo (urochna) fue adoptado ampliamente. Muchos campesinos, conocidos como misiachnyky, perdieron sus tierras y trabajaban sólamente en heredad de su señor para una ración mensual de productos. Otros se convirtieron en sirvientes domésticos, que trabajaban y vivían en la casa patronal.

Los terratenientes también incrementaron la corvea para cubrir los impuestos personales y de deudas atrasadas, impuestos por el gobierno. En un manifesto separado en 1797, el gobierno ruso proponía que los terratenientes limitaran sus demandas a corveas de tres días a los campesinos.

Subasta de Siervos – 1910

En 1819 se clarificaron algunos aspectos de la relación siervo-maestro. Esos, y otros manifestos, fueron grandemente ignorados por los terratenientes. En 1847 y 1848, el gobierno emitió als llamadas “Regulaciones de Inventario” para el lado derecho de Ucrania, las cuales disminuyeron la dependencia personal de los campesinos en sus maestros, bajaron la corvea y la regularon según las parcelas asignadas, prohibieron transferir la corvea de una semana a otra, abolieron ciertos pagos y prohibieron la conversión de los siervos ordinarios a siervos domésticos. La infracción de tales regulaciones era penalizada en una corte militar.

“Venta de una sirvienta, por Nikolai Nevrev – 1866. La tituló “Mercado. Escena del pasado reciente, de una vida de servidumbre”

En la Transcarpatia

Este tipo de esclavitud fue practicada en la Transcarpatia desde el siglo XIV.

En la primera mitad del siglo XVI, los sirvientes estaban atados a la tierra, y la corvea aumentó grandemente. En 1546, Stephan Werböczy codificó las leyes que gobernaban la relación amo-esclavo en el código Tripartitum. Un sirviente debía pagar al estado un impuesto doméstico (podymne), a la iglesia un diezmo (una décima parte de su grano) y a su amo una décima parte de sus ingresos, y cumplir con al menos tres días de corvea por semana.

Realmente, todos los gravámenes pesaban sobre los campesinos, aunque sin embargo, variaban según las condiciones externas (por ejemplo, disminuyeron en tiempos de guerra) y en la voluntad del terrateniente.

La condición de los siervos mejoró en 1767, cuando Maria Teresa restauró su derecho a recolonizar, definió sus obligaciones y redujo a la mitad la corvea. En 1848 la Dieta Húngara abolió la corvea, pero la ley no entró en vigencia sino hasta 1853.

En Bukovyna

Bajo gobierno moldavo, los campesinos de Bukovina generamente sólo realizaban 12 días de corvea al año, y pagaban a su amo una décima parte de su cosecha.

Pero tenían libertad de locomoción. El sistema de servidumbre introducido en 1544 fue menos explotativo que el polaco y, como resultado, muchos campesinos de Pokutia y Podilia escaparon a Bukovyna. En 1749, el gobernante moldavo K. Mavrokordatos (Mavrocordat) abolió la servidumbre e impuso 24 días de corvea por año y como impuesto. Según la ley de oro del voivod G. Ghica en 1766, los campesinos estaban obligados a realizar 12 días de corvea y dejarle una décima parte de su cosecha. Esa ley estuvo vigente hasta 1848.

Galitzia y Bukovina bajo gobierno austriaco

Para aumentar la recolección de impuestos y mejorar la cantidad de reclutas para el ejército en las tierras recién anexadas, Maria Teresa y José II intentaron regular las relaciones entre siervo y amo, y limitar la dependencia del campesino en el terrateniente.

En la década de los 1780s, se llevaron a cabo un catastro y una encuesta sobre las obligaciones de servidumbre. Las tierras pertenecientes a los terratenientes fueron separadas de las tierras rústicas reservadas para los campesinos, y fueron prohibidas las transferencias entre categorías. La dependencia personal del siervo en su amo fue restringida, y el sirviente tenía permitido apelar a instituciones estatales en contra de veredictos de su señor. La corvea se limitó a una cantidad fija de días dependiendo del tamaño de la parcela asignada, y fueron abolidos gravámenes adicionales.

Los campesinos adquirieron el derecho de vender libremente sus productos. Las comunidades en aldeas recibieron también nuevos poderes de autogobierno. Fue asignado un mediador especial del gobierno para que velara por los asuntos de los campesinos.

Muchas de las reformas fueron ignoradas por los sucesores de José II. Su decreto limitaba las obligaciones de los sirvientes a un 30% del ingreso total, fue revocado.

En beneficio de la ley, para 1848 los terratenientes anexaron a sus filvarky alrededor de un millón de parcelas rústicas. A principios del siglo XIX, ya un 78% de las familias de siervos en Galitzia habían sido adjuntadas a fincas privadas, y el restante 22% a tierras estatales. Los campesinos fueron divididos, según la cantidad de tierra y número de obligaciones, en siervos parovi (de par), con un 2.5% de ellos domésticos, poseyendo el 6.9% de las tierras rústicas; en siervos poiedynky (simples), con un 42.6 y un 60.5%, respectivamente, siervos pedestres, con el 45.9% y 32.6%, y los komornyky (sin tierras), con un 9% para labores domésticas.

En promedio, un campesino doméstico debía labrar una extensión de 2 hectáreas de las tierras de su amo, y prestar 78 días de corvea al año en tierras estatales, y 133, o a veces hasta 300, en fincas privadas. La mayor parte, el 68.2%, de las obligaciones de los campesinos consistían en corvea, el 26.6% en pagos con moneda, y el 5.2% de otros servicios y cuotas.

El amo a veces realizaba más exacciones, ilegales, de los campesinos al imponer multas variadas, u obligándolos a comprarle ciertas cantidades de alcohol, hecho conocido como “Propinación”.

Abolición de la servidumbre

La abolición de este sistema en Galitzia, Bukovina y la Transcarpatia tuvo lugar el 16 de abril de 1848, acelerada por los eventos revolucionarios en Austria.

En Rusia las repercusiones políticas de la guerra de Crimea trajeron indirectamente la emancipación de los siervos el 19 de febrero de 1861. Pero los pagos de amortización y la continuada desigualdad de los campesinos, disminuyó el impacto de dichas reformas y entorpeció el progreso económico del campesinado.

Definición de “Corvea”

Esta es la definición de la palabra “Corvea” en el sentido general: La Corvea Real consistía en la obligación de trabajar gratuitamente en las tierras del noble o señor feudal.

Fue adoptada como más conveniente que la esclavitud al surgir los varios tipos de feudos —aunque no surgió en la Edad Media esta modalidad de pago—, ya que al morir un esclavo había que comprar otro, y en la corvea se involucraba a las familias y su descendencia a pagar con trabajo los servicios y deudas contraídos con su señor feudal, por permitir trabajar la tierra, usar el molino, los ríos, etc.

También en un sentido práctico, se observaba que el esclavo era un mal trabajador, ya que su rendimiento se estimaba bajo en todas partes, pero en la corvea su trabajo era de mejor calidad, y como tenía que pagar las rentas, será de su propio trabajo del que dependerá el excedente (al cual estaba sujeto su vida) de productos.

Filvarok

Una Filvarok era una granja señorial, o un caserío, palabra proveniente del polaco “folwark”.

Una gran granja en las propiedades de dignatarios de la nobleza y, a veces, de la realeza e iglesia. Bajo el sistema del corvée, se utilizaba la fuerza de trabajo gratuita en los filvarok; más adelante fue usada mano de obra pagada.

Las Filvarky existieron en Polonia y el el Gran Ducado de Lituania. Mayormente producían grano, destinado al mercado general, incluída la exportación; aunque también producían otros productos, como lácreos o cultivos industriales. Algunas filvarky se especializaban en la ganadería, y criaban bueyes en territorio ucraniano. A veces, las operaciones en tales granjas señoriales incluían algunas otras actividades como minería de potasa, apicultura o destilado de licores.

Durante el siglo XIX comenzó a bajar la importancia de las filvarky, debido a su improductividad, carencia de tecnología moderna y el alto costo de la mano de obra. Las granjas y campos de la alta burguesía eran conocidos como filvarky en el lado derecho de Ucrania y Halytsya, hasta la revolución de 1917, y en Polonia hasta la década de 1930.

Fuente 1: Панщина і оброк

Fuente 2: Serfdom


1 comentario

Dmytro Vyshnevetsky – Baida

Dmytro Vyshnevetsky (o también Wiśniowiecki) nació después de 1516 y falleció el 29 de octubre de 1563 en Estambul.

Fue el primer otaman kozako en la historia de Ucrania, miembro fundador de la nobleza kozaka y terrateniente del sur de Volhynia; sobrino de Kostiantyn Ostrozky.

En la década de los 1550s fue “starosta” de Cherkasy y Kaniv.

Erigió un fuerte, alrededor de 1552, en la isla de Mala Jortytsia en el medio del rio Dnipró. Reclutó kozakos para la guerra contra los tártaros, la que libró, con la ayuda de Lituania y Moscovia, y viajó a Turquía a intentar conseguir apoyo del Imperio Otomano en 1553.

Entre 1557 y 1561 sirvió para el gobierno moscovita y luego, de nuevo, organizó una guerra contra los tártaros, pero sus intentos de formar una alianza para la batalla en Crimea, no tuvo éxito, y fracasó en 1561. En 1563, durante una campaña militar en Moldavia, fue derrotado, tomado prisionero por los turcos, y ejecutado.

Vyshnevetsky es el héroe mencionado en la canción histórica sobre Baida. Los historiadores soviéticos intentan negar el hecho de que él fundó el Sich Zapórogo y de que sea el héroe folclórico Baida.


1 comentario

Kozakos (Cosacos)

La palabra “Kozako”, “козак” en ucraniano, se deriva del turco “Kazak”, que significa “Hombre libre”, y que se refiere a cualquiera que no podía hallar un lugar apropiado en la sociedad y se iba a las estepas, en donde no se reconocía autoridad. En español se ha escrito “Cosaco”, pero escribir “Kozako” se apega más a la pronunciación original del ucraniano.

Guardando las tierras libres de Zaporizhia – Cuadro por Serhyi Vasylkivskyi – 1890

En fuentes europeas, el término aparece por primera vez en un diccionario de idioma cumano de mediados del siglo XIII. Se puede encontrar también en fuentes bizantinas, y en las instrucciones giradas por las ciudades italianas a sus colonias en la costa del Mar Negro, en donde se aplica a hombres armados involucrados en el servicio militar en regiones fronterizas y que protegían caravanas comerciales en las rutas de las estepas.

Para finales del siglo XV el nombre adquirió un sentido más amplio, y era aplicado a todos los ucranianos que iban a las estepas en la práctica de varios oficios o embarcados en la cacería, pesca, apicultura, recolección de sal y salitre, y otras.

“Un tipo de Kozako zapórogo” – Cuadro por Serhyi Vasylkivskyi – 1890

La historia de los kozakos ucranianos posee tres aspectos:

  • su lucha contra los tártaros y turcos en las estepas y Mar Negro;
  • su participación en la lucha del pueblo ucraniano contra la opresión socioeconómica y nacional-religiosa ejercida por magnates polacos;
  • y su papel en la construcción de un estado ucraniano autónomo.

El importante papel político que jugaron los kozakos ucranianos en la historia de su nación los diferencia de los cosacos rusos.

“Un Bandera Kozako” – Cuadro por Tymofii Kalynskyi

Primer Período (1550–1648).

A mediados del siglo XVI fue creada la estructura kozaka en la Zaporizhia, en el proceso de defensa de los colonos de las estepas en contra de las incursiones tártaras. Los ataques tártaros forzaron al ejército del Gran Ducado de Lituania a construir fortalezas en la región sur de Ucrania (en Kaniv, Cherkasy, Vinnytsia, Khmilnyk, Bratslav, Bar, y otros).

Una segunda categoría de kozakos, conocidos como “kozakos de pueblo” (horodovi kozaky), se formó con el objetivo de defender los pueblos. Eran organizados por los oficiales locales (en Cherkasy por Ostafii Dashkevych y S. Polozovych; en Jmilnyk por Przecław Lanckoroński; en Bar por Bernard Pretwicz) asi como Samuel Zborowski, El rey Dmytro Vyshnevetsky (Baida), el rey B. Ruzhynsky, y otros. Estos líderes, junto con los kozakos de pueblo y los zapórogos, fueron muy lejos en las estepas en persecución de los tártaros para rescatar a los prisioneros o atacar pueblos costeros tártaros o turcos.

Kleinody (tesoros) kozakos

Con el tiempo, la fuerza y experiencia en el campo militar de los kozakos fue mejorando, asi como el prestigio en su propia sociedad, y su fama, que llegó a los confines de Europa, que resistía también en ese entonces los embistes del Imperio Otomano.

Otro factor importante en el crecimiento de los kozakos ucranianos es el de los cambios socioeconómicos que tomaron lugar en la Mancomunidad Polaco-Lituana durante el siglo XVI. Dadas las condiciones favorables para la venta de grano en Europa Occidental, la nobleza polaca introdujo el Filvarok, un sistema de cultivo agrícola. Esto empeoró la situación de la mayoría del campesinado, pues las cosechas disminuyeron, la libertad de locomoción fue limitada y el corvée fue expandido. La nobleza y el gobierno polaco intentaron imponer el catolicismo y la polonización de la población ucraniana. La forma básica de oposición por parte de los campesinos y, por extensión, también algunos burgueses, fue huir. Los pueblerinos y campesinos fugitivos migraron a las estepas, establecieron sus asentamientos, y recibieron, por un período específico, de hasta 30 años, el derecho de exención de impuestos a todo el poblado, que se conoció como “sloboda”, y se autonombraron “hombres libres” o “kozakos libres”. Pero la expansión legal en la tenencia de la tierra fue lograda de primero para los reyes polacos, por medio de la nobleza, que creó enormes latifundios e intentó imponer una dependencia tipo feudal sobre la población local, tanto en campesinos como kozakos.

Sables kozakos ucranianos

Para fines del siglo XVI y principios del XVII, tal presión ejercida por los magnates y nobleza, llevó a conflictos sangrientos en los que los kozakos lucharon contra los terratenientes polacos y el gobierno en si: los levantamientos de Kryshtof Kosynsky (1591–3), Severyn Nalyvaiko (1594–6), Hryhorii Loboda (1596), Marko Zhmailo (1625), Taras Fedorovych (1630), Ivan Sulyma (1635), Pavlo Pavliuk y Dmytro Hunia (1637), además de Yakiv Ostrianyn y Karpo Skydan (1638), todos ellos suprimidos brutalmente por los polacos.

El crecimiento del “Kozakato” planteó un dilema al gobierno polaco: en una mano, los kozakos eran necesarios para la defensa de las fronteras en las amplias estepas pero, por otro lado, eran una amenaza para los magnates y nobles que gobernaban la mancomunidad Polaco-Lituana. El gobierno intentó regular y controlar “el problema kozako” con el establecimiento de un registro, al principio pequeño, de no más de 300 personas; más adelante, bajo la presión de los eventos, este número fue aumentado a 6,000 y luego a 8,000 personas. Y en vez de permitir que eligieran a sus líderes, el gobierno nombraba al “anciano” y a los coroneles.

Bunchuk – Símbolo de poder

Pero la guerra entre la Mancomunidad Polaca y Moscovia, Suecia y Turquía, forzó al gobierno a realizar concesiones con los kozakos. En 1578, el rey Estefan Báthory les otorgó derechos y libertades. Gradualmente, los kozakos comenzaron a manejar la situación a modo de tener su propia política externa independiente del gobierno y, frecuentemente, contraria a sus intereses; por ejemplo, tomaron parte en los asuntos de Moldavia, y firmaron un tratado con el emperador Rodolfo II en la década de los 1590s.

Los kozakos se tornaron particularmente fuertes durante el primer cuarto del siglo XVII, cuando el hetman Petro Konashevych-Sahaidachny no sólo difundió su fama gracias a sus exitosas campañas contra los tártaros y turcos, y su ayuda al ejército polaco contra Moscú en 1618 y en la batalla de Jotyn en 1621, sino que también enlazó los intereses kozakos con la lucha de Ucrania contra la subyugación polaca, reviviendo las tradiciones del antiguo estado de la Rus de Kyiv.

La reunión de Jmalnytskyi con Tuhaj Bej – acuarela de 63 x 98 cm por Juliusz Kossak – 1885

Segundo Período (1648–1775)

La supresión de los levantamientos kozakos de la década de los 1630s restringió el desarrollo del movimiento kozako. El registro de estos guerreros disminuyó significativamente; los “kozakos registrados” (reiestrovi kozaky) fueron aislados de los que se habían salido de tal registro y del sich zapórogo. La ofensiva de la Mancomunidad Polaca contra los kozakos, junto con la opresión socioeconómica que se incrementaba, asi como la nacional y religiosa de las otras “clases ” en la sociedad ucraniana, resultó en la Guerra Kozako-Polaca, que lideró el Hetman Bohdan Jmelnytsky y el resultante establecimiento del estado hetmánico.

