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Sombras de los ancestros olvidados en español – Parte 1

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Myjailo Kotsiubyns’kyi

SOMBRAS DE LOS ANCESTROS OLVIDADOS

Notas previas: Las imágenes que utilizamos en esta serie de artículos son de dominio público, todas relacionadas con la cultura Hutsul. Al final del libro colocamos también un listado de enlaces a artículos relacionados también con el tema


Ivan era el decimonoveno hijo de la familia Hutsul de los Paliichuks. La vigésima y última era Annychka. ¿Quién podrá decir si era el eterno retumbo del rio Cheremosh y los lamentos de los arroyos de montaña llenando la solitaria cabaña sobre el alto pico pelado, o era el quejido de los negros bosques de abeto lo que asustaba al chico? Cualquiera fuera la razón, Ivan lloraba constantemente, gritaba de noche, crecía pobremente y quedaba viendo a su madre con una mirada tan profundamente sabia y ancestral, que ella volteaba la vista en consternación. Algunas veces llegaba ella a pensar, en un escalofrío, que él podría ni ser su hijo. La esposa había fracasado al conjurar los encantamientos apropiados durante la labor de parto, o fumigar una esquina de la casa, o encender una vela, y una ingeniosa demonio se las había arreglado para intercambiar al niño humano por su propio diablillo.

El chico crecía pobremente y, cuando finalmente lo hizo, antes que su madre lo hubiese notado, ya era tiempo de coserle nuevos pantalones al muchacho. Pero el niño se continuaba comportando extraño. Quedaba mirando fijamente algo desconocido y distante, o comenzaba a gritar sin razón. Su habitación descuidada, cerraba fuertemente sus ojos, abría su boca y gritaba.

Entonces su madre sacaba la pipa ya fundida con sus dientes, se inclinaba hacia él, y le hablaba con enfado: “¡Qué vergüenza contigo, impostor! ¡Vete a perder al lago o en los bosques!” E Iván se desvanecía. Rodaba por los verdes prados, pequeños y blancos, como un pompón de diente de león, y sin temer, se dirigía al bosque, en donde los abetos se inclinaban hacia él, como osos ondeando sus garras. Desde allí, echaba una mirada a las montañas, a los picos cercanos y lejanos delineados contra el cielo azul, en los oscuros bosques de abeto que rechazan un azul hálito, y las praderas esmeralda que destellan como espejos en un marco de árboles. El frío Cheremosh se agitaba valle abajo. Granjas aisladas como puntos brillantes a la luz del sol en las distantes colinas. Y todo era triste y callado, y los negros abetos incesantemente bajaban sus penas entre el Cheremosh, que se las llevaba.

¡Iva-a-a-n! ¡Hey! los compañeros llamaban desde la casa, pero él no escuchaba y seguía recogiendo frambuesas, fabricando silbatos y soplando en hojas de pasto, intentando imitar el canto de las aves y otros sonidos que escuchaba en el bosque. Apenas visible en la verdura, recogía flores para decorar su ancho sombrero de paja y luego, al cansarse, se echaba bajo el heno secándose bajo un abeto muerto; y los arroyos de la montaña lo arrullaban hasta dormirlo, y luego lo despertaban con sus estruendos.

Cuando Iván cumplió siete, comenzó a ver el mundo con diferentes ojos. Ya sabía muchas cosas. Ya podía hallar hierbas útiles como valeriana, la mortal hierba mora, la mandrágora y la sanicla. Comprendía el lloriqueo de la cometa, y sabía de dónde venía el del cuco. Cuando hablaba sobre estas cosas en casa, su madre le echaba una mirada incierta: ¿será que le estaba hablando a él?” Sabía que las fuerzas del mal son las que rigen en el mundo, que el maligno espíritu del aridnyk reina sobre todo, que los bosques están llenos de demonios forestales que se alimentan de ciervos y liebres, y ganado, que los felices chuhaistyr—los que envían a las ninfas del bosque de rama en rama — andan vagando, invitando a los transeúntes a unirse a ellos en sus danzas, y que el sonido del hacha vive en el bosque. Más arriba, en los distantes picos secos, las ninfas de bosque danzan sin parar, y el shcheznyk (el que desaparece) se oculta en los acantilados. Iván también sabía sobre las ninfas de agua, que emergen a las orillas de ríos en días despejados a entonar sus cánticos e inventar cuentos y oraciones, y sobre los hombres ahogados que secan sus pálidos cadáveres sobre los bancos de los ríos después del ocaso. Toda clase de espíritus malignos habitan los acantilados, bosques, barrancos, cabañas y granjas, esperando ocultos para dañar al pueblo cristiano o a su ganado. Despertando por la noche, rodeado por un silencio hostil, Iván siempre yacía temblando de horror. El mundo era como un cuento de hadas, milagroso, intrigante y, aún así, aterrorizante.

