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Los rostros de voluntarios ucranianos

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En los últimos dos años, la vida de miles de ucranianos ha cambiado completamente al haberse convertido en voluntarios para ayudar a las víctimas de la guerra.  Los perfiles de los voluntarios son muy variados: desde jóvenes a ancianos lo que los une es el deseo de ayudar a los que más lo necesitan.

Éstas son sus historias:

Nadiya Kotsiubynska, 78 años, jubilada

Aunque por su profesión, Nadiya Ivanivna es economista, trabaja de costurera en un taller benéfico de Cáritas desde hace 15 años. Repara la ropa y cose sábanas (en el último mes ha realizado 100 juegos) para niños de familias pobres, refugiados y ancianos. Antes, Nadiya Ivanivna también daba clases de costura a niños.

Hace 9 años su marido murió de cáncer. A pesar de pasarlo muy mal, no dejó el trabajo, sino que comenzó a trabajar más. “Mis penas y depresiones las ahogaba en el trabajo”, dice. “Ahora siempre digo: el trabajo es el mejor remedio”.

Mario, extranjero (Valencia, España)

La gente local no sabe mucho sobre Mario, porque él sólo sabe hablar español. Pero la barrera lingüística no le impide ayudar en un centro de ayuda a los refugiados ya desde hace medio año. Comenzando la jornada por la mañana temprano, Mario recibe, a través de una ventana especial, cosas que la gente dona para los refugiados.

Un día, los compañeros del centro hablaron con Mario con la ayuda de un traductor. Mario les contó que había venido a Ucrania por el impulso de su corazón, porque siente que los ucranianos lo necesitan.

A Mario le gusta cantar y suele ir al Teatro de Ópera. Su hijo toca el violonchelo en una orquesta en Valencia.

Polina Koval, 15 años, estudiante (Kyiv)

Polina lleva trabajando en un centro de ayuda a los refugiados desde hace 1 año. Su labor consiste en clasificar la ropa infantil. Polina compagina sus estudios con el trabajo en el centro y cuando llegan las vacaciones también las pasa ahí. Además de ir al instituto, también va a una escuela de música. Este año, ha terminado sus estudios de canto clásico y ahora estudia el saxofón.

Polina dice que Ucrania tiene que permanecer unida, y para eso todos tienen que ayudarse entre sí, es la obligación de cada uno.

Viktor, 49 años, refugiado (Pervomaisk, Lugansk)

Viktor llegó a Kiev escapando del “mundo ruso”. La primera vez que vino al centro de ayuda a los refugiados no fue para ayudar, sino para recibir ayuda. Al llegar a Kiev no tenía nada.

Ahora dedica todo su tiempo a ayudar en el centro. Antes de la guerra, trabajaba como director comercial en una empresa en Pervomaisk.

Yuriy Kucha, 44 años, soldado (Kremenchug)

Hace dos meses, Yuriy, soldado ucraniano, acabó en un hospital militar. Ahí conoció a muchos voluntarios. Dice que la mayoría son mujeres y el trabajo es duro, hay que llevar bolsas pesadas con comida y agua, por lo que empezó a ayudarles y ahora sigue con la labor voluntaria.

Dmitry Shved, 18 años, estudiante (Kyiv)

Con tan sólo 17 años, Dima vino a un hospital militar para ayudar como voluntario, y ya lleva 10 meses ayudando en el departamento de traumatología. Transporta cosas y ayuda a los enfermos a desplazarse.

Dima estudia enfermería y viene al hospital 4-5 veces a la semana. Dice que el sentimiento de patriotismo, nacido en el Maidan donde también ayudaba, le da fuerzas para cumplir con esta responsabilidad.

Nelya Ivanivna Nyzhnyk, 76 años, jubilada

Desde hace 1 año, desde las 10 de la mañana hasta las 6 de la tarde, Nelya Ivanivna ayuda en el centro de ayuda a los refugiados Frolovska 9/11 clasificando los juguetes. Lo que más alegría le da son las madres que le piden algo educativo para sus bebés. El hijo de Nelya Ivanivna está en la zona de guerra.

A lo largo de 54 años en el sector de la energética, Nelya Ivanivna ha viajado por medio mundo. A los 74 años se jubiló, pero no quiso quedarse en casa. Dice que lo más importante de su labor actual es querer a las personas.

Svetlana Polujina, 35 años, refugiada (Lugansk)

Por su profesión, Svetlana es directora teatral. Trabajaba de modelo, realizaba concursos de belleza en Lugansk y trabajaba con mujeres de todas las edades en un estudio de educación estética.

Al mudarse a Kiev pudo llevarse consigo unas mesas especiales para dibujos con arena. Ahora da clases de este tipo de arte como terapia para los niños refugiados.

Fuente

Autor: Anna Khrunyk

Traductora y revisora

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