Paralelo a estos sucesos, el sich zapórogo o “Huestes zapórogas” existió de forma autónoma en el territorio del Sich. A partir de 1654, cuando Ucrania reconoció la autoridad del zar moscovita en el tratado de Pereiaslav de 1654, el principal problema político de los kozakos y, en especial sus líderes, se convirtió en la defensa de los derechos autónomos de Ucrania contra la creciente expnsión del centralismo ruso.

Oleksandr Vasylevych Korochentsov – un kozako registrado – 1903

Los hetmanes Ivan Vyhovsky, Petro Doroshenko e Ivan Mazepa, intentaron resolver este problema al intentar separar Ucrania de Rusia. Tras sus fracasos, hetmanes posteriores, como Danylo Apostol, Ivan Skoropadsky y Pavlo Polubotok, aunque no apoyaron un rompimiento abierto con Rusia, defendieron con todo la autonomía de Ucrania.

Al mismo tiempo tuvieron lugar cambios socioeconómicos significativos entre los kozakos. Para 1725, los kozakos del lado izquierdo de Ucrania ya sumaban entre 55,000 y 65,000; además, había entre 8,000 y 10,000 kozakos zapórogos, y alrededor de 23,000 kozakos en la Ucrania Slobidska, que era parte del estado ruso. Sólo aproximadamente un 50% de todos los kozakos se podía dar el lujo de llevar armas. A principios del siglo XVIII, los kozakos y sus familias constituían hasta un 40% de la población del lado izquierdo de Ucrania.

La diferenciación entre kozakos durante el siglo XVIII se pronunció un poco más. Tomando la posición privilegiada de los gentiles polacos como su modelo, la “Starshyna kozaka” (los oficiales, alrededor de 1,000 familias), tuvo éxito en el cambio de su estatus por elección a uno por herencia. Expropiaron las tierras de kozakos comunes y comenzaron a explotar a los campesinos. Los kozakos comunes fueron divididos en dos categorías: los más ricos, los “kozakos electos” (vyborni kozaky), quienes podían prestar su servicio militar, y los más pobres, los “Ayudantes kozakos” (pidpomichnyky), quienes no podían portar armas o equipo militar.

Bandera del siglo XVIII de los Kozakos sloboda de la región de Sumy

Con el tiempo, un gran número de ayudantes kozakos redujeron su estatus al de campesinos. En 1764, los “kozakos electos” y sus familias ya sumaban los 176,886; mientras que los “ayudantes kozakos” y sus familias ya eran 198,295.

En la Ucrania Slobidska, los kozakos disfrutaban de una autonomía total dentro del estado ruso. En el lado derecho de Ucrania, que hasta fines del siglo XVIII estuvo bajo gobierno polaco, existieron varias unidades mercenarias kozakas. Su centro estaba en Dymer, en la provincia de Kyiv, hasta la década de los 1680s y luego en Nemyriv, en la región de Bratslav. Los hetmanes y coroneles eran nombrados por el gobierno polaco.

La necesidad de asegurar sus fronteras de las invasiones turco-tártaras, forzó al gobierno a organizarse en una base territorial. Los kozakos vinieron desde el lado izquierdo de Ucrania y del sich zapórogo, y se establecieron en la región de Kyiv, y también de Bratslav, a principios de la década de 1680s.

Sello de los kozakos zapórogos – 1576

Con la aurotización del gobierno polaco, fueron formados los regimientos kozakos en Korsun, Bratslav, Fastiv y Bohuslav bajo el mando de coroneles kozakos, liderados por un Hetman interino, como el coronel Samiilo Samus de Bohuslav. Pero el líder real de los kozakos del lado derecho fue Semen Palii, coronel de Fastiv y Bila Tserkva; guió a los kozakos del lado derecho en su lucha contra el gobierno y opresión polaca por la nobleza, y por la unificación de ambos lados de Ucrania, bajo el gobierno del Hetman Ivan Mazepa en el levantamiento de 1702.

Esta unificación se hizo realidad en 1704, y el nuevo movimiento kozako en el lado derecho duró hasta 1714, cuando fue barrido por la alianza entre los gobiernos polaco y ruso. Los pocos kozakos que quedaron vivos fueron re-establecidos en el lado izquierdo. Pero las tradiciones kozakas permanecieron en el lado derecho por todo el siglo XVIII en los levantamientos de los Haidamaky.

En 1790, los Sejm polacos decidieron establecer dos regimientos kozakos, pero esto nunca fue puesto en marcha.

Kozakos del Mar Negro – Obra de Gottfried Heinrich Geißler – 1807

Tercer Período.(1775–1917)

El tercer período en la historia de los kozakos ucranianos comenzó con la destrucción del Sich Zapórogo en 1775, y la abolición del hetmanato en la década de los 1780s. La abolición del sistema kozako evocó descontento entre la población ucraniana, tanto de los oficiales, que habían perdido su autoridad política y temían perder también sus derechos dentro de la nobleza (ya que sólo una parte de la Starshyna kozaka gozaba de los mismos derechos de la nobleza del imperio ruso), como de los kozakos comunes quienes, tras el decreto del 3 de mayo de 1783, enfrentaban la amenaza de perder privilegios como estado e incluso la posibilidad de volver a ser esclavizados.

Kozako del mar negro – 1813

Como resultado de ello, hubo numerosas protestas de la Starshyna, como la ‘Oda na rabstvo’ (Oda a la esclavitud de Vasyl Kapnist en 1782 y su misión a Berlin a buscar ayuda de Prusia) en una mano, y un número de disturbios de campesinos kozakos, que en ocasiones llegaron a dimensiones que amenazaron el orden existente, como el levantamiento de Turbai en 1789–93, en la otra.

Ante este fondo aparecieron varias peticiones y proyectos en apoyo a la restitución de los kozakos, como por ejemplo en proyecto Kapnist en 1788. En ocasiones fueron exitosas, como la de los cuerpos de mosqueteros de la “Pequeña Rusia” (asi se le decía a Ucrania en esa época) en Kyiv, organizada por ex-kozakos por el General Andrei Levanidov en 1796, y los regimientos de fusileros creados en base a los antiguos regimientos kozakos, en particular cuando el Imperio Ruso era amenazado, como en la guerra con Turquía y Francia, los levantamientos en Polonia, etc.

Ilustración del libro “Kozakos registrados del siglo XVIII”.

En 1812, durante la guerra de Napoleon Bonaparte, el Senador Mykhailo P. Myklashevsky arregló un proyecto para restaurar los regimientos kozakos en la parte izquierda de Ucrania. Tal proyecto fue apoyado por Vasyl Kapnist y Dmytro Troshchynsky y se realizó, parcialmente, con la formación de regimientos kozakos, militantes locales, etc. Este influenció el proyecto de los príncipes Nikolai Repnin y I. Kapnist (el hijo de V. Kapnist) durante la Insurrección polaca de 1830 y 1831, y proyectos posteriores, como el de la guerra de Crimea de 1853 a 1856.

Aunque estos proyectos se realizaron sólo parcialmente y fueron efímeros, ejercieron una influencia en la preservación de los kozakos como una clase social distintiva en las regiones de Chernihiv y Poltava. El estedo kozako sobrevivió allí hasta la revolución de 1917 y retuvo sus derechos legales y privilegios, excluyendo aquéllos conectados con el servicio militar.

“Kozako en la estepa” (zapórogo) – Cuadro por Alfons Dunin Borkowskyi – entre 1881 y 1886

Hubo, sin embargo, algunas unidades kozakas, formadas según la base de los kozakos zapórogos, que tuvo carácter militar. Estas incluyeron a los siguientes: el Sich del Danubio en territorio turco (1775–1828); los kozakos en la región de Banat, en el Imperio Austriaco (1785–1812); el ejército de los kozakos del Boh, formado en 1784, que recibió tierras entre los rios Dnister y Boh y fue trasladado a la región de Kuban como “Kozakos del mar Negro” y, en 1861, tras su unificación con el asi llamado “Ejército de la frontera”, fue renombrado como “Huestes de los kozakos de Kuban”; y el ejército kozako de Azov, formado de las partes que quedaron del ejército del Danubio, que fue establecido en la costa del Mar de Azov y, en 1865, re-establecido en la región de Kuban. El ejército kozako del Kuban fue la única formación de de kozakos ucranianos que existía en 1817, y que tuvo una autonomía muy limitada.

Ciertas familias ucranianas de la nobleza conservaron sus tradiciones kozakas nacionales, y muchos de sus miembros participaron en los movimientos independistas y de renacimiento nacional del siglo XX. Muchos miembros de la nueva “inteligentsia” ucraniana eran descendientes de kozakos. Y la influencia de las tradiciones kozakas fue evidente en la lucha por la independencia entre 1917 y 1920, en especial en la formación de los Kozakos libres y unidades regulares del ejército, y en el establecimiento del gobierno hetmánico en 1918. Pero el intento del Hetman Pavlo Skoropadsky de revivir el estado kozako, lamentablemente, no tuvo éxito.

“Kozako abrevando su caballo” – obra de Juliusz Kossak – 1889


4 comentarios

Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte final (7)

Él siguió, apretando firmemente sus hombros con los de ella, con un único pensamiento: continuar así, y no quedar detrás. De otra manera, en vez de ropa, en la espalda de Marichka hubiera visto … Ah, ¿cuál era el punto? Se rehusaba a pensar. *-> El bosque se tornaba más denso. El pútrido aroma de pantanos estancados llegó a ellos desde un matorral en donde los abetos yacían caídos y emergían setas venenosas. Las rocas eran frías al tacto bajo su cobertura de resbaloso musgo, y las desnudas raíces de los abetos entrelazaban las veredas, cubiertas por una capa de agujas secas. Ivan y Marichka continuaron andando, más y más profundo entre las frías e inatractivas espesuras de los bosques de las alturas.

Emergieron a un prado. Aquí, el cielo era más ligero. Los abetos parecían estar sosteniendo la negra noche. Súbitamente se detuvo Marichka, con un estremecimiento. Ladeando su cabeza hacia adelante, se quedó escuchando. Ivan notó la mueca de ansedad en su semblante y cómo frunció sus cejas. ¿Qué sucedía? Pero Marichka, impaciente, silenció esta pregunta colocando un dedo sobre sus labios, y luego desapareció.

Todo sucedió tan rápido e insólito, que Ivan no tuvo tiempo de darse cuenta. ¿Qué la había asustado? ¿A dónde había huído? Quedó inmóvil por un momento, esperando que Marichka volviera pronto, pero pasó un largo tiempo, por lo que llamó, callado, “¡Marichka! La suave cobertura de ramas de abeto absorbió el sonido, y de nuevo todo se tornó silencioso.

Ivan se puso ansioso. Quiso ir a buscar a Marichka, pero no sabía hacia dónde ir, pues no pudo notar en dónde se había desaparecido. Se pudo haber perdido en el bosque o tropezado hacia un acantilado. ¿Debía él encender una fogata? Ella vería la luz y sabría ubicarse para hallarlo de regreso. Juntó ramas secas y encendió fuego. Las llamas tronaban un poco, y produjeron humo. Cuando el humo remolineaba sobre el fuego, las sombras de los abetos reclinados comenzaron a bailar, poblando el prado.

Ivan se sentó en un tocón, y vio alrededor. El prado estaba lleno de troncos podridos esparcidos, y cubierto por una espinosa red de frambuesas silvestres. Las finas y secas ramas bajas de los abetos colgaban como una barba roja. La tristeza invadió de nuevo a Ivan. Estaba sólo de nuevo. Marichka no venía.

Encendiendo su pipa, quedó viendo el fuego, mientras el tiempo volaba. Marichka tenía que regresar, tarde o temprano. Incluso creyó escuchar pasos y pisadas sobre hojas secas. ¡Oh!. Finalmente regresó … Quiso levantarse e ir a su encuentro, pero antes que pudiese hacerlo, las ramas secas se partieron suavemente, y un hombre emergió del bosque.

Estaba desnudo. Un fino cabello oscuro cubría todo su cuerpo, circulando sus redondos ojos compasivos, entrelazándose con su barba y colgando hasta su pecho. Apretó sus peludos brazos en su gran estómago, y se aproximó al fuego. Ivan lo reconoció de inmediato. Era el feliz chuhaistyr, el espíritu benevolente de los bosques, que protege a las personas de las ninfas de madera. Era la muerte para ellas: si atrapaba una, la haría pedazos, miembro por miembro.

El chuhaistyr le sonrió afable, y le dijo con un tímido guiño. “¿A dónde fue ella?”

¿Quién?

La ninfa del bosque.

Se está refiriendo a Marichka, pensó Ivan con temor, y su corazón comenzó a latir fuertemente. O sea que por eso fue que desapareció ella. “No sé, no logré ver”, respondió con indiferencia, invitando al chuhaistyr a sentarse.

El chuhaistyr se sentó sobre un tocón, se sacudió las hojas secas prendidas en su cabello, y extendió sus pies hacia el fuego. Ambos quedaron en silencio. El hombre del bosque se calentó con el fuego, sobando su redondo estómago. Ivan se preguntaba cómo detener más tiempo al chuhaistyr para que Marichka tuviese más tiempo para huir.

El propio chuhaistyr lo ayudó. Guiñando con timidez a Ivan, dijo, “¿Bailarías conmigo un poquito?”

¿Por qué no? E Ivan se levantó alegremente. Echando ramas secas al fuego, examinó sus zapatos, se arregló la camisa, y se alistó para bailar.

El chuhaistyr colocó sus manos peludas en las caderas, y comenzó a sacudirse, ¡Bien, comencemos!

Muy bien, si tenía que comenzar, comenzaría. Ivan puso un pie en posición, sacó una pierna, sacudió todo su cuerpo, y entró en una ligera danza hutsul. El chuhaistyr se balanceaba cómicamente hacia atrás y adelante. Arrugando los ojos, sonaba sus labios y sacudía el estómago mientras sus piernas peludas, como de oso, se flexionaban y enderezaban. La danza le advertía. Saltaba cada vez más alto y se agachaba más bajo, animándose con alegres gritos y resuellos que lo hacían sonar como un fuelle.

En torno a sus ojos aparecieron gotas de sudor, que corrían en riachuelillos desde su frente hasta su boca, y sus antebrazos y panza relucían como flancos de caballo.

¡Una vez Haiduk!, ¡Y otra vez! le gritó a Ivan, somatando los pies.

¡Otra más! llamó Ivan animado. ¡Otra a ciegas! ¡Jo-jo!¡Si vamos a bailar, bailemos de verdad!”

¡Asi mero! El chuhaistyr aplaudía con las manos, se agachaba y daba vueltas en remolino.

¡Ja ja ja! gritaba Ivan, palmeando sus muslos.

Las llamas subieron, por lo que proyectaban las móviles sombras de los danzarines sobre el lado iluminado del prado. El chuhaistyr ya se estaba cansando. Alzó su mano con las sucias uñas a su frente, para enjugar el sudor, y ahora sólo sacudía su peludo cuerpo, en vez de los brincos de antes. “¿Será que ya ha sido suficiente?”, dijo resollando.

¡Oh no, un poquito más! Ivan también ya se caía de lo exhausto. Estaba caliente y mojado. Ya le dolían las piernas, y sus pulmones anhelaban un poco de aire. “Tocaré una melodía para bailar”, animó al chuhaistyr, buscando su floiara dentro del morral. ¿Has escuchado algo como ésto, amigo mío?

Tocó la melodía que había escuchado aquella vez en el bosque, por el “que se desvanece”. “¡Mis cabras regresaron, mis cabras regresaron!” Animado con esa canción, el chuhaistyr se puso a mover los talones de nuevo, con los ojos cerrados por la satisfacción, con su agotamiento aparentemente olvidado. Ahora Marichka estaría a salvo. Huye, Marichka, no temas, amor. Tu enemigo está bailando”, cantaba la floiara.

El cabello del chuhaistyr estaba tan brillante como si acabara de salir del agua. Fluía la saliva en un arroyo desde su boca, abierta en la felicidad de la danza, y su cuerpo entero brillaba a la luz del fuego mientras Ivan lo animaba con su alegre tonada, golpeando las rocas en el prado con los pies, de los que ya habían volado los zapatos.

Finalmente, quedó demasiado agotado el chuhaistyr. ¡Suficiente, ya no puedo más!” Cayó sobre el césped, respirando con dificultad, con los ojos cerrados. Ivan colapsó junto al chuhaistyr. Y de esa manera, respiraban juntos.

Por último, el chuhaistyr quedó riendo traviesamente. ¡Oh, que buen momento he pasado!” Sobando su redondo estómago, suspiró, aspiró lentamente para suavizar el aire en su pecho, y comenzó a despedirse.

Muchas gracias por la danza.

Que te vaya bien.