Para ahora ya le eran asignadas tareas, y había sido enviado a cuidar las vacas paciendo. Llevaba a Divina y a Azul al bosque y, cuando ellas estaban inmersas en sus olas de pasto y jóvenes abetos, y cuando el lamentable tañer de sus campanas parecía estar emergiendo de debajo del agua, se sentaba, en una ladera, sacaba su flauta, y tocaba las sencillas tonadas que había aprendido de sus ancestros. En casos, esta música ya no lo satisfacía. Entonces se guardaba molesto la flauta y quedaba escuchando las casi imperceptibles y elusivas melodías que deambulaban con él.

El sordo clamor del río llegaba hasta Iván desde el valle inferior, y desbordaba las montañas, y el translúcido repique de las campanas de las vacas hacía eco como gotas de agua que cae. Las pesarosas montañas se elevaban por detrás de las ramas de los abetos, empapadas en la tristeza de las sombras proyectadas por las nubes, que obliteran las pálidas sonrisas de los prados. Las montañas siempre cambiaban de humor: cuando los prados sonreían, el bosque fruncía el entrecejo. Tan difícil como eso era quedar viendo las montañas, tan cambiantes en su vista, y asi era de difícil también para el chico capturar la caprichosa melodía que revoloteaba moviendo sus alas a su oído y, aún así, no podía ser nunca atrapada.

Una vez, Iván abandonó sus vacas y escaló hasta el pico. Ascendía más y más alto por una apenas visible vereda, a través de densos matorrales de pálidos helechos y espinosas zarzas y frambuesas. Saltaba ligero de roca en roca, vadeando árboles tumbados y pasando apenas a través de los matorrales. El eterno rugido del río subía tras él; las montañas crecían en torno a él, y apareció la azul visión de las Chornohora en el horizonte. Ahora sólo un pasto largo y quejumbroso cubría las pendientes; los cencerros sonaban en eco en lontananza, y aparecían enormes rocas como obstáculos, cada vez más frecuentes hasta que, en el mero pico, formaban un caos de peñascos en añicos cubiertos de líquenes y estrangulados por los abrazos serpenteantes de las raíces de los abetos. Cada roca bajo los pies de Iván estaba cubierta con un musgo rojizo como el terciopelo. Cálido y suave, preservaba la dorada agua de las lluvias de verano y acariciaba sus pies como una almohada de plumas. Los espesos arándanos y las bayas habían hundido sus raíces profundamente, y asperjado sobre ellas un rocío de bayas rojas y azules.

Aquí fue donde Ivan se sentó, a descansar. Las ramas de los abetos susurraban suavemente sobre su cabeza, con el sonido fundiéndose con el rugido del rio. El sol llenaba el profundo valle con oro, haciendo que el pasto verdeciera; el azul humo de una hoguera cortó su camino hacia arriba, y aterciopelados retumbos de truenos rodaron desde detrás de las montañas de Ihryt. Ivan se sentó a disfrutar, olvidando por completo las vacas que debía atender.

