
El presidente republicano de EE.UU., Ronald Reagan, citando al filósofo Baruch Spinoza, dijo: “La paz no es la ausencia de guerra”. Ahora nos encontramos en la situación opuesta, con otro presidente republicano proyectando su visión infantil e ingenua sobre la geopolítica y afirmando que basta con “dejar de disparar” para que todo se solucione.
¿Es justo exigir sumisión y disculpas a un país que ha sufrido una invasión y que busca una paz duradera? La respuesta es evidente. ¿Se puede culpar al país atacado de la falta de paz y de no querer alcanzarla? También es una pregunta retórica, ya que entre 2014 y 2022, Ucrania llevó a cabo aproximadamente 200 rondas de negociaciones con Rusia, firmando cerca de 20 acuerdos de alto el fuego. Rusia incumplió cada uno de ellos, mientras que Ucrania, durante años, se vio limitada en su capacidad de defensa precisamente por respetar lo pactado.
¿Tendrá alguna efectividad un nuevo acuerdo de paz con Rusia sin garantías de seguridad? No. ¿Será duradero? Tampoco. Solo servirá para satisfacer las ambiciones personales de Donald Trump y darle una nueva oportunidad de presumir de su supuesta “exitosa” política, que en realidad no haría más que postergar un problema ya existente, un problema que hoy mata a miles de ucranianos: Rusia.
Desde hace décadas, Rusia utiliza sus medios oficiales para hablar abiertamente de su deseo de destrucción nuclear contra enemigos lejanos o, como mínimo, de intervención militar en países vecinos como Polonia, Finlandia y las repúblicas bálticas.
Ucrania no es la primera víctima de una Rusia que sigue pensando con una mentalidad imperialista —“el más grande y fuerte tiene derecho a abusar de los más débiles y pequeños”— y, lamentablemente, tampoco será la última. La única salida es obligar a Rusia a aceptar un acuerdo de paz, no crear un acuerdo basado en sus exigencias y caprichos. Un país que ha violado todas las convenciones internacionales y ha traído la guerra a Europa no puede dictar las condiciones de la paz.
