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IF YOU WANT TO CHANGE THE WORLD, INSPIRE A KID

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Autor del artículo: Cristina Imaz

El 23 de mayo de 2017 empezó mi aventura por Ucrania, un país rico en historia y cultura y, en definitiva, una nación creciente. Durante un mes tuve la oportunidad de conocer mucha gente muy diferente: el grupo de coordinadores de GoCamp, voluntarios venidos de todas partes del mundo, el equipo educador de las diferentes escuelas en las que trabajé, los niños a los que di clase y las familias que me acogieron de forma desinteresada. Todos movidos por una misma causa: hacer de Ucrania un país competente y empoderar a los niños a través de la educación.

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Antes de embarcarme en este voluntariado, había realizado un proyecto de investigación acerca del conflicto en el este de Ucrania. Conocía las cifras y estadísticas, sabía los nombres de las principales figuras políticas en ambos bandos, entendía las dimensiones territoriales y económicas de la situación y hasta había hecho un estudio de la intervención (o más bien la no intervención) de la comunidad internacional ante las hostilidades de Rusia frente a Ucrania. Además, había leído mucho de muy diferentes medios de comunicación y hasta había hablado con expertos, tales como el profesor Carlos Taibo y contactado con asociaciones como “Con Ucrania” que brindaron luz y nuevas perspectivas a mis ansias de entender la situación que se vivía en aquel país. Sin embargo, no conocía la realidad desde dentro.

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Las mejores experiencias comienzan de la forma más inesperada. Y es que yo descubrí GoGlobal gracias a un post de Facebook y decidí intentar participar en este voluntariado, por mi interés cultural hacia Ucrania, mis ganas de ayudar durante el verano y por los bajos costes que este viaje me supondría en comparación con otros programas. Para los que nunca hayan oído hablar de esta asociación, GoCamp es un nuevo formato de campamentos escolares de verano en Ucrania focalizado en el estudio de lenguas extranjeras a través de trabajo en equipo, comunicación en un ambiente multicultural, pensamiento crítico y tolerancia con otros. El objetivo de este proyecto es educar una nueva generación de ciudadanos ucranianos activos preparados para los retos que presenta el siglo XXI.

Tras coger un vuelo de seis horas y llegar a Kiev, mi viaje empezaba con la bienvenida de GoGlobal en el aeropuerto. ¡A pesar de ser medianoche seguían recibiendo con muchas ganas a voluntarios venidos de los lugares más remotos del globo! Nos llevaron al lugar donde se realizaba el training y allí pasamos cinco días. Rodeados de naturaleza, durante este tiempo realizamos numerosas actividades orientadas a la enseñanza de idiomas, a las actividades de tiempo libre, a la cultura ucraniana y, sobre todo… ¡a pasárnoslo bien y empezar con buen pie este maravilloso proyecto! Tuve la suerte de hacer muy buenos amigos en este campamento con los que más tarde mantendría el contacto para contrastar nuestras experiencias y darnos apoyo mutuo. Además, cada fin de semana nos escapábamos a hacer turismo por lugares increíbles de Ucrania (Lviv, Kyiv, el túnel del amor en Rivne, Lutsk, etc.), lo que nos dio una perspectiva más profunda y completa de las diferentes realidades que coexisten en el territorio.

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Así como yo tuve que pasar una entrevista motivacional en inglés para ser voluntaria, el colegio de Kovel había pasado un proceso de selección con la organización GoGlobal para recibir un voluntario internacional, que consistía en un esquema de las actividades que realizarían, una entrevista motivacional y dinámicas con los niños para que expresaran su entusiasmo por acoger un voluntario.

Como he mencionado antes, el colegio que me designaron se encontraba en Kovel, la principal ciudad de la provincia de la región de Volyn, al noroeste de Ucrania. Estaba más cerca de ciudades como Varsovia o Minsk que de Kyiv (nueve horas en tren aproximadamente). Algo que me sorprendió mucho fue la red de transporte en la zona de Ucrania en la que estaba: las distancias que en España parecían cortas allí eran mucho más largas debido a carreteras a medio asfaltar, trenes que probablemente llevaban cincuenta años funcionando, etc. Me gustó mucho que me destinaran a esa zona porque así pude ver una gran diferencia entre el estilo de vida de las ciudades (a través de los coordinadores de GoGlobal) y el de las áreas más rurales, donde probablemente el trabajo de los voluntarios era más necesario.