Súbitamente, escuchó, detrás del resonante silencio, una tranquila música que sinuaba en su oído tan elusivamente, que era casi dolorosa. Inmóvilmente helada, su cabeza brincó hacia adelante, para escuchar la extraña melodía con una alegre expectación. Nunca había escuchado a ninguna persona tocar de esta forma. Pero entonces, ¿quién estaba tocando? No se podía vislumbrar una sola persona en el bosque a su alrededor. Ivan echó un vistazo hacia atrás, a las rocas, y quedó petrificado. Allí, a horcajadas sobre una roca, estaba sentado “El que desaparece”, con su barba puntiaguda retorcida, sus cuernos doblados habia abajo y sus ojos cerrados mientras tocaba la Floyara. “¡Se fueron mis cabras, se fueron mis cabras!”, sonaba tristemente la floyara. Entonces se levantaron los cuernos, las mejillas se llenaron de aire, los ojos se abrieron grandes y sonidos felices comenzaron a ser emitidos. “¡Mis cabras regresaron, mis cabras regresaron!” e Ivan vio, horrorizado, que emergían machos cabríos, de barbas largas, de detrás de un arbusto, sacudiendo sus cabezas al ritmo de la música.

Incapacitado para huir, Ivan quedó sentado en el lugar, casi enraizado, gritando para si en un mudo terror. Cuando finalmente encontró su voz, “El que desaparece”, desapareció entre la roca, y las cabras se convirtieron en raíces de árboles retorcidos por el viento.

El chico salió disparado hacia abajo, atravesando ciegamente los traicioneros abrazos de las moreras, rompiendo ramas secas, rodando sobre resbaloso musgo y presintiendo con horror que algo lo perseguía. Finalmente, cayó, y no supo cuánto tiempo había estado yaciendo allí.

Cuando volvió en sí y reconoció los sitios familiares de su entorno, se calmó un poco. Aún temblando algo, prestó atención por un momento. La canción parecía estar haciendo eco en su mente. Sacó su dentsivka. Al principio no podía recordar cómo iba la melodía. Intentó una y otra vez, drenando su memoria y tratando de reproducir los sonidos. Cuando finalmente logró encontrar lo que había estado buscando tanto tiempo, lo que no le dejaba descansar, una extraña y familiar tonada comenzó a flotar por el bosque. Una enorme alegría invadió el corazón de Ivan, inundando las montañas, el bosque y el pasto con luz solar, gorgoteando en los riachuelos y levantando las piernas del muchacho. Arrojando su flauta al césped y colocando sus brazos en jarras, rompió en una danza en torbellino. Saltó, se acuclilló, estiró sus piernas en pasos giratorios, y se paró de manos. “¡Regresaron mis cabras, regresaron mis cabras!”, algo cantaba con él. En la pradera iluminada por el sol, rodeada por el oscuro reino de los abetos, el pequeño muchacho rubio saltaba hacia arriba y hacia abajo, pasando como una mariposa de hoja de césped en otra. Sus dos vacas alzaron las cabezas para ver a través de las ramas, viéndolo indiferentemente mientras masticaban su rumia y movían sus cabezas haciendo sonar los cencerros al ritmo de la música. De esta forma fue que Ivan halló por fin en el bosque lo que estaba buscando…

En casa, Ivan había presenciado zozobra y dolor. Durante su vida, la trembita había hecho eco dos veces en la casa, anunciando en montañas y valles que la muerte había llegado: una vez cuando su hermano Oleksa había sido aplastado por un árbol que cayó en el bosque, y la otra cuando su hermano Vasyl, un chico fino, había sido cortado por filosas hachas en una pelea contra un clan hostil. La enemistad entre la familia de Ivan y los Huteniuks existía desde hacía mucho. Aunque todos en la familia ebullían en rabia al ver a los diabólicos Huteniuks, nadie pudo decirle a Ivan exactamente cómo había comenzado la trifulca. Él, también, ardía en deseo de venganza, y hubiese podido agarrar el hacha de su padre, la cual aún era muy pesada para él, listo para entrar en batalla.

Aunque Ivan era el decimonoveno hijo, y Annychka la vigésima, la familia se componía solamente de los padres y cinco niños. Los otros quince ya estaban sepultados en el cementerio de la iglesia. La familia era muy devota y gustaba de visitar la iglesia, especialmente para las ferias parroquiales. Allí podían encontrarse con parientes lejanos que se habían establecido en aldeas vecinas, y llegaban las oportunidades para vengarse de los Huteniuks por la muerte de Vasyl y por la sangre que los Paliichuks habían derramado tan seguido.