Adiós. Partiendo las ramas secas de un abeto, el chuhaistyr se adentró en el bosque.

El prado volvió a quedar envuelto en silencio y penumbra. El fuego, ya agonizante, solamente guiñaba un ojo. ¿En dónde estaría Marichka? Ivan aún tenía mucho que contarle. Sentía una tremenda necesidad de narrarle toda su vida, su anhelo por ella, sus días tristes, su soledad entre gente hostil, su infeliz matrimonio. ¿Pero, en dónde estaba? ¿A dónde se habría ido? ¿Será que a la izquierda? Le parecía que la había visto irse a la izquierda.

Ivan se movió entonces a la izquierda. Los abetos se habían cerrado tanto que era muy difícil pasar entre sus duros troncos. Las ramas bajas y secas golpeaban la cara de Ivan, pero continuó. Rugiendo dentro de la espesura, continuamente tropezaba y corría hacia tres troncos. Otras veces pensaba haber escuchado a alguien llamándolo. Se detenía, sostenía el aliento y escuchaba. Pero el bosque estaba tan silencioso, que el topar las ramas secas que sobaban sus hombros, sonaba como si cayera madera. Ivan continuó andando, extendiendo sus manos como un no-vidente, temeroso de tropezar en obstáculos.

Repentinamente, un apenas audible aliento, llegó a sus oídos. ¡Ivan! La voz venía de detrás de una espesura, como emergiendo de un mar de agujas de abeto. Significaba que Marichka no estaba aquí. Tuvo que dar la vuelta. Se apuró, chocando sus rodillas contra los árboles, cayendo sobre ramas y medio cerrando los ojos para no ser pinchado por las agujas. La noche estaba sosteniendo sus piernas, no lo dejaba ir, y tuvo que arrastrarla. Había estado vagando por bastante tiempo y seguía sin encontrar el prado. Ahora se desmoronaba el suelo bajo sus pies. Las rocas le bloqueaban el camino. Rodeándolas, se resbaló en el musgo, cayó sobre duras raíces, y se agarró de un manojo de pasto para evitar caer al abismo. De éste, le llegó un casi imperceptible grito, de nuevo. “¡Iva-an!”

Quiso responder el llamado de Marichka, pero temía que el chuhaistyr escuchara. Ahora ya sabía en dónde buscarla. Tenía que ir a la derecha y bajar. Pero la pendiente aquí era incluso más fuerte, y él no supo cómo ella había sido capaz de bajar hasta allí. Los guijarros que saltaban de debajo de sus pies caían con un gruñido amortiguado al negro abismo. Pero Ivan era ágil y sabía moverse en las montañas, y fue capaz de maniobrar al borde del abismo, cuidadosamente, buscando apoyo para sus pies. La cuesta se tornaba cada vez más difícil. En una ocasión casi cae, pero pudo agarrarse con las uñas de una roca y colgar de los brazos. No sabía qué había debajo de él, pero sentía el frío y malévolo aliento del abismo que había abierto sus insaciables fauces hacia él.

¡Iva-an! Lamentaba Marichka desde abajo, con una voz que fundía amor y sufrimiento.

¡Ya voy, Marichka! Ivan se esforzó en gritar. Había olvidado la precaución. Saltando de roca en roca como una cabra montés, con su boca apenas capaz de tomar un bocado de aire, continuó golpeando sus brazos y piernas, cayendo en rocas filosas, perdió el suelo bajo sus pies y, a través de la gruesa niebla de pasión por la cual iba a toda velocidad hacia el valle, escuchó la amada voz que le pedía: “¡Iva-an!”

¡Aquí estoy! Gritó Ivan, y repentinamente, sintió que el abismo lo halaba hacia abajo. Tomándolo por el cuello, lo dobló hacia atrás. Agitó hacia todos lados sus brazos, intentando agarrarse de alguna roca, igual con sus piernas, y sintió que volaba de cabeza, con su cuerpo lleno de un helado y extraño vacío. La pesada y negra montaña desplegó sus alas y voló como un ave. Una aguda curiosidad mental quemó su cerebro: ¿sobre qué golpearía su cabeza? Escuchó un óseo golpe y sintió un insoportable y agudo dolor que invadió su cuerpo: luego, todo se derritió en el rojo fuego que consumió su vida.

Al día siguiente, unos pastores hallaron al moribundo Ivan.

La trembita anunció la muerte en las montañas. Pues la muerte aquí tiene su propia voz, que le habla a los picos solitarios. Cascos de caballos comenzaron a recorrer las pedregosas veredas, y los mocasines de cuero susurraban bajo el brillo de la noche mientras los hutsules corrían desde sus casas en la montaña, para ir a ver la muerte. Cayendo de rodillas frente al cuerpo, apilaban monedas sobre el cuerpo del difunto para que pudiera pagar por el transporte de su alma, y luego se sentaban silenciosamente en bancas. Cabellos grises mezclados con el carmin de los pañuelos de seda, y un rosado saludable con el amarillo de los rostros cerosos y arrugados. Una mortal luz tejió una red de sombras con el muerto y los rostros vivos. Los mentones de las esposas de granjeros ricos se estremecían; ancianos ojos brillaban en respeto a la muerte; una serena calma unía la vida y la muerte, y rústicas y trabajadoras manos descansaban pesadas sobre rodillas.

Palahna ajustó la mortaja. Sus dedos sintieron la frialdad del cadáver, y el cálido y dulce aroma de la cera chorreando de las velas, elevaba pena de su pecho a su garganta. Las trembitas lloraban afuera de la ventana.

El rostro amarillento de Ivan descansaba sobre el lino, habiendo cerrado algo dentro de sí, algo que sólo él conocía, y el ojo derecho astutamente observaba por debajo del párpado ligeramente abierto las monedas de latón apiladas sobre su pecho y la vela que ardía junto a sus manos plegadas. Su alma descansaba a la cabecera junto al cuerpo: no se atrevía a salir aún de la casa.

¿Por qué no me hablas? Llamaba Palahna a la solitaria alma de su esposo. ¿Por qué no me miras? ¿Por qué no vendas los cayos de mis dedos? ¿Por cuál camino te diriges, esposo mío? ¿En dónde debo buscarte?”

Guarda bien ella el luto, las ancianas se inclinaban, y otras respondían con señas que se fundían en el barullo.

Pastoreamos juntos en los altiplanos. Una vez, cuidábamos las ovejas, cuando rompió una ventisca, como si fuese invierno. La tormenta de nieve era tan fiera que no podíamos ver nada, y él, el difunto…” contaba un granjero a sus vecinos. Sus labios se movían en sus propios pensamientos, pues era para reconfortar la triste alma que había partido de su cuerpo.

Te has ido y me has dejado sola. ¿Con quién cuidaré ahora la granja? ¿Con quién voy a atender ahora el ganado?” preguntaba Palahna al alma de su esposo.

Nuevos huéspedes entraban constantemente a la cabaña por la puerta abierta desde la oscura noche. Las rodillas se doblaban frente al cuerpo; monedas de latón tintineaban sobre su pecho, y la gente se corría en las bancas para hacer lugar a las que recién llegaban. Las gruesas velas ardían calmas, su cera cayendo como lágrimas. Una pálida llama lamía el aire fétido, y el vapor azul, mezclado con el aroma nauseabundo de la cera y el sudor, colgaba sobre el barullo.

La cabaña ya estaba demasiado concurrida. Rostros presionando junto a rostros. Cálidos alientos mezclados juntos, y frentes sudorosas reflejaban la luz mortal que las blusas ornamentadas con hilo metálico reflejaban, asi como morrales y cintos de cuero. Y llegaban más y más huéspedes, amontonándose bajo el dintel. El cuerpo rogaba moverse. Una apenas visible sombra de puntos blancos, parecidos al líquen, se arrastraba sobre él.

¡Mi dulce esposo, me has abandonado al dolor!” Lamentaba Palahna. “Nadie queda para ir al pueblo, o traer cosas…”

Afuera de la ventana, la trembita continuaba repitiendo sus lamentos, aumentando el duelo de Palahna. ¿No había tenido ya la pobre alma suficiente dolor? Este pensamiento debía haber sido disimulado bajo el opresivo peso del dolor, porque comenzaba movimiento bajo el dintel. Los pies taconeaban vacilantes; los codos empujaban; una banca se sacudía ocasionalmente, y surgieron voces de dentro del ruido de la multitud. Repentinamente, una aguda risotada, de voz femenina, cortó el pesado velo de la tristeza, y el encerrado barullo explotó como una llama de debajo de una tapa de humo negro.

¡Hey, tu, nariz respingada! ¡Cómprame un conejo!” bramó un joven en grave voz.

¡Ja ja, nariz respingada!” Una ola de risas se desenrolló. Comenzó el regocijo. Los que estaban sentados junto a la puerta se voltearon dando la espalda al cuerpo, prestos para unirse al juego. Explotaron muecas felices en los rostros que hacía un momento habían estado anudadas en dolor, y el conejo avanzó y avanzó, extendiéndose en círculos más amplios, hasta llegar al cadáver. “¡Ja ja, jorobado!, ¡Ja ja, cojo!”.

La luz parpadeaba y se ahumaba con las risas. Huésped tras otro se levantaban de las bancas y se movían hacia las esquinas de la jata, en donde los alborotadores se reunían en grupitos apretados. Los puntos en el rostro del cadáver se dispersaban como si sus pensamientos ocultos estuvieran aún en movimiento, cambiando su expresión. Un amargo pensamiento pareció haber sido atrapado en la comisura del labio: ¿Qué es la vida? Un destello en el cielo, una flor de cerezo.

La gente ya se besaba junto a la puerta exterior.

¿A quién estás conquistando?

A la Annychka, la del cabello negro.

Annychka fingía resistirse, pero docenas de manos la sacaban a empujones de la apretada multitud, y calientes labios la animaban, ¡Ve, muchacha, anda! Annychka abrazaba al chico que la pretendía, y lo besaba en la boca con entusiasmo, mientras el gentío daba alaridos de felicidad.

El cuerpo había sido olvidado. Solamente tres ancianas quedaban junto a él, con sus vítreos y adoloridos ojos que se posaban en una mosca que revoloteaba sobre el rostro inmóvil y amarillento.

Las mujeres casadas se arrojaban al juego. Con miradas en las que la moribunda luz no se había extinguido aún y la imagen de la muerte aún estaba fresca, iban ansiosas a besar, en olvido de sus maridos, que estaban abrazando y apretujando a las mujeres de otros. Los besos resonaban por toda la casa, mezclados con el lamento de la trembita, que seguía anunciando a las distantes montañas que la muerte había venido a este pico solitario. Palahna ya había dejado de lamentarse. Ya estaba anocheciendo y debía entretener a sus visitas.

Las bromas crecían. La habitación se tornaba sofocante. La gente sudaba dentro de sus chalecos, respirando el olor del sudor, los nauseabundos humos de la cera caliente y la fetidez del cuerpo en descomposición. Todos hablaban en voz alta como olvidando por qué estaban allí, narrando sus aventuras entre carcajadas. Agitando sus brazos, se daban palmadas entre si mientras guiñaban un ojo a las mujeres.

Aquéllos que no cabían en la jata, encendieron una fogata en el jardín y jugaban alegremente. La luz en el vestíbulo se extinguió finalmente. Las chicas chillaban con fuerza, y los muchachos se ahogaban en sus carcajadas. Los festejos hacían temblar las paredes de la casa y vibrar el féretro. Las amarillas llamas de las velas parpadeaban en el denso aire.

Inclusive los ancianos se unieron a los juegos. Las risotadas descuidadas sacudían sus canos cabellos, explayando las arrugas y revelando los tocones podridos de sus dientes. Los viejos extendían sus brazos inestables y ayudaban a los jóvenes a atrapar a las chicas. Los collares de monedas tintineaban en el pecho de las muchachas. Los chillidos femeninos resonaban en los oídos. Las bancas saltaban y chocaban contra el ataúd. Los retumbos de risas rodaban desde las esquinas con íconos, al umbral, y las hileras enteras de personas se doblaban de la risa, sosteniendo sus estómagos.

Un “molinero” hizo estruendo con un rugido de madera en el medio del bullicioso gentío. “¿Qué tenéis para moler en mi molino?” gritaba el molinero constantemente.

Tenemos maíz, gritaban las muchachas, mientras se apretujaban unas a otras hacia él.

Judíos que habían hecho “barbas” al colocar varias tiras de lino hiladas unas con otras, y una toalla húmeda enrollada que golpeaba las espaldas de la gente con un chasquido. Las personas huían de ella, gritando y rugiendo entre carcajadas, chocando unos con otros, levantando el polvo y viciando el aire. El piso de la casa temblaba bajo el peso de los jóvenes pies, y el cuerpo del muerto saltaba arriba y abajo dentro del féretro, con la misteriosa sonrisa de la muerte dibujada aún en su amarillento rostro. Las monedas de latón amontonadas por buenas personas en el pecho del cadáver, por el bien y paz de su alma, tintineaban.

Afuera de la ventana, se lamentaban las trembitas.

Cherníhiv, octubre de 1911

Listado de enlaces


4 comentarios

Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 6

Llegaron los días calurosos. El Ihret fumaba; la tierra echaba vapor, y las nubes sin cesar corrían desde la Chornohora, vertiendo lluvia en donde el sol mostraba su inclinado resplandor. El tiempo estaba tan húmedo que Palahna nunca hubiese ascendido al pico si un sueño no le hubiese advertido que algo malo se avecinaba contra el ganado. Quiso visitar a las vacas en el bosque. Las montañas alrededor de ella estaban cubiertas de niebla, como si los arroyos hirvieran y se hubieran convertido en vapor. El Cheremosh ebullía debajo. El rio hallaba demasiado duras las rocas, por lo que saltaba de una a otra. Apenas había llegado Palahna al pico cuando un viento procedente de la Chornohora movió un ala y sacudió los árboles. Dios olvidó que allí debería desatarse una tormenta, pensó ella, y volteó su rostro al viento. Pero ahí estaba. Una pesada nube azul blancuzco rugía. Parecía que la propia chornohora se había elevado en el cielo y estaba lista para caer en la tierra y aplastar todo en ella. El viento rugía frente a ella, ladeando los abetos, y las montañas y valles inmediatamente se tornaron negros, como barridos por un incendio forestal. No se podía pensar en proseguir. Palahna se hizo un refugio con la rama de un abeto. El árbol rechinaba. Los truenos rodaban suavemente en las colinas lejanas; las sombras corrían velozmente sobre las montañas, lavando sus colores, y los jóvenes abetos se sacudían bajo el viento en los picos distantes. Si sólo no cayera granizo, pensaba Palahna con miedo, mientras se acurrucaba dentro de su chaleco.

Los truenos ya sonaban sobre su cabeza. Dentro de la Chornohora, ya los nigromantes picaban el hielo en los lagos congelados, y las almas de los suicidas juntaban el hielo en bolsas y lo elevaban a las nubes, para regar el granizo sobre toda la tierra. Los prados quedarían arruinados cuando se cubrieran con las heladas bolas, y el hambriento ganado lloraría, pensó Palahna. Repentinamente cayó el rayo. Las montañas temblaron, y los jóvenes abetos cayeron crujiendo sobre el suelo. La tierra tembló y todo giró en un remolino. Palahna apenas se pudo asir de un tocón. Como si entre la niebla, ella pudo ver un hombre trepando la montaña. Luchaba contra el viento, extendiendo sus piernas como un cangrejo y sosteniéndose de rocas con sus manos. Ahora estaba cerca de la cumbre. Redobló, y luego corrió y, finalmente, ya estaba sobre el mero pico. Palahna reconoció a Iura.

Debe estar viniendo hacia mi, pensó temerosa, pero Iura aparentemente no la veía. Esbozado contra una nube, un pie adelante, colocó sus brazos en cruz en su pecho. Lanzando hacia atrás su pálido rostro, miraba fija y tórvamente a la nube .Quedó asi por un largo momento, mientras la nube avanzaba hacia él. Repentinamente estrelló su sombrero en el suelo, con un movimiento afilado. El viento inmediatamente sopló desde el valle y elevó su largo cabello. Entonces alzó la vara en su mano, y gritó al azul estruendo, “¡Detente! ¡No te dejaré pasar!”

La nube lo reflexionó por un momento, y luego respondió enviando una feroz flecha.

¡Oh! Palahna se tapó los ojos con una mano, mientras las montañas se desparramaban.

Pero Iura continuó firme, su cabello rizado ondeando casi como un nido de serpientes. “¡ajá! ¡De forma que eso quieres!” gritó a la nube. “Deberé exorzisarte entonces. ¡Te exorziso, grande y pequeño trueno, nubes grandes y pequeñas! Calamidad, te disipo, a la izquierda, a los bosques y aguas. ¡Ve, disípate como el viento por todo el mundo! ¡Dispérsate y desaparece! ¡No tienes mando aquí!”

