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Sombras de los ancestros olvidados, en español – Parte 4

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Para la fiesta de los santos Pedro y Pablo, se desataba siempre una ventisca. La nieve quedaba en el suelo durante tres días, y muchas ovejas morían al resbalar y se rompían las ingles. ———-

En ocasiones subían personas de los bajíos. Los pastores los rodeaban y luchaban entre ellos por realizar las preguntas, “¿Qué noticias traéis de la aldea?”. Y luego quedaban escuchando como niños a las simples respuestas: que estaban escasas las patatas, o que el maíz estaba creciendo muy delgado, o que Ilena Mocharnyk había fallecido. Todos bebían por la salud del ganado, y los huéspedes llenaban sus bolsos con queso y partían de regreso, pacíficamente, al valle.

Por las noches se encendían fogatas a un lado del aprisco. Los pastores se sacaban la ropa y sacudían las garrapatas en el fuego o, hambrientos de damas tras un verano completo sin ellas, se embeberían en una charla salaz. Los rugidos de las carcajadas sacaban al ganado de su sueño.

Antes de irse a dormir, Ivan llamaba a Mykola, quien siempre era platicador y le gustaba cantar. “¡Mykola, amigo mío!. Ven aquí.”

“Espera un minuto, hermano Ivan, ya voy” el cuidador del fuego respondía desde el aprisco, e Ivan escuchaba resonar su canción:

La Chornohora no cultiva ni grano ni heno. Cria a jóvenes pastores, y queso, y fino suero.

Mykola era un huérfano que había crecido en las tierras altas. “Fui criado por las ovejas”, decía, suavizando sus rizos despeinados.

Habiendo finalizado sus labores, el cuidador del fuego se acostaba junto a Ivan. Estaba hollinoso y saturado de humo, y sus jóvenes dientes brillaban a la luz del fuego. Ivan se colocaba más cerca, lo abrazaba por el cuello, y le imploraba: “Cuéntame una historia, amigo. Sabes muchas.”

Las estrellas bajaban del cielo, y la vía láctea fluía como la blanca espuma en el río. Las montañas ya dormían. “Seguro están creciendo” gritaba Ivan como si fuera para si mismo.

¿Quién?

Las montañas.

Al principio crecían, pero ahora ya se detuvieron. Mykola guardaba silencio y luego agregaba callado, al principio no había montañas, sólo agua. El agua era como un mar sin playas. Y Dios caminaba sobre el agua. Pero una vez notó Él que la espuma se arremolinaba en el agua. ´¿Quién eres tu?´, preguntó, ´Yo no sé´respondió. Estoy vivo pero no puedo caminar´Ese era el Aridnyk. Dios no sabía nada sobre él pues el Arydnik, como Dios mismo, había existido desde el puro principio. Dios le dio brazos y piernas, y se volvieron como hermanos de sangre. Cuando se cansaron de caminar sobre el agua, Dios decidió crear tierra, pero no pudo obtener arcilla del fondo del mar, porque Él conoce todo en el mundo, pero no puede hacer nada. Pero el Aridnyk tenía el poder de hacer de todo y dijo ´Yo puedo bucear´. ´Sumérgete entonces´respondió Dios. Entonces el Aridnyk se zambulló, tomó un puñado de arcilla y ocultó otro poco entre su boca, para sí mismo. Dios tomó la arcilla y la dispersó. ´¿No hay más?´´No´Entonces Dios bendijo la tierra, y ésta comenzó a crecer. Pero la tierra que estaba entre la boca de Satán también creció. Creció y creció hasta que forzó a que abriera su boca. No podía respirar, y sus ojos ya se salían de sus órbitas. ´¡Escupe!´le aconsejó Dios. El Arydnik comenzó a escupir, y hacia donde quiera que escupía, crecía una montaña, cada una más alta que la anterior, hasta que alcanzaron el cielo. Y hubiesen perforado los cielos si Dios no las hubiera detenido. Y desde entonces, las montañas ya no han crecido más.”

A Ivan se le hizo muy raro el pensar que las alegres y finas montañas hubiesen sido creadas por el Maligno. “Dime más, mi amigo”, le rogó.