Sacaban sus ropas más finas, sus nuevas chaquetas de lana, los justillos bordados, los cinturones y billeteras cosidos a mano, los chalecos, los pañuelos rojos de seda, e incluso el mantillo blanco como la nieve que la madre llevaba siempre con mucho cuidado sobre su hombro. Ivan recibió un sombrero nuevo y una larga alforja para el hombro, que colgaba golpeando sus piernas.

Los caballos eran ensillados y salía la enorme procesión, enguirnaldando la verde vereda cuesta arriba, como amapolas rojas. La gente ataviada festiva se extendía por picos y valles. Los verdes prados parecían florecer; una colorida caravana fluía a la par del Cheremosh y, mucho más arriba, contra el negro manto del bosque de abetos, destellaba una roja sombrilla hutsul, del sol de la madrugada.

Ivan vio pronto que se reunían los clanes enemigos. La familia estaba regresando de una feria parroquial, en la que el padre había bebido un poquito. Subitamente se suscitó una conmoción en uno de los angostos caminos entre la montaña y el Cheremosh. Habían detenido las carretas y, hombres y mujeres, tanto a caballo como a pie, se habían reunido en una multitud. Destellaron las hachas en el fiero rugido que se desató, y los Huteniuks y los Paliichuks chocaron como acero y pedernal. Antes que Ivan pudiese darse cuenta de lo que estaba sucediendo, su padre blandió su hacha y la clavó en la frente de alguien. Saltó la sangre sobre el rostro del hombre, sobre su camisa y su coqueto chaleco. Las mujeres chillaron y corrieron a halar al hombre herido. Con su cara tan roja como sus pantalones, atestó un golpe de hacha a su enemigo, y el padre de Ivan cayó como un abeto talado. Ivan se abalanzó hacia él. No sabía lo que estaba haciendo. Pero los adultos se levantaron y, bien plantados sobre sus pies, no lo dejaron entrar en la contienda.

Excitado en furia, corrió directo hacia una pequeña niña que temblaba de miedo junto a una carreta. ¡Ajá! Esta debe ser la hija de Huteniuk, pensó y, sin dudarlo, la golpeó en el rostro. Ella hizo un gesto, se agarró fuertemente la blusa, y salió corriendo. Ivan la alcanzó cerca del rio, la tomó por la blusa, y le dio un tirón. Cayeron las cintas nuevas de su cabello, y la chica respondió con un grito para salvarlas, pero Ivan las arrebató y las lanzó al agua. Entonces la niña le lanzó una mirada penetrante con sus ojos de un negro límpido, y le dijo calmada: “Muy bien. Tengo otros listones, mucho más bonitos”. Lo dijo en un tono en el que parecía estar consolándolo ella a él.

Sorprendido por su tono amable, el chicho permaneció en silencio.

“Mi madre me compró un nuevo delantal…sólo para mi…y mocasinas….y medias bordadas…y…”

El chico aún no sabía qué decir.

“Me pondré mis lindas prendas y seré una bella damita.”

Entonces a él le dio envidia. “Y yo puedo tocar la flauta”.

“Nuestro Fedir se hizo una linda floyara. Cuando la toca…”

Ivan frunció el ceño. “Yo he visto a “El que desaparece”.

La muchacha le lanzó una mirada de incredulidad. “¿Entonces por qué peleas?”

“¿Y por qué estabas junto a la carreta?”

Ella permaneció pensativa durante un momento, indecisa sobre su respuesta, y entonces comenzó a buscarse algo adentro del frente de su blusa. Finalmente, se sacó una larga pieza de confite. “¡Sólo mira!” Mordió la mitad de la golosina y le extendió al chico la otra mitad, con un movimiento grave y confiado. “¡Toma!”

Ivan dudó, pero luego tomó el regalo. Pronto ya estaban sentados ambos, lado a lado, ajenos a los gritos del combate y al feroz rugido del rio. Ella le dijo que su nombre era Marichka, que estaba atendiendo a sus ovejas, que una mujer tuerta había robado su harina, y otras cosas que eran muy interesantes y familiares para ambos, mientras su mirada, de ojos límpidos negros, atravesaba el corazón de Ivan.

