Aunque Ucrania sigue ocupando un lugar recurrente en los informativos, los medios de comunicación y los políticos occidentales siguen pasando por alto la razón principal de la guerra. Para asegurarnos de que un conflicto así no vuelva a repetirse en el futuro, debemos comprender las normas sociales profundamente arraigadas que permitieron a Rusia invadir el país en primer lugar.
Desde que Rusia empezó su invasión a gran escala de Ucrania, los medios de comunicación occidentales se han visto inundados de titulares, que la etiquetan como «la guerra de Putin contra Ucrania». Esta representación engañosa solo apunta a la culpabilidad personal de los dirigentes. Muchos observadores occidentales parecen estar dispuestos a exculpar a la sociedad rusa, desestimando la noción de responsabilidad colectiva como producto de la exaltación de las emociones ucranianas. Pero Putin es un reflejo y una creación de la sociedad, la visión del mundo y las creencias populares de Rusia, y no al revés. No cuestionar la mentalidad imperialista y chovinista profundamente arraigada en la sociedad rusa es peligroso. Se corre el riesgo de posponer la finalización de la guerra y de prolongar la inestabilidad del sistema internacional.
Putin no existe en el vacío. Actúa en un contexto cultural, que se ha ido formando a lo largo de los siglos y es producto de este contexto. La ideología de su régimen se basa en la creencia de la superioridad espiritual de Rusia sobre el «Occidente en decadencia», una idea que hunde sus raíces intelectuales en las narrativas eslavófilas y eurasiatistas, que dominaron los debates geopolíticos rusos en el siglo XIX y los principios del XX. La ambición de negar a los ucranianos su derecho de existir como nación separada y soberana ha estado siempre presente en la política y la sociedad rusas. El ensayo de Putin de julio de 2021 sobre la «unidad histórica de los pueblos ucraniano y ruso» es una reiteración de precisamente eso, no una afirmación nueva en la sociedad rusa. Es primordial que los responsables políticos occidentales tengan en cuenta estas profundas corrientes sociales en sus decisiones en cualquiera de los escenarios de posguerra para Rusia, independientemente de quién se siente en el Kremlin. No es prudente esperar, que un nuevo gobernante ruso abrace de repente a Ucrania y a Occidente.
Propaganda y creencias populares
Los dirigentes del Kremlin siempre han sido expertos en manipular la opinión pública mediante una propaganda contundente. Sin embargo, bajo el gobierno de Putin, este arte se ha perfeccionado. La propaganda del régimen se basa en las creencias populares y, a su vez, alimenta aún más esas narrativas. Por ejemplo, un estudio conjunto estonio-ucraniano, que analizó el contenido emitido en los tres canales de televisión más importantes de Rusia entre 2014 y 2018, muestra que un asombroso 85% de la cobertura fue negativa sobre Europa. En el caso de Ucrania [1], la proporción de la cobertura negativa asciende al 90%.
La disciplina de los propagandistas del régimen puede verse en el hecho de que gran parte de la cobertura negativa se reduce a unas pocas narrativas simplistas. Europa, según la propaganda rusa, está acosada por el terrorismo, las protestas, la debilidad de las instituciones y la degradación moral. El ruso promedio se siente así obligado a «poner el orden» en Europa. En el caso de Ucrania, las narrativas están relacionadas, pero son distintas, ya que el país se presenta como un Estado fallido dirigido por fascistas. Este contenido sirve para deshumanizar al europeo medio. Encuentra poca resistencia en la sociedad rusa, donde las ideas sobre la decadencia de Europa están muy extendidas.
No cabe duda de que el pueblo ruso apoya la guerra contra Ucrania. Los datos estadísticos pueden ser fácilmente manipulados por los regímenes autoritarios, pero numerosas encuestas independientes demuestran un alto nivel de apoyo popular a la invasión, que oscilaba entre el 70% y el 83% en marzo y abril de 2022. Una encuesta de la CNN realizada antes del inicio de la guerra a gran escala mostraba que el 50% de los rusos apoyaba la acción militar contra Ucrania. Incluso antes, el 86% de los rusos respaldó la anexión de Crimea en 2014, según el Centro Levada, la única organización sociológica independiente de Rusia. Un total de 48 millones de rusos han visitado la península desde 2014, lo que demuestra su desprecio por el Derecho internacional y el principio de integridad territorial.
Además, el otoño pasado, un estudio reveló que el 62% de la población rusa consideraba que las cosas en el país iban por el buen camino. Este estudio también reveló que el 61% de los rusos aprobaba la movilización parcial y el 63% apoyaba los ataques aéreos y con misiles de Rusia contra la infraestructura energética civil de Ucrania. Muchos observadores siguen cuestionando este tipo de estadísticas, achacándolas al restrictivo entorno político dentro de Rusia. Pero para quienes tengan dudas, otra encuesta no relacionada con la guerra ofrece datos reveladores. Cuando se les preguntó por los valores y la civilización occidentales, el 60% de los rusos encuestados en agosto de 2022 dijeron que no veían ningún valor en ellos, mientras que el 26% los calificó de «perjudiciales» y solo el 2% los apoyaba.
Descubriendo al ruso promedio
Otra forma de entender de que ésta no es solo la guerra de Putin, es observar ejemplos concretos del apoyo de los ciudadanos. Como en cualquier conflicto de esta magnitud, la agresión rusa cuenta con el asentimiento silencioso o el apoyo activo de todos los sectores de la sociedad, mucho más allá de las fuerzas armadas. Los burócratas rusos y los llamados «tecnócratas» económicos, muchos de los cuales el Occidente consideraba liberales, garantizan el buen funcionamiento de la maquinaria estatal. Mientras tanto, muchas figuras culturales y famosos rusos aplauden abiertamente las acciones del régimen y recaudan fondos para la guerra.
Se podría argumentar que las acciones de gran parte de la élite no se corresponden necesariamente con las opiniones de los ciudadanos de a pie. Pero no hace falta mirar más allá de las numerosas conversaciones telefónicas interceptadas por los servicios de inteligencia de Ucrania y sus aliados occidentales para ver cómo las esposas y madres de los soldados rusos les animan a violar, torturar y asesinar a los civiles, especialmente a las mujeres. Innumerables casos de mujeres rusas, que instan a sus maridos e hijos a saquear los electrodomésticos, la ropa y las joyas de ucranianos civiles, han sido fuente de muchos memes ucranianos. Mientras tanto, los usuarios de las redes sociales rusas muestran habitualmente alegría y triunfo tras cada ataque aéreo masivo contra la población civil ucraniana.
El caso de Alemania: extraer las lecciones del pasado
Cuando se habla de la culpabilidad colectiva de los rusos, los observadores suelen establecer comparaciones con la culpabilidad colectiva de los alemanes tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial. El proceso de la «desnazificación» de la posguerra dividió a los alemanes en cinco categorías de responsabilidad: absueltos, simpatizantes, culpables insignificantes, culpables y culpables principales. Mientras los tribunales se ocupaban de estos procesos legales, se desarrollaba un debate mucho más interesante entre teólogos y filósofos.
El debate lo iniciaron destacados evangelistas alemanes, que en 1945 argumentaron de forma escandalosa, que toda la nación alemana debía ser declarada culpable debido a la inacción, el silencio y la evasión de responsabilidades del pueblo. Esto se resume en la famosa frase «das Nichtstun, das Nichtreden, das Nicht-Verantwortlich-Fühlen» [trad.:
no hacer nada, no hablar, no sentirse responsable]. Más tarde, el filósofo alemán Karl Jaspers escribió de forma persuasiva sobre la noción de culpa más allá del tipo penal o moral. En su opinión, uno podría tener «culpa política» por ser ciudadano de un país que comete crímenes, o «culpa metafísica» por no resistirse activamente a tales fechorías. Por último, fueron las obras de Hannah Arendt las que popularizaron el principio de responsabilidad colectiva por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad y ayudaron a configurar las políticas de Occidente hacia la Alemania de posguerra.
Los casos de la Alemania nazi y la Rusia actual no son totalmente análogos. Tomemos, por ejemplo, el acceso de cada sociedad a la información. La población rusa puede acceder al periodismo real en línea, a través de medios de comunicación occidentales y ucranianos de alta calidad que, en general, incluyen versiones en ruso. Los avances tecnológicos del siglo XXI han hecho indudablemente más fácil resistirse a la propaganda ahora en comparación con los años treinta y cuarenta. Si los alemanes fueron declarados colectivamente culpables en circunstancias políticas muy propicias para la obediencia y el control de masas, ¿por qué no habrían de serlo los rusos después de haber observado en silencio cómo el régimen se fortalecía y cometía crímenes en Chechenia, Georgia, Siria y Ucrania?
El argumento tan popular ruso de que la sociedad simplemente no dispone de recursos cívicos o legales efectivos contra el Estado es falso. Se ignora el hecho de que Putin no era tan poderoso cuando llegó al poder hace más de dos décadas. El silencio o el apoyo activo de la sociedad rusa desde el principio aumentaron su confianza y le allanaron el camino para consolidar su dominio. Putin heredó un sistema político relativamente abierto tras la presidencia de Borís Yeltsin. La sociedad rusa disponía de instrumentos cuasi democráticos para influir en la toma de decisiones, pero hizo poco por protestar mientras esas libertades se erosionaban sistemáticamente.