Pero la nube simplemente sacudió su ala izquierda en señal de menosprecio, y comenzó a girar hacia la derecha, en dirección a los prados. “¡Guau!” exclamó Palahna, apretando sus puños. “¡Aplastará todo el heno!”

Iura no estaba listo para rendirse. Solamente palideció un poco más, y sus ojos se tornaron aún más oscuros. Al moverse la nube hacia la derecha, él también se hizo hacia la derecha. Cuando la nube se movió hacia la izquierda, también la siguió. Corrió tras ella, luchando contra el viento, ondeando sus brazos y amenazándola con su vara. Se deslizaba por las montañas mientras combatía a la nube. Sólo un poquito más, sólo un poquito, aquí, a este lado… Sintiendo el poder en su pecho, disparó relámpagos desde sus ojos mientras alzaba sus brazos en lo alto, y profería su conjuro. El viento casi le saca el chaleco para pegarle directo en el pecho.

La nube rezongó, mandó más truenos, lanzó lluvia entre sus ojos, y se estremeció sobre su cabeza, lista para caer, al igual que Iura, empapado en sudor, apenas aspirando, cayendo casi en un frenesí, temiendo perder la fuerza restante. Sintió que se debilitaba, que su pecho estaba vacío, que el viento arrancaba su voz y se la llevaba, y que la lluvia se vertía entre sus ojos, y que la nube ganaba el combate. Con el último poco de fuerzas, Iura alzó su corta vara. “¡Alto!”

La nube se detuvo. Reparando como un caballo asustado, la nube hirvió en rabia y desesperación, y rogó. “¡Déjame ir!”

¡No lo haré!

¡Dejémoslo ya, estamos muriendo! gritaron las almas lastimosamente, mientras luchaban bajo el peso de sus sacos de granizo.

¡Ajá!, ¡Ahora estáis rogando! Os conjuro: Idos a los abismos en donde los relinchos de caballos y el mugido de las vacas, y el balido de las ovejas, nunca lleguen, en donde no vuele una bandada, en donde las voces Cristianas nunca sean escuchadas. ¡Allí es donde os permitiré ir!”

Como cosa rara, la nube obedeció, sumisamente cruzando a la izquierda, desatando sus sacos sobre el rio y regando el grueso granizo sobre sus orillas de guijarros. Una blanca cortina cubrió las montañas, y algo rugió y se estrelló en el valle debajo. Iura cayó al suelo y boqueó aire.

Cuando el sol rompió a través de la nube y sonrió el pasto mojado, Iura vio, como en un sueño, que Palahna corría hacia él. Era como el propio sol cuando se lanzó sobre él con ansiedad. “¿Te ha sucedido algo malo, mi dulce Iura?”

Absolutamente nada, mi amadísima Palahna, nada. Ya ves, ¡He hecho regresar a la tormenta!” Y la envolvió con sus brazos. Allí, Palahna se convirtió en la amante de Iura.

Ivan estaba asombrado con Palahna. Ella siempre había gustado de vestir finas ropas, pero algo parecía haberla poseído: comenzó a usar pañuelos de seda caros, finamente bordados, blusas bordadas con hilos de oro y plata, y pesados collares de monedas, incluso en los días entre semana. A veces se desaparecía de la casa y regresaba tarde por la noche, ruborizada, desvelada y, aparentemente borracha.

¿Por dónde has andado? preguntaba Ivan con enfado. ¡Mírate, amante!

Palahna simplemente reía. ¡Y qué hay con eso! No se me permite pasar un buen rato. Quiero disfrutar de la vida. Sólamente se vive una vez en este mundo.

Lo que es verdad, es verdad. Nuestra vida es breve – parpadea por un momento, y luego se va. Ivan pensaba también asi, pero Palahna ya estaba yendo muy lejos. Bebía todos los días en la taberna, con Iura, besándolo y abrazándolo en público sin siquiera intentar disimular que tenía un amante. ¿Habrá sido ella la primera en tener uno? Desde tiempos inmemoriales, ninguna mujer había sido tolerada por únicamente un hombre.

Todos hablaban sobre Palahna y Iura. Ivan escuchaba los chismes, también, pero lo aceptaba con indiferencia. Si era el hechicero, pues que así sea. Palahna se maquillaba y disfrutaba de la vida, e Ivan languidecía. Él mismo estaba sorprendido por el cambio. ¿Qué le estaba sucediendo? Su fuerza lo abandonaba. Sus ojos ya estaban hundidos y acuosos. La vida perdía su sentido. Incluso el ganado ya no le daba el placer que una vez. ¿Alguien le habría echado un conjuro? No albergaba malicia en contra de Palahna y no sentía agravio, aunque luchaba por ella, con Iura.

Luchaba no por furia, sino por apariencia, por lo que diría la gente. Si no hubiera sido por Semen, su amigo del alma, quien hablaba por Ivan, nada habría llegado a suceder. Una vez, por ejemplo, Semen se encontró a Iura en una taberna, y lo golpeó en la cara, gritando: “¡Sinvergüenza! ¿Qué estás haciendo con Palahna? ¿No tienes tu propia esposa?”

Entonces, Ivan se sintió avergonzado y saltó sobre Iura. “¡Preocúpate por tu Hafiia, y no toques a mi esposa!” le gritó, esgrimiendo su hacha a Iura, en su cara.

¿La compraste en el mercado? explotó Iura. Su hacha también destelló frente a los ojos de Ivan.

¡Malandrín, te golpearé!

¡Tú, bandido!

¡Aquí, toma! Ivan atestó el primer golpe, directo en el medio de la frente. Inundado en sangre, Iura se las arregló para darle un hachazo a Ivan entre los ojos, cobriendo su rostro y pecho de sangre. Ambos hombres quedaron cegados por las calientes olas que caían sobre sus ojos a borbotones, pero siguieron golpeando, hacha contra hacha, apuntando las tajadas directo al pecho del contrincante. Fluyendo la sangre, estas rojas máscaras bailaban la danza de la muerte, la mano de Iura estaba ya lisiada, pero por un hachazo de suerte, repentinamente destrozó el hacha de Ivan. Ivan se dobló, esperando la muerte, pero Iura controló su ímpetu y, con un fino y grande gesto, arrojó su hacha a la par de la de Ivan. “¡No ataco a hombres indefensos con mi hacha!”. Se tomaron uno al otro por los hombros. Los otros, que estaban observando todo, se las arreglaron para separarlos.

¿Bien, qué? Ivan se lavó las heridas, coloreando el Cheremosh con su sangre, y fue de regreso con su ganado. Ahí fuen donde, como siempre, encontró descanso y consuelo. La pelea no había ayudado en nada. Todo siguió como antes. Palahna seguía fuera de casa, e Ivan languidecía cada vez más. Su piel se oscurecía y se pegaba a los huesos. Sus ojos se hundían incluso más. Fiebre, irritación e intranquilidad se apoderaban de él. Incluso perdía el apetito por la comida. Debía ser un embrujo, pensaba Ivan con amargura. Me quiere sacar de este mundo.

Fue con una exorcista, pero ella no pudo deshacer el conjuro: aparentemente, Iura era más fuerte. Ivan estaba seguro de ello. Al ir caminando, al pasar frente a la casa del hechicero, escuchó la voz de Palahna. ¿Podría ser ella?

Presionando una mano en su pecho, Ivan pegó un oído en la puerta. No estaba equivocado. Era Palahna la que estaba adentro. Buscando una hendidura para poder espiar, se movió Ivan calmo a lo largo de la cerca. Finalmente, encontró un agujero y vio a Palahna con el hechicero. Iura sostenía un muñeco de arcilla frente a Palahna y le daba con la punta del dedo golpes de pies a cabeza.
Apunto aquí”, susurró con malicia, “y que se sequen sus brazos y piernas. En el estómago, para que sufra de dolores y no pueda comer.”

¿Y si le apuntas a la cabeza?”, preguntó Palahna, inquisitiva.

¡Se muere de inmediato!

¡Ambos se confabularon en su contra! Ivan quiso saltar la cerca y matarlos a ambos en el instante. Apretó el hacha en su mano, midió la cerca con la mirada, y se puso pálido. La debilidad e indiferencia lo volvieron a invadir. ¿Para qué? Esto debió haber sido dictado por el destino. Se estremeció, bajó el hacha, y se fue. Caminó desolado, sin sentir el suelo bajo sus pies, y tambaleándose por el camino. Frente a sus ojos miraba sólamente círculos rojos que flotaban, y que se disolvían sobre las montañas.

¿A dónde iba? Ivan no sabía. Vagando sin rumbo, escaló montañas y descendió a los valles. Finalmente se fijó que estaba sentado junto al río. La verde sangre de las montañas espumeaba y rugía bajo sus pies, y quedó viendo fija e incomprensiblemente la ligera corriente, hasta que el primer pensamiento claro que llegó a su mente agotada fue: Marichka había caminado por estos lares. Aquí era donde se la había llevado el agua. Entonces subieron a la superficie, un pensamiento tras otro, llenando su vacío corazón. Vio el dulce rostro de Marichka de nuevo, su amabilidad simple y sincera, y escuchó su canción.

Piensa en mi, amor mio, dos veces al día, y yo pensaré en ti siete veces por hora”. Ahora todo se había ido. Desaparecido, para nunca regresar, asi como la espuma en el río no puede retornar. Una vez Marichka, y ahora él… Su estrella apenas se sostenía allá arriba, en el cielo. ¿Para qué es la vida? Un destello en el cielo, una flor de cerezo, fugaz y efímera.

El sol se ocultó detrás de las montañas y, en esta calmada tarde, sombras humeantes de azur se colaban por las grietas, saliendo de los tejados de las cabañas hutsul, que florecían en las verdes montañas como azules inflorescencias. La angustia envolvía el corazón de Ivan. Su alma anhelaba algo mejor, algo desconocido. Fue halada a otros mundos, mejores, en donde podría descansar, finalmente.

Cuando cayó la noche y las negras montañas titilaban con las luces de las cabañas dispersas como criaturas malignas parpadeando, Ivan sintió que las fuerzas hostiles eran más fuertes que él mismo, que ya había caído en la batalla.

Ivan despertó.

Levántate, le dijo Marichka. Levántate y ven a mi. La volteó a ver, para nada sorprendido. Era algo muy bueno el hecho de que ella hubiese venido finalmente. Se levantó y se dirigió hacia ella.

Silenciosamente, se pusieron a caminar entre las montañas. Aunque era de noche, Ivan podía ver claramente el rostro de Marichka a la luz de las estrellas. Trepando una cerca que dividía el prado del bosque, entraron a una arboleda muy densa de abetos.

¿Por qué te ves tan pálido? preguntó Marichka. ¿Has estado enfermo?

Languidezco por tí, Marichka, amor mío. No preguntó hacia dónde se dirigían. Simplemente estaba muy feliz de estar acompañado de ella.

¿Recuerdas, mi dulce Ivan, cómo nos reuníamos en este bosque? Tocabas para mi, y yo envolvía mis brazos alrededor de tu cuello y besaba tus lindos rizos.

Si, Marichka, lo recuerdo, y jamás lo olvidaré.

Miraba a Marichka a su lado, pero sabía muy bien que era una ninfa de bosque, y no su Marichka. Caminaba junto a ella, sin permitirle que se le adelantara para no mirar el sangriento agujero en su espalda, en donde el corazón y pulmones de una ninfa pueden verse, por ser transparente en este punto de su cuerpo. En veredas angostas, se apretujaba a ella, para evitar quedar atrás, y sentía el calor de su cuerpo.

Siempre quise preguntarte, ¿por qué me golpeaste en el rostro? Recuerdas, cuando nuestros padres peleaban y me escondí de miedo bajo la carreta, al ver la sangre.

Corriste esa vez. Lancé tus listones al agua, y me diste una golosina.

Me enamoré de ti inmediatamente.

Ellos se internaban más en el bosque. Los negros abetos extendían sus musgosas ramas sobre ellos, como bendiciéndolos, y un lóbrego silencio reinaba sobre todo, roto sólamente por el caprichoso espumeo de los riachuelos del valle.

Una vez quise asustarte, me enterré entre el musgo y los helechos, y quedé allí, con tranquilidad. Me llamaste, me buscaste, y casi lloras. Y quedé allí, yaciendo pero aguantando la risa. ¿Y, qué hiciste conmigo cuando finalmente me hallaste?

¡Ja, ja!

¡Uy, sinvergüenza! Frunció dulcemente sus labios, lanzándole una mirada traviesa.

¡Ja, ja! rió Ivan.

Ella le recordó los juegos infantiles que ambos gozaban, sus aventuras bañándose en los fríos arroyos, sus bromas y canciones, sus alegrías y temores, y sus abrazos apasionados, y su dolorosa partida. Todos los dulces recuerdos que calentaron sus corazones.

¿Por qué te quedaste tanto tiempo en los pastizales de las tierras altas, Ivanko? ¿Qué hacías allá?

Ivan estuvo tentado de contarle cómo una ninfa lo había llamado, con la voz de Marichka, pero guardó silencio. Su conciencia se dividía. Sentía a Marichka junto a él, aunque al mismo tiempo, sabía que Marichka ya se había ido, y que algo más lo guiaba a lo desconocido, a las desoladas sierras, para destruirlo. Aún así, se sentía bien. Seguía sus risas y gorjeos de niña, ligero, feliz y ya sin el miedo que había sentido antes. Sus preocupaciones, sus pensamientos sobre Palahna y el hostil hechicero, y su temor a la muerte, todo había desaparecido. La juventud de corazón ligero, y la alegría, lo guiaban a los despoblados picos, tan desolados y solitarios que incluso el susurro del bosque no podía ser conservado allí, y era acarreado a los valles por los rugientes ríos.

Yo siempre te busqué y esperé tu retorno de los pastizales de las alturas. No comía ni dormía, y perdí mis canciones, y el mundo se marchitó para mi. Cuando estábamos enamorados, hasta los robles secos floreaban, pero cuando nos separamos, los fuertes robles se secaron.”

¡No digas eso, Marichka, no lo digas, mi amor! ¡Ahora estamos juntos, y nunca más nos vamos a separar!

¿Nunca? ¡Ja ja!

Ivan se estremeció y se detuvo. La seca y maliciosa risa cortó su corazón. La vio con incredulidad. “¿Te ríes de algo, Marichka?”

¡Claro que no, Ivanko! ¡No me reí! Debiste de habértelo imaginado. ¿Estás cansado? Caminemos un poco más. ¡Ven!”

Listado de enlaces


4 comentarios

Sombras de los ancestros olvidados, en español – Parte 4

Para la fiesta de los santos Pedro y Pablo, se desataba siempre una ventisca. La nieve quedaba en el suelo durante tres días, y muchas ovejas morían al resbalar y se rompían las ingles. ———-

En ocasiones subían personas de los bajíos. Los pastores los rodeaban y luchaban entre ellos por realizar las preguntas, “¿Qué noticias traéis de la aldea?”. Y luego quedaban escuchando como niños a las simples respuestas: que estaban escasas las patatas, o que el maíz estaba creciendo muy delgado, o que Ilena Mocharnyk había fallecido. Todos bebían por la salud del ganado, y los huéspedes llenaban sus bolsos con queso y partían de regreso, pacíficamente, al valle.

Por las noches se encendían fogatas a un lado del aprisco. Los pastores se sacaban la ropa y sacudían las garrapatas en el fuego o, hambrientos de damas tras un verano completo sin ellas, se embeberían en una charla salaz. Los rugidos de las carcajadas sacaban al ganado de su sueño.

Antes de irse a dormir, Ivan llamaba a Mykola, quien siempre era platicador y le gustaba cantar. “¡Mykola, amigo mío!. Ven aquí.”

“Espera un minuto, hermano Ivan, ya voy” el cuidador del fuego respondía desde el aprisco, e Ivan escuchaba resonar su canción:

La Chornohora no cultiva ni grano ni heno. Cria a jóvenes pastores, y queso, y fino suero.

Mykola era un huérfano que había crecido en las tierras altas. “Fui criado por las ovejas”, decía, suavizando sus rizos despeinados.

Habiendo finalizado sus labores, el cuidador del fuego se acostaba junto a Ivan. Estaba hollinoso y saturado de humo, y sus jóvenes dientes brillaban a la luz del fuego. Ivan se colocaba más cerca, lo abrazaba por el cuello, y le imploraba: “Cuéntame una historia, amigo. Sabes muchas.”

Las estrellas bajaban del cielo, y la vía láctea fluía como la blanca espuma en el río. Las montañas ya dormían. “Seguro están creciendo” gritaba Ivan como si fuera para si mismo.

¿Quién?

Las montañas.

