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ODESA/Одеса (I)

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ODESA IMPERIAL Y UCRANIANA

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ODESA

 

Enclavada en lo alto de una meseta sobre las aguas del Mar Negro, Odesa no era hasta hace un par de siglos más que una formidable fortaleza natural que permitió a los turcos rechazar hasta en cuatro ocasiones el asalto de los temibles cosacos enviados por Catalina la Grande.

Quiso el destino que, tras años de asedios infructuosos, fuera un español, José de Ribas, quien lograra finalmente tomar aquel bastión otomano al frente de las tropas imperiales rusas. El espigado barcelonés había llegado a San Petersburgo diez años atrás, con sólo 22, para enrolarse en la armada imperial en busca de gloria y aventuras. En ese tiempo logró alcanzar el grado de general y la zarina le confió el mando de sus tropas en una de las misiones más difíciles de la época: tomar la fortaleza de Jadzibei, hasta entonces inexpugnable.

La fortaleza de Jadzibei cayó y las tierras entre los ríos Dnieper y Dnister pasaron a formar parte del imperio ruso, tal como refleja el Tratado de Yasski. Con ello, Catalina la Grande acababa de lograr el ansiado acceso de Rusia al Mar Negro.
El 14 de septiembre de 1789 De Ribas lanzó su ataque con apoyo de los cosacos, esta vez al servicio de la emperatriz. La intensísima batalla duró solo 15 minutos. En ella murieron 200 turcos por sólo 5 soldados rusos. El bastión cayó y las tierras entre los ríos Dnieper y Dnister pasaron a formar parte del imperio ruso, tal como refleja el Tratado de Yasski. Con ello, Catalina acababa de lograr el ansiado acceso de Rusia al Mar Negro.

Poco después, por mandato de la propia zarina, De Ribas inició el diseño y construcción de la ciudad más hermosa que se asoma a las aguas del Mar Negro. La esbelta figura del bravo general, inmortalizada en una estatua de bronce, preside hoy la calle más importante de la urbe, Deribasoscaya, parcialmente peatonal, donde se aglutinan las tiendas más elegantes, los mejores restaurantes y hierve la vida urbana.

Odesa fue desde sus orígenes una ciudad imperial y resistió como ninguna otra las feroces dictaduras comunistas que se sucedieron durante la época soviética. Baste recordar cómo sus exaltados ciudadanos bajaron atropelladamente los doscientos escalones que separan la ciudad del mar para recibir como héroes a la marinería amotinada del acorazado Potemkin, cuando el navío arribaba al puerto con toda la oficialidad enchironada en la sentina. Hoy, un emotivo conjunto escultórico cerca del puerto rememora aquel histórico motín.

Aunque Odesa es en la actualidad una ciudad ucraniana, tiene el alma rusa y rezuma por todos sus poros y rinconadas la historia del imperio, así como una notable falta de entusiasmo por lo que significó la Revolución. Sus estatuas lo revelan. Una de las más destacadas, naturalmente, es la de Catalina la Grande, que ocupa una rotonda completa de la calle Yekaterinskaya. Justo al lado del que fuera el quiosco más famoso de Odesa. Regido por un judío, hacía las delicias de los ciudadanos durante los duros años de la represión soviética. Las tres publicaciones más importantes de aquel entonces eran ‘Pravda’ (‘Verdad’), ‘Rusia Soviética’ y ‘Labor’ (‘Trabajo’). El quiosquero acostumbraba a vocear todas las mañanas: “No hay ninguna ‘Verdad’. La ‘Rusia Soviética’ se ha acabado y ya no queda nada más que ‘Trabajo’ por dos céntimos”. Su quiosco era un lugar de encuentro mítico, una especie de resistencia testimonial a los excesos del comunismo.
No podía faltar en la ucraniana Odesa alguna referencia al gran poeta y pintor Shevchenko, la máxima figura histórica de Ucrania y el único intelectual que ejerció de ucraniano en los largos años de la dominación rusa. Aunque nunca fue del agrado del zar por sus proclamas en defensa de la libertad y vivió muchos años exiliado en una base militar del Caspio, su figura goza en Ucrania de una estatura incomparable, así que el Parque más importante de la ciudad lleva su nombre.

Por otra parte, la hermosa balconada que se asoma al mar, el Bulevar Primorski, el más elegante paseo de la ciudad, está presidido por un gran busto de Pushkin, máximo referente de las letras rusas y creador del lenguaje ruso moderno. El ilustre poeta sólo vivió unos meses exiliado en Odesa -por supuesto, en contra de su voluntad-, pero terminaría, como Unamuno en Fuerteventura, enamorándose de la ciudad.

Durante los años del comunismo, Odesa era una ciudad apacible y provinciana, pero con la desmembración de la URSS y la independencia de Ucrania, pasó a ser el puerto más importante del Mar Negro y todos los bajos de los edificios se llenaron paulatinamente de tiendas, bancos, cafeterías, terrazas, restaurantes, empresas… Ahora es una ciudad cosmopolita que en casi nada se distingue de cualquier ciudad mediterránea de alta calidad de vida. Nada tiene que ver con Donetsk o las otras urbes rusófonas que se han levantado contra Kyiv. Dudo mucho que la secesión triunfe en aquí.

El Mundo 05/05/2014.

 

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