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El abismo de Rusia y la amnesia de la memoria colectiva

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Auschwitz

Auschwitz

A comienzos del año 2015, la imagen de la ceremonia por el 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau nos recuerda a la barbarie ocurrida en nuestro continente. Al visitar este lugar de horror, crueldad y deshumanización, nos quedamos atónitos: se requiere silencio. Uno se da cuenta de la eficacia de la fábrica exterminadora, solamente pocos días después. Negocio morboso que empleaba sádicos, a la vez que trabajadores comunes y corrientes.

Alemania, con su memoria colectiva y la conciencia de los riesgos de un nacionalismo extremo, se ha convertido en faro de la democracia occidental y sus líderes han adoptado la precaución, desde la derrota de 1945, como parte de su política exterior. Sabios para algunos, cobardes para otros, los alemanes prefieren el Soft Power, la neutralidad como primera instancia en un conflicto, la promoción de la paz, la reconciliación entre los pueblos y la consolidación de los vínculos económicos. En este contexto, se trató de europeizar Rusia, pero el Oso no se identifica con esta pretensión europea, democrática y atlantista. Se ve a sí mismo como una gran potencia y una alternativa a la hegemonía estadounidense. Desde el año 2012, Moscú busca intensamente convertirse en el centro de un nuevo eje euroasiático. Para dicho objetivo, es imprescindible incorporar a su bloque, a Kazajstán en Asia y a Ucrania en Europa. Pero desafortunadamente para los rusos, Kiev no prevé su futuro de esa manera.

La Revolución Naranja a partir del 2004, reorientó por completo la política exterior del país y se ha acercado a Occidente y en particular a la Unión Europea. A pesar de los fracasos, contratiempos y decepciones causadas, hizo avances en tema de derechos humanos, la transparencia política y la libertad en los medios de comunicación. Fue la primera brecha importante entre los mundos ucraniano y ruso, la cual sirvió como primera advertencia para el clan de Donetsk que trató de controlar económica y políticamente al país. Más trascendente aún: marcó la memoria colectiva al pueblo de Ucrania, le concedió la convicción de ser el dueño de su propio destino. Entre 2005 y 2009, las relaciones con Rusia se deterioraron notablemente debido a los muchos conflictos causados ​​por las suspensiones de entregas de gas y los aumentos de tarifas. Esas tensiones y la falta de reformas, en particular en la lucha contra la corrupción, llevaron a la victoria al clan de Donetsk en las elecciones presidenciales de 2010. Viktor Yanukovich, respaldado por Rinat Akhmetov, el hombre más rico del país, fue elegido con el 48.95% de los votos.

Una asociación con la Unión Europea establecida en 2009 y el proyecto de una alianza económica y política firmada en 2012, dejaron entrever al pueblo ucraniano, la posibilidad de reformas y el fin de la corrupción. Sin embargo, el acercamiento a la OTAN estaba bastante mal visto por una población que no quería romper los lazos culturales y familiares que compartía con Rusia. Yanukovich lo había entendido muy bien, pero no era suficientemente hábil para navegar entre estas dos corrientes. Hizo algunos compromisos aceptables con Rusia para agradar al Kremlin, pero al mismo tiempo siguió negociando el acuerdo de asociación política y económica con la Unión Europea. Estaba atrapado entre su deseo de poder, el dinero ruso y la promesa popular de un futuro europeo.

Cuando llegué a Ucrania para seguir un curso intensivo de ruso en la Universidad Politécnica de Odessa me di cuenta que, al contrario de la creencia popular, el lenguaje común en Odessa y Kiev seguía siendo el ruso y no el ucraniano. La guerra lingüística es una invención de Moscú. En el verano del 2013, los medios del país sólo hablaban de las nuevas sanciones económicas impuestas por Rusia contra la importación de muchos productos provenientes de Ucrania, incluida la carne, los quesos y el chocolate[1]. Era vox populi que esas medidas eran para ejercer presión sobre el presidente de quien se esperaba que rechazara la asociación con la UE. Nos podíamos dar cuenta de que Moscú haría cualquier cosa para que el acercamiento entre Ucrania y la UE, fracasara. Cuando Yanukovich cedió a la presión rusa al no firmar el Acuerdo de Asociación en Vilnius, el 29 de noviembre 2013, muchos ucranianos, incluso quienes pertenecían al Partido de las Regiones, percibieron este gesto como una traición. El Presidente selló el futuro de Ucrania con una Rusia autoritaria y corrupta. Negó a su país la posibilidad de reformarse, crecer y prosperar; en otras palabras, de seguir el ejemplo de Polonia.