Al principio crecían, pero ahora ya se detuvieron. Mykola guardaba silencio y luego agregaba callado, al principio no había montañas, sólo agua. El agua era como un mar sin playas. Y Dios caminaba sobre el agua. Pero una vez notó Él que la espuma se arremolinaba en el agua. ´¿Quién eres tu?´, preguntó, ´Yo no sé´respondió. Estoy vivo pero no puedo caminar´Ese era el Aridnyk. Dios no sabía nada sobre él pues el Arydnik, como Dios mismo, había existido desde el puro principio. Dios le dio brazos y piernas, y se volvieron como hermanos de sangre. Cuando se cansaron de caminar sobre el agua, Dios decidió crear tierra, pero no pudo obtener arcilla del fondo del mar, porque Él conoce todo en el mundo, pero no puede hacer nada. Pero el Aridnyk tenía el poder de hacer de todo y dijo ´Yo puedo bucear´. ´Sumérgete entonces´respondió Dios. Entonces el Aridnyk se zambulló, tomó un puñado de arcilla y ocultó otro poco entre su boca, para sí mismo. Dios tomó la arcilla y la dispersó. ´¿No hay más?´´No´Entonces Dios bendijo la tierra, y ésta comenzó a crecer. Pero la tierra que estaba entre la boca de Satán también creció. Creció y creció hasta que forzó a que abriera su boca. No podía respirar, y sus ojos ya se salían de sus órbitas. ´¡Escupe!´le aconsejó Dios. El Arydnik comenzó a escupir, y hacia donde quiera que escupía, crecía una montaña, cada una más alta que la anterior, hasta que alcanzaron el cielo. Y hubiesen perforado los cielos si Dios no las hubiera detenido. Y desde entonces, las montañas ya no han crecido más.”

A Ivan se le hizo muy raro el pensar que las alegres y finas montañas hubiesen sido creadas por el Maligno. “Dime más, mi amigo”, le rogó.

El aridnyk era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera,” continuó Mykola. “Cuando Dios quería algo, Él lo tendría que hacer por artificio o por sigilo. El Aridnyk creó las ovejas y se fabricó un violín que tocaba mientras las pastaba. Dios vio ésto y le robó algunas ovejas al Arydnik, y entonces ambos las criaron. Toda la sabiduría e inteligencia en este mundo provienen de Satán. Toda carreta, caballo, instrumento musical, molino y cabaña, fueron inventados por él. Dios simplemente se las robó y se las dio a la gente. De forma que hubo una vez… ”

En cierta ocasión, al Arydnik le dio frío y, para calentarse, inventó el fuego. Dios vino y obsevó el fuego. El Arydnik supo lo que él quería. ´Me has robado todo lo demás´le dijo, ´pero ésto, no te lo daré.´Entonces vio que Dios estaba encendiendo también una fogata. Se enfadó tanto que escupió en el fuego de Dios. Salió humo de su saliva. El primer fuego era limpio y sin humo pero, desde entonces, humea.”

Mykola contaba estas historias por bastante tiempo y, cuando fuera que mencionara al diablo, Ivan se persignaba bajo su camisa, y Mykola escupía para evitar que el Maligno tomara poder sobre él.

En una ocasión, Mykola se enfermó, e Ivan fue quien se encargó de cuidar el fuego por él. El jefe pastor dormía en una banca junto al fuego, mientras el enfermo gemía en una esquina, en donde se movían de un lado a otro las sombras de los quesos que colgaban, secándose. El agua bullía en una olla negra, y el humo forzaba su marcha hacia arriba, colándose por entre las rajaduras de las piezas del tejado. En ocasiones el malvado soplaba por algún resquicio, haciendo que el humo golpeara el rostro de Ivan, causando ardor en sus ojos. Pero eso era bueno, pues así no se atrevía a dormir. Para espantar el sueño que lo asechaba y pesaba tanto sobre él, quedaba viendo fijamente al fuego. Debía cuidarlo, pues era un espíritu de los pastizales de las tierras altas, pues quién sabe si se le permitía irse. Las brasas le sonreían desde la fuerte carga de leña, y luego se desvanecían. Algunas manchas verdes salían flotando frente a sus ojos y navegaban hacia prados y bosques.

Los blancos pies de Marichka pisaban a través de un prado. Arrojando a un lado su rastrillo, extendía sus brazos hacia Ivan. Y, justo cuando su suave cuerpo estaba a punto de tocar el fuerte pecho del amado, emergía un oso rugiendo desde el bosque, dispersando las blancas ovejas y separando a su amado de Marichka. ¡El diablo se lo llevaba! ¿En verdad me quedé dormido? Las brasas le guiñaban; el jefe pastor aún roncaba, y Mykola se quejaba bajo una pesada cubierta de sombras incansables.

¿No era ya hora de preparar la kasha (sopa, gachas) para el desayuno de los pastores? Ivan salió de la cabaña. El silencio y el frío lo envolvieron. Podía escuchar el ganado respirando en los corrales. Las ovejas ya estaban agrupadas, y comenzaban a vislumbrarse los fuegos encendidos en las cabañas de los pastores. Los perros rodearon a Ivan, estirando sus adormilados cuerpos, y restregando sus flancos en las piernas del muchacho. Las negras montañas llenaban los bajíos como una enorme grey. Habían vivido en silencio desde tiempos tan inmemoriales, que podían escuchar incluso la respiración de vacas y ovejas. Sobre ellas se extendía el cielo, el celestial pastizal en donde pastan las estrellas, como blancas ovejas. ¿Había algo en el mundo además de estos dos pastizales? Uno se extendía sobre la tierra y el otro sobre las montañas, y el pastor era solo un punto negro entre ambos.

Pero tal vez no era nada. ¿Tal vez la noche había inundado las montañas, y ellas se habían movido, aplastando todo lo que vivía entre ellas, y sólo el corazón de Ivan había sido dejado intacto para latir dentro de su chaleco y los infinitos espacios? La soledad lo roía, como un dolor de muelas. Algo enorme y ajeno, una tranquilidad indiferente, el sueño de algo que no existe, lo aplastaba. La impaciencia golpeaba en su cerebro, y la ansiedad lo apretaba por la garganta. Sacudiéndose de repente, brincó en los pastizales, sus gritos y chillidos destruyendo el silencio y astillando la noche como una roca lanzada contra una ventana. ¡Oh-oh-oh! llamaban las sobresaltadas montañas. ¡Ha-haha! gritaban ansiosos los distantes picos. Y entonces se cerraba de nuevo el silencio. Los perros pastores se volteaban, mostrando sus dientes a Ivan mientras meneaban sus colas.
Ahora se sentía más triste incluso. Quería ver la luz del sol, escuchar el alegre saludo del rio, compartir el calor y plática de su vida hogareña. Las penas y anhelos presionaban su corazón. LLovían recuerdos que destellaban frente a sus ojos. Repentinamente, escuchó una sosegada llamada ¡Iva-an! Y nuevamente. ¡Ivaan!

¿Marichka? ¿En dónde estaba? ¿Habría venido hasta estos pastizales? ¿De noche? ¿Estaba perdida y lo llamaba? ¿O estaba él escuchando cosas? No. Estaba aquí.

El corazón de Ivan latía más fuerte mientras él dudaba. ¿A dónde debía ir? Luego, por tercera vez, le llegó el grito. ¡Iva-an! Marichka… tuvo que haber…. Corrió a toda velocidad, sin respetar veredas, en la dirección de la voz, pero allí encontró el precipicio que le impedía llegar al pastizal. Se detuvo a ver el negro abismo. Entonces fue cuando comprendió: una ninfa lo estaba llamando. Se persignó con el signo de la cruz y, viendo hacia atrás siempre con cuidado, regresó a la cabaña.

Ya era hora de cocinar la Kasha. Colocar harina dentro de la olla hirviendo, cortó por la masa espesante, y pronto emanó un fragante aroma mezclado con el humo de leña. El jefe pastor se desperezaba, y despuntaba el alba. ¿Quién lo habría llamado? Se preguntaba Ivan. ¿Tal vez habrá sido Marichka, después de todo?

Algo lo llamó a ir a ver de nuevo, por lo que regresó a la pastura tras el recreo del día. Un rocío frío se asentaba sobre sus mocasinas. El cielo enrojecía, y las estrellas bajaban su intensidad. Ivan subió a un pico y repentinamente sintió un escalofrío. ¿En dónde estaba? ¿Qué le había sucedido? ¿Por qué habían desaparecido las montañas? El agua había inundado los valles de los pastizales, sumergiendo los picos, y los pastos flotaban como una isla solitaria en un mar infinito. Un viento soplaba desde la Chornohora. Las aguas profundas susurraban, y el sol, invisible, podía ser escuchado creciendo en sus profundidades. Ahora emergía un pico gris del mar, y se drenaba el agua de él. El viento frío se tornó más intenso en su soplido; las olas del mar crecían, y un pico tras otro, emergían de la blanca espuma. Parecía que estaba volviendo a nacer el mundo. Las aguas se escurrían de los picos y ahora se arremolinaban bajo sus pies. El sol ya había arrojado su corona sobre el cielo, y en cualquier momento mostraría su rostro, mientras la solitaria voz de la trembita era transportada por el aire desde los corrales, despertando a las tierras altas de su sueño.

Ivan pasó el verano en los pastizales de las mesetas hasta que quedó despoblado. El ganado fue arreado de regreso a sus propietarios en los valles; las trembitas sonaron por última vez; el césped quedó todo pisoteado y el viento otoñal suspiraba sobre él como si fuera un cadáver. Sólo el jefe pastor y el cuidador del fuego quedarón atrás. Tuvieron que esperar hasta que el fuego se hubiese consumido por completo. El fuego en los pastizales, que había nacido como un dios, también tenía que ir a dormir por si mismo. Y cuando el pastor jefe y el cuidador del fuego se habían retirado también, un espectro se puso a vagar por los pastos entristecidos e iba a tientas por chozas y corrales para ver si se le había dejado algo.

Ivan corrió en vano desde las tierras altas: no encontró viva a Marichka. El día anterior, cuando vadeaba el Cheremosh, se la había llevado el agua. Había surgido de repente una inundación, y las salvajes olas golpearon a Marichka, soltando sus pies y arrastrándola sobre una cascada, para luego llevarla entre las rocas de debajo. La gente observó cómo las olas la sacudieron y escucharon sus gritos y ruegos, pero no la lograron salvar.

Ivan no pudo creer esas noticias. Tenía que ser un truco jugado por los Huteniuks. Se habrían enterado de su amor por Marichka y la habrían ocultado. Pero cuando escuchó las mismas noticias de cada bando, decidió ir en busca del cuerpo. Debía haber sido lanzado contra las márgenes pobladas de árboles que guarnecían el rio. La gente debió haberla encontrado en algún lugar. Recorrió el rio a lo largo, repleto de rabia ardiente y rugidos incesantes.

Encontró el cuerpo en otra aldea. Había sido arrastrado a una orilla con mucha pendiente, pero no pudo reconocer a Marichka. No era Marichka sino un saco mojado, una masa sangrienta de carne azul que había sido triturada por las rocas del río como si hubiese sido pasada por piedras de molino.

Una gran pena se apoderó de su corazón. Al principio estuvo tentado de saltar de una roca a un remolino: ¡Aquí, devórame también! Pero entonces su ardiente dolor lo llevó a las montañas, lejos del rio. Cubrió sus oídos para no escuchar el rugido traicionero que había absorbido el último aliento de Marichka. Vagó por el bosque, entre rocas y acantilados, como un oso lamiendo sus heridas, y ni siquiera el hambre lo pudo llevar de regreso a la aldea. Vivió de moras y arándanos y bebió agua de los arroyos.

Entonces desapareció. La gente supuso que había muerto de dolor, y las muchachas comenzaron a componer canciones que hablaban del trágico amor entre Ivan y Marichka. Por seis años no hubo noticias de Ivan. Pero apareció inesperadamente durante el séptimo. Estaba chupado y ennegrecido, y se veía mucho mayor de lo que era en realidad, pero estaba calmo. Dijo que había sido pastor en el lado húngaro. Hizo eso por otro año, y luego se casó. Ya era tiempo de levantar una granja.

Hasta que las canciones y disparos de pistola por la boda habían acabado, y hasta que su esposa había llevado su ganado a los corrales, quedó satisfecho Ivan. Su Palahna era de una familia rica. Era una chica altiva y robusta con una voz grave y un cuello grueso. Era verdad que le gustaban las ropas finas y que gastaba mucho dinero en pañuelos de seda y collares de monedas, pero Ivan no se preocupaba mientras estuviera viendo las ovejas balando en los corrales y las vacas pastando en el bosque.

Ahora tenía algo qué atender. No era ambicioso de obtener riquezas – no es el propósito de ningún hutsul en la vida – un simple oficio de pastoreo del ganado era suficiente para llenar de alegría su corazón. Los animales eran para él lo que un hijo es para su madre. Todos sus pensamientos revoloteaban en torno al heno, la comodidad del ganado, y sus preocupaciones más grandes eran que el ganado no se debilitara o que tuviera una maldición sobre si, sólo quería que las ovejas tuviesen borregos y las vacas terneros. El peligro asechaba por todos lados, y tenía que cuidar su ganado de serpientes, bestias y brujas, que hacían de todo para dañar a las vacas y privarlas de su maná. Tenía que saber trucos y tenía que fumigar, lanzar conjuros de protección y recolectar hierbas benéficas. Palahna lo ayudaba. Era una buena ama de casa, y él compartía sus preocupaciones con ella.

¡Qué vecinos nos ha dado el Señor!” se quejaba ella con su esposo. “Jyma vino al corral esta mañana, vio los terneros y aplaudió. ´¡Oh, pero que finos!´Aquí están, pensé dentro de mi. Ni tan pronto se había ido, dos borregos giraron y cayeron muertos. ¡Uf, que bruja!”

“Y yo caminaba de paso por su casa por la noche,” dijo Ivan, “cuando vi algo rodando como un morral. Era brillante como una estrellita. Me detuve a ver, y rodó a través de la pradera y el cerco, y directo a la puerta de Jyma. ¡Dios me ampare! Si lo hubiera pensado a tiempo y me hubiera quitado los pantalones, hubiera capturado con ellos a la bruja, pero era demasiado tarde…”

Su vecino en la colina más cercana al otro lado era Iura. La gente decía que era como un dios. Sabio y poderoso, como un mago que sostiene en sus fuertes manos las fuerzas del cielo y la tierra, de la vida y la muerte, y la salud de ganado y humanidad. Era temido, pero también necesitado, por todos. Ocasionalemente Ivan iba con Iura por ayuda, pero cada vez encontraba la ardiente mirada en los ojos negros del hechicero, que escupía discretamente. “¡Sal en tus ojos!”

Pero Jyma era la peor molestia. Una vieja intrigante, siempre amigable, que de noche se convertía en un perro blanco y vagaba por los cercados de los vecinos. Ivan a menudo tenía que lanzar una horquilla o un hacha para sacarla.

Listado de enlaces


4 comentarios

Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 5

La vaca moteada se adelgazaba y daba cada vez menos leche. Palahna sabía culpa de quién era eso. Miraba por encima de la vaca, susurraba conjuros, corría al establo varias veces por noche, incluso teniendo que levantarse durante la noche. Una vez emitió un grito tal, que Ivan tuvo que saltar al cerco como un loco para perseguir a un enorme sapo que intentaba introducirse reptando entre el establo. Pero el sapo desapareció súbitamente y la voz de Jyma chilló al otro lado de la cerca. ¡Buenas noches a vosotros, mis lindos vecinos! Jee-jee-jee….

¡Si, era una desvergonzada! ¿De qué no era capaz esa bruja? Podía convertirse en una sábana blanca, visible durante el crepúsculo al márgen del bosque, o arrastrarse como una serpiente, o rodar por las colinas como una esfera transparente. Incluso se bebía la luna, para poder ir con el ganado de los demás en plena oscuridad. Más de un hombre juró haberla visto ordeñando un espino: usaba cuatro de sus espinas como ubre y llenaba un cubo con su leche.

¡Cuántos cuidados tuvo Ivan! No tenía tiempo para detenerse y pensar. La granja requería trabajo sin cesar, y la vida del ganado estaba tan estrechamene ligada a la propia, que hacía a un lado todos los demás pensamientos. Pero a veces, cuando levantaba la mirada hasta las verdes praderas, en donde el heno descansaba en pilas, o en el profundo y meditabundo bosque, una voz olvidada hacía tiempo, le llevaría flotando en el aire:

Piensa en mi, cariño,
Dos veces al día,
Y pensaré en tí,
Siete veces por hora.

Entonces dejaba sus faenas y desaparecía. La arrogante Palahna, acostumbrada a trabajar seis días a la semana y descansar sólo los domingos, cuando se le mostraba en sus ropas finas, lo amonestaba por sus caprichos.

Pero Ivan rabiaba. “¡Tranquila! ¡Ocúpate de tus cosas y déjame!”