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Estuve durante lo que fueron tres semanas de monitora en un campamento urbano del Gymnasium de Kovel con niños de edades comprendidas entre 9 y 12 años. Mi rol en esa escuela fue enseñarles inglés a través de dinámicas de tiempo libre. Las profesoras de idiomas me ayudaron muchísimo al ponerme a disposición todos los recursos de los que precisé. Durante mi estancia allí no hubo dos días iguales. Cuando llegué me hicieron un recorrido por la ciudad y me enseñaron su histórica estación de tren, los jardines que tenían, el río… Otro día fuimos de excursión al Parque Nacional Shatsk. Me encantó estar tan rodeada de naturaleza, en Volyn había muchos lagos y todo era tan increíblemente verde.La especialidad que el campamento escogió era STEAM (Science, Technology, Engineering, Art and Mathematics) y dentro de esa temática hicimos actividades muy variadas: manualidades, papiroflexia, bailes de campamento, talleres de cocina saludable, gymkhanas de matemáticas, dinámicas sobre cultura general (como geografía o biología), actividades de reciclaje y cuidado del medio ambiente, deportes o excursiones al lago. Compusimos una canción y la cantamos cuando vino la televisión local a hacer un reportaje sobre nuestro campamento. Salí en la tele hablando en inglés pero me pusieron una voz encima en ucraniano que no entiendo y ¡ya no me acuerdo de lo que dije en la entrevista!

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Decidí que, para motivar a los niños a hablar inglés, yo también tenía que aprender ucraniano. Aunque fuera tan sólo con lo básico del idioma, logré entender y hacerme entender con ayuda del lenguaje no verbal. En un principio, muchos de ellos tenían vergüenza y no me querían hablar por miedo a cometer errores. Al ver lo mal que se me daba a mí hablar su lengua (¡tienen hasta nueve casos gramaticales!), pronto empezaron a contarme las cosas que hacían día a día, cómo eran sus familias, sus preferencias, etc.

 

Todas las conversaciones eran un contraste de diferentes realidades: cuando yo contaba algo de mi día a día no podía dar por hecho que ellos entendieran cómo era mi vida y yo tampoco era capaz de comprender las tradiciones que ellos tenían. Ejemplo de esto fue un día en el que todos los suelos de las casas ucranianas se cubrían con hojas de plantas y me levanté queriendo quitar las de mi cuarto porque no entendía cuál era la función de esas plantas ahí. Más tarde me enteré de que formaba parte de un rito ortodoxo relacionado con la naturaleza. También tuve otros choques culturales como cuando en una fiesta, sin saberlo (porque no entendía el idioma), acepté citarme con los hijos de unas señoras y al día siguiente se presentaron para verme. Aunque fue una situación un tanto incómoda (porque yo no me hacía la menor idea de porqué estaba quedando con alguien que no conocía), me brindó la oportunidad de conocer gente de mi edad en Kovel, aunque la comunicación fuera compleja.

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Durante este tiempo estuve viviendo en una familia super acogedora. Se trataba de una pareja y sus hijas de 14 y 16 años. La relación entre estas últimas era muy estrecha y me recordaba a veces a la mía con mis hermanos, por tanto, no fue difícil encajar con ellas. Me sentía muy incluida en todos sus planes, charlas y bromas. Soy consciente de que tenerme en su casa fue un reto para ellos y que estaban muy nerviosos cuando me conocieron porque, además de no tener ningún idioma en común, se acababan de mudar a una casa nueva. Me llevaron a varias fiestas y me enseñaron gran parte del pueblo. Con ellos aprendí a cocinar vareniki y yo a cambio les enseñé a hacer una tortilla de patatas. Me cuidaron como si fuera un miembro más de la familia y, aunque no habláramos el mismo idioma, logramos siempre entendernos. La despedida fue muy dura. Tras regalarme un vestido vyshyvanka precioso, el padre de la familia me miró muy seriamente mientras sostenía una botella de vodka casero y me dijo dándose al pecho: “Father ukrainska” y después me señaló a mí mientras decía “Father spanska”. Al llegar a Madrid probé con mi familia aquel vodka que nos había regalado y todos estuvimos de acuerdo en que estaba realmente fuerte.

Creo que mi papel en Ucrania no fue tan sólo enseñar inglés a aquellos niños, sino más bien representar para ellos una cultura desconocida, de la que muchos no habían oído hablar y a la cual no tenían acceso en su pequeña ciudad. Los voluntarios que allí estuvimos, fuimos “embajadores” de nuestros países, como GoGlobal nos solía llamar. Para una mayor motivación de los niños, fue clave que pudieran tener una referencia de una persona no nativa que hablaba inglés de forma fluida. Probablemente enterré muchos de los estereotipos que tenían sobre los españoles (fútbol, toros, sevillanas y fiesta) ya que ellos me presentaron un sinfín de riqueza cultural ucraniana (música, bailes tradicionales, comida típica, etc.). Ver lo orgullosos que estaban de su nación me hizo preguntarme porqué en España tenemos esa falta de patriotismo y pensamos que estaríamos mejor en cualquier sitio fuera del país.

Otra cuestión que me interesó mucho fue la religiosa. En Ucrania hay varios ritos: el greco-católico, el ortodoxo ruso y el ortodoxo ucraniano. Desde los estilos arquitectónicos, estar en misa de pie, cubrirse el pelo, beber agua bendita o besar las estampas de santos, todos los rituales eran muy diferentes de las costumbres católicas que conocía en España. Estuve en un monasterio ortodoxo ucraniano con los niños y me gustó poder conversar con un monje que allí había sobre su espiritualidad y acción en la sociedad en la que vivía.

En numerosas ocasiones, me sentía una simple turista, que a pesar de haber leído mucho sobre la situación que vivía el país, no sabía nada.  Necesité estar sola y encontrar un momento de reflexión en Maidan Nezalezhnosti (Plaza de la Independencia) para entender el verdadero significado de esas calles y de todas esas flores debajo de caras enmarcadas: que en esa plaza hacía tan sólo tres años había comenzado una revolución que luchaba por la libertad. Todo había sido brutalmente real y había historias personales detrás de los incontables datos de mi trabajo de investigación. Las personas que conocí en este viaje me contaron cómo había sido la lucha contra las medidas represivas de su gobierno y yo sólo podía admirar la valentía y la fuerza que tuvieron al arriesgar su vida por una causa tan noble. Había un cartel que rezaba «Свобода – це наша релігія» (Freedom is our religion). Unas cadenas se rompían y los ucranianos iban poco a poco alcanzando sus anhelos: avanzar en la conquista de sus derechos y libertades, mediante la eliminación de poderes corruptos que no representan los deseos del ciudadano a pie. Se respiraba en el ambiente. La gente no sólo pedía un cambio, si no que estaba trabajando por hacerlo posible.

A pesar de los sucesos recientes, Kyiv se recuperaba y en sus calles se producía un despliegue de arte y cultura a través de música, grafitis, vyshyvankas, pintores, etc. Estuve en la ciudad en el día de la adhesión de Ucrania al Acuerdo Schengen y presencié la cuenta atrás en el centro histórico, repleto de gente festejando tal evento. Nunca en mi vida había visto tantas banderas de la Unión Europea. Estaba allí con varios amigos, también de Europa, y nos quedamos todos perplejos por la alegría de todos los ucranianos ante la facilitación del tránsito hacia la UE. Fue ahí que empezamos a valorar mucho más las posibilidades que habíamos heredado sin cuestionar y que para otros eran el culmen de años de lucha. Poco después, algunos coordinadores me contaron que habría en Kyiv una manifestación del colectivo LGTBI, lo cual demostraba una apertura mental de la población hacia una sociedad más inclusiva.

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En definitiva, tras un mes de voluntariado en Ucrania, volví muy tocada por los modelos de vida que había conocido, dispuesta a dar una nueva perspectiva al mío propio. Descubrí lo mucho que me gusta trabajar con niños y me encantó haberles proporcionado una herramienta vital para alcanzar el éxito en el entorno en el que nos movemos, los idiomas. Ahora puedo observar con claridad cómo todas las personas de esta gran experiencia han contribuido de una manera abismal a mi crecimiento personal. Son pequeños granos de arena los que conforman montañas. Son pequeñas acciones las que pueden hacer de este mundo algo mejor. Y ahora creo más que nunca en el slogan de GoGlobal: “If you want to change the world, inspire a kid”.

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до побачення Ucrania, Дякую por todo lo que me has dado. Gracias por ser tan desinteresadamente generosa y haberme hecho tan dichosa.

 

 

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