El aridnyk era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera,” continuó Mykola. “Cuando Dios quería algo, Él lo tendría que hacer por artificio o por sigilo. El Aridnyk creó las ovejas y se fabricó un violín que tocaba mientras las pastaba. Dios vio ésto y le robó algunas ovejas al Arydnik, y entonces ambos las criaron. Toda la sabiduría e inteligencia en este mundo provienen de Satán. Toda carreta, caballo, instrumento musical, molino y cabaña, fueron inventados por él. Dios simplemente se las robó y se las dio a la gente. De forma que hubo una vez… ”

En cierta ocasión, al Arydnik le dio frío y, para calentarse, inventó el fuego. Dios vino y obsevó el fuego. El Arydnik supo lo que él quería. ´Me has robado todo lo demás´le dijo, ´pero ésto, no te lo daré.´Entonces vio que Dios estaba encendiendo también una fogata. Se enfadó tanto que escupió en el fuego de Dios. Salió humo de su saliva. El primer fuego era limpio y sin humo pero, desde entonces, humea.”

Mykola contaba estas historias por bastante tiempo y, cuando fuera que mencionara al diablo, Ivan se persignaba bajo su camisa, y Mykola escupía para evitar que el Maligno tomara poder sobre él.

En una ocasión, Mykola se enfermó, e Ivan fue quien se encargó de cuidar el fuego por él. El jefe pastor dormía en una banca junto al fuego, mientras el enfermo gemía en una esquina, en donde se movían de un lado a otro las sombras de los quesos que colgaban, secándose. El agua bullía en una olla negra, y el humo forzaba su marcha hacia arriba, colándose por entre las rajaduras de las piezas del tejado. En ocasiones el malvado soplaba por algún resquicio, haciendo que el humo golpeara el rostro de Ivan, causando ardor en sus ojos. Pero eso era bueno, pues así no se atrevía a dormir. Para espantar el sueño que lo asechaba y pesaba tanto sobre él, quedaba viendo fijamente al fuego. Debía cuidarlo, pues era un espíritu de los pastizales de las tierras altas, pues quién sabe si se le permitía irse. Las brasas le sonreían desde la fuerte carga de leña, y luego se desvanecían. Algunas manchas verdes salían flotando frente a sus ojos y navegaban hacia prados y bosques.

Los blancos pies de Marichka pisaban a través de un prado. Arrojando a un lado su rastrillo, extendía sus brazos hacia Ivan. Y, justo cuando su suave cuerpo estaba a punto de tocar el fuerte pecho del amado, emergía un oso rugiendo desde el bosque, dispersando las blancas ovejas y separando a su amado de Marichka. ¡El diablo se lo llevaba! ¿En verdad me quedé dormido? Las brasas le guiñaban; el jefe pastor aún roncaba, y Mykola se quejaba bajo una pesada cubierta de sombras incansables.

¿No era ya hora de preparar la kasha (sopa, gachas) para el desayuno de los pastores? Ivan salió de la cabaña. El silencio y el frío lo envolvieron. Podía escuchar el ganado respirando en los corrales. Las ovejas ya estaban agrupadas, y comenzaban a vislumbrarse los fuegos encendidos en las cabañas de los pastores. Los perros rodearon a Ivan, estirando sus adormilados cuerpos, y restregando sus flancos en las piernas del muchacho. Las negras montañas llenaban los bajíos como una enorme grey. Habían vivido en silencio desde tiempos tan inmemoriales, que podían escuchar incluso la respiración de vacas y ovejas. Sobre ellas se extendía el cielo, el celestial pastizal en donde pastan las estrellas, como blancas ovejas. ¿Había algo en el mundo además de estos dos pastizales? Uno se extendía sobre la tierra y el otro sobre las montañas, y el pastor era solo un punto negro entre ambos.

Pero tal vez no era nada. ¿Tal vez la noche había inundado las montañas, y ellas se habían movido, aplastando todo lo que vivía entre ellas, y sólo el corazón de Ivan había sido dejado intacto para latir dentro de su chaleco y los infinitos espacios? La soledad lo roía, como un dolor de muelas. Algo enorme y ajeno, una tranquilidad indiferente, el sueño de algo que no existe, lo aplastaba. La impaciencia golpeaba en su cerebro, y la ansiedad lo apretaba por la garganta. Sacudiéndose de repente, brincó en los pastizales, sus gritos y chillidos destruyendo el silencio y astillando la noche como una roca lanzada contra una ventana. ¡Oh-oh-oh! llamaban las sobresaltadas montañas. ¡Ha-haha! gritaban ansiosos los distantes picos. Y entonces se cerraba de nuevo el silencio. Los perros pastores se volteaban, mostrando sus dientes a Ivan mientras meneaban sus colas.
Ahora se sentía más triste incluso. Quería ver la luz del sol, escuchar el alegre saludo del rio, compartir el calor y plática de su vida hogareña. Las penas y anhelos presionaban su corazón. LLovían recuerdos que destellaban frente a sus ojos. Repentinamente, escuchó una sosegada llamada ¡Iva-an! Y nuevamente. ¡Ivaan!

¿Marichka? ¿En dónde estaba? ¿Habría venido hasta estos pastizales? ¿De noche? ¿Estaba perdida y lo llamaba? ¿O estaba él escuchando cosas? No. Estaba aquí.

El corazón de Ivan latía más fuerte mientras él dudaba. ¿A dónde debía ir? Luego, por tercera vez, le llegó el grito. ¡Iva-an! Marichka… tuvo que haber…. Corrió a toda velocidad, sin respetar veredas, en la dirección de la voz, pero allí encontró el precipicio que le impedía llegar al pastizal. Se detuvo a ver el negro abismo. Entonces fue cuando comprendió: una ninfa lo estaba llamando. Se persignó con el signo de la cruz y, viendo hacia atrás siempre con cuidado, regresó a la cabaña.

Ya era hora de cocinar la Kasha. Colocar harina dentro de la olla hirviendo, cortó por la masa espesante, y pronto emanó un fragante aroma mezclado con el humo de leña. El jefe pastor se desperezaba, y despuntaba el alba. ¿Quién lo habría llamado? Se preguntaba Ivan. ¿Tal vez habrá sido Marichka, después de todo?

Algo lo llamó a ir a ver de nuevo, por lo que regresó a la pastura tras el recreo del día. Un rocío frío se asentaba sobre sus mocasinas. El cielo enrojecía, y las estrellas bajaban su intensidad. Ivan subió a un pico y repentinamente sintió un escalofrío. ¿En dónde estaba? ¿Qué le había sucedido? ¿Por qué habían desaparecido las montañas? El agua había inundado los valles de los pastizales, sumergiendo los picos, y los pastos flotaban como una isla solitaria en un mar infinito. Un viento soplaba desde la Chornohora. Las aguas profundas susurraban, y el sol, invisible, podía ser escuchado creciendo en sus profundidades. Ahora emergía un pico gris del mar, y se drenaba el agua de él. El viento frío se tornó más intenso en su soplido; las olas del mar crecían, y un pico tras otro, emergían de la blanca espuma. Parecía que estaba volviendo a nacer el mundo. Las aguas se escurrían de los picos y ahora se arremolinaban bajo sus pies. El sol ya había arrojado su corona sobre el cielo, y en cualquier momento mostraría su rostro, mientras la solitaria voz de la trembita era transportada por el aire desde los corrales, despertando a las tierras altas de su sueño.

Ivan pasó el verano en los pastizales de las mesetas hasta que quedó despoblado. El ganado fue arreado de regreso a sus propietarios en los valles; las trembitas sonaron por última vez; el césped quedó todo pisoteado y el viento otoñal suspiraba sobre él como si fuera un cadáver. Sólo el jefe pastor y el cuidador del fuego quedarón atrás. Tuvieron que esperar hasta que el fuego se hubiese consumido por completo. El fuego en los pastizales, que había nacido como un dios, también tenía que ir a dormir por si mismo. Y cuando el pastor jefe y el cuidador del fuego se habían retirado también, un espectro se puso a vagar por los pastos entristecidos e iba a tientas por chozas y corrales para ver si se le había dejado algo.

Ivan corrió en vano desde las tierras altas: no encontró viva a Marichka. El día anterior, cuando vadeaba el Cheremosh, se la había llevado el agua. Había surgido de repente una inundación, y las salvajes olas golpearon a Marichka, soltando sus pies y arrastrándola sobre una cascada, para luego llevarla entre las rocas de debajo. La gente observó cómo las olas la sacudieron y escucharon sus gritos y ruegos, pero no la lograron salvar.

Ivan no pudo creer esas noticias. Tenía que ser un truco jugado por los Huteniuks. Se habrían enterado de su amor por Marichka y la habrían ocultado. Pero cuando escuchó las mismas noticias de cada bando, decidió ir en busca del cuerpo. Debía haber sido lanzado contra las márgenes pobladas de árboles que guarnecían el rio. La gente debió haberla encontrado en algún lugar. Recorrió el rio a lo largo, repleto de rabia ardiente y rugidos incesantes.

