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Informe de Nemtsov. Capítulo II. Mentira y propaganda

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Cualquiera que se decida a describir la carrera política de Vladímir Putin se topará con un dilema irresoluble: el presidente ruso carece de carrera política. La carrera de Putin es televisiva; y todas las fases de dicha carrera, empezando con los episodios chechenos de «perseguir a los terroristas hasta el inodoro hasta acabar con ellos» y «proteged a Rusia», no son más que secuencias de programas de la televisión.
Vladímir Putin es una estrella de la televisión. Su agenda presidencial está llena por completo. El papel hipertrofiado que desempeña en Rusia la televisión en la comunicación entre gobierno y sociedad ya se había consolidado en los años de la presidencia de Borís Yéltsin, pero ha sido Vladímir Putin quien ha ido más allá para lograr construir una sociedad telecéntrica, en la que toda institución pública, desde la Iglesia hasta el Ejército, se han visto sustituidas por una imagen televisiva conveniente.


Como ejemplo de lo anterior, tenemos el escándalo de la primavera de 2015, cuando los periodistas de la RBC, el grupo mediático ruso, averiguaron que el vídeo de una de las habituales reuniones de trabajo de Vladímir Putin, emitido en televisión en los canales oficiales de la Federación, resultó haber sido grabado mucho antes del día de su emisión… El lugar en el que se encontraba el verdadero Putin en ese momento… nadie lo sabe a ciencia cierta. Cabe suponer que semejantes prácticas se han venido llevando a cabo desde mucho antes de 2015 y que, simplemente, hasta ahora, nadie había reparado en ellas, ni nadie sabe cuántos vídeos pregrabados de Putin más se almacenan en la videoteca del Kremlin, esperando a ser emitidos.

Hasta la llegada de 2014, la propaganda rusa les resultaba monstruosa a muchos. Se llegaba al extremo de mostrarse escenas de investigaciones fiscales y arrestos policiales en las escenas de televisión cuando se abordaban asuntos relacionados con la oposición política. Pero, eso sí, tras el inicio de las protestas de la oposición política en Kyiv a finales de 2013, lo que se hizo patente era que aquella propaganda rusa contra la que la sociedad, hasta ese momento, se daba de bruces, no era más que pecata minuta en comparación comparado con lo que estaba por llegar. Es más: los propios propagandistas no ocultaban el hecho de que, en «tiempos de paz», no alcanzaban su pleno rendimiento ni su máxima expresión. Por ejemplo, en 2011, Margarita Simonyán, la directora del canal estatal Russia Today, medio dirigido al público occidental, explicaba sin tapujos las razones por las que se creó su medio: «Cuando no hay guerra, parece que no es necesario. Pero… ¡qué demonios! Cuando la hay, nuestra importancia es crítica: no se puede construir un ejército una semana antes de comenzar la guerra…».
La «guerra» sí empezó, para el Kremlin, en el Maidán de Kyiv a finales del otoño de 2013. Tal como la presentaban en los reportajes de los medios de comunicación oficiales rusos, los opositores en la capital ucraniana eran los sucesores de los colaboracionistas nazis de la Segunda Guerra Mundial, y unos nacionalistas radicales dispuestos prácticamente a perpetrar limpiezas étnicas a cambio de la integración europea (que, por cierto, era lo único que pretendían conseguir).
Las referencias al grupo nacionalista ucraniano Praviy Sektor en los medios de comunicación rusos llegaron a superar ampliamente en un momento dado a las del partido de Putin, Yedinaya Rossiya, pese a que el Praviy Sektor no había llegado ni al 2 % de los votos en las elecciones ucranianas.

Tras la huida de Víktor Yanúkovich, los canales de TV rusos comenzaron a referirse al nuevo gobierno de Ucrania como «la Junta de Kyiv», y a la operación militar que se estaba llevando a cabo contra los separatistas en el este del país, como un «castigo», «operación punitiva»….

Cabe recalcar que, durante muchos años, la propaganda rusa ha prestado una gran atención a la llamada Gran Guerra Patria, y Vladimir Putin ha convertido este asunto en una pieza clave en el propio sistema de coordenadas ideológicas. La agencia estatal rusa de noticias RIA Novosti inauguró en 2005 una nueva tradición para la celebración del 9 de Mayo: el uso masivo de la cinta de San Jorge, a franjas negras y naranjas, con el lema: «No olvido, estoy orgulloso». La festividad más marcadamente soviética se ha convertido en la fiesta nacional más importante en la Rusia de Putin, hasta aquí podría estar uno de acuerdo. Pero todo esto ha resultado ser mero utilitarismo cuando ha entrado en juego el conflicto con Ucrania.

