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UNA SOBERANÍA BAJO SOSPECHA

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Por JAIME AZNAR AUZMENDI

La nueva etapa política e institucional de Ucrania, que comenzó con el surgimiento del Euromaidán a finales de 2013, sigue siendo objeto de controversia. Desde entonces se ha intentado vincular a las autoridades de Kyiv con la extrema derecha, a fin de cuestionar su acercamiento la Unión Europea. Dichas facciones estuvieron presentes en las revueltas que acabaron con el mandato de Yanukovich, pero dado que no era la primera vez que los ucranianos salían a la calle, el argumente resulta endeble. Basta con recordar los acontecimientos del 24 de agosto de 1991, una vez fracasado el golpe contra Gorbachov, cuando una multitud se concentró cerca del parlamento. Boris Yeltsin acababa de ilegalizar las actividades del PCUS en Rusia, acto que inspiró a las fuerzas emancipadoras del país. En efecto, aquel mismo día los representantes de la cámara aprobaron el acta de independencia. ¿Se trató también de un movimiento neonazi? Ningún libro de historia establece tal responsabilidad, como tampoco lo hace para los sucesos de la Revolución Naranja de 2004. Sin embargo, las insinuaciones continúan.

Un evento mucho más significativo, viene a desmentir la supuesta inspiración fascista de Ucrania: el aniversario de Babi Yar. Se trata de un barranco dónde los alemanes asesinaron a un total de 34.000 judíos procedentes de Kyiv, entre el 28 y el 29 de septiembre de 1941. En años sucesivos las matanzas continuaron hasta alcanzar la 100.000 víctimas mortales, más de dos tercios eran judíos. El lugar ya fue señalado durante la etapa soviética, pero se enmascaró el origen judío de las víctimas. El monumento erigido en 1976 contenía una inscripción en la que se ensalzaba a los ciudadanos soviéticos, oficiales del Ejército Rojo y prisioneros de guerra, dejando para el final a los judíos. El antisemitismo de Stalin es bien conocido, y aunque el racismo nunca formó parte del corpus ideológico de la URSS, las purgas contra individuos judíos están documentadas. El llamado “complot de los médicos” de 1953 es un buen ejemplo de ello. Volviendo a los sucesos de Babi Yar, el gobierno ucraniano no ha querido olvidar este doloroso capítulo del Holocausto, también conocido como “la soah de las balas”. Sólo tras la caída de la Unión Soviética pudo hablarse claramente de la masacre contra los judíos, hecho que contrasta con la dialéctica anti-fascista que impregna ciertas interpretaciones. Incluso el presidente Petro Poroshenko suele tomar parte en los actos de conmemoración. ¿De verdad creemos que un líder antisemita sería capaz de reconocer la existencia del Holocausto en su país? Los hechos hablan por sí mismos.

No podemos ignorar que entre la población ucraniana hubo colaboración con los nazis, un fenómeno común a toda la Europa ocupada. El caso más estremecedor de todos fue el de Francia, antorcha de la revolución en el mundo, cuyo gobierno títere de Vichy facilitó la deportación de miles de judíos. Pero no por ello vamos a decir que quien ocupa el Elíseo es un fascista o un filo-nazi, resultaría disparatado. Tales ataques ya fueron lanzados por el genocida Slobodan Milósevich contra Croacia, cuando ésta se disponía a abandonar Yugoslavia. Agitando el pasado ustacha del país durante la Segunda Guerra Mundial, trató de criminalizar las aspiraciones independentistas de aquellos que se oponían a su proyecto paneslavista. En la actualidad, la existencia de grupos de extrema derecha se extiende por todo el continente, amenazando los fundamentos básicos de la democracia. En un contexto bélico como el de Ucrania, el nacionalismo exacerbado encuentra las mejores condiciones para su expansión, por lo que debemos permanecer vigilantes. Sin embargo, la publicación The Times of Israel hacía una sorprendente revelación el año pasado: Durante 2014 en Ucrania se habían registrado un total de 23 ataques antisemitas, mientras que Francia (851) y Gran Bretaña (1.168) superaban con creces dicha cifra. De estos datos se desprende que los europeos vivimos en un contexto mucho más intolerante de lo que cabría esperar, y en consecuencia, tenemos una idea distorsionada sobre nosotros mismos. Los ataques lesivos contra los Derechos Humanos deben ser perseguidos, sin ningún género de dudas, dentro y fuera de Ucrania.

Este análisis no pretende absolver al gobierno ucraniano de cuantas críticas puedan verterse, pues ello equivaldría a situarse en el extremo contrario. Al margen de los acontecimientos concretos de la política nacional, debemos respetar la soberanía nacional ucraniana más allá de tópicos y estereotipos. Este mismo verano la prensa deportiva española cometió un error de juicio, al identificar el Tryzub (emblema nacional ucraniano) con un símbolo ultraderechista. Puesto que es oficial desde la década de los noventa, resultaría conveniente preguntarse por qué ahora se producen esta serie de confusiones, y a qué criterio obedecen. Ucrania es una realidad incontestable.

JAIME AZNAR AUZMENDI

Doctor en Historia

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