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Miedo y pánico en Donbas

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Soy una mujer y no me avergüenzo de admitir que temía por mi vida en Donbass. Pero lo que más me asustaba no eran las balas. Temía que me secuestrasen.

Cuenta Lesia Gansha que el marido de su conocida de Donetsk, un hombre de negocios, fue parado cerca de Kramatorsk. Venía de Donetsk de camino a Járkov. La milicia separatista le paró en un puesto de control. Le quitaron el coche. Vaciaron su cartera, quedándose con todo. Le detuvieron. Vamos, lo típico.

Lo que resultó ser atípico fue el hecho de que sus familiares tuvieron que tardar días para lograr que le liberen – resulta que tenían contactos en la República Popular de Donetsk. Ahora este hombre, de edad avanzada, no habla. No quiere. Y sobre su detención dijo a secas: “Son unos salvajes”.

Otra mujer le cuenta que a su conocido le detuvieron en la séptima planta del edificio de la administración de Donetsk. Habla de ello como si fuera lo más común del mundo. Y quizás ese modo de contarlo, tan calmado, es lo que más asusta.

Asusta sacar la cámara cerca de los edificios de la administración del gobierno de la República. Por esa razón detuvieron y secuestraron a Milana.

“A unos compañeros de trabajo le secuestraron a su hija. Les llamaron y les dijeron simplemente “150.000”. Sin más,” cuenta un teleoperador de Donetsk. Actualmente, se sabe que después de pasar varios días detenida, Milana fue liberada.

El periodista Jenia tiene el cráneo abierto, fue atacado durante una manifestación el 28 de abril. Eso asusta. A él probablemente no tanto, pues su mirada ausente no parece decir nada. Ni siquiera parece saber dónde está.

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Lesia Gansha decidió ir a Kramatorsk. Sus compañeros le advirtieron: es una lotería. Quizás podrás pasar, quizás no. Le avisaron que de ella se habló por la radio “Selo” – una cadena de los separatistas. Les interesaba especialmente su contexto, aunque no hablaron de nada en concreto, simplemente comentaron que trabaja en Volnovaj. La amiga de Lesia le explicó: “Te vigilan, probablemente tantean si eres una rehén perspectiva o no. Ten cuidado. A ver si les falta de pronto dinero y te… ya sabes.”

En Volnovaj las cosas tampoco prometían estabilidad. Pero de otro modo. Asustaba ver a los soldados. A uno le faltaba la oreja. Ante sus ojos murieron 15 personas. Hirieron a 31. Pide que no le graben ni le fotografíen. Un oficial que aceptó contar los detalles de algunas batallas, comenzó a gritar a los fotoperiodistas rusos: “¿Acaso no he sido lo suficientemente claro? ¡Que no me fotografiéis! ¡Temo por la vida de mi familia!”

Lesia temía ir a Kramatorsk. Temía presentar su pasaporte en todos los puntos de control. Menos mal que no lo miraban con excesiva atención. Allí figuraba que estaba registrada cerca de Kiev, donde nació.

Quizás no sea lo suficiente como para encerrarla en un sótano, pero sí como para detenerla, registrarle el teléfono (carpetas con fotos, contactos, llamadas, mensajes…). O que empiecen a chequear las mochilas y encuentren objetos o dinero que consideren confiscables. Pero lo que más asusta no es perder aparatos, sino el tema de la bandera de ucrania. Por tenerla te pueden destrozar el coche. U otra cosa.

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Una conocida de Lesia cuenta, “Una vez iba a trabajar y me pararon. Empezaron a registrarme el coche y me helé entera porque me acordé de que tenía en la guantera la bandera ucraniana, después de la última manifestación. Menos mal que mi marido la sacó. Cuando llegué al trabajo pedí un mes de vacaciones.”

Lesia se imaginó en su lugar y sintió miedo. También sintió miedo cuando una niña de 12 años le explicó que su profesora les dijo lo que había que hacer si comienzan los disparos. “Tenemos que tumbarnos al suelo y gritar, pidiendo auxilio. Pero nunca echarnos a correr, porque nos pueden herir.”

Un compañero de Lesia de Kramatorsk empaqueta sus cosas. Se quiere mudar a Kiev. “Nos vinieron a visitar tres veces. La última vez un hombre estaba donde estás tú ahora, y aquí, en la mesa del salón estaba su Kalashnikov. Creía poder olerlo. ¿Sabes a qué huele? Yo sí.”

Sus publicaciones forman parte de la lista negra de los separatistas. Se llama “La lista de la quinta columna de Kramatorsk”.

Lesia observa cómo coge las llaves y cierra su oficina: “¿Es que vas a pasar ahora al lado de la sede oficial de la República Popular de Donetsk? ¿No te da miedo, Lesia?”

Lo que le da miedo es que le pregunte algo así.

Cerca de la sede un chico con un Kalashnikov besa a una chica. Lesia quería fotografiarlos, pero al intentar sacar la cámara su amiga le agarra de la mano. Tiene miedo, a su lado está su hijo. Por ellos, Lesia guarda la cámara de nuevo.

Da miedo que los seis contactos de Slaviansk que Lesia obtuvo gracias a unos amigos, se negaron a recibirla. “No,” le dijeron. “Es demasiado arriesgado.” Ella les preguntó la razón. Pero se negaban a seguir hablando. Temían que las conversaciones telefónicas fuesen grabadas.

“Disculpe, conductor,” dice una mujer sentada en un autobús que iba de camino a Donetsk. “Me acaba de decir mi hija por teléfono que en Donetsk ahora están disparando.”

“Bueno, ¿y a mí qué me cuenta? Yo vivo en Slaviansk, allí disparan todos los días.”

Alguien en las filas de atrás dice: “Pregunta a tu hija si disparan balas o cohetes.” Todos se ríen.

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Donetsk está bloqueado. En la parada Yasinovataya, el conductor indica que todos deben bajarse. “Están buscando a los separatistas, “ se queja un hombre con una mirada pesada. “Ellos mismos son los separatistas, estos cabrones de Kiev.” Lesia se aparta de él al salir, con cuidado.

Van a Donetsk en un tren eléctrico. Sobre él vuela un helicóptero. Suenan las balas que rompen el aire. “¡Al suelo!” grita el conductor. Todos se lanzan al suelo y se cubren las cabezas. Después – una estación de trenes, un tren de Kiev del cual los separatistas echaron a todo el mundo y luego huyeron. Los labios de la azafata cobraron un color blanco de la rabia: “¿Cuándo nos dejarán en paz de una vez? Parece que vamos al frente.”

En la frontera de Dnepropetrovsk los puestos de control son nacionalistas. Hay banderas de Ucrania. Todos envían besos a los soldados.

Ahora Lesia teme llamar a Donbass. Llamar y que nadie coja el teléfono. Mientras tanto, en Kramatorsk todo es calmado, silencioso. En el aire, el polvo baila dando vueltas. El algodón baja lentamente al suelo, convirtiendo el asfalto en una alfombra blanca.

Publicado por: Uma Karina

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