La retórica de los años de guerra se ha visto proyectada en las noticias políticas actuales. El gobierno ucraniano ha pasado a ser, en la retórica de la propaganda del Kremlin, «banderista» y «nazi», de modo que ahora, Rusia, cómo no, tiene la misión de dedicarse a lo mismo que en 1941- 45: a combatir al fascismo. Así, la cinta de San Jorge ha pasado de ser un símbolo conmemorativo a ser un atributo de la resistencia en la actualidad: lucirla es apoyar la separación de Crimea y del Donbás de Ucrania y declararse enemigo de los «banderistas». La retórica antifascista que se emplea en los medios de comunicación oficiales ha transformado una crisis política en lenguaje de una guerra destructiva. Guerra en la que hubo un episodio singular: la emisión en el Pervy Kanal (Primer Canal) ruso de la historia del «niño crucificado». En el informativo de cabecera, en el canal más importante del país, mostraron a una mujer que, supuestamente, había sido testigo de la crucifixión en Slovyánsk, a manos de soldados de la Guardia Nacional ucraniana, de un niño abandonado por el ejército de los separatistas. Jamás llegó a aportarse evidencia alguna sobre la veracidad de semejante historia. Es más, resultó que su protagonista ni siquiera había estado nunca en Slovyánsk. El Pervy Kanal tuvo que excusarse por su emisión.

Con esta misma localidad guarda relación la campaña de desprestigio emprendida contra el músico ruso Andrey Makarévich, que la visitó después de reconquistarla las tropas ucranianas, y ofreció un concierto en la vecina Svyatogórsk para sus habitantes y para los refugiados. Según la visión de los medios del Kremlin, los asistentes al mismo se convirtieron en «castigadores», y el concierto, en una «sucia campaña antirrusa». Los partidarios del gobierno ruso empezaron referirse a Makarévich como «enemigo de Rusia», y a exigir que se lo desposeyese de sus premios nacionales.

La guerra en Ucrania ha mostrado la diversificación de la propaganda rusa en función de su audiencia y del modo en que se difunde la información. Así, siendo la televisión absolutamente mayoritaria, la imagen resultante debe ser lo más general y abstracta posible, sin entrar en detalles. El consumidor de las noticias televisivas es pasivo, de modo que se trata de no sobrecargarlo con demasiados detalles. Por ejemplo, sobre Ígor Gírkin, el cabecilla de los separatistas de Slovyánsk, y muy conocido entre los usuarios de internet (nombre de guerra, Strélkov, que puede traducirse por el Fusilero), los canales oficiales apenas daban detalles. Girkin, que participó personalmente en la anexión de Crimea, ni siquiera aparece en la película Crimea. El camino hacia la patria, en la que Vladímir Putin reconoció por primera vez haber utilizado el ejército ruso en el territorio de esta península ucraniana. Eso sí, Girkin se ha convertido en todo un héroe para los tabloides y las emisoras de radio informativas; es decir, medios cuya audiencia busca obtener información de fuentes diversas, no meramente oficiales. Se trata de una audiencia que no se creerá tan fácilmente historias infundadas tales como la del «niño crucificado», y que, en general, demanda planteamientos más sutiles. De ahí que los corresponsales Semyón Pégov (LifeNews), y Dmitri Stéshin o Alexander Kots (Komsomolskaya Pravda) informasen a sus espectadores y lectores sobre aquello que los canales rusos callaban. Podían permitirse hablar abiertamente sobre el armamento que se les proporcionaba a los separatistas, y sobre las luchas por el poder en las llamadas «repúblicas populares» [del Este de Ucrania]. Por el contrario, emitir las escenas del reportaje de Lifenews en las que aparece otro de los cabecillas separatistas, que se hace llamar Givi, obligando a los prisioneros de guerra ucranianos a tragarse las insignias de sus uniformes resultaría demasiado chocante para el programa de tv del Pervy Kanal, Vremia (Tiempo).

Podría decirse que existe únicamente un competidor potencial de los canales estatales, que disponen de tabloides y medios online, y es el programa Vestí Nedéli, el Informe Semanal del canal Rossiya 1 (Rusia 1). Se trata de un programa tipo late show norteamericano que ha desempeñado un papel clave en cuanto al ensanchamiento de los límites de lo permitido en la televisión en Rusia. Su presentador, Dmitri Kiselyóv, al que nombraron al inicio del conflicto ucraniano director de la antigua RIA Novosti, y que libra su propia guerra contra Ucrania, declaró públicamente que el país está dispuesto a convertir los Estados Unidos en «polvo radiactivo». Su colega Vladímir Solovyóv, también presentador de un programa del mismo canal, mantiene el mismo nivel que Vestí Nedéli, si bien algo rezagado respecto a Kiselyóv (incluido ya en la lista de sancionados por Occidente), lo cual resulta comprensible teniendo en cuenta que Solovyóv posee una mansión en Italia y, evidentemente, no entra en sus planes que lo incluyan en la misma lista de sanciones, pese a la tristemente célebre «atmósfera de odio» que se destilan en sus programas de Rossiya 1 y Mayak [El Faro].

En realidad, todos los programas en directo de los medios rusos no dejan de ser atmósferas de odio, sin comillas. Cuando todo esto acabe, Rusia necesitará un largo periodo para recuperarse de semejante atmósfera y deshacerse tanta norma ética y de comportamiento impuestas por la propaganda en estos años 2014 y 2015.

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Vladimir Putin entrega a Vladimir Solovyóv la medalla al mérito en el Kremlin.

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Autor: Anna Khrunyk

Traductora y revisora

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