La trembita anunció finalmente una tercera muerte en el solitario caserío sobre el alto pico: el viejo Paliichuk había fallecido al día siguiente de la pelea. Llegaron tiempos muy difíciles para la familia de Ivan luego de la muerte del maestro. Enraizó el desorden; desaparecían las posesiones; era vendido un prado tras otro, y el ganado se fundió como la nieve de montaña en la primavera.

Pero la muerte de su padre causó una impresión mucho menor en Ivan que la amistad con la pequeña niña que le había compartido con tanta confianza la mitad de su golosina, justo después que él le hubiera hecho daño. Su pena antigua y sin causa tomaba una nueva dirección. Lo llevó a las montañas, acarreándolo a los picos vecinos, bosques y valles, en busca de Marichka. La logró hallar, finalmente, cuando la chica pastoreaba las ovejas.

Marichka lo recibió como si lo hubiese estado esperando: cuidarían juntos las ovejas. ¡Por supuesto! Dejemos que Buena y Azul tintineen sus cencerros y mujan en el bosque. Pastorearía las ovejas de Marichka.

¡Y cómo las pastorearon! Agrupadas a la sombra de un abeto, los añejos bovinos observaron con sombrías miradas a los chicos rodando sobre el musgo, con sus risas interrumpiendo el silencio. Incansables, trepaban a los blancos peñascos y observaban sin miedo al abismo debajo, desde el cual surgía la negra aparición montañosa y se elevaba al cielo, brillando con un azur que no se fundiría en la luz del sol. Un arroyo se deslizaba a través de una hendedura en las montañas, sacudiendo su gris barba en las rocas. El silencio ancestbral que el bosque protegía era tan cálido, solitario y aterrador, que los chicos podían escuchar su propia respiración. Sus oídos escuchaban y amplificaban cada sonido del bosque y, a veces, parecía que podían escuchar misteriosas pisadas, el sordo golpe de un hacha y un pesado jadeo.

¿Ivan, lo puedes escuchar? susurró Marichka.

¿Por qué no debería? Por supuesto que lo escucho.

Ambos sabían que que era un hacha invisible que vagaba por el bosque, golpeando árboles y respirando con dificultad por el cansancio. El miedo los envió corriendo cuesta abajo, hacia el valle, en donde la corriente fluía con mayor calma. Se buscaron un sitio en el rio, se desnudaron y se lanzaron de clavado al agua como criaturas del bosque que no conocen la vergüenza. El sol destellaba en sus bellos cabellos, mientras que el agua helada pellizcara sus miembros. Marichka fue la primera en tener frío y salir a prisa del agua.

¡Alto! Gritó fuerte Ivan. ¿De dónde eres?”

De Ya-vo-riv, respondió Marichka, tiritando con sus dientes.

¿E hija de quién eres?

Del herrero.

¡Que te vaya bien, hija del herrero! La pellizcaba Ivan y la correteaba hasta que quedaban exhaustos, pero cálidos, parando yaciendo sobre el césped.

En un tramo tranquilo del arroyo, en donde brillan los frutos del acónito y cuelgan las bayas del monje como azules zapatillas, croaban triestemente las ranas. Ivan se inclinaba hacia el riachuelo y preguntaba a una rana, “¿Madrina, madrina, qué has cocinado?”

Borsch, Borsch, borsch”; croaba Marichka.

¡Remolacha, remolacha, remolacha!” gritaban entonces ambos, con sus ojos fuertemente cerrados, obligando a las ranas a guardar silencio.

De esta forma es como ellos pastoreaban las ovejas, perdiéndolas casi por completo.

Sus juegos cambiaron cuando crecieron los muchachos. Ivan ya era un joven hombre, tan alto y robusto como un abeto. Se arreglaba el cabello con mantequilla y se ceñía un ancho cinturón de cuero, y un coqueto sombrero de paja. Marichka adornaba su cabello con listones, lo que significaba que ya estaba lista para entregar su mano en matrimonio. Ya no pastoreaban juntos a las ovejas, y se juntaban sólamente en domingos y días festivos, en la iglesia o en el bosque, de forma que las familias enemigas no se enteraran que sus hijos estaban enamorados.

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Autor: Ucrania Fantástica

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