También se enfadaba consigo mismo. ¿Por qué lo hago? se preguntaba y lugo retornaba a su ganado, con un sentimiento de culpabilidad. Le llevaba pan o un talego de sal. La vaca azul y la blanca llegaban a él con sus mugidos de confianza, extendían sus tibias lenguas rojas y lamían la sal de su mano. Los lustrosos ojos húmedos lo miraban amablemente, y el aroma fresco a leche y estiércol restauraba su paz y balance.

En el tramo de las ovejas era rodeado por un mar de pequeños ovinos redondos. Estos carneros y ovejas conocían a su amo y se sobaban contra sus piernas con balidos de alegría. Él hundía sus dedos en la esponjosa lana o tomaba en brazos una oveja, con un sentimiento paternal, y entonces llegaba flotando hacia él el espíritu de los pastizales y lo llamaba a acompañarlo a las montañas. Su corazón se llenaba de calor y alegría. Esa era la felicidad de Ivan.

¿Amaba él a Palahna? El pensamiento nunca le había pasado por la mente. Era el amo y ella su amada y, a pesar que no tenían hijos, tenían su ganado. ¿Qué más podrían desear? La buena vida había tornado a Palahna en rechoncha y rosada. Ella solía fumar en pipa, como la madre de Ivan; llevaba pañuelos suntuosos de seda, y los collares que brillaban alrededor de su grueso cuello hacían enverdecer de envidia a las demás mujeres. Ivan y Palahna iban juntos al pueblo a asistir a ferias parroquiales. Palahna ensillaba su caballo y deslizaba sus botas rojas en los estribos con tanto orgullo como si todas las montañas le pertenecieran a ella. En las ferias parroquiales la cerveza espumeaba, el whiskey fluía y volaban las noticias de montañas distantes. Ivan abrazaba a las esposas de otros hombres y Palahna era besada por hombres desconocidos. ¡Que maravilloso era! Satisfechos por haber pasado tan bien el tiempo, iban de regreso a casa, a sus preocupaciones cotidianas.

Eran visitados también por granjeros respetados:

¡Alabado sea Jesús! ¿Cómo están tu esposa y ganado? ¿Están sanos y robustos?”

Lo están. ¿Y tu?

Se sentaban en la mesa con mantel de tela bordada, torpes en sus pieles de oveja, y consumían kasha fresca, tan picante que les pelaba las lenguas.

Así pasaba la vida: los días entre semana eran para el trabajo, y los fines de semana para la magia.

Ivan siempre tenía un humor muy extraño para la Nochebuena. Absorto en un sentimiento misterioso y sagrado, realizaba las acciones del día de forma tan reverente como si celebrara una misa. Atizando un fuego vivo de forma que Palahna pudiera preparar la comida, repartía heno sobre la mesa, mugiendo como vaca, balando como oveja, o relinchando como caballo con una fe tan grande en que haría prosperar su ganado. Fumigaba la casa y los corrales con incienso para espantar a las bestias salvajes y brujas y, cuando Palahna, con su rostro ruborizado por tanto ir y venir, anunciaba en una habitación cundida de humo que los doce platos estaban listos, él llevaba a la mesa un poquito de cada plato al ganado antes de sentarse. El ganado debía tener el primer bocado de cada rollo de repollo, de ciruela, frijoles y kasha de cebada que Palahna había preparado para él con tanto esmero.

Pero eso no era todo. También tenía él que evocar durante la santa cena a los poderes hostiles contra los que se había protegido toda su vida. Tomando un tazón de comida en una mano y un hacha en la otra, salía. Vestidas en mantos verdes, las montañas escuchaban con atención mientras el oro de las estrellas sonaba en los cielos y la escarcha hacía brillar su espada plateada, cortando los sonidos en el aire, e Ivan extendía su brazo hacia esta soledad estival e invitaba a todos los nigromantes, hechiceros, astrólogos, lobos y osos a compartir la cena sagrada con él. Llamaba a la tempestad para que aceptara su invitación a los suntuosos platos y bebidas, pero no aceptaba, y nadie más venía, aunque Ivan preguntaba tres veces. Entonces les ordenaba no venir nunca más, y suspiraba aliviado.

Palahna esperaba en casa. Las brasas en la estufa chisporroteaban con calma; los platos descansaban sobre el heno de la mesa, y una paz navideña invadía las oscuras esquinas. El hambre llamaba a Ivan y Palahna a la mesa, pero ellos no se atrevían a sentarse aún. Palahna quedaba viendo a su esposo, y ambos se arrodillaban juntos, rogando a Dios el permitirles acercarse a venir a la mesa a las almas que nadie conoce, las almas de la gente perdida o muerta en sus labores en el bosque, o dejada lisiada en las carreteras o ahogada en las aguas profundas. Nadie recuerda a estas pobres almas, debiendo sufrir amargamente su tiempo en el infierno, esperando a la Nochebuena. Mientras oraban, Ivan tenía la certeza de que Marichka le sobaba detrás del hombro y que las almas de aquéllos que habían sufrido muertes no-naturales se sentaban en las bancas.

¡Sopla en la banca antes de sentarte! le advertía Palahna.

Pero Ivan sabía qué hacer sin que le dijeran. Cuidadosamente soplaba para despejar un sitio en la banca y asi evitar aplastar un alma sentada allí, y tomaba su lugar para la cena.

En la víspera de año nuevo, el propio Dios visitaba el ganado en los corrales. Las estrellas brillaban en lo alto; la helada crujía con fiereza, y el canoso Dios caminaba descalzo sobre la polvosa nieve y abría calmado la puerta al establo. Velando durante la noche, Ivan pensaba que había escuchado una amable voz preguntando al ganado, “¿Habéis estado bien alimentados y bien abrevados? ¿Vuestro amo os cuida bien?”.

Las ovejas balaban alegremente, y las vacas respondían con un mugido feliz: su amo las atendía a conciencia. Las alimentaba y abrevaba e incluso hoy las acababa de acomodar bien. Ahora el Señor iba seguramente a recompensar a Ivan, y con incremento. Y Dios garantizaba el incremento: las ovejas parían pacíficamente los borregos y las vacas a los terneros.

Palahna siempre estaba ocupada con su magia. Encendía fuegos en el establo, con los que hacía brillar al ganado, tan bellamente que semejaba la luz divina, y asi mantenía lejos a los espíritus malignos. Ella hacía todo lo que se le ocurría para calmar tanto al ganado como una raíz y hacerlo tan lleno de leche como un riachuelo tiene agua. Decía con ternura a sus animales, “Vosotras alimentaréis al amo y a mi, y yo os cuidaré de forma que dormiréis con facilidad y raramente mugiréis, para que la bruja ladrona de leche no os reconozca donde sea que pastéis o durmáis, y no os pueda embrujar. ”

Asi era como transcurrían las vidas de ganado y personas, que se unían entre si tanto como los dos arroyos de montaña que fluyen incorporándose en un solo rio.

Era la víspera de una gran festividad. Al día siguiente el cálido Yurii tomaba las llaves del dios del frío Dmytro, para entonces gobernar el mundo. Las aguas llenas, en las cuales navegaba la tierra, la elevaban hacia el sol. San Yurii decoraba los bosques y prados; las ovejas quedaban cubiertas de lana como la tierra de grama en verano, y las praderas de hano se tornaban verdes. La luz del sol y alegría primaveral venían al siguiente día, y ya las fogatas se emplazaban arriba en las colinas montañosas y el azul humo envolvía los abetos en un velo transparente. Cuando se había puesto el sol, las hogueras ya habían muerto y el humo se había replegado, el ganado ya estaba mugiendo felizmente mientras era arreado sobre las brillantes brasas para mantenerlos tan vivos como el propio fuego durante todo el verano y para que se multiplicaran como las cenizas se multiplican a partir del fuego.

La gente se acostaba tarde para la víspera de San Yurii, aunque debían levantarse de madrugada. Palahna se levantó tan pronto como despuntó el alba. “¿No es demasiado temprano?”, se preguntó en voz alta, pero inmediatamente recordó que debía dirigirse a la pradera. Arrojó la tibia cubrecama de lana y se levantó. Ivan aún dormía. La estufa bostezaba en la esquina con sus fauces mientras un grillo cantaba tristemente detrás. Palahna desabotonó su camisa, se la sacó, estuvo desnuda en el medio de la habitación por un momento, y luego se dirigió a la puerta, volteando a ver con temor a Ivan. La puerta rechinó y la helada brisa de la mañana envolvió su cuerpo. Los bosques de abeto, las praderas que se habían tornado grises por la noche y que ahora se veían como estrictos monjes, y los picos que se fundían lejos en la niebla estaban todos durmiendo. Una fría y pesada niebla se elevaba desde el valle y extendía sus blancas y peludas garras hacia los negros abetos, y el Cheremosh contaba sus sueños bajo el pálido cielo.

Palahna pisó el húmedo césped, temblando ligeramente por la helada matutina. Estaba segura que nadie la vería. ¿Y si alguien lo hacía? Lógicamente, sería una lastima que se echara a perder su magia. No tenía otro pensamiento en mente. Había enterrado sal, pan y un collar en un hormiguero durante la fiesta de la Anunciación y ahora debía desenterrarlos. Lentamente se acostumbraba al frío. Su cuerpo tirante, que no había conocido la maternidad y estaba tan fresco y rosado como una nube cubierta de oro y llena con lluvia primaveral, navegaba con libertad a través del joven pasto en la pradera. Se detuvo finalmente debajo de una haya. Antes de escarvar el hormiguero, alzó sus brazos y estiró felizmente todo su cuerpo, hasta que crujieron los huesos. Repentinamente, sintió que perdía las fuerzas. Se sintió enferma. Impotente, cayeron sus brazos, y quedó viendo hacia adelante, de una sola vez hundiéndose en un negro abismo acuoso que no la dejaría irse.

Iura, el hechicero, la miraba desde el otro lado de la cerca. Ella quiso gritarle, pero no pudo. Quiso cubrir sus pechos pero no tuvo las fuerzas para levantar las manos. Intentó huir, solamente encontrando que había echado raíces en el punto. Quedó allí, impotente, casi desvanecida, mirando fijamente dos brasas negras que succionaban toda su fuerza.

Finalmente la invadió la ira. ¡Toda su magia había sido desperdiciada! Palahna realizó un esfuerzo sobrehumano y le gritó a Iura. “¿Por qué me ve con los ojos desorbitados? ¿Nunca ha visto a una mujer?”

Sin perder la mirada con la que se había atado a ella, Iura mostró sus dientes brillantes. “Le juro, Palahna, ¡No he visto a ninguna como Usted!”. Y pasó una pierna al otro lado de la cerca.

Ella pudo ver claramente las dos brasas que habían tornado en cenizas toda su voluntad, flotando hacia ella, y continuó allí, detenida, incapaz de moverse, en una expectación dulce y terrible. Él ya estaba muy cerca ahora.

Ella podía ver los puntos de bordado en su chaleco, los relucientes dientes entre sus labios, y la mano a medio alzar. El calor de su cuerpo fluía hacia el de ella, y ella aún no se podía mover. Hasta que los férreos dedos apretaron su mano y la halaron hacia él, fue que ella pudo lanzar un grito y correr a casa.

El hechicero se quedó quieto mientras sus fosas nasales se abrían y cerraban y miraba saltando el blanco cuerpo de Palahna por las olas semejantes al césped en el Cheremosh. Entonces, al haber ya desaparecido Palahna, trepó de regreso la cerca y continuó su trabajo de regar las cenizas del fuego del día anterior en el prado, para que las vacas y ovejas aquí fueran más fructíferas, y cada vientre diera dos crías.

Palahna llegó enojada a casa. Era bueno que Ivan no hubiese visto nada. Que fino vecino era el tal Iura, ¡Que el diablo se lo lleve! ¿No podría haber escogido él un mejor momento para acercársele? Y acerca de la magia, pues, estaba perdida. Se puso a preguntarse si debía contarle a Ivan sobre Iura o dejar todo así. Podría desatarse una pugna o riña o incluso, si te metes con un hechicero, pues … ¡Debía haberle dado una bofetada justo en la cara! ¡Eso le hubiese enseñado! Pero Palahna sabía que no hubiera podido levantarle la mano. El sólo pensar en ello la hacía desmayarse. Recordó la mirada ardiente en sus ojos, sus fulgurientes dientes en su boca ávidamente abierta y el sentimiento de que él tejía un atelaraña que la envolvía. No importaba qué intentara hacer ella ese día, todo el tiempo continuó sintiendo la mirada del hechicero sobre su cuerpo.

Ya habían transcurrido dos semanas desde aquel suceso, y Palahna aún no le contaba nada a Ivan sobre su encuentro con Iura. Sólo observaba más de cerca a su esposo. Algo había pesado en él. Se miraba que una preocupación lo carcomía y debilitaba su cuerpo. Algo antiguo y agotador brillaba en sus ojos agotados. Se notaba que había perdido peso y se había vuelto indiferente. No, Iura estaba mejor. Si ella querría un amante, escogería a Iura. Pero Palahna era orgullosa y no podía ser tomada por la fuerza. Además, estaba enfadada con el hechicero.

Se lo topó un día por el rio. Por un momento, Palahna sintió que estaba desnuda otra vez, y que una fina tela de araña había envuelto su cuerpo. “¿Cómo dormiste, mi dulce Palahna?” Escuchó estas palabras como en un sueño.

Se le quedó la respuesta en la punta de la lengua. “Muy bien, ¿y tu?”. Pero se apretó los labios, alzó alto su cabeza, y pasó como si no lo hubiera visto.

¿Cómo estás? lo escuchó preguntar nuevamente. Pero no se volteó.

¡Ahora debes tener cuidado con lo que viene! pensó temerosa. Y de hecho, al no más llegar a a casa, Ivan la recibió con la mala noticia de que había muerto una oveja. Pero aún más extraño fue que ella no sintió la menor pena por la pérdida de la oveja. Incluso se enojó porque Ivan estaba llorando de esa manera.

Iura no se cruzó de nuevo en su camino, y los pensamientos de Palahna se tornaban cada vez más hacia él. Escuchaba ávidamente las historias sobre sus poderes y estaba sorprendida de que el apasionado Iura, quien no había visto a un mujer más fina que a Palahna, fuera capaz de tanto. Era poderoso y sabía de todo. Una simple palabra pronunciada por su boca podía matar una vaca o consumir a un hombre. El hechicero esgrimía poderes sobre vida y muerte: podía disipar nubes y detener el granizo. El fuego en sus negros ojos podía reducir al enemigo a cenizas, y era amable y amoroso en el corazón de una dama. Iura era un dios terrenal. Sus manos, que había extendido en deseo a Palahna, dominaban las fuerzas del mundo.

A veces el corazón de Palahna se mostraba indiferente al ganado y a su esposo, y palidecía hasta la insignificancia, como cuando la niebla se disipa al asentarse en las agujas de los abetos. Abatida, iba al prado, se sentaba bajo la haya, y sentía el cálido aliento de Iura sobre su pecho y sus dedos de hierro alrededor de sus brazos. Si en ese momento se hubiera aparecido, lo hubiera podido hacer su amante. Pero él no apareció.