La apatía es, quizá, el mayor facilitador de los crímenes del régimen. Permanecer apolítico, negarse a adoptar una postura cívica, y abstenerse de condenar los crímenes del propio gobierno, representan una elección en sí misma. El asentimiento silencioso ha sido uno de los principales aliados de Putin.
La respuesta de Occidente
Responsabilizar únicamente a Putin de la guerra de Rusia contra Ucrania aumenta el riesgo de que se produzcan guerras criminales similares en el futuro. Para evitarlo, y para lograr una rendición de cuentas significativa, los responsables políticos occidentales deben afrontar el chovinismo profundamente arraigado en la población rusa.
No será una tarea fácil, pero Occidente ya ha emprendido este camino. La suspensión de visados y otras restricciones de las normas de inmigración aplicadas por la mayoría de los miembros de la UE son un paso en la dirección correcta. Limitar la concesión o suspender por completo los «visados dorados» para inversores también sirve como buena lección de que no se puede apoyar guerras criminales y seguir disfrutando de un estilo de vida lujoso en las costas europeas o comprar la ciudadanía en países democráticos.
Algunas sanciones económicas también han tenido un impacto holístico en la sociedad rusa, como la prohibición del SWIFT a algunos bancos rusos y el bloqueo de la capacidad de los particulares para realizar transacciones financieras transfronterizas. La decisión de los países occidentales de cerrar su espacio aéreo a los vuelos rusos y de limitar los viajes de sus aerolíneas sobre el espacio aéreo ruso también demuestra que Occidente entiende el concepto de la culpa colectiva, aunque carezca del coraje político para decirlo en voz alta.
La próxima reinvención de Rusia
Sin embargo, la transformación interna que debe producirse en la sociedad rusa para que Ucrania y muchos países de la OTAN se sientan seguros en su vecindad tiene por delante un camino más largo. Es evidente, que incluso tras una derrota en la guerra con Ucrania, que tendría como consecuencia el retroceso de Rusia a sus fronteras internacionalmente reconocidas con Ucrania desde 1991, Moscú no experimentará una capitulación completa ni una ocupación extranjera como la Alemania de posguerra. No obstante, el ejemplo de Alemania demuestra claramente que tales transformaciones sociales llevan generaciones y pueden no dar resultados inmediatos. A mediados de la década de 1950, un tercio de la población alemana consideraba justificable el asesinato de los judíos. Según Tony Judt en su célebre obra «Postwar», sólo el 5% de los alemanes occidentales se sentían culpables en la década de 1950. Esto pinta un panorama sombrío para la recuperación mental a corto plazo de la sociedad rusa.
Aunque factores externos como las sanciones económicas y el aislamiento político son medidas occidentales necesarias de disuasión, es poco probable que sean los factores decisivos de un cambio geopolítico significativo que conduzca a una Rusia diferente de la que conocemos hoy. La historia ha demostrado que las grandes transformaciones políticas internas en las tierras ocupadas por Rusia a lo largo de los siglos siempre se han originado desde dentro. Esto incluye la revolución de 1904-05, la revolución bolchevique y la disolución de la Unión Soviética. La Historia tiende a tener trayectorias y tendencias innegables, que encarnan un determinado Zeitgeist [trad.: espíritu del tiempo]. Es innegable que la era de los imperios es un vestigio del siglo XX, y Rusia, como imperio del siglo XXI, está destinada a seguir un camino de transformación. La forma que adoptará este proceso y los acontecimientos internos que lo desencadenarán siguen sin estar claros, pero Occidente ya debería estar preparándose para diversos escenarios. Un plan de contingencia significativo es una herramienta esencial para evitar que la rápida evolución de Rusia nos pille desprevenidos. Estos planes deben girar en torno a la cuestión de qué políticas deben aplicarse para ayudar a cambiar las creencias profundamente arraigadas del pueblo ruso. Al fin y al cabo, estas creencias son la verdadera fuente de la amenaza rusa.
Lesia Ogryzko es Jefa de Análisis y Defensa Estratégica del Centro de Estrategias de Defensa. Anteriormente, trabajó en el sistema de la ONU, colaboró con el gobierno ucraniano en la aplicación de reformas democráticas y se dedicó a la ayuda humanitaria en escenarios de guerra.
[1] «Imagen de Ucrania en la televisión rusa», 2017, Grupo analítico de guerra híbrida, UCMC, Centro Estonio para la Cooperación Oriental.
Fuente original de artículo de Lesia Ogryzko y traducción hecha por ConUcrania.