Conjuntamente con este gesto, Yanukovich firmó su muerte política ya que presupuso subestimar la fuerza de la memoria colectiva que dejó la Revolución Naranja. Fueron los medios de comunicación y las redes sociales los que organizaron y llevaron a cabo las campañas de protesta. Esta nueva revolución llegó en el momento adecuado, durante los Juegos Olímpicos de Sochi, lo que paralizó a Putin. Su autoritarismo, traducido por medio del uso de la fuerza en Kiev, precipitó su caída y como consecuencia, la de su clan de Donetsk. Estos hechos propiciaron el surgimiento de un gobierno reformista y atlantista.

Putin, humillado, no podía soportar el golpe. Ucrania ocupa un papel central en el proyecto de Eurasia. Un imperio ruso sin Ucrania sería inconcebible para los Nacionalistas y la Iglesia Ortodoxa Rusa. En primer lugar porque en la memoria colectiva de Rusia, Kiev es la cuna de su cristianismo. Además, la unificación de ambos países, decidida por la Rada ucraniana en 1654 transformó profundamente la élite rusa. En el siglo XVII, Ucrania, por sus antiguos lazos con Polonia, fue más occidentalizada y más moderna que Rusia y su capital Kiev fue, según la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, un gran centro teológico cuya mente estaba abierta a todas las grandes corrientes intelectuales y espirituales de Occidente[2]. Con Ucrania, el imperio ruso tomó forma, se modernizó hasta perder su carácter mongol. Ucrania, que significa “frontera”, fue codiciada por Polonia, el Imperio Otomano, y luego por Austria. Operó de flanco occidental del Imperio Ruso, vulnerable y poroso, a las influencias externas.

No sería sorprendente que un cambio democrático profundo en la sociedad ucraniana de hoy, pueda afectar a Rusia a largo plazo. La revolución ucraniana de febrero sería en realidad la mayor amenaza para el régimen de Putin, lo que explica las medidas excepcionales adoptadas por el Kremlin desde esa fecha: medios de propaganda que compara el nuevo régimen de Kiev a los nazis, mentiras odiosas sobre la realidad lingüística de Ucrania y sobre una minoría rusa oprimida, represión contra los opositores en Rusia, asesinatos políticos, restricciones a las libertades personales, control de los medios de comunicación, prohibición a los funcionarios de salir del territorio de la Federación Rusa, anexión pura y simple de Crimea (en sólo un mes), creación de una nueva entidad en el sureste de Ucrania llamada Nueva Rusia, envío masivo de armas y de soldados rusos para levantar el Donbass, planificación y apoyo logístico al terrorismo en todo el territorio de Ucrania con el fin de destruir la infraestructura[3] edilicia, llámense puentes, ferrocarriles, aeropuertos, oficinas, bancos etc.

El gran peligro para Europa, según Bernard-Henri Lévy, es el belicismo fanático creado por Vladimir Putin[4]. La propaganda vil del Kremlin despertó los viejos demonios del nacionalismo ruso. El presidente se ha convertido en un prisionero de su propia semántica. Recordemos que él había dicho en 2000 “Vamos a matarlos hasta dentro de sus WC[5] ” en alusión a los chechenios. Tras haber sometido por fin a Chechenia, continua la convicción de que el país se volvió mas estable, mas rico y con “un hombre fuerte” en el Kremlin. Putin también utiliza imágenes casi místicas; todos recordamos la foto del presidente sin camisa montando a caballo en Siberia, armado hasta los dientes y saliendo de la selva como si fuera un hombre divinizado. Recientemente hemos visto a Putin ofrecer al General Sissi de Egipto, una Kalashnikov, de fabricación rusa. Ahora la fuerza y ​​la violencia se asocian voluntariamente con el Estado ruso.

Lamentablemente, la memoria colectiva de Rusia no tiene nada que ver con la de Alemania. Rusia no se siente responsable “legalmente” de las masacres y genocidios orquestado por los regímenes bolchevique y estalinista. Se piensa aquí en Holodomor que la hambruna planificada por el Kremlin en Ucrania occidental y central dejó por lo menos 5 millones de victimas entre 1932 y 1933. La deportación de personas y opositores al régimen en vagones de ganado a Siberia y Kazajstán, entre 1941 y 1945 no está suficientemente subrayada en la historiografía rusa. ¿Quién recuerda a los 400.000 alemanes del Volga deportados en el transcurso de tres noches, de los cuales el 30% fueron ejecutados durante la deportación? Pocos rusos hablan de la limpieza étnica de chechenios, de los tártaros de Crimea, de la población de Ingushetia, de los finlandeses de Ingria, etc. Los horrores del régimen estalinista fueron absueltos a través de la victoria sobre el nazismo. La disolución de la ex Unión Soviética ruso-parlante en 1991 aceleró este proceso de amnesia en la memoria colectiva del pueblo ruso.