Listado de enlaces


3 comentarios

Sombras de los ancestros olvidados, en español – Parte 3

¿Pastos de las mesetas, praderas altas y salvajes, por qué sois tan orgullosos? ¿Es por las ovejas que acabáis de ver? “¡Heh-ya, hah-ya! gritó un pastor mientras arreaba sus ovejas. Doblando sus rodillas y temblando sobre sus delgadas patas, las ovejas sacudieron su lana. “¡Heh-ya, hah-ya! Sus desnudos hocicos, ampliamente abiertos en expresipnes de aburrimiento, revelando sus labios salivantes, para quejarse con Dios, quién sabe por qué. Be-eh, me-eh…. Dos pastores lideraban el rebaño. Sus pantalones rojos cortaban uniformemente el aire, y las flores en sus sombreros se agitaban con sus movimientos, ¡Byr-byr! Los perros ovejeros oteaban el aire, con un ojo posado en sus ovejas para asegurarse que todo estuviera en orden. Lana frotando con lana, blanca contra negra; las lanudas espinas tamblaban como pequeñas olas en un lago, y el rebaño completo se estremecía. ¡Ptrua! ¡Ptrua! El llanto gutural llamando a las ovejas de regreso en las márgenes del rebaño para mantener el flujo entre las orillas del río ovino. Las rizadas colas de las ovejas se estremecían; sus cabezas dobladas, y sus planos dientes blancos arrancaban abrojos y dulces crocuses del suelo. ¡Byr-byr! Las altas pasturas extendían su alfombra al pie del rebaño, y las ovejas la cubrían con un manto móvil de varios colores. Crunch-crunch… be-eh, meeh… crunch-crunch…. Las sombras de las nubes vagaban sobre las colinas cercanas. Las montañas parecían moverse como las olas del mar, y únicamente las lejanas parecían estar inmóviles. La luz del sol inundaba la lana de las ovejas, rompiéndose en arcoiris y regando en el pasto un verde fuego, y las largas sombras de los pastores se arrastraban detrás de las de los animales. ¡Ptrua! Ptrua! Crunch-crunch, crunch-crunch…. Los pastores pisando silenciosamente con sus mocasinas; la lanuda ola se enrollaba suavemente sobre el pasto, y el viento comenzaba a tocar una distante tonada en cercos lejanos. Dzzz, zumbaba en las espinas, en monotonía, como una mosca. Dzzz, respondía otra valla, introduciendo una nota baja, de lamento. Más y más nubes aparecían, y ahora cubrían la mitad del cielo. La distante Béskide se empañó y luego se ennegreció, brillando en las sombras, como una viuda, mientras que los pastos seguían verdes y brillantes. ¿Por qué no te casas, alta Béskide? preguntó el viento en el cercado. “Porque el pasto no me quiere.”, suspiró la Béskide en respuesta. El cielo azul estaba cubierto de gris. EL mar de montañas se oscureció. Los pastos se ensombrecieron, y el rebaño de ovejas los cubrió lentamente, como un gris líquen. Un helado viento desplegó sus alas, golpeando a los pastores bajo sus justillos. Era difícil respirar, de forma que quisieron dar la espalda al viento. Déjenlo golpear. Las cercas silbaron una aguda tonada, como moscas zumbando en una trampa; aulló un inaudible dolor, y gimió una pena solitaria. Dzzz… dzzz…. Incesante, persistente. Succionando la sangre y perforando el corazón, como un cuchillo. No quiero escuhar, pero debo hacerlo. ¿Me gustaría escapar, pero a donde? ¡Heh-ya, hah-ya! ¿Y a donde te vas? ¡Que el demonio te cargue! ¡Murko! Pero Murko ya estaba persiguiendo la oveja. Precipitándose sobre ella como si el viento hubiese soplado las plumas de su espalda, la agarró con los dientes y la lanzó de regreso al rebaño. Dzzz… dzzz…. Como un monótono e insoportable dolor de muelas. Aprieta los dientes y tranquilízate. Sigue. ¡Zumba y desaparece! ¿Qué es ese llanto? Debe ser el Uno. ¡Que se convierta en piedra! Podría caer al suelo, tapar mis oídos con las manos, y llorar. Ya no puedo soportarlo… ¡Dzzz… dzi-u-u!

Ivan sacó su floiara y la sopló con todas sus fuerzas, pero el loco era más fuerte de lo que él era. Volando desde la Chornohora como un caballo desbocado, golpeó el pasto con sus cascos y dispersó el sonido de la floiara con su crin. Como una bruja guiñándole un ojo con cataratas, la Chornohora lo amedrentó con un campo nevado bajo trenzas negras, sopladas por el viento. Dzzz… dzi-u-u!

Las ovejas rodaron entre un relieve del valle en donde el viento era más calmado. Apareció una laguna azul en el medio del cielo gris. Los pastos de las mesetas emitieron un aroma más fuerte. EL lago en el cielo rebalsó sus orillas y derramó sus aguas. Los picos se tornaron de nuevo visibles, y los valles se llenaron con el oro del sol.

Ivan miró hacia abajo. En algún lugar de las tierras bajas, los blancos pies de Marichka pisaban el verde pasto. Sus ojos probablemente contemplaban las tierras altas. ¿Estaría cantando sus melodías? ¿O ya las había sembrado sobre las montañas, en donde habían emergido como flores, y ella misma ya había caído en silencio? Recordó el joven la moza voz de la muchacha, y cortó una flor para adornar su sombrero.

Cuando los pastores lleven a alimentar sus blancas ovejitas, entrelazarán mis canciones alrededor de sus sombreros.

¡Ptrua! Ptrua! Golpeaba el sol, y el aire se volvía opresor. Las ovejas anadeaban, bufando y flexionando sus labios de forma de obtener tantos dulces retoños como les fuera posible, y dejando las gotas frescas. Crunch-crunch. Lana frotando con lana, blanco contra negro, y sus espinas se movían como olas en un lago. Be-eh, me-eh.

Los perros ovejeros yacían cansados sobre el césped sobre sus flancos. Las moscas se posaban sobre las rojas lenguas entre sus quijadas. ¡Byr-byr! Ivan los llamó con enfado, y los perros estuvieron de inmediato con las ovejas.

Las vacas pastaban al límite de los apacentaderos, cerca de un denso bosque. El pastor de los bovinos se reclinaba pensativo sobre su trembita. El tiempo se movía con lentitud. El aire de la montaña vigorizaba los pulmones y traía el hambre. ¡Cuán solitario era aquí! Eras como un delgado tallo en el campo. La verde isla bajo los pies era traslapada por las aguas de las montañas distantes. Más alto, sobre los salvajes y desérticos picos, se reunían los espíritus malignos, las fuerzas hostiles que no puedes vencer, y de las que sólo te queda resguardarte.

¡Heh-ya, hay-ya! Pisaban suavemente los mocasines sobre el verde campo. El silencio era tan abrumador, que uno podía escuchar la sangre fluyendo por las venas. El sueño pesaba ya. Colocando su suave garra sobre los ojos y rostro de uno, le susurraba a uno al oído: ¡duerme!Las ovejas se disolvieron frente a los ojos de Ivan. Se convirtieron en corderos, y no quedó nada más. El pasto flotaba como agua verde. Marichka ya venía. ¡Oh, no me engañarás, querido, no! Ivan sabía que era Alisna y no Marichka quien lo arruyaba. Ya de 22. ¡Algo lo atraía hacia ella! Él no quería ir, pero ya partía, como la verde corriente de grama.

El grito mortal de una vaca lo extrajo de su aturdimiento. ¿Qué? ¿Dónde? El pastor de las reses seguía apoyado sobre su trembita. Un toro rojo metió profundo sus cascos entre la tierra, dobló su grueso pesquezo y levantó la cola. Ahora el toro corría a toda velocidad hacia el sonido, saltando alto y arrancando el pasto con sus cascos. El pastor se sacudió y corrió tras el toro, dentro del bosque. Sonó un disparo. La explosión sonó por las montañas, haciendo eco una y otra vez. Luego todo volvió a quedar en silencio.

Tio debió haber matado una vaca, pensó Ivan viendo con más atención su propio rebaño.

¡Ptrua, ptrua! Parecía que el sol se estaba quedando dormido. El viento había ya muerto, trasladándose a soplar más alto en el cielo, en donde ya reunía a las nubes en un mar tan tormentoso como el mar de montañas que rodeaban los pastizales. El día había muerto en estos espacios infinitos, y era imposible decir se el tiempo en verdad estaba transcurriendo.

Finalmente, el largamente esperado sonido de la trembita llegó a los oidos de Ivan. Le trajo con él la fragancia de la kasha y humo de la choza de los pastores y emitía el susurro de espera de los corrales por las ovejas.

¡Heh-ya, hah-ya! Los perros se pusieron en acción, y las ovejas, balando, se dirigieron en un torrente, sacudiendo sus ubres pesadas por tanta leche, hacia los corrales.

Ya una fina llovizna regaba las sierras desde hacía tres días. Las montañas estaban envueltas en una humosa niebla. Con su lana pesada por tanta agua, las ovejas apenas podían caminar. Las ropas de los pastores ya estaban frías y tiesas. Su único descanso era a la hora del ordeño, bajo el techo del establo.

Ivan se encontraba sentado con su espalda contra una tabla, amasando una ubre entre sus piernas. Junto a él estaba sentado un pastor de cabras moreno, de cabello rizado, a quien cada frase era seguida por una maldición. Las ovejas impacientes, con sus ubres repletas de leche, presionaban a las demás para pasar al cobertizo y ser ordeñadas. ¡Esperad, pobres bichos! No trabajo de esa manera. ¡Una a la vez!

¡Ryst! los arrieros gritaban enojados en algarabía, chasqueando con un látigo mojado. ¡Ryst! ¡Ryst! gritaban los pastores para avalentonar, sacando sus rodillas del agujero por el cual las ovejas saltaban dentro del cobertizo de ordeño. Podríais todos …. El pastor de cabras no terminó su blasfemia. ¿Quién osaría decir algo en un momento como éste?

Ivan agarró a una oveja por el lomo con un movimiento experto y la haló hacia si sobre el ancho sitio para el ordeño. La oveja quedó sumisa en el lugar con las patas exageradamente abiertas, escuchando el chorro de leche cayendo en el cubo. ¡Ryst! fustigó el arriero desde atrás. ¡Ryst! ¡Ryst! los pastores gritaban. Tras ser ordeñadas, las ovejas caían en el redil como drogadas, colocaban sus cabezas sobre las patas delanteras, y hacían muecas con sus arrugados labios. ¡Ryst! ¡Ryst! Las manos de Ivan continuamente presionaban las tetas, y la leche salía disparada hacia el cubo. ¡Ryst! ¡Ryst! Las ovejas entraban como enloquecidas y abrían sus patas sobre los cubos, y diez manos de pastores exprimían sus tibias tetas. El rebaño, mojado en ambos lados del cobertizo lloraban lastimeras. Las ovejas, exhaustas, caían en el corral, y chorros gruesos y tibios caían a borbollones entre los cubos. ¡Ryst! ¡Ryst!

El pastor de cabras le sonrió a sus animales. A diferencia de las ovejas, tenían corazones amables. En vez de colapsar como las débiles ovinas, se mantenían firmes sobre sus delgadas patas. Levantando sus cuernos, se quedaban viendo la niebla, como si observaran algo, y sus delgadas barbas se sacudían vigorosamente.

Los corrales para ovejas estaban ya callados y vacíos. Probablemente alguna risa hacía eco en los profundos valles donde las montañas comienzan a crecer, pero aquí, en las tierras altas, en donde el cielo rodea los espacios desolados, sólo reina un antiguo silencio.

Un silencio que se interrumpía solamente por el chisporroteo del fuego inmortal en la cabaña. La leche fresca descansaba pesadamente en un tazón de madera sobre el que el jefe de los pastores se reclinaba. Ya había asentado la leche. Un vientecillo soplaba sobre él bajo el techo en el que enormes bolas de queso cuajado se secaban, pero no podían disipar el aroma del carbón de leña o de la lana. El propio pastor se encontraba totalmente impregnado de tales aromas. Nuevos cubos y barriles quedaban silenciosos en la esquina, pero un simple golpe podría haber evocado la voz que habitaba entre ellos. El frio suero ya mostraba su rostro desde un cubo de madera. El jefe de pastores se sentaba enmedio de sus utensilios como un padre entre sus hijos. Todo aqui – las bancas y paredes negras, el fuego y humo, el queso en cuajo, las barricas y el suero – era familiar y muy querido. Su mano tibia descansaba sobre todo.

Ya la leche cuajaba, pero aún no estaba lista. El pastor sacó de su cinturón una tablilla con listas y comenzó a leer. Esta especie de libro registraba quién tenía cuántas ovejas. Sus cejas hacían muecas de preocupación cuando, asombrado leyó, Mosiichuk tiene catorce ovejas, y debe obtener….

Afuera de la cabaña cantaba el cuidador del fuego:

¿Una oveja de cuernos retorcidos pide al macho cabrío, me harías algo de heno, mi dulce carnerito?

¡Ya andas de nuevo en esas! el jefe de los pastores gritó muy enojado y retomó el conteo en sus tablillas.

No sabes lo que el invierno trae,
Mi oveja de retorcidos cuernos,
O si viva o muerta saldrás
De las altas mesetas.

El cuidador del fuego finalizó su canción en el vestíbulo, y entró a a choza. Negro por el hollín, se inclinó sobre el fuego y sólo dejó vislumbrar sus blancos dientes. El fuego, calmadamente, chisporroteó.

La leche dentro del tazón de madera se tornaba amarilla y espesa. El jefe de los pastores se encorvaba sobre él en una severa concentración. Lentamente desabotonando sus mangas, hundió sus velludos brazos, hasta los codos, dentro de la leche. Y luego se congeló, sin movimiento, sobre ella.

Era el momento en el que todos debían quedar en silencio dentro de la cabaña. La puerta había sido cerrada y atrancada, y ni el cuidador del fuego osaba mirar la leche mientras que el jefe de los pastores profería su conjuro. Todo estaba congelado en expectación. Los barrilitos de madera mitigaban las voces; los cuajos en el estante callaban; las negras paredes y bancas habían caído en un pesado sueño; el fuego apenas respiraba, e incluso el humo escapaba furtivo por la ventana. Solamente un efímero movimiento apenas vislumbrable en las venas del jefe pastor indicaba que algo sucedía al fondo del tazón. Sus manos, lentamente, se animaron, primero alzando y luego soltando la leche, una y otra vez, y amasando y golpeando algo allá abajo. Repentinamente, desde el fondo del tazón, de debajo de la leche, surgió un cuerpo redondo, crudo, nacido por un milagro. Se tornó blanco y tierno, con sus llanos lados bañados en el pálido fluido, y cuando el jefe pastor lo sostuvo para sacarlo, el verde nacimiento se drenó sonoramente dentro del recipiente.

El jefe de los pastores suspiró aliviado, ligeramente. Ya podía ver el cuidador del fuego. La cabeza del queso era una buena. Traería alegría a los pastores y nutrición a la gente. La puerta se abrió de par en par; el viento sopló desde debajo del techo; el fuego lamió con alegría el negro pote en donde el suero bailaba una kolomyika, y los blancos dientes del cuidador del fuego destellaban dentro del humo y flamas.

Al atardecer, el pastor jefe emergió de la choza portando una trembita, y anunció victoriosamente a todas las desoladas montañas que el día había terminado en paz, que el queso había salido bien, que la kasha estaba lista, y que los corrales esperaban nueva leche.


Durante su verano en las tierras altas había tenido Ivan muchas aventuras. Una vez pudo ver una insólita escena. Se preparaba para llevar a las ovejas al corral, cuando vislumbró inadvertidamente un pico vecino. Se había asentado una niebla en el bosque, haciéndolo ver tan liviano y gris como un fantasma. La pradera junto a él aún era verde, y un abeto solitario se alzaba en negro contra ella. Repentinamente, el árbol comenzó a humear, lo que fue aumentando hasta que salió de él un hombre. Éste estaba parado en el prado, alto y blanco, llamando al bosque. Inmediatamente emergieron ciervos del bosque, uno tras otro, cada uno con cuernos más grandes y relucientes que el anterior. Corrían, temblaban sobre sus delgadas piernas, y comenzaban a pacer sobre el césped. Y si en algún momento se dispersaban, un oso los ponía en orden, arreándolos como un pastor ovejero arrea ovejas. El hombre alto y blanco se dirigió a su rebaño y saludó a su ganado. Entonces sopló un viento, y el rebaño desapareció, como si alguien hubiese echado vaho en un vidrio, que luego se aclaró. Iván invitó a los otros pastores a que vieran, pero no le creerían. “¿Dónde? ¡Pero si sólo es niebla!”

En dos semanas, “Tio” sacrificó cinco vacas. Más adelante mató otras dos, pero fue la última vez: tratando de irrumpir en un corral una noche, se empaló a si mismo en una estaca. Ahora su pellejo se secaba en los postes, y los perros le aullaban.

La niebla siempre dejaba atrapadas a las ovejas en los pastizales. El cielo, montañas, bosques y pastores desaparecían en la densa y lechosa niebla. “¡He-ey!” Llamaba Ivan. “¡He-ey!” sonaba una sorda respuesta, como si proviniera de debajo del agua, e Ivan no podía ubicar a su emisor. Los ovinos permanecían debajo de los pies como una confusión gris y, entonces, también desaparecían. Ivan andaba sin ayuda, con sus brazos extendidos como si tuviera miedo de tropezar con algo, y gritaba “¡He-ey!”. Y “¿En dónde estáis?” sería la respuesta recibida, detrás de él, forzándolo a detenerse. Quedaba parado, desorientado, perdido en la espesa cubierta de neblina, y cuando se ponía en los labios la trembita para llamar, el otro extremo del instrumento se perdía en la niebla, y su ahogada voz caía de inmediato a sus pies. Por ello es que los pastores perdían varias ovejas.

Algunas veces las mesetas eran barridas por fuertes chubascos. San Elías estaba combatiendo contra las fuerzas del mal, que tenía completas el demonio. Su espada brillaba, y su rifle bramaba con tal fuerza – ¡Santificado sea Tu Nombre! – que el cielo se partía a la mitad y caía sobre las montañas, y algo negro avanzaba serpenteando y se escurría debajo de una roca cada vez que el trueno sonaba. El diablo estaba burlándose de Dios y mostrándole su rabadilla, lo que hacía sufrir a los pobres pastores: eran invadidos por el miedo y empapados hasta el tuétano.