Encontró el cuerpo en otra aldea. Había sido arrastrado a una orilla con mucha pendiente, pero no pudo reconocer a Marichka. No era Marichka sino un saco mojado, una masa sangrienta de carne azul que había sido triturada por las rocas del río como si hubiese sido pasada por piedras de molino.

Una gran pena se apoderó de su corazón. Al principio estuvo tentado de saltar de una roca a un remolino: ¡Aquí, devórame también! Pero entonces su ardiente dolor lo llevó a las montañas, lejos del rio. Cubrió sus oídos para no escuchar el rugido traicionero que había absorbido el último aliento de Marichka. Vagó por el bosque, entre rocas y acantilados, como un oso lamiendo sus heridas, y ni siquiera el hambre lo pudo llevar de regreso a la aldea. Vivió de moras y arándanos y bebió agua de los arroyos.

Entonces desapareció. La gente supuso que había muerto de dolor, y las muchachas comenzaron a componer canciones que hablaban del trágico amor entre Ivan y Marichka. Por seis años no hubo noticias de Ivan. Pero apareció inesperadamente durante el séptimo. Estaba chupado y ennegrecido, y se veía mucho mayor de lo que era en realidad, pero estaba calmo. Dijo que había sido pastor en el lado húngaro. Hizo eso por otro año, y luego se casó. Ya era tiempo de levantar una granja.

Hasta que las canciones y disparos de pistola por la boda habían acabado, y hasta que su esposa había llevado su ganado a los corrales, quedó satisfecho Ivan. Su Palahna era de una familia rica. Era una chica altiva y robusta con una voz grave y un cuello grueso. Era verdad que le gustaban las ropas finas y que gastaba mucho dinero en pañuelos de seda y collares de monedas, pero Ivan no se preocupaba mientras estuviera viendo las ovejas balando en los corrales y las vacas pastando en el bosque.

Ahora tenía algo qué atender. No era ambicioso de obtener riquezas – no es el propósito de ningún hutsul en la vida – un simple oficio de pastoreo del ganado era suficiente para llenar de alegría su corazón. Los animales eran para él lo que un hijo es para su madre. Todos sus pensamientos revoloteaban en torno al heno, la comodidad del ganado, y sus preocupaciones más grandes eran que el ganado no se debilitara o que tuviera una maldición sobre si, sólo quería que las ovejas tuviesen borregos y las vacas terneros. El peligro asechaba por todos lados, y tenía que cuidar su ganado de serpientes, bestias y brujas, que hacían de todo para dañar a las vacas y privarlas de su maná. Tenía que saber trucos y tenía que fumigar, lanzar conjuros de protección y recolectar hierbas benéficas. Palahna lo ayudaba. Era una buena ama de casa, y él compartía sus preocupaciones con ella.

¡Qué vecinos nos ha dado el Señor!” se quejaba ella con su esposo. “Jyma vino al corral esta mañana, vio los terneros y aplaudió. ´¡Oh, pero que finos!´Aquí están, pensé dentro de mi. Ni tan pronto se había ido, dos borregos giraron y cayeron muertos. ¡Uf, que bruja!”

“Y yo caminaba de paso por su casa por la noche,” dijo Ivan, “cuando vi algo rodando como un morral. Era brillante como una estrellita. Me detuve a ver, y rodó a través de la pradera y el cerco, y directo a la puerta de Jyma. ¡Dios me ampare! Si lo hubiera pensado a tiempo y me hubiera quitado los pantalones, hubiera capturado con ellos a la bruja, pero era demasiado tarde…”

Su vecino en la colina más cercana al otro lado era Iura. La gente decía que era como un dios. Sabio y poderoso, como un mago que sostiene en sus fuertes manos las fuerzas del cielo y la tierra, de la vida y la muerte, y la salud de ganado y humanidad. Era temido, pero también necesitado, por todos. Ocasionalemente Ivan iba con Iura por ayuda, pero cada vez encontraba la ardiente mirada en los ojos negros del hechicero, que escupía discretamente. “¡Sal en tus ojos!”

Pero Jyma era la peor molestia. Una vieja intrigante, siempre amigable, que de noche se convertía en un perro blanco y vagaba por los cercados de los vecinos. Ivan a menudo tenía que lanzar una horquilla o un hacha para sacarla.

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Autor: Ucrania Fantástica

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