Detrás del conflicto entre Rusia y Ucrania se oculta otro, el del cisma dentro de la Iglesia Ortodoxa. En efecto, la Iglesia Ortodoxa de Kiev, nacida de las cenizas de la antigua Unión Soviética, tomó distancia de la de Moscú y jugó un papel clave en la Revolución de Maidan entre 2013 y 2014. El verano pasado, cuando la Iglesia Ortodoxa de Moscú en Ucrania designó al nuevo Metropolitano; la Iglesia de Kiev denunció con virulencia la ideología nacionalista del nuevo primado Onufriy y sus obispos: “la doctrina agresiva del mundo ruso, se ha convertido en el fundamento ideológico de la agresión del Kremlin contra Ucrania, durante la ocupación de la península de Crimea y por medio del terror en el Donbass[6]“. No hace falta aclarar que la Iglesia Ortodoxa de Kiev nunca ha sido reconocida por el Primado de Moscú y sus cada vez más numerosos fieles se enfrentan dogmáticamente a la excomunión. Putin puede, de ahora en mas, contar con el apoyo incondicional del Patriarca de Moscú en su guerra contra Ucrania. Es necesario decir que el presidente ruso no escatimó esfuerzos para recibir el apoyo del Metropolitano de Moscú a través de, por ejemplo, la política homofobia que fue llevada a cabo en 2013 o la denominación de Crimea como el “Monte del Templo de Jerusalén” – según sus propias palabras en su discurso a la nación del 4 de diciembre 2014 e incluso Donetsk llamada la nueva Jerusalén por los nacionalistas radicales. Estos acontecimientos permitieron a la Iglesia Ortodoxa Rusa consolidarse.

Es tiempo que seamos realistas y tomemos conciencia de los peligros que nos puedan remitir a un pasado reciente. Rusia tiene muy malos recuerdos de su experiencia democrática asociada a la decadencia y a la crisis; ella quiere socorrer a las minorías rusas y los rusos aplauden su “Anschluss” en Crimea. Rusia apoya a las fuerzas reaccionarias en Europa y tiñe la cultura occidental de decadencia. Su esperanza reposa en la figura de ése hombre divinizado que ignora los acuerdos internacionales no obstante sentirse amenazado por otras naciones.

El desafío consiste en despertar a la población rusa. En primer lugar, la Iglesia Ortodoxa de Moscú debería tener el valor para conciliar los principios cristianos de paz y amor o condenar la violencia y el terror causados por los nacionalistas rusos en Ucrania. Sería de suma importancia que continuemos ejerciendo presión sobre Rusia en todas las áreas y que invirtamos en medios de comunicación a través del financiamiento de nuevos canales internacionales de televisión con transmisión en lengua rusa que tienen sede en Riga y Kiev[7]. Es interesante, en la misma línea, la necesidad urgente, como propuso George Soros, de un Plan Marshall para salvar a la Ucrania democrática[8]. También debemos contribuir económicamente con la construcción de una “cortina de hierro” a lo largo de la frontera ucraniana con el Donbass, Crimea, Rusia y Transnistria. Una vez finalizado el muro, Ucrania debería renunciar para asegurar su desarrollo económico, a su antigua República autónoma de Crimea y a dos de sus provincias, las cuales están ocupadas por tropas rusas. En este sentido, las autoridades de Kiev deberían imponer visados ​​a los ciudadanos rusos para evitar la toma de otras prefecturas en Odessa[9] y Kharkov, porque mientras Putin esté en el poder, la destrucción del Estado ucraniano (pro-europeo) tendrá para él, prioridad política.

Nunca tendremos paz mientras el poder en Rusia esté en manos de una camarilla de gobernantes mafiosos y de nacionalistas y religiosos corruptos. Esta camarilla tiene el respaldo de un pueblo nostálgico de un pasado glorioso que por desgracia no siempre lo ha sido.

El colapso del sistema mafioso Putin-Rotenberg (los hermanos Rotenberg administran algunos negocios lucrativos en el país[10]) puede causar la aparición de una extrema derecha religiosa de tinte anti-occidental y antisemita[11]. El país de Los Protocolos de los Sabios de Sión hiede mucho peor que Ucrania[12].

Por último, pocos rusos apoyan a la oposición democrática liderada por Boris Nemtsov y Alexei Navalny. Desde la guerra contra Ucrania, el 68 % de los rusos son hostiles a las ideas de estos líderes por ser, a sus ojos, demasiado anti-patrióticos[13]. El asesinato de Nemtsov cerca del Kremlin el pasado 28 de febrero sumió al país en un clima de odio político. Los demonios del pasado comenzaron a irrumpir nuevamente.


 

[1] Russia steps up trade war with Ukraine, BusinessNewEurope, 15/08/2013.

Los chocolates Roshen (negocio que sigue siendo propiedad del actual presidente, Petro Poroshenko) fueron los primeros productos ucranianos prohibidos en Rusia. Moscú quería castigar a Poroshenko por su influencia política pro-europea. KyivPost, 9/08/2013.

[2] Hélène Carrère d’Encausse, La Russie inachevée, Fayard, 2000, p. 122-127.

[3] Hay una organizacion terrorista que se hace llamar ‘Los Partidarios de Kharkiv’ cuyo objetivo principal es derrocar a la “junta”  de Kiev. Allison Quinn, Experts See Dark Plot in Spate of Mystery Bombings in Ukraine, The Moscow Times, 26/02/2015.

Investigaciones ucranianas condujeron a la pista de que los servicios secretos rusos, FBS, serían los responsables de los ataques.

[4] Bernard-Henry Lévy, Pourquoi Poutine est un danger pour l’Europe, Le Point, 13/02/2015.

[5] Alexandre Adler & Vladimir Fédorovski, Quand Poutine voulait ‘buter les Tchétchènes jusque dans leurs chiottes’, Atlantico, 26/02/2012.

[6] La Croix, 15/07/2014.

[7] Una idea propuesta por el ministro polaco de Asuntos Exteriores. Poland : Europe Seeks to Counter Russian Media Propaganda, The New York Times. 20/02/2015.

[8] Algunos analistas creen que un Plan Marshall de $50 millones para Ucrania seria más eficaz que las sanciones económicas contra Rusia, las cuales afectan indirectamente la economía ucraniana.. Sin embargo, dudamos que Alemania con su política de rigor quiera desbloquear una suma tan grande para Kiev. Mark Adomanis, George Soros’Plan to Rescue Ukraine Isn’t Going to Work. Forbes, 1/12/2014.

[9] Muchos ruso-parlantes de origen búlgaro, moldavo y gagauzo que viven en Besarabia ( 38 % de la población) están fuertemente influidos por los medios de comunicación rusos y podrían convertirse en la próxima meta del Kremlin cuyo objetivo es la desestabilización de Ucrania. Observamos que en Moldavia, los gagauzos ruso-parlantes (turcos convertidos a la religión Ortodoxa) llegaron a obtener cierta independencia (especialmente en el ámbito de la cultura). Se teme que los gagauzos de Moldavia y los ruso-parlantes de Besarabia puedan unirse para crear una república popular de Besarabia. Katya Kumkova, Can Southwestern Ukraine Become a Trouble Spot ? The Moscow Times, 25 février 2015.

[10] En Londres, hay un caso legal que involucra a varios oligarcas como Sergei Polonski quien habría sido obligado a vender su imperio inmobiliario. Por medio de este caso se pondrían de manifiesto los procedimientos dudosos para adquirir empresas rusas. Jim Armitage, Abramovich dragged into fugitive billionaire’s court battle. The Independent, 31 mai 2014.

El contrato para la construcción del último astillero ruso importante, el puente comercial que une Rusia con Crimea, fue entregado a la empresa Stroigazmontazh, en la que Arkady Rotenberg posee el 51% de las acciones. Putin Ally Arkady Rotenberg to Build Crimea’s Kerch Bridge, The Moscow Times, 30/01/2015.

[11] Jean-Jacques Marie, l’antisémitisme en Russie de Catherine II à Poutine. Tallandier. 2009.

[12] En abril pasado, se encontraron algunos folletos en la República Popular de Donetsk, pidiendo a los judíos identificarse como tales, ante las autoridades de la nueva administración rusa. Hay dudas sobre la autenticidad de este documento. Anti-Jewish measures in eastern Ukraine city ‘grotesque’ : Kerry, i24, 17 avril 2014.

El hecho es que la comunidad judía está muy preocupada. Muchos de ellos prefieren refugiarse en el territorio controlado por el ejército ucraniano. Por otra parte, los judíos de Mariupol decidieron dejar la ciudad ya que ésta zona urbana está amenazada por los rebeldes y las tropas rusas. Sam Sokol, Ukrainian Jews look to evacuate city as Jewish woman reportedly killed by shelling, Jerusalem Post, 25 janvier 2015.

[13] Ivan Nechepurenk. Analysts Blame Nemtsov’s Death on Russia’s Legitimized Hate, The Moscow Times, 28/02/2015.


Autor: Pierre Scordia, Profesor de University College London (Londres, Gran-Bretaña).


 

Desde ConUcrania queremos dar especial agradecimiento al autor y a EuromaidanPress

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