Listado de enlaces


3 comentarios

Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 2

A Marichka le gustaba escuchar a Ivan tocando su flauta. Perdido en sus pensamientos, el joven fijaba su mirada en algún sitio detrás de las montañas, como viendo algo que los demás no pueden ver, colocaba su flauta tallada en sus labios llenos, y una extraña tonada que nadie antes había escuchado regaba las praderas sombreadas por los abetos. La helada pellizcaba a Ivan y a Marichka, y los primeros sonidos de silbido enviaban calosfríos a sus espinas dorsales. Las montañas vestidas de invierno parecían estar muertas. Pero entonces el sol salía de detrás de las montañas y ponía su cabeza en el suelo. El invierno se había sobrepuesto; las aguas despertaban, y la tierra ya sonaba con la canción de los arroyos. La luz del sol ya se dispersaba como el polen de las flores; las ninfas de bosque se deslizaban por los prados, y el primer césped verde ya emergía bajo sus pies. Los abetos respiraban verdor; el pasto emitía una verde sonrisa, y el mundo completo consistía de solamente dos colores: todo verde en la tierra y todo azul en el cielo. Y rio abajo, por el Cheremosh, corría la ruidosa, incansable sangre verde de las montañas.

Turu-rai-ra… sonaba el eco de la trembita. Turu-rai-ra…. Los corazones de los pastores se aceleraban, y las ovejas balaban mientras sorbían aire del pasto fresco. La juncia crujía en los frios pastizales del altiplano y, desde su guarida en un matorral, salía el oso sobre sus patas traseras, desperezándose y ya buscando comida, con los ojos entreabiertos. Cayeron las lluvias primaverales; los picos montañosos rugieron en truenos, y un espíritu maligno helado sopló desde las Chornohora. Entonces súbitamente, el sol, el lado derecho del rostro de Dios, apareció y destelló en las guadañas que segaban ya el heno. De pico en pico, de arroyo en arroyo, revoloteaba una kolomyika, tan liviana que podía ser escuchado el movimiento de sus alas.

Una blanca oveja bajó corriendo
de los rebaños en las alturas.
Te amo, mi encanto,
Y tus bellas palabras…

Sonaban suavemente las ramas de los abetos; los bosques susurraban sus frios sueños de noches de verano; los cencerros tañían en lamento, y las montañas enviaban sus penas incesantemente a los riachuelos. Un árbol derribado cayó en el valle con un crujido y un grito; las montañas suspiraron en respuesta y, de nuevo, lamentó la trembita. Esta vez por muerte, Una vida de incesante trabajo había finalizado. Un cuco cantó sobre la cresta de una montaña: ahora ya alguien entraba al descanso eterno…

Marichka respondía a la flauta como una tórtola a su macho con sus cantos. Y sabía un gran número de ellas. No podía decir de dónde venían. Aparentaba ser que la habían mecido en la cuna o habían salpicado agua con ella. Habían nacido en su pecho, como las flores silvestres nacen en un prado o los abetos crecen en las pendientes montañosas. No importa sobre dónde descansaba su mirada, no importa lo que sucediera – una oveja extraviada, un chico enamorado, una muchacha infiel, una vaca enferma – todo vertido en una canción, tan ligera y simple como las montañas en su prístina vida.

Marichka podía componer también sus propias canciones. Sentada en el suelo junto a Ivan, se abrazaba las rodillas y se mecía tranquilamanete al son de la canción. Sus redondas y bronceadas curvas eran visibles desde el dobladillo de su blusa hasta sus medias rojas, y sus labios llenos se curvaron dulcemente cuando comenzó:

Un pequeño y gris cuco canta ahora para mi,
suena para la aldea una brillante y nueva canción.

La canción de Marichka relataba un bien conocido pero, en todo caso, fresco evento: Paraska había encantado a Andrii, quien moría por su hechizo, y estaba advirtiendo a otros hombres no enamorarse de mujeres casadas. O su canción hablaba de la madre apenada cuyo hijo había sido aplastado a muerte por un árbol en el bosque. Las canciones eran tan tristes, simples y fervorosas, que hacían brincar el corazón. Marichka solía finalizar sus canciones con una copla:

El cuco trinaba para mi cerca del arroyo
¿Quién compuso esta cancioncilla? La Maricha de Ivanko.

Ella había sido de Ivan desde los trece años de edad. ¿Qué tiene eso de raro? Pastoreando las ovejas, ella siempre había visto al macho cabrío saltando a una cabra o a un carnero apareándose con una oveja. Todo es tan simple y natural, por lo que nada ha cambiado desde tiempos inmemoriales, y no nublaría su corazón ningún pensamiento impuro. Si, las cabras y ovejas llegan a ponerse grandes desde muy jóvenes, pero la gente debe ser ayudada por una hechicera. Marichka no tenía miedo. Alrededor de su cintura, junto a su piel, llevaba una cabeza de ajo sobre la cual una hechicera había susurrado, y ahora nada la dañaría. Sólo con pensar en ésto, Marichka sonreía arteramente y abrazaba a Ivan por el cuello.

¡Mi amado Ivanko! ¿Estaremos siempre juntos?

Dios asi lo permita, mi amor.

¡Oh no! Nuestros padres albergan en sus corazones un gran odio los unos por los otros. Nunca nos podremos casar.”

Los ojos de Ivan se nublaban con esa reflexión, y hundía su hacha en el suelo “No necesito su aprobación. Ellos que hagan lo que quieran, pero tú serás mía.”

¡Oh! ¿Qué estás diciendo?”

Exactamente lo que dije, mi amor.” Y, como provocando la ira de sus padres, balanceaba a la chica con tanta violencia, cuando bailaban, que sus mocasinas podían salir volando.

Pero los eventos no tomaron el rumbo que Ivan esperaba. Su granja se caía a pedazos. No había trabajo para todos, e Ivan tuvo que emplearse fuera. La preocupación lo estaba demacrando.

Debo ir a las tierras altas, Marichka, le anunció con tristeza.

Bien, ve, Ivanko, respondió ella con resignación. “Tal es nuestro destino.”

Marichka tejió una corona de canciones dedicadas a esta partida. Lamentaba mucho que sus reuniones en el tranquilo bosque cesaran por mucho tiempo. Abrazando a Ivan por el cuello y presionando la rubia cabeza junto a su rostro, le cantó ésto al oído:

Piensa en mi, cariño,
Dos veces al día,
Y pensaré en tí,
Siete veces por hora.

¿Pensarás en mi?

Lo haré, Marichka.

Todo estará bien, ella lo tranquilizó. Serás pastor, mi pobre amado, y yo segaré heno. Treparé a un montículo de heno y miraré hacia las altas sierras, y tu tocarás la trembita para mi. Tal vez la escucharé. Cuando la niebla se asiente en las montañas, me sentaré a llorar, al no poder ver en dónde mi amado está. Pero cuando las estrellas salgan en una noche despejada, buscaré cuál de ellas esté brillando sobre los altos pastos. Esa será la que mi Ivanko ve. Sólo así dejaré de cantar.

¿Por qué? No detengas tu canto, Marichka, no entristezcas. Pronto regresaré.

Pero ella sólo sacudió su cabeza tristemente, en respuesta, y cantó:

Mis dulces cancioncillas,
¿Qué haré con vosotras?
Probablemente os desparramaré
Por montañas y valles.

Luego suspiró, y añadió, aún más triste:

Oh, volaréis sobre las montañas
Mis dulces cancioncillas
Y mi rostro lavaré,
Con las lágrimas mías.

Si amable es el destino,
Os reuniré,
Pero si malvado es mi sino,
Os abandonaré.

Ivan escuchaba la liviana y femenina voz, y pensaba que Marichka había sembrado desde hacía tiempo las montañas con sus canciones, pues los bosques y praderas, los picos y pasturas, los arroyos y el sol, todos las cantaban. Pero llegaría el día en el que retornaría a ella, y ella entonces juntaría todas sus canciones para su boda.

Ivan se preparó para ir a pastorear en las tierras altas durante una cálida mañana de primavera. El bosque aún albergaba una pequeña helada; las aguas montañosas rugían en los rápidos, y la vereda hacia las tierras altas ascendía jovialmente pasando los cercos de zarza. A pesar de que encontró difícil dejar a Marichka, la luz del sol y los susurrantes espacios verdes que se extendían hasta el horizonte, le infundieron valor. Él saltó ligero de roca en roca, como un riachuelo de montaña, saludando a quienes pasaban de largo, sólo por el placer de escuchar su propia voz.

¡Alabado sea Jesús!

¡Alabado sea eternamente!

Las casas rurales de los Hutsul pintadas de rojo cereza, con el humo de abeto y montículos puntiagudos de heno aparecían aquí y allá sobre las distantes colinas, y en el valle debajo, el espumoso Cheremosh sacudía enojado sus grises bucles y brillaba con una maligna luz verde. Vadeando arroyo tras arroyo y pasando los lóbregos bosques, en donde ocasionalmente una vaca sonaba su campana o una ardilla sobre algún abeto botaba los restos de un fruto, ascendía Iván cada vez más alto. El sol comenzaba a quemar, y la pedregosa vereda mortificaba sus pies. Ahora las cabañas eran ya menos frecuentes. El Cheremosh se extendía en el valle debajo como una tela plateada, y aquí y ano era audible su rugir. Los bosques dieron paso a las praderas de montaña, llenas y suaves. Ivan las vadeó como si fuesen lagos de flores, a veces deteniéndose para decorar su sombrero con un puñado de musgo o una guirnalda de pálidas manzanillas. Las pendientes se tornaron en profundos abismos negros, en donde los fríos riachelos ondeaban y el único morador era el oso pardo, el remido enemigo del ganado, conocido como “Tio”. Menos frecuentemente aparecía agua. ¡Pero cómo se lanzó Ivan en ella cuando encontró un arroyo, un frío cristal que bañaba las amarillas raíces de abetos y había traído hasta aqui los ecos del bosque! Junto a estos riachuelos, un alma amable siempre dejaba una taza de leche hervida.

El sendero continuaba subiendo entre espesuras en donde abetos caídos, con o sin agujas, obstaculizaban el paso en pilas, como esqueletos. Estas tumbas forestales eran tristes y desoladas, olvidadas por Dios y por el hombre, y solamente gallos de brezal silbaban, y serpientes reptaban por aquí. Aquí reinaba el penoso y severo silencio de la naturaleza. Las montañas se elevaban más allá, en la azul distancia. Un águila subía desde un punto rocoso, profiriendo una bendición con el amplio batir de sus alas. Se podía sentir el frio aliento de las pasturas de las tierras altas, y el cielo se expandía. Los bosques habían dado paso a una negra alfombra de crepitantes pinos de montaña y abetos que capturaban los pies de Ivan, y el musgo cubría las rocas como un verde terciopelo.

Las montañas lejanas revelaron sus picos, inclinando sus espaldas, alzadas como olas en un mar azul. Parecía como si enormes olas hubiesen sido congeladas en el momento en el que una tormenta se había alzado desde las profundidades para chocar con la tierra. Los picos de Bukovina podían ser vistos sosteniendo el cielo con sus azules formas; Synytsia, Dzembronia, y Bila Kobyla estaban envueltas en azur; Ihrets estaba humeando; el afilado pico de la Hoverla taladraba el cielo, y la Chornohora aplastaba la tierra con su enorme peso.

¡Los pastizales de las tierras altas! Ivan estaba finalmente en las praderas altas, cubiertas de grama. Un mar de tormentosas montañas lo rodeaba, en un amplio círculo, y los interminables terraplenes parecían estar avanzando hacia él, listos para caer a sus pies. Un viento tan punzante como una afilada hacha le golpeaba el pecho. Su aliento fluía como uno con la respiración de las montañas, y el orgullo lo abrumó. Quería gritar a todo pulmón, de manera que el eco se desenrollara hasta el horizonte, y sacudiera este mar de cumbres, pero tuvo la sensación repentina que, en estos amplios espacios, su voz no sería más insignificante que el zumbido de un mosquito. Tuvo que apresurarse.

En el pequeño valle tras una colina, en donde el viento era menos punzante, halló la hollinosa choza de un pastor. El agujero para el humo en la pared estaba frío. Los corrales para las ovejas estaban vacíos y los pastores iban y venían, afanosos en prepararse un sitio para dormir. El pastor jefe se encontraba demasiado ocupado encendiendo una fogata. Habiendo metido un pequeño madero en el quicio de la puerta, él y un ayudante halaban y empujaban un cinto de cuero, haciendo que el madero diera vueltas y chirriara.

¡Gloria a Jesús! los saludó Ivan.

Los hombres no respondieron. El madero continuó zumbando y, los hombres, concentrados en su tarea, siguieron halando y empujando el cincho. El madero comenzó a humear y pronto emergió una pequeña llama. El pastor jefe sopló con devoción el fuego, para hacerlo crecer en una fogata junto a la puerta.

¡Glorificado sea eternamente! Se volteó hacia Ivan. “Ahora tenemos una buena fogata y, mientras arda, ni bestia salvaje ni espíritu maligno tocará ni nuestro ganado ni a nosotros, pueblo cristiano. Luego guió a Ivan dentro de la choza, en donde fueron saludados por el mohoso aroma de ollas y sartenes vacíos, y bancas desnudas.

Mañana se nos traerá el ganado. Si sólo el Señor nos ayuda a devolverlo todo a los amos,” remarcó el pastor jefe y luego procedió a asignar las tareas a Ivan. Había algo calmo e incluso majestuoso en las palabras y gestos de este maestro de las tierras altas. ¡Mykola! llamó fuera de la puerta. ¡Ve a encender fuego en la choza, ahora!

Mykola, un tipo delgado, de cabeza rizada con un rostro categóricamente femenino, llevó fuego dentro de la choza.

¿Y quién puedes ser tú, mi amigo? Preguntó Ivan con curiosidad. ¿Un pastor?

No, soy el guardián del fuego, respondió Mykola, mostrando sus dientes. Mi trabajo es alimentar el fuego y mantenerlo ardiendo todo el verano, pues habrá problemas si se marcha. Inclusive miró a su alrededor, con horror. Y también ir al arroyo por agua y al bosque por leña.

Afuera, el fuego crecía. Con los dignificantes movimientos de un anciano sacerdote, el pastor jefe continuaba agregando leña seca y ramas verdes al fuego. El humo azul subía ligero y luego, soplado por el viento, tomaba posesión de las montañas, cortaba la negra franja de bosque, y se enrollaba sobre los picos distantes. Los pastizales de las tierras altas comenzaban su vida con esta fogata, que los protegería de todo mal. Como consciente de ello, el fuego respiraba orgulloso como una serpiente, escupiendo cada vez más, nuevas nubes de humo.

Cuatro fuertes perros ovejeros descansaban sobre el césped, contemplando confiadamente las montañas, prestos en cualquier momento para saltar, mostrar sus colmillos y erizar el pelo. El día ya finalizaba. Las montañas intercambiaban sus azules vestidos de casulla en rosa, mezclado con dorado. Mykola avisó que la comida estaba lista. Los pastores se reunieron en la choza y tranquilamente tomaron asiento junto a la fogata, para comer su primer tazón de kasha en los pastizales de las tierras altas.

¡Que alegre era en las tierras altas dorante la primavera, cuando llegaron las ovejas desde cada aldea! El alto jefe pastor circuló el aprisco, fuego en mano, su rostro tan serio como el de un sacerdote pagano, su paso largo y firme, y el humo de las relucientes brasas brillando tras él, como un dragón alado.

A la puerta del corral, a través de la cual tenían que pasar las ovejas, el pastor jefe botó la brasa y escuchó. Oyó los sonidos de los altiplanos, con más que sus oídos. Sintió, con su corazón, cómo desde profundos valles, en donde ríos hierven y devoran sus orillas, desde tranquilas granjas y praderas, una ola de ganado emergía cuesta arriba como respuesta al llamado de la primavera, y la tierra debajo de los pies suspiraba con alegría. Escuchó la distante respiración de los rebaños, los mugidos de las vacas, y los apenas audibles sonidos de canciones.

Y cuando las personas aparecieron finalmente, alzando sus largas trembitas, doradas por el sol, para saludar a los pastizales de las tierras altas, cuando las ovejas balando llenaron los corrales en una ruidosa corriente, el pastor en jefe cayó sobre sus rodillas y elevó sus brazos al cielo. Detrás de él los pastores y las personas que habían traído su ganado también se arrodillaron en oración. Estaban implorando al misericordioso Señor el otorgar a sus ovejas corazones tan calientes como las brasas por las que estaban pasando y el proteger el ganado cristiano de todo mal, bestias y accidentes. Ya que Dios había ayudado a juntar todo el ganado, los devotos tenían fé en que Él también daría Su Gracia para que los animales regresaran sanos y salvos con sus propiearios. El cielo escuchaba amablemente las sencillas oraciones; las Béskides fruncieron benignamente el entrecejo, y el viento combaba con cuidado la hierba de los pastizales, como una madre peina el cabello de su niño.

Listado de enlaces