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El precio de una capitulación: ¿Por qué es incorrecto comparar a Ucrania con Israel?

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A todo el mundo le gusta comparar Ucrania con Israel. Hablar de que los ucranianos, al igual que los israelíes en su momento, están obligados a construir un Estado al lado de un fuerte y potente vecino. A pesar de todo lo atractivo de esta comparación, no es de todo correcta. Porque los judíos, que construían Israel a mediados del siglo pasado, incluso lo tenían más fácil.

En frente, tenían a un enemigo serio, que no tenía ningún tipo de afecto hacia el nuevo Estado vecino. Pero, precisamente por eso lo tenían más fácil: el enemigo era demasiado diferente para confundirse con él. Lo que estaba en juego era la supervivencia física, sin tener compromisos previstos.

Toda la lógica de la existencia de Israel de aquellos tiempos puede explicarse a través de la fórmula expresada por la primera ministra del país, Golda Meir: “Queremos vivir. Nuestros vecinos quieren vernos muertos. Esto deja poco espacio para el compromiso”.

Precisamente, la ausencia de una alternativa creó la realidad, cuando los judíos, simplemente no tenían otra opción. Podían ganar, construir un Estado y hacerlo efectivo. O, podían perder y morir. Probablemente, aquí es donde reside la principal diferencia entre Israel y Ucrania.

Porque, en actualidad, Moscú no tiene los mismos objetivos que los vecinos oficiales de Jerusalén. Rusia no quiere borrar el país vecino de faz de la tierra o tirar los ucranianos al Mar Negro. Su programa de mínimos es convertir Ucrania en su protectorado, quitarle la subjetividad y justificar su inviabilidad. El programa de máximos es conseguir que los ucranianos se reconozcan como “pequeños rusos” (malorosu).

Y en este escenario la pregunta del día es: no es solo una cuestión de la supervivencia física de los ucranianos, sino es una cuestión de pérdida de la identidad y de los principios.

Muchos de los ucranianos están dispuestos a sacrificarlo. Porque es fácil sacrificar lo que no tienes. Sobre todo, cuando existe una ilusión de que, en el caso de una derrota de tu país, para ti, personalmente, todo permanecerá igual.

Además, un habitante ucraniano abstracto puede, incluso, contentarse con la ilusión de que, a él no le va a pasar nada espantoso. Que, en el caso de la rendición de Ucrania en la guerra actual, simplemente se establecerá el alto el fuego, se terminarán las movilizaciones y el presupuesto militar volverá a su tímida situación, anterior al conflicto.

Que llegarán las inversiones, se abrirán los mercados rusos y se reestablecerá la cooperación económica. Un habitante ucraniano, bajo la influencia de estos dos espejismos, puede rechazar hábilmente cualquier argumento, insistiendo en la noción de que lo “personal” es más importante que lo “colectivo”.

El problema consiste en que los partidarios de esta visión no llegan a entender que ahora no so decide solo la cuestión de la identidad, del lenguaje y de la conciencia de sí mismo. Lo que está en el juego, también es la cuestión del bienestar económico. El que el mismo habitante ucraniano suele poner a la vanguardia. Porque, lo que estamos contemplando no es nada más que una lucha por el derecho de dejar atrás el mundo de la economía ineficaz de materias primas y de los sistemas políticos torpes.

Rusia sólo podía fingir que es efectiva en las condiciones de altos precios de petróleo. Precisamente, éste era uno de los dos pegamentos espirituales que unían al país, el segundo sigue siendo el armamento nuclear. Estos dos elementos mantienen el sistema ruso de la centrifugación crítica. Pero, cuando los precios del petróleo habían caído, fuimos testigos de que, la realidad social, que antes era atractiva, empezó a desquebrajarse.

Porque Rusia puede ser seductora solo cuando un barril de crudo cueste más de cien dólares. En la década anterior, uno se podía fascinar por el contrato social ruso. Que preveía la cesión de las libertades políticas, por parte de los rusos, a cambio de bienestar económico.

En aquella época, el contenido principal de la agenda pública era el tipo de interés de la hipoteca del coche y la duración de la misma, además, los ingresos crecientes cubrían estas pérdidas. Pero esta realidad se terminó cuando los precios de petróleo cayeron en picado, perdiendo más de la mitad de su valor.

En aquel momento se descubre que el bienestar económico se había terminado, pero la renuncia de las libertades políticas permanecía. Además, el Gobierno de Rusia comunicó que iba realizar una reforma del viejo contrato social unilateralmente. Ahora, se les ofrece a los rusos ceder sus derechos políticos y su nevera en nombre de la “grandeza del Estado”. Que ya no se podrá tocar, comer o poner en la cuenta. Además, esta adquisición efímera venía en el mismo cajón con el previo modelo político ineficaz. Que percibe cualquier duda como una disconformidad inaceptable. El que, en un estado de frenesí patriótico, puede tomar cualquier decisión maniática. Por ejemplo, el derecho de las fuerzas especiales de pinchar las llamadas telefónicas o la prohibición de los productos extranjeros.

La Rusia actual se ha convertido en un país, cuyos ciudadanos soportan el peso que no habían aceptado, contra el que no pueden protestar. Porque, precisamente, hace quince años ellos mismos aceptaron sacrificar voluntariamente su derecho a la opinión personal.

Aquello, por lo que Ucrania lucha actualmente, no es solo el derecho a la identidad, el idioma y su propia historia. También es una disputa por la transición a otro nivel de juego, con nuevas reglas. El mercado y la competencia. El sistema de frenos y contrapesos. El Estado para los ciudadanos y no al revés. No es solo una batalla con un agresor externo, sino también con la inefectividad interna, que se multiplica por la corrupción y las prácticas empresariales.

Esta batalla será duradera, los procesos van a avanzar con un éxito inestable, quizá, el camino del progreso tendrá sus momentos de retroceso, podemos discutir sobre la rapidez del movimiento, pero no sobre el vector de ese movimiento. Simplemente, no existe una alternativa a esta vía. Failure is not an option.

Rendirse ante Rusia no significará un intercambio de la identidad por la prosperidad. La derrota será la pérdida de una oportunidad de establecer una economía efectiva.

Porque los protectorados rusos no viven mejor que los habitantes de la metrópoli. Y la Rusia actual sigue siendo un país donde el debate interno ronda sobre la cuestión de “a quién se le puede recortar el presupuesto en primer lugar, para ahorrar”.

La victoria de Rusia va a significar que el futuro de Ucrania será tachado. Cualquier ventana de reformas económico-sociales va a ser cerrada.  Cualquier intento de construir un Estado para el ciudadano va a sufrir la derrota. La Federación Rusa no tiene dinero para hacer de los países conquistados un escaparate, por ello, la capitulación de Kyiv significará un colapso, no solo para la generación actual de los ucranianos, sino también de la siguiente. Un colapso de aquella generación que tendrá que empezar de cero.

Precisamente por ello, Israel lo tenía incluso más fácil. Porque, en principio, ellos no tenían ilusiones acerca de qué les esperaba en el caso de ser vencidos en la guerra. Y, una comparación de la experiencia de ambos países será posible solo en el caso de que Ucrania y los ucranianos abandonen este tipo de ilusiones.

Pavlo Kazarin

Traducido por Viktor Savkiv

Revisión de: Jaime García Chaparro y Ajejandro Lacomba Martín

Fuente original: http://www.pravda.com.ua/articles/2016/09/23/7121529/

 

 

 

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