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Ucrania: ¿un país en liquidación dentro del mercado diplomático?

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Autor: Pierre Scordia

Profesor de la University College de London.

Todos recordamos la imagen de Victoria Nuland (Subsecretaria de Estado de los Estados Unidos) en la plaza Maidan durante la entrega de sandwiches a los valientes manifestantes indignados por la política de Viktor Yanukovich, presidente de Ucrania en ese momento. Dicho apoyo moral y político por parte de los Estados Unidos durante la revolución popular en Kiev sólo podía ser bien recibido porque cumplía con los principios democráticos y liberales del país norteamericano y de la Unión Europea.

Unas semanas más tarde, cuando parecía inevitable que el presidente del régimen ucraniano caería; una conversación, vía teléfono, entre el embajador estadounidense designado en Kiev, Geoffrey Pyatt y Victoria Nuland, fue intervenida y revelada al público por el partido pro-ruso: mientras Nuland clasificaba y distribuía los roles para un futuro gobierno de transición en Ucrania, pronunciaba su famoso “Fuck the EU” (a la m**rda la UE). Podrán sorprendernos tales comentarios, pero éstos no fueron otra cosa que la consecuencia de la posición de los EUA, los cuales asumían una vez más la celeridad con respecto a la toma de decisiones. En este caso se tradujo en una transición ordenada y validada por las elecciones presidenciales y legislativas justas y democráticas. Estas tuvieron lugar tres y ocho meses más tarde, respectivamente.

Recordemos que sólo el 2% de los sufragantes ucranianos votaron por los partidos de extrema derecha. El país estaba siendo ya parcialmente invadido por las tropas rusas y acusado de régimen neo-nazi por la maquinaria mediática de Putin.

Esta segunda revolución ucraniana (en 10 años) tuvo lugar en un contexto diplomático tenso entre Estados Unidos y Rusia. La Primavera Árabe, seguida por el derrocamiento del régimen de Kadafi en Libia, empeoró las relaciones entre los dos países. Si la Rusia de Medvedev se había abstenido cuando la ONU adoptó la resolución 1973 sobre Libia, era en primer lugar, para proteger a la población civil y en segundo lugar para mejorar las relaciones con Washington después de la guerra de Georgia en el 2008. Sin embargo, el 21 de marzo del 2011, Putin expresó públicamente su “desacuerdo personal” con la política del presidente Medvedev sobre Libia. El regreso de Putin como jefe de Estado en marzo del 2012 terminó con las concesiones hechas por Rusia.

La crisis de Siria fue la primera consecuencia. Resultado: Obama, ignorando la línea roja, dio un giro radical a último momento al aceptar la propuesta rusa para destruir las armas químicas de Al-Asad. Esta victoria diplomática de Rusia fue un golpe para la credibilidad internacional del presidente demócrata. Mientras Obama se permitía evitar otra aventura militar y conservar una apariencia de diálogo y de cooperación con Moscú, su concesión equivalía a un abandono de la oposición moderada en Siria.

En este sentido, el apoyo de Estados Unidos para con el movimiento democrático ucraniano pro-occidental recordaba la famosa frase del cardenal Richelieu al duque de Rohan cuando hizo desmantelar su castillo: “Mi señor, acabo de lanzar un buen tiro en su juego de bolos”. La pelota era explosiva. La revolución ucraniana seguida de una transición democrática liberal podría representar el fin, a largo plazo, del modelo autoritario y cleptómano del presidente Putin. Era necesario actuar y actuar con rapidez!

A pesar de que esperó que finalizaran los Juegos Olímpicos de Sochi, invadió inmediatamente Crimea y la anexó a Rusia quince días mas tarde. Organizó ediciones en Lugansk, Donetsk y Kharkiv. Justificó públicamente la existencia de una “Nueva Rusia” que se extendía desde Besarabia a Donbas; apoyó extraoficialmente los referendos organizados de apuro en los oblasts de Lugansk y de Donetsk y, finalmente, armó y financió sus nuevas entidades ilegales, hasta el punto de enviar refuerzos militares sin que el Occidente impusiera sanción significativa alguna. Sólo la destrucción del Boeing 777 de Malaysian Airlines obligó, por razones morales, a los renuentes países occidentales, a imponer severas sanciones económicas y financieras contra Rusia.

La política de Estados Unidos durante el conflicto entre Rusia y Ucrania fue hasta el mes pasado muy sutil y discreta. Los estadounidenses hicieron un paso al costado de todas las conversaciones y dejaron que los europeos negociaran los dos tratados de Minsk que, por cierto, nunca fueron respetados por Moscú. Es la razón por la cual ahora estamos tratando a través del Minsk II, las nuevas demandas rusas, por enésima vez. El “Fuck the UE” de Nuland no caería en saco roto. El oso ruso parece dispuesto a negociar de forma seria, únicamente con Washington, punto por punto, como en los tiempos de la Guerra Fría. Alemania conjuntamente con Francia al oponerse a la ayuda militar, a un posible ingreso de Ucrania a la OTAN; al limitar las esperanzas de una rápida adhesión a la UE, al aceptar la idea de Kiev como estado federal con dos organismos pro-rusos impuestos por la intervención militar rusa, han perdido gran parte de su prestigio entre los políticos y la gente de Ucrania, mientras que EUA sigue apareciendo como el aliado más confiable y leal.

La visita del secretario de Estado John Kerry a Sochi, el 12 de mayo sorprendió e intrigó bastante a muchos ¿Cuáles fueron los verdaderos asuntos de las negociaciones bilaterales entre Kerry y Serguei Lavrov? El comunicado estadounidense mencionó que ambos discutirían sobre Siria, Irán y Ucrania. En concreto, la reunión dio lugar a la creación de un canal diplomático ruso-estadounidense de asuntos para Ucrania dirigido por Nuland y Grigory Krassin, el viceministro ruso de las Relaciones Exteriores.

Unas semanas más tarde, la canciller Merkel y el presidente Hollande presionaron a Petro Poroshenko para acelerar el proceso, garantizando constitucionalmente el estatus especial de los dos organismos separatistas de Donbas, a pesar de que el protocolo de Minsk II requiere previamente un cese del fuego, que hasta hoy no fue respetado enteramente por las fuerzas pro-rusas. La presión franco-germana a la que aludimos anteriormente como respuesta a los deseos de Moscú y Washington, fue recibida con frialdad en Kiev. No fue hasta la llegada de Victoria Nuland a esta ciudad, para convencer a los diputados más recalcitrantes, incluyendo los que estaban detrás del movimiento Maidan, cuando se votó por este cambio constitucional. Ella los invitó un día antes a la embajada de Estados Unidos y al día siguiente, el mismo día de las elecciones, fue ella misma con el embajador Pyatt a la Rada (el parlamento ucranio). Sin embargo, gracias al apoyo de los diputados de la oposición, los del antiguo Partido de las Regiones del ex presidente derrocado Yanakovitch, este cambio constitucional fué aprobado legalmente.

Probablemente sea chocante para muchos ucranianos presenciar la intervención extranjera, a través de su votación, en una asamblea elegida democráticamente. Tal vez fueron demasiado ingenuos. La verdad es que la prioridad para el gobierno de los Estados Unidos es el acercamiento tímido a Teherán, la destrucción del Estado Islámico y una solución pacífica y rápida en Ucrania. Ninguno de estos objetivos puede lograrse sin la participación de Rusia.

Uno puede entender la lógica estadounidense. Sin embargo, conlleva un alto riesgo. Mediante la incorporación de dos organismos militarizados autónomos del Donbas, Ucrania constitucionalmente garantiza la supervivencia del viejo sistema cleptómano que perjudicó por tanto tiempo el desarrollo de este país. Le da carta blanca a Rusia para intervenir en sus asuntos internos y en su política exterior. Obliga a sus contribuyentes a pagar por la reconstrucción de la región del Donbas. Peor aún, esta política de statu quo podría traer como consecuencia, en el mediano plazo (en un futuro previsible) un pesimismo generalizado de la población ucraniana e incentivar así a las milicias de extrema derecha, muy armadas, a tratar de tomar el poder por la fuerza. Por último, significaría validar la estrategia rusa que consiste a crear bolsillos secesionistas en todos los países de la antigua Unión Soviética, el establecimiento de un sistema de sometimiento.

La mejor solución para asegurar la prosperidad de la población de Ucrania es que este país excluya a los organismos políticos creados por Rusia, obligando de esta manera al Kremlin, a pagar el precio por su política agresiva y destructiva.

Como dijo Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de los Estados Unidos”, podríamos concluir con la paráfrasis: “Pobre Ucrania, tan lejos de los EE.UU., tan cerca de Rusia!”.

Al parecer, los sándwiches de Nuland tienen un sabor muy amargo.

El autor agradece a Daniel Casarez Avalos por su colaboración para la traducción